Padre Nuestro 32
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El juicio empezó un martes y se hizo en tres audiencias, en tres días seguidos.

La sala era más chica de lo que yo había imaginado en todos esos meses de imaginarla.

Una sala común, con paredes pintadas hacía mucho, ventanas altas, un ventilador de techo que no andaba.

Adelante, sobre una tarima, una mesa larga para los tres jueces, dos hombres y una mujer, los tres de una edad parecida a la mía, los tres con esa cara de funcionario que ha visto pasar demasiado y ya no se sorprende.

A un costado, la mesa del fiscal. Al otro, la mesa de Lema.

Y a mí me sentaron atrás, en una silla sola, contra la pared, con un policía al lado.

Desde esa silla yo veía todo. Un juicio, para el que está sentado en esa silla, no es una pelea: es una ceremonia que se hace alrededor de uno, y uno mira.

El fiscal del juicio no era Acuña. Acuña había hecho la instrucción, había juntado el expediente, y ahí su trabajo se terminaba; al juicio iba otro, un hombre joven, prolijo, que conocía la causa por lo que estaba escrito y no por haberla caminado.

A Acuña la vi igual. Estaba en el público, en la última fila, sentada, derecha, con el tapado oscuro, sin un papel.

Vino los tres días. No tenía ninguna obligación de venir.

Vino a mirar, nada más, y yo, desde mi silla, las tres audiencias, supe que estaba atrás, mirando, aunque no me diera vuelta.

Lema peleó. Tengo que decirlo, porque es de justicia decirlo.

Ese hombre cansado, con sus ochenta causas, agarró la mía y peleó por mí como si fuera la única que tenía.

Su defensa era clara y era buena. Su defensa era la verdad de mi confesión: que Rubén Mansilla había venido de noche, a extorsionarme, que era un hombre joven y violento, que me había agarrado del cuello, y que yo, un hombre de sesenta y dos años, defendiéndome de esa agresión, lo había empujado, y que Rubén había caído y se había golpeado y había muerto.

Lema le pidió al tribunal que viera lo que había que ver: un viejo, atacado en su lugar de trabajo, en medio de la noche.

Legítima defensa, pidió. Y si no, exceso de legítima defensa, que también es poco.

Lema le mostró a los jueces las fotos de mi cuello, las marcas, las marcas que yo mismo me había hecho aquella madrugada para este día exacto, y las marcas, en la pantalla de esa sala, hicieron su trabajo, dijeron lo que yo les había mandado decir.

Y entonces el fiscal joven se levantó, y con mucho orden, sin levantar la voz, deshizo a Lema.

No lo deshizo con una prueba nueva. Lo deshizo con las cosas que ya estaban en el expediente, las cosas que había puesto ahí Acuña.

El fiscal le mostró al tribunal el informe del cuerpo.

Les explicó lo de las livideces, que las marcas que la sangre deja en un muerto decían que Rubén no había pasado sus primeras horas boca arriba en ese sótano.

Les explicó lo de la herida de la cabeza, que era una herida de borde, de canto, y que en el sótano no había un borde así.

Les explicó que la sangre encontrada era poca para un golpe de esa clase.

Y después, con esas tres cosas sobre la mesa, el fiscal dijo lo suyo, despacio, mirando a los jueces.

Dijo que la escena del sótano, donde yo juraba que todo había pasado, era una escena que no cerraba.

Dijo que un hombre que cuenta una historia de defensa propia, una historia limpia, y deja atrás una escena que el cuerpo desmiente, es un hombre que no está contando todo.

Dijo que no sabía qué era lo que yo escondía, que la fiscalía no había podido establecerlo, pero que el tribunal no le podía regalar a un acusado el beneficio de la legítima defensa cuando ese mismo acusado había manipulado el lugar de los hechos.

Dijo que el que limpia una escena no es el que se defendió.

El que se defendió llama a la policía. El que limpia, esconde.

Y pidió, por eso, que no se me diera ni la legítima defensa ni el exceso, que se me condenara por homicidio, liso, y con la pena alta.

Yo lo escuché desde mi silla y no se me movió la cara.

Por dentro, lo que sentí fue una cosa amarga y casi cómica.

Las tres pruebas que estaba usando el fiscal para hundirme eran las tres pruebas que había encontrado Acuña, y Acuña las había encontrado para demostrar exactamente lo contrario: que yo no había matado a Rubén, que la cosa había pasado arriba, que yo era inocente del hecho.

Esas tres pruebas eran la verdad asomando la cabeza.

Y como la verdad nunca se pudo terminar de probar, como quedó a mitad de camino, terminó sirviendo para una sola cosa: para que a mí, que había confesado para cargar con todo, me cargaran con más todavía.

La verdad no alcanzó para salvar a nadie.

Lo único que le alcanzó fue para hacerme la condena más pesada.

Yo podía deshacer eso. Esa es la parte que tengo que escribir aunque me cueste.

Yo, en cualquiera de esas tres audiencias, podía haberme parado y haber peleado mi propia defensa, haber hecho mi historia más redonda, haberle tapado al fiscal cada agujero, y capaz me iba con el exceso de legítima defensa y con una pena de cuatro o cinco años.

Lema me lo pidió. Me lo pidió la noche del primer día, en la sala de visitas, casi enojado, un hombre bueno enojado porque su cliente no se dejaba defender.

Me dijo, Belmonte, ayúdeme, déme algo, un detalle, una explicación de lo del cuerpo, lo que sea, y yo le tapo el agujero al fiscal.

Y yo le dije que no tenía nada que darle, que lo que había contado era lo que había, y Lema me miró con esa cara de no entender, la cara que le había visto desde el principio, la cara de un hombre que defiende a alguien que no quiere ser defendido del todo.

Porque yo no quería el exceso de legítima defensa.

Yo no quería los cuatro años. Cuatro años no me servían.

Una condena de cuatro años deja a un encargado salir a los sesenta y seis, todavía con cuerpo para trabajar, y volver al barrio, y entonces lo del sótano vuelve a quedar abierto, vuelve a poder mirarse, vuelve a tener un cabo suelto.

Lo que yo necesitaba, lo que había necesitado desde aquella madrugada, era una condena que cerrara la historia para siempre, una condena de la que no se vuelve.

Así que dejé que el fiscal usara las pruebas de Acuña en mi contra.

Me quedé sentado en mi silla y lo dejé hacer.

El segundo día declararon los testigos.

Declaró Marta, la mujer de la limpieza, que contó cómo me había encontrado esa mañana, sereno, en la portería, y cómo había bajado y había encontrado el cuerpo.

Declaró la señora del tercero, la que duerme mal, que contó lo de la luz de mi portería prendida a las dos de la madrugada, y el fiscal usó también eso, claro, otra grieta. Y declaró Andrea.

A Andrea la habían citado como testigo porque vivía en el edificio y porque era la ex mujer de Rubén, y no había forma de que no la citaran.

La hicieron pasar, le tomaron juramento, y la sentaron en la silla de los testigos, que estaba puesta de tal manera que ella quedaba casi enfrente de mí, a unos metros, las dos sillas casi mirándose.

No nos miramos.

Esto lo escribo despacio porque es de las cosas más difíciles de esos tres días.

Andrea declaró un rato largo. Le preguntaron por Rubén, por la relación, por las veces que él había ido al edificio.

Le preguntaron por aquella noche, y Andrea dijo lo que había que decir, que esa noche ella dormía, que no escuchó nada, que se enteró a la mañana como todos.

Lo dijo con la voz pareja, corto, sin agregar nada, como contesta ella cuando está apretada.

Y durante todo ese rato, Andrea y yo estuvimos sentados a unos metros, casi de frente, y ni una vez, ni una, los ojos de uno se cruzaron con los del otro.

Ella miraba al fiscal, o miraba la pared, o miraba sus propias manos.

Yo miraba a los jueces. Dos personas que comparten lo que compartíamos nosotros dos, en una sala, a tres metros, y el secreto era tan grande que no nos dejaba ni mirarnos, porque una mirada, ahí, entre nosotros, habría sido un puente, y los puentes se ven.

Así que no hubo puente. Andrea terminó de declarar, se levantó de la silla, y salió de la sala sin pasar la vista por el lugar donde yo estaba.

Fue lo más cariñoso que pudimos hacer el uno por el otro ese día: no mirarnos.

También entró Lucía a esa sala, aunque Lucía no estuvo nunca ahí.

Pusieron en una pantalla la grabación de la cámara Gesell, la entrevista entera, y durante una hora la sala escuchó la voz de una nena de nueve años contando una noche.

Yo la escuché desde mi silla. Escuché a Lucía decir que había venido un hombre malo, que Don Hugo lo había escuchado y había subido y se lo había llevado, que su mamá dormía.

Escuché su voz, clara, tranquila, segura, contando con todos los detalles la noche que yo le había puesto adentro.

Y mostraron también el dibujo, ampliado en la pantalla, el edificio de lápiz de colores, el hombre con la cabeza para abajo, la ventana negra de la madre que dormía.

La sala entera miró el dibujo de mi nena.

Esa fue la única hora de los tres días en que me costó tener la cara quieta.

No por miedo. Por otra cosa. Por escuchar esa voz tan segura, tan en paz, tan mía, llenando una sala de tribunales, y saber que esa paz se la había dado yo, y saber lo que me había costado dársela, y lo que le iba a costar a ella, algún día, tenerla.

El tercer día yo declaré.

Tenía derecho a no hacerlo. Lema, a esa altura, casi me lo recomendaba, callarme.

Pero yo quise declarar, porque quería contar mi historia una vez más, entera, en voz alta, delante de los tres jueces, y dejarla dicha.

Me paré, me llevaron al estrado, y conté lo que había contado el primer día, y lo que iba a contar siempre.

Que Rubén me extorsionaba. Que vino esa noche.

Que discutimos. Que bajamos al sótano. Que me agarró del cuello.

Que lo empujé. Que se cayó. Lo conté sereno, sin apuro, cerrando cada frase, mirando a los jueces a la cara.

Cuando terminé, la jueza, la mujer, me preguntó si quería agregar algo.

Le dije que sí. Le dije una sola cosa más.

Le dije que estaba arrepentido de que un hombre se hubiera muerto, que rezaba por su alma, y que aceptaba lo que el tribunal decidiera, fuera lo que fuera, porque un hombre tiene que hacerse cargo de lo que hace. Y me volví a sentar.

El tribunal salió a deliberar y volvió a media tarde.

Nos pidieron ponernos de pie para la lectura.

Me paré. El policía se paró al lado mío.

La jueza que presidía leyó un papel, en voz alta, con esa voz lisa con que se leen esos papeles, y leyó muchas palabras antes de la que importaba, palabras de la ley, números de artículos, y yo esperé entre todas esas palabras la única que estaba esperando, como había esperado, meses atrás, el cuarto escalón de la escalera del sótano.

Y llegó. El tribunal me encontró culpable del delito de homicidio simple.

Y me condenó a la pena de catorce años de prisión.

Catorce años.

Para un hombre de treinta, catorce años es una desgracia enorme y es, también, algo que termina.

Un hombre de treinta entra, hace la cuenta, y sabe que del otro lado, viejo y roto, pero del otro lado, va a haber una vereda esperándolo.

Para mí, catorce años no era eso. Yo tenía sesenta y dos.

La cuenta, en mi caso, no daba una vereda del otro lado.

Daba setenta y seis, y daba, mucho antes de los setenta y seis, lo que le da la cárcel a un cuerpo viejo.

El tribunal no dijo la palabra perpetua, porque mi delito no llevaba esa palabra.

Pero a los sesenta y dos años, catorce de cárcel y la palabra perpetua son la misma cosa escrita de dos maneras.

Yo, parado en esa sala, escuchando el número, no escuché un número.

Escuché que no iba a volver a salir. Escuché que la portería se había terminado para siempre y que la celda iba a ser, ahora sí, hasta el final, mi único cuarto.

Y lo escuché con paz. No lo voy a esconder a esta altura. Era lo que yo había ido a buscar a aquel cuarto piso, aquella madrugada. Una condena de la que no se vuelve. La tenía.

Me sacaron de la sala por una puerta lateral.

Antes de salir, una última vez, miré para atrás, para el público.

Andrea no estaba; se había ido el día de su declaración y no había vuelto.

Pero en la última fila, derecha, con el tapado oscuro, seguía sentada Mariana Acuña.

No se levantó. No me hizo ningún gesto. Me sostuvo la mirada el segundo que duró, esa cara suya que no devolvía nada, y yo le sostuve la mía, y después el policía me hizo cruzar la puerta, y la sala, con la fiscal adentro, quedó del otro lado de la madera.