Palabra de Alaska (Palabras 1) 41 Se puede tener todo
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41 Se puede tener todo

SE PUEDE TENER TODO

Me despierto como si estuviera en plena resaca, aún cargada de emociones, deseando que lo ocurrido en el día de ayer sea una pesadilla. Pero me temo que fue tan real como lo es que quien tengo a mi lado es Yoli.

Si anoche llegué hasta mi cama, fue gracias a ella. Con un cuidado exquisito me desnudó, consiguió que me pusiera el pijama y me arropó, igual que si fuera una niña. Me dejé mimar. ¿A quién no le gusta que lo cuiden?

Pensaba que no me dormiría. Pero, en cuanto sentí el peso del cuerpo de Yoli hundirse en el colchón y envolverme en sus brazos, caí rendida. Lo último que recuerdo es un beso casto en los labios y su fragancia natural.

Prefiero dejarla dormir un rato más; ella también debe de estar cansada y me doy la ducha que necesito con desesperación y que no fui capaz de tomar anoche.

El agua cayéndome sobre el cuerpo arrastra parte de la suciedad, pero no toda; el asco, el intento de violación no desaparecen por el desagüe.

Ojalá fuera tan sencillo. Aun así, a pesar de las lágrimas que se deslizan por mis mejillas mezcladas con el agua, consigo cierta paz en mi mente y en mi cuerpo.

Por supuesto, libraré esta batalla con todas mis fuerzas.

En la cocina, preparo café mientras compruebo en el móvil que mi hermano me ha dicho hace unos diez minutos por WhatsApp que venía para mi casa para acompañarnos a la comisaría.

—Yoli, despierta. —La quiero avisar de que mi hermano está al caer. Lo hago dulcemente, para que no se sobresalte.

Perezosamente, abre los ojos y me mira con sorpresa, intentando ubicarme; también la noto algo desorientada.

—No te he drogado ni nada —bromeo—. Te metiste tú solita en mi cama.

—Buenos días. —Hunde la cabeza en la almohada—. ¿Cómo estás?

—Mejor, la ducha me ha sentado genial, no sé cómo has podido dormir a mi lado, olía fatal.

Yoli se ríe, me tira del brazo y caigo sobre ella. Me estampa un beso, este sí que nada casto, y, al separarse, lo que veo en su mirada me atrapa. Ahora también le viene a ella a la cabeza el peso de todo, que podría haber acabado en tragedia, y sus ojos se oscurecen de dolor.

—Tú nunca hueles mal —me consuela mientras se va incorporando. Ha dormido con una de mis camisetas, que encontró en el armario y que le llega justo a los muslos.

—Luis está de camino —la advierto, devolviéndole un beso corto y tierno—. Mientras te duchas, preparo el desayuno. Yo ya me he tomado un café, lo necesitaba.

—Vale, entonces espabilo.

Le presto uno de mis jerséis, de los anchos, puesto que ella tiene bastante más pecho que yo, unas bragas nuevas —siempre guardo en casa ropa interior por estrenar, manías que tiene una— y calcetines. Su pantalón vaquero servirá, porque no cuento con nada de su talla.

Horas más tarde estamos de vuelta. Luis nos ha invitado a comer un menú en un restaurante del centro, cosa que agradecemos, y nos ha dejado en la puerta de casa.

—¿Quieres descansar? —pregunta Yoli, una vez dentro. Me he dejado caer en el sofá sin miramientos.

—No, solo quiero asimilar todo lo que ha ocurrido.

—Revivir la escena de ayer al declarar es otro paso importante para superar esta mierda.

Ha sido Roser quien me ha tomado declaración, apenada porque Pedro se saltara la orden de protección y pusiera en riesgo nuestras vidas—. El cabrón lo tenía planificado.

Pues sí, ha resultado que Pedro provocó una pelea con otro preso para que lo trasladaran al hospital, con una herida real, que exageró. Allí amenazó a la doctora y logró escapar.

—La pobre mujer todavía debe de estar en shock. —Yoli deja su bolso en el respaldo de la silla, saca el móvil y comprueba los mensajes.

—Hoy te has saltado las clases, ¿no?

—No te preocupes, me llevo muy bien con mi tutora, le he explicado que… mi pareja —duda— ha sufrido una emergencia.

Enrojece. Y a mí el estómago me da un tirón después de escucharla, y mi mente se pregunta si he oído bien o es el subconsciente que me está jugando una mala pasada. Pero no me da tiempo a decir nada, porque ella sigue hablando.

—Los sanitarios también tienen que aguantar cada cosa… —desvía Yoli la atención, con evidente nerviosismo.

A través de Roser, hemos sabido el resto de los detalles de la huida de Pedro.

El energúmeno no había dudado en explicárselo a los mossos que lo custodiaban, jactándose de lo fácil que había sido todo, menos cómo había conseguido la cuchilla de afeitar, para frustración de la policía, quienes todavía están buscando la explicación a cómo pudo colarla.

Obligó a la doctora a coger las llaves del coche de su bolso y consiguió salir de la consulta sin que nadie pudiera detenerlo.

Una vez en el pasillo, se topó con una silla de ruedas que empujó hacia los policías con un pie para evitar que lo persiguieran.

El pánico de la gente hizo el resto, impedir que lo alcanzaran.

Por suerte para él, el Seat Ibiza de la doctora estaba cerca. La dejó allí, temblando de miedo, y se largó. Su objetivo, Yoli. Al no encontrarla en su casa, cambió de planes después de descubrirme maniobrando para esquivar su coche mal aparcado. Apenas yo me ponía en marcha, decidió seguirme.

Después solo tuvo que esperar en el aparcamiento del centro comercial a que nosotras saliéramos y, cuando entré en la urbanización de mi hermano para dejar a mi sobrina, que solo tiene una entrada y salida, se lo puse a huevo para llevar a cabo su atrocidad.

Pero yo solo quiero que volvamos a hablar de lo que ha dicho Yoli: que soy su pareja.

—Yoli, lo que acabas de decir…

—Sí, ya, no te he consultado —le tiembla la voz—, pero no dejo de pensar en nosotras, en lo que tenemos y… en que no quiero perderlo. He meditado mucho; de hecho, no he dejado de hacerlo desde que celebramos tu cumpleaños.

Se pone más roja todavía, y eso que la poca intimidad que hemos tenido entre nosotras es, por decirlo de alguna manera, muy pasional.

—¿Y has pensado…?

Nerviosa, se sienta a mi lado en el sofá. Nos miramos de frente con las manos cogidas, y por fin lo reconoce.

—Mi sitio está a tu lado; ahora lo sé. Pero también era importante saber que me podía valer por mí misma. Necesito que te sientas orgullosa de mí.

—Vida, claro que lo estoy, ¡no sabes cuánto! Te comprendo, porque es lo mismo que yo siempre he querido para mí. Pero eso no nos excluye, podemos tenerlo todo —le aseguro—, solo hay que intentarlo.

—Yo no soy como tú, tan resolutiva, tan inteligente, tan lista, tan todo…

Con una mano le aparto el pelo de la cara; los finos cabellos se deslizan entre mis dedos y necesito que sepa cómo la veo yo.

—No me gusta que hables así de ti misma —la corto—. No sabes verte. Yo a quien veo es a una mujer preciosa, valiente, luchadora y que tiene un gran futuro por delante, porque se lo está currando. Solo tienes que creértelo.

—Ojalá me viera igual que tú —rechaza mi comentario, bajando la mirada—. Pero ya sé lo que quiero.

—¿Y qué es lo que quieres? —La tomo de la barbilla para que me mire de frente.

¡Dios! Necesito oírselo decir. El corazón me bombea fuerte, bum-bum, bum-bum.

—A ti, Eva. Te quiero a ti.

—Yoli…

—Sí —me interrumpe—. Te quiero, te amo con todo mi corazón. Desde que éramos niñas, desde el primer beso, desde siempre.

La emoción la supera y llora. Pero ya no me evita la mirada. Ha puesto las manos en su regazo, rendida. Rendida a mí, a sus sentimientos, a nuestro amor. Ese que al final se desborda, buscando su cauce como las aguas de un río. Hasta desembocar en un delta seguro, el nuestro.

Entonces sé que ha llegado mi momento y tengo el pecho a punto de reventar de emoción.

—Yo también te quiero. Desde antes de aquel beso. Te quiero en mi vida para siempre; voy a luchar por nosotras con todas mis fuerzas. Aún no sé cómo lo vamos a hacer, pero te prometo que lo conseguiremos, nadie… —el nombre de Pedro sobrevuela— nos va a vencer.

Me desmorono. Una congoja me cubre el pecho y mi respiración se vuelve fatigosa. Me obligo a respirar. Porque necesito superar lo que me acaba de pasar.

Yoli me abraza y, al instante, hallo la paz que necesito.

—Aquí estoy, cariño. Juntas lo superaremos; no te voy a soltar jamás. Te juro que lo que ha pasado se convertirá en un mal recuerdo.

En sus brazos me siento segura y me obligo a recomponerme, a retirarme las lágrimas a manotazos y a sonreír. Porque, por encima de todo, la tengo a ella. Mi Yoli. Mi sueño.

El beso no se hace esperar.

Yoli me acuna la cara con las manos y acerca sus labios de nuevo. Amoldamos nuestras bocas y enredamos las lenguas, mientras se me escapa un suspiro de satisfacción y de anhelo. También de paz.

Por fin.

—Te quiero —repite Yoli—. Y quiero que todo el mundo lo sepa.

—Y yo, vida. Y yo.

Juntamos las frentes y nos volvemos a besar.

Ahora, lo único que quiero es saborear este instante al abrigo de la magia de un amor que, por fin, reconocemos y queremos vivir libremente.