Padre Nuestro 34
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Los chicos crecen y uno los mide por las cosas que ya no les entran.

El guardapolvo que el primer año le llegaba a las rodillas y al tercero a la mitad del muslo.

Los zapatos, dos números en dos años. La cama de una plaza que de golpe le quedó corta.

Andrea fue midiendo el paso del tiempo por la ropa de Lucía, y mientras la ropa cambiaba, había una sola cosa de la nena que no cambió nunca, que se quedó exactamente del tamaño en que se la habían puesto. La noche.

Lucía creció, y la noche de Hugo creció con ella, pero no del modo en que crece un recuerdo.

Un recuerdo verdadero se gasta. Se le caen pedazos, se le borran caras, uno a los treinta no se acuerda de la infancia como se acordaba a los doce.

El recuerdo que Hugo le había puesto a Lucía adentro hacía lo contrario.

No se gastaba. Se afirmaba. Cada año que pasaba, la nena lo contaba con más naturalidad, con menos esfuerzo, hasta que dejó de ser algo que Lucía contaba y se volvió algo que Lucía simplemente era.

El primer año después del juicio, una compañerita de la escuela le preguntó por el papá.

Lucía tenía diez años. Andrea se enteró porque la maestra la llamó, preocupada, para contarle lo que la nena había dicho en el recreo, con toda tranquilidad, mientras merendaban.

Lucía le había contado a la amiga que su papá había sido un hombre malo, que una noche había venido a hacerles daño, y que el encargado del edificio, Don Hugo, que era muy bueno, lo había sacado, y que por eso Don Hugo estaba preso, y que ella lo iba a visitar.

Lo había contado, dijo la maestra, sin angustia, como el que cuenta de dónde es.

A la maestra le había parecido sano. Una nena que había pasado por una cosa terrible y la tenía ordenada, sin trauma, sin pesadillas.

Andrea le agradeció a la maestra, le dijo que sí, que por suerte Lucía lo había procesado bien, y usó esa palabra, procesado, y al salir de la escuela tuvo que pararse un momento en la vereda.

Porque la maestra tenía razón en todo, salvo en el cimiento.

Lucía no había procesado nada. A Lucía le habían entregado, ya procesada, una infancia que no era la suya, y la nena vivía adentro de esa infancia ajena con la comodidad con que se vive adentro de la propia.

No tenía pesadillas porque las pesadillas se las habían sacado.

Estaba sana porque estaba hueca. Y Andrea, parada en la vereda de la escuela, entendió una cosa que de ahí en adelante no la iba a dejar: que esa salud de su hija era lo que volvía la mentira indestructible.

Una herida, alguien la cura. Pero a Lucía la mentira no le hacía de herida.

Le hacía de hueso. Y un hueso no se saca.

Los dibujos para Hugo siguieron un tiempo.

Andrea los llevaba al penal, doblados en la cartera, y se los daba, y Hugo los miraba como si fueran cosa de mucho valor y le agradecía a Andrea que se los trajera.

Después, con los años, los dibujos se fueron volviendo cartas.

La letra de Lucía se hizo pareja, se hizo de grande.

Y la nena, que a los diez dibujaba a Don Hugo sonriendo en la puerta del edificio, a los doce le escribía cartas en las que le contaba cómo le iba en el colegio nuevo, y le preguntaba por la comida del penal, y le decía que lo extrañaba, y firmaba con un beso.

Andrea leía esas cartas antes de llevarlas, porque era la madre y las cartas pasaban por sus manos, y leerlas era una de las cosas que le tocaban en su parte de la condena.

A Hugo lo visitaron juntas muchas veces.

La primera vez que Lucía entró a la sala de visitas del penal tenía once años.

Andrea la había preparado en el colectivo, le había explicado que iban a ver a Don Hugo, que el lugar era feo pero que no se asustara, que Don Hugo era el mismo de siempre.

No hizo falta. Lucía entró a esa sala llena de ruido y de otras familias, vio a Hugo sentado a una mesa, más viejo, más flaco, con el pelo ya todo blanco, y se le iluminó la cara y cruzó el salón corriendo y lo abrazó.

Lo abrazó fuerte, mucho rato, y Hugo le devolvió el abrazo con los ojos cerrados, y por encima de la cabeza de la nena buscó la cara de Andrea, y Andrea le sostuvo la mirada y no supo qué hacer con lo que vio en ella.

Esas visitas, con los años, fueron tomando una forma.

Lucía le contaba a Hugo su vida, toda, con detalle, como se la cuenta una hija a un padre.

Le contaba de las amigas, de un profesor que no le gustaba, de un varón que le gustaba y después de otro.

Hugo escuchaba cada cosa, le preguntaba, se acordaba a la visita siguiente de lo que la nena le había contado en la anterior, y Lucía salía de cada visita liviana, contenta, como sale un chico de la casa de alguien que lo quiere bien.

Para Lucía, Don Hugo no era un preso. Era el hombre que se había sacrificado por ellas, el héroe injusto de su historia, alguien a quien le debía la vida y a quien iba a venir a ver mientras él viviera.

Lo quería. Lo quería de verdad, con un amor limpio y entero de hija, y se lo decía, y le firmaba las cartas con un beso.

Andrea miraba eso desde el costado, en la silla de al lado, y veía otra cosa.

Veía a un hombre que había tenido miedo, alguna vez, de morirse solo en una pieza sin que nadie lo llorara, y veía que ese hombre, ahora, tenía una hija que le escribía cartas y lo abrazaba corriendo y lo iba a visitar a la cárcel y lo iba a llorar el día que se muriera.

Veía que Hugo, preso, condenado, encerrado, había conseguido exactamente lo que un hombre así puede querer en el mundo.

Y no sabía, todavía no sabía, si esa hija que Hugo se había ganado era el premio que el destino le daba a un hombre bueno por haberse sacrificado, o era la cosa por la que ese hombre lo había hecho todo desde el principio.

Las dos lecturas seguían ahí, las dos, una al lado de la otra, y los años no las separaban; las dejaban más juntas.

Lucía cumplió catorce y se volvió, por un tiempo, otra. Le pasa a casi todos. Se puso contestadora, se encerraba en la pieza, le discutía a Andrea cada permiso, cada horario, cada plata. Andrea lo aguantó como se aguanta eso, sabiendo que era una edad y que iba a pasar. Hasta una noche.

Fue por una salida. Lucía quería ir a un boliche, a los catorce, con gente más grande, y Andrea le dijo que no, y Lucía insistió, y Andrea le dijo que no otra vez, y la cosa subió de tono como suben esas cosas, las dos paradas en la cocina, la nena gritando, la madre tratando de no gritar.

Y en algún momento Lucía, buscando lo que busca un chico de catorce en una pelea así, que es la frase que más lastime, encontró una.

—Vos no entendés nada —dijo—. Vos no entendiste nunca nada.

La única persona que de verdad hizo algo por mí en esta vida está pudriéndose en una cárcel.

Don Hugo dio todo por nosotras. Todo. Y vos esa noche ni siquiera te despertaste.

Mientras él nos salvaba la vida vos estabas durmiendo. Siempre dormida, vos. Para todo.

Y se fue a la pieza y pegó un portazo.

Andrea se quedó parada en la cocina. La canilla goteaba.

Andrea no fue a la pieza, no golpeó la puerta, no contestó nada, porque no había en el mundo una contestación que ella pudiera dar.

La única que servía era la verdadera, y la verdadera era esta: que esa noche ella no había dormido.

Que esa noche ella había estado más despierta de lo que iba a estar nunca.

Que se había puesto entre Rubén y la puerta de esa pieza donde ahora su hija dormía un sueño de adolescente enojada.

Que lo que había hecho con las manos esa noche lo había hecho por la criatura que acababa de gritarle desde la otra punta del living.

Andrea tenía esa frase, entera, y era la frase que la limpiaba de todo, y no la podía decir, no la iba a poder decir nunca, porque decirla era voltearle a Lucía la casa entera en la que vivía.

Su hija acababa de pegarle con la mentira de Hugo.

La había agarrado, la mentira, como se agarra un objeto pesado que está a mano, y se la había tirado a la madre a la cara, sin saber que era una mentira, creyéndola la cosa más cierta de su vida.

Y la madre la había recibido, de pie, en la cocina, y la había dejado caer al piso al lado de ella, con todas las otras cosas que Andrea juntaba en el piso y no levantaba.

Se sirvió un vaso de agua. Lo tomó despacio. Cerró bien la canilla, que goteaba, y se quedó un rato en la cocina hasta que en la pieza de la nena se apagó la luz.

La edad pasó, como Andrea sabía que iba a pasar.

A los dieciséis Lucía volvió a ser una persona con la que se podía hablar, una chica buena, despierta, que estudiaba, que cuidaba a la madre a su manera, que un domingo le preparaba el mate sin que se lo pidiera.

La pelea de la cocina no se repitió. Pero a Andrea no se le fue, y no se le fue porque esa noche había visto, de golpe, terminada, la obra completa.

Lucía a los dieciséis era una buena persona.

Y era una buena persona construida entera sobre una noche que no existió.

Su idea de su propio padre, un hombre malo y nada más.

Su idea de su madre, una mujer que esa noche dormía, una mujer a la que las cosas le pasaban de costado.

Su idea de Hugo, un santo, un padre, una deuda sagrada.

Su idea de sí misma, una chica que de muy chica había pasado por algo terrible y había salido entera porque alguien la había protegido.

Todo eso, que era el piso sobre el que Lucía se había parado para crecer, todo eso lo había puesto Hugo, una madrugada, sentado al borde de una cama, con un rosario.

Y ahora ya no se podía tocar. Andrea lo había entendido en la vereda de la escuela y lo terminó de entender esos años: para sacarle a Lucía la mentira había que voltear a Lucía.

La verdad, a esa altura, ya no era una corrección que se le podía hacer a su hija.

Era una demolición. Decirle la verdad a Lucía era contarle que su padre no fue solamente malo sino que está muerto, que lo mató su madre, que su héroe es un hombre que tapó eso, que la noche que ella se acuerda no existió, y que la persona en la que más confió en su vida fue la que le entró en la cabeza a cambiarle todo.

Nadie sobrevive entero a que le digan eso de una sola vez.

Andrea no le iba a hacer eso a su hija. Así que la mentira se quedaba.

Para siempre. Esa era la forma final de la cosa, y Andrea ya no esperaba ninguna otra.

Una tarde de ese invierno volvieron juntas del penal.

Hacía frío, y en el colectivo Lucía iba callada, mirando la calle, ya casi una mujer, con la cara seria de quien viene de un lugar que pesa.

Habían encontrado a Hugo más viejo que nunca.

La cárcel, con los años, le había gastado el cuerpo; caminaba despacio, le temblaba un poco la mano, y esa tarde, en la visita, se había quedado dormido un momento a mitad de una frase, y se había despertado pidiendo disculpas, confundido.

Lucía, en el colectivo, sin dejar de mirar la calle, dijo una sola cosa.

—Don Hugo se está poniendo viejo, ma.

—Sí.

—No quiero que se muera ahí adentro.

Andrea miró por la ventanilla la vereda que pasaba, las persianas bajas, la gente apurada por el frío, y no le contestó, porque a esa altura ya sabía que Hugo se iba a morir ahí adentro, que catorce años a su edad eran eso, y que faltaba menos de lo que su hija se imaginaba.