Palabra de Alaska (Palabras 1)
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1 Reloj, no marques las horas
RELOJ, NO MARQUES LAS HORAS
El silencio envuelve la sala de ceremonias del tanatorio; un espacio sencillo, moderno y aséptico para dar cabida a todas las confesiones religiosas.
El capellán ha bendecido el ataúd que protege el cuerpo sin vida de mi madre para que pueda ser acogida en el seno de Dios.
Ojalá sea cierto que existe una vida más allá y pueda ser feliz allí adonde viaje su alma.
Una vez finalizado el responso, todos nos hemos vuelto a sentar en el banco para escuchar El reloj, a ritmo de violín. A mi madre le encantaban los boleros, y especialmente este, cuando lo cantaba Lucho Gatica.
La violinista es mi sobrina Alina, quien, muy concentrada y con los ojos cerrados, arranca las notas musicales con un talento virtuoso que desconocía que tuviera.
Aunque la realidad es que no he puesto el interés necesario en saberlo.
Ahora lo lamento, mientras me dejo llevar por la música y asumo lo inevitable: que he perdido a la persona más importante de mi vida. Mi madre.
Ante la muerte, todos reaccionamos de manera distinta.
En mi caso, el corazón se me ha llenado de culpa por el distanciamiento con los míos.
Por eso, no me sorprende que el reencuentro con mi cuñada y mis sobrinos haya sido más bien frío, aunque mi hermano le quite hierro al asunto.
El roce hace el cariño, y yo, en los últimos tiempos, me he rozado poco.
Al salir a la calle recibimos los últimos pésames.
A las seis y media de la tarde todavía hace calor, aunque una ligera brisa lo suaviza.
Aun así, veo algunos abanicos desplegados; el calor de Girona es demasiado húmedo y siento la ropa pegada al cuerpo.
Me recrimino no haberme puesto algo más ligero, pero, con las prisas, esta era la única ropa oscura que encontré en el armario.
No me gustan los funerales. ¿A quién podrían gustarle?
Cuando murió mi padre hace tres años, fue un trance durísimo.
Entonces volqué toda la atención en mi madre y, de esa manera, no tuve tanto tiempo de recrearme en mi propio dolor.
Sin embargo, hoy me siento sola. Es una sensación extraña.
Como es lógico, mi cuñada y mis sobrinos arropan a mi hermano.
A mí no me acompaña nadie. Mis amigas no han podido venir: una está de viaje y a la otra su jefe no le ha dado permiso.
Y Elsa… Elsa está trabajando. Aunque si hubiera estado aquí, tampoco estoy segura de que hubiera venido.
Otra realidad: su relación con mi familia, y viceversa, nunca ha sido fácil.
A mi madre no le agradaba la mujer con quien compartía mi vida, aunque siempre lo respetó.
Que fuéramos lesbianas no fue ningún problema; eso lo había superado hacía muchos años.
El problema era otro. Decía que esa chica no era para mí, que me había cambiado.
Yo me ofendí. Y, poco a poco, fui dando portazos hasta que me alejé demasiado y reduje el contacto a muchas llamadas de teléfono y a las cada vez más escasas visitas.
Ahora me arrepiento.
Me arrepiento de no haber compartido más momentos con ella los últimos años, como si fuera inmortal. El reloj del bolero no ha detenido el tiempo. La certeza me pesa en el alma: ya no puedo cambiar el pasado.
Al hilo de mis pensamientos, la congoja me atenaza la garganta y contiene las lágrimas. Luis, que me conoce demasiado bien, se acerca y me abraza. Antes de que pueda evitarlo, me rompo y lloro. Lloro con pena infinita, lágrimas saladas que no van a ser suficientes.
—Eva Mari, tenemos que aceptarlo, no nos queda otra —me susurra en el oído, acariciándome la espalda.
—Lo siento tanto, yo…
—¡Hey! Ya está, ¿vale? Sé que lo sientes. Ella nunca se ha quejado. Decía que tenías que hacer tu camino y que, tarde o temprano, te darías cuenta de que no siempre habías tomado las decisiones adecuadas.
—¿Cómo puedes ser tan benevolente conmigo? —balbuceo entre hipidos.
—Porque te conozco mejor de lo que crees. Y porque te quiero.
Oír esas palabras de mi hermano aún me reblandece más y le doy las gracias como puedo. Mi sobrina, que ha visto la escena, también se acerca y, ante mi sorpresa, ella también me abraza.
—Lo siento —me disculpo.
Alina tiene quince años. Es una adolescente espigada y despierta.
Siempre ha sido la niña de mis ojos. Ahora se está haciendo mujer delante de mí y se ha convertido, por mi culpa, en una extraña.
Aun así, me mira con una inocencia que me invita a pensar que todavía estoy a tiempo de enmendar algunos de mis errores.
—Tía, no llores, va… La abuela se ha ido contenta, hasta el último día.
—Pero yo no estaba aquí.
La pobre niña no sabe qué más decir y se limita a cogerme de la mano y a estar conmigo mientras la gente aún sigue despidiéndose.
Ya más recompuesta, abrazo a Andrea, una de las vecinas de toda la vida. Se ha hecho mayor; hacía tiempo que no la veía, y me habla con el mismo cariño de siempre.
Del Valle de Abdalajís, el pueblo malagueño donde se criaron mis padres, ha venido mi tío Pepe, hermano de mi madre, y su mujer, mi tía Julia; mis primos no han podido.
Sé que el viaje ha sido un esfuerzo para ellos, pero se agradece que hayan querido acompañarnos.
El abrazo de mis tíos, antes de irse, es cálido, y, como siempre, nos recuerdan que las puertas de su casa están abiertas para cuando queramos ir.
Cuando por fin parece que todo el mundo se marcha, acuso el cansancio. Necesito darme una ducha, meterme en la cama y olvidarme de todo. Ojalá fuera tan fácil como eso: cerrar los ojos y ya.
Estoy a punto de darme la vuelta cuando la descubro. Por supuesto que ha venido, ¿acaso lo dudaba? El estómago se me encoge y una de mis piernas empieza a temblar.
Veo venir a la mujer de cabellos claros cuya falda gris se arremolina a sus piernas mecidas por la suave brisa. Viste una blusa negra, de blonda, y unas grandes gafas de sol ocultan su mirada. Lo agradezco. No estoy segura de ser capaz de enfrentarme a los ojos castaños que recuerdo tan bien.
—Lo siento mucho, Eva, Luis… —Le da un beso en la mejilla a mi hermano, y a mí me roza la mano en una caricia leve, casi imperceptible—. Os acompaño en el sentimiento.
—Yoli… —es lo único que consigo que salga de mi boca.
—Gracias —se adelanta Luis—. Ella te apreciaba mucho.
Por el filo de las gafas resbala una lágrima y se la limpia con los dedos.
—Yo también la quería mucho y va a ser tan difícil…
—Lo sé —la interrumpe mi hermano—, te agradezco todo lo que hiciste por ella, que fue mucho.
No sé qué es lo que le agradece exactamente, pero ella asiente con la cabeza. Y, sin más que decir, se despide y se aleja.
La sigo con la mirada y me parece oír la voz de mi madre recriminándome que Yolanda es uno de mis errores.
Como siempre, tenía razón.