Padre Nuestro 33
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Con los meses, Andrea aprendió a cruzar su propio living sin pisar un pedazo del piso.

No lo decidió. El cuerpo lo fue armando solo, como había armado, aquella noche, el ponerse entre Rubén y la puerta del cuarto.

De la cocina al sillón, del sillón a la pieza de Lucía, los pies de Andrea hacían siempre el mismo rodeo, una curva chica alrededor del pedazo de madera entre la mesa ratona y la puerta de entrada.

Una visita no lo habría notado. Lucía no lo notaba.

Era una cosa de ella sola, una marca que no se veía, una de las tantas que le habían quedado adentro y que nadie le iba a ver nunca.

Porque por fuera, Andrea estaba libre. Esa era la palabra que usaba todo el mundo.

La causa se había cerrado, el hombre que tenía que ir preso estaba preso, y ella había quedado del lado de afuera, con su hija, en su departamento, con su trabajo en el taller de costura.

Libre. La vecina del quinto, cuando se cruzaban en el palier, la miraba con una lástima suave y le decía que por suerte ya había pasado todo, que por suerte podía empezar de nuevo.

Los Brunetti le habían dicho lo mismo. El barrio entero le había armado una historia y en esa historia Andrea era una pobre mujer a la que un ex violento la había perseguido hasta su edificio, y un encargado bueno, un viejo de otra época, la había defendido y había pagado por eso.

Era una historia con una víctima, un monstruo y un héroe, y a Andrea le tocaba el papel cómodo, el de la rescatada, y todos en el barrio estaban contentos de que existiera esa historia, porque una historia así deja dormir tranquilo.

Andrea vivía adentro de esa historia como se vive en una casa prestada. Todo le quedaba un poco grande, un poco ajeno. La gente le hablaba como a la mujer de esa historia y ella contestaba como esa mujer, y cada vez que lo hacía agregaba una piedra más arriba de la pila de cosas que no podía decir.

Había un encargado nuevo en el edificio.

El consorcio lo había puesto a las pocas semanas, un muchacho de unos treinta años, callado, eficiente, que arreglaba lo que había que arreglar y no se quedaba a conversar en el palier.

La portería volvió a tener una luz prendida de noche, una radio, un olor distinto.

El muchacho hacía bien su trabajo. Y Andrea, cuando pasaba por delante de la portería y lo veía ahí adentro, en la pieza que había sido de Hugo, sentado donde Hugo se sentaba, sentía una cosa para la que no encontraba nombre, y seguía de largo.

A Lucía la perpetua no la tocaba. Esa era la única gracia, y Andrea se aferraba a ella.

Lucía dormía bien. Iba a la escuela, tenía una amiga nueva, había crecido tres centímetros.

Lucía vivía liviana, y vivía liviana porque adentro tenía una noche sin huecos, una noche cómoda, donde un hombre malo había venido y Don Hugo lo había sacado y la mamá había dormido.

La hija de Andrea era feliz porque la habían vaciado de la verdad.

Y Andrea, que era la madre, tenía que mirar esa felicidad todos los días y agradecerla y odiarla a la vez, sin que se le notara ninguna de las dos cosas.

Las noches eran lo peor. Lucía dormía y el departamento se quedaba sin ruido, y Andrea, en esas horas, no podía hacer otra cosa que pensar, y lo que pensaba, mes tras mes, fue tomando una forma, y la forma no le gustó.

Empezó por una pregunta tonta, casi de detalle.

Aquella noche, después de que Rubén cayó, Andrea había estado un tiempo sola en el living, no sabía cuánto, parada, sin poder moverse.

Y después habían sonado en la puerta los dos toques de Hugo.

Andrea, las primeras veces que repasó eso, lo agradeció: había llegado alguien, había llegado el viejo bueno, y eso era todo.

Pero una noche, contando otra vez los minutos, se le ocurrió la pregunta.

Cómo supo Hugo. Hugo estaba cuatro pisos abajo, en la portería.

Para golpear esa puerta en el momento en que la golpeó, Hugo tenía que haberse levantado, vestido, subido cuatro pisos.

Eso lleva un tiempo. Y para empezar a hacer todo eso, Hugo tenía que haber sabido, antes, que arriba pasaba algo.

Hugo se lo había dicho él mismo, esa madrugada, con una sola palabra. Escuché.

Andrea, en la cama, en la oscuridad, le dio vuelta esa palabra hasta que la palabra mostró lo que tenía adentro.

Si Hugo escuchó, ¿qué escuchó? ¿Escuchó el golpe, el final, el ruido seco contra la mesa?

¿O escuchó antes? Hugo decía que escuchaba todo el edificio, lo decía con orgullo, era su manera de quererlo.

Si era cierto, si Hugo de verdad escuchaba todo el edificio, entonces esa noche Hugo había escuchado el portero a la una.

Había escuchado la cerradura de la puerta de calle.

Había escuchado a un hombre subir cuatro pisos por la escalera, de noche, hacia el departamento donde dormían una mujer y una nena.

Había escuchado los golpes de Rubén en la puerta, y la puerta abrirse, y las voces.

Y no había subido.

Andrea se quedaba con eso. Hugo, que le había enseñado a Lucía que si venía un hombre Don Hugo iba a saber y Don Hugo iba a subir, esa noche, la noche en que de verdad vino un hombre, escuchó al hombre subir y se quedó en su pieza.

No subió cuando el peligro estaba en la escalera, que era cuando subir servía.

Subió después. Subió cuando ya no había peligro, cuando había un cuerpo.

Llegó a tiempo para lo único para lo que de verdad había llegado: para ocuparse del cuerpo.

Esa era la pregunta que no la dejaba dormir, y atrás de esa pregunta había otra peor, una que Andrea casi no se animaba a pensar con palabras enteras.

Por qué. Por qué un hombre que las quería, que las cuidaba, que decía que ese edificio era su parroquia, escuchaba a Rubén subir hacia ellas y se quedaba sentado.

Y la única respuesta que se le aparecía, y que ella empujaba para abajo cada vez que se le aparecía, era una respuesta fría: que a Hugo, de algún modo que Andrea no terminaba de ver pero que estaba ahí, esa noche le servía.

Que el hombre que después se echó todo encima para salvarlas necesitaba, primero, que hubiera algo de lo cual salvarlas.

No lo podía probar. No tenía una sola cosa firme, era todo cálculo de minutos en la oscuridad.

Y no se lo podía preguntar a nadie, porque la única persona que sabía la respuesta estaba presa por ella, y a un hombre que está preso por una no se le pregunta si la dejó hundirse a propósito.

La sospecha se le quedó adentro, sin prueba y sin salida, y empezó a vivir al lado de la gratitud, en el mismo cuarto, las dos juntas, y Andrea tuvo que aprender a convivir con esas dos inquilinas que no se hablaban.

Y estaba lo de Lucía. Eso Andrea no lo sospechaba: lo había visto.

Había estado sentada al borde de esa cama, aquella madrugada, mientras Hugo le sacaba a su hija el recuerdo verdadero y le ponía otro.

Lo que con los meses fue cambiando no era el qué, era el para qué.

Andrea, al principio, se había dicho que Hugo le había hecho un regalo a la nena, una noche más liviana.

Después, viendo a Lucía contar esa noche con esa seguridad, viéndola defender a Don Hugo, entendió la otra cosa.

Que el recuerdo que Hugo le puso a Lucía no era nada más un consuelo para la nena.

Era la pieza que sostenía toda la construcción de Hugo.

Sin esa nena diciendo lo que decía, la historia de Hugo se caía.

Hugo no le había regalado a Lucía una noche buena.

Había usado a Lucía como se usa una viga.

Y la viga iba a tener que cargar ese peso toda la vida, sin saber que lo cargaba.

Andrea fue a verlo en septiembre.

Tardó en ir. Se lo debía, eso lo tenía claro: un hombre estaba preso por ella, lo mínimo que ella podía hacer era no abandonarlo, ir, sentarse enfrente. Era una deuda, y Andrea pagaba sus deudas. Pero tardó, porque sabía que esa visita no iba a ser una visita, iba a ser otra cosa, y tenía razón.

La sala de visitas del penal era un salón grande con mesas, ruido, otras familias, chicos correteando entre las sillas.

A Hugo lo trajeron y se sentó enfrente de ella, del otro lado de la mesa.

Estaba más flaco. Tenía la misma cara de siempre, tranquila, y los mismos modos, y cuando la saludó la trató de usted, como siempre la había tratado.

—Andrea. Qué bueno que vino.

Hablaron. Hablaron como pueden hablar dos personas en un lugar así, de cosas que se pueden decir en voz alta con gente alrededor.

Hugo le preguntó por Lucía. Andrea le contó de la escuela, de los tres centímetros, de la amiga nueva.

Hugo escuchó cada cosa con atención, asintiendo, y le pidió detalles, qué materias, cómo se llamaba la amiga, y Andrea se los dio.

Hugo le preguntó por el edificio. Andrea le contó del encargado nuevo, sin decir lo que sentía al pasar por la portería, y Hugo dijo que el muchacho parecía cumplidor, que se lo habían comentado, y que mejor así, que el edificio necesitaba a alguien que lo cuidara.

Lo dijo sin sombra, sin pena. Y Andrea, escuchándolo hablar de su edificio desde un penal, con esa serenidad, entendió una cosa que la dejó quieta.

Hugo estaba en paz. No aguantaba la cárcel: estaba en paz adentro de ella.

El hombre que tenía enfrente no era un hombre soportando una desgracia.

Era un hombre que había llegado a un lugar y se había acomodado.

Y Andrea no supo, mirándolo, si esa paz era la de un santo que entregó todo y descansa, o la de alguien que por fin tenía lo que había querido tener.

No lo supo. Y entendió que no lo iba a saber nunca, y que esa era una de las cosas que se llevaba de esa visita.

Hubo un momento, cerca del final, en que Andrea estuvo por preguntar.

Tenía la pregunta lista, una pregunta que por fuera era de agradecimiento y por dentro era la otra.

Quería decir: Hugo, nunca te pregunté cómo te diste cuenta esa noche, cómo supiste.

La frase parecía limpia. Una mujer agradecida que quiere saber cómo su salvador supo llegar a tiempo.

Pero abajo de esa frase estaba la pregunta verdadera, la de las noches sin dormir, y Hugo, que la conocía hacía siete años, que le había leído la cara mil veces, la vio venir.

—Vos no te hagas mala sangre con esa noche, Andrea —dijo él, antes de que ella empezara.

Bajó un poco la voz, por la gente de las otras mesas—.

Lo que pasó, pasó. Está cerrado. Yo estoy bien acá, mejor de lo que usted se imagina.

Lucía está bien. Eso es lo único que importa, y eso está.

Lo demás es darle vueltas a una cosa que ya no tiene vuelta. No le hace bien.

Y le sonrió, una sonrisa corta, tranquila, una sonrisa que cerraba una puerta con mucha amabilidad.

Andrea no preguntó. Cerró la boca sobre la pregunta, como la había cerrado sobre la verdad en la portería, meses atrás, delante de la fiscal.

Y se dio cuenta, ahí, de que ella también estaba cuidando la tapa.

Que entre los dos, en esa mesa, había una cosa enorme y enterrada, y que ninguno de los dos quería desenterrarla, ni él ni ella, porque él tenía sus razones y ella tenía las suyas, y la principal de las de ella era que no quería escuchar la respuesta.

Capaz Hugo la había dejado subir a Rubén.

Capaz no. Andrea podía vivir sin saberlo.

Lo que Andrea no iba a poder es vivir sabiéndolo, si la respuesta era la fea.

Así que dejó la pregunta donde estaba, abajo, con todo lo demás, y le agradeció a Hugo la visita, y se fue.

En el colectivo, de vuelta, Andrea miró la calle por la ventanilla y pensó una sola cosa, la cosa que resumía todo lo que le había quedado.

Hugo le había dado la libertad. Y la libertad que le había dado era esto: un departamento con un pedazo de piso que no se podía pisar, una hija liviana porque estaba hueca, un barrio con una historia falsa adentro de la cual había que sonreír, una sospecha sin prueba que no se apagaba de noche, y un hombre en un penal al que le iba a deber visitas hasta que uno de los dos se muriera.

Andrea no había elegido nada de eso. Lo había elegido Hugo, por ella, y se lo había dado armado, como quien le entrega a alguien una casa ya amueblada y le dice que es suya.

Andrea vivía en esa casa. No tenía otra.

Y no había en el mundo una sola persona a la que le pudiera contar que esa casa, por dentro, era una celda igual que la de Hugo, nada más que sin reja, lo cual la hacía peor, porque una celda sin reja nadie la ve, y a uno nadie lo viene a visitar a una celda que nadie ve.

Esa noche, en el departamento, Lucía le dio un papel doblado antes de irse a dormir.

—Es para Don Hugo —dijo—. ¿Se lo llevás la próxima vez?

Andrea lo desdobló cuando la nena ya dormía.

Lucía había dibujado el edificio, los seis pisos, y en la puerta había dibujado un hombre grande, con un guardapolvo gris, sonriendo, y arriba del hombre había escrito, con su letra todavía despareja, "para el mejor encargado del mundo".

Andrea se quedó un rato larga con el dibujo en la mano, sentada a la mesa, en el living, sin pisar el pedazo de piso.

Después lo volvió a doblar, con cuidado, por la misma marca, y lo guardó en la cartera, para llevárselo a Hugo la próxima vez que fuera.