31
Un guardia me avisó que la fiscal había pedido verme una vez más.
Lema, dos días antes, ya me había explicado en qué estaba la causa.
La instrucción se cerraba. Eso quiere decir que la etapa de averiguar se termina, que el expediente se cierra con lo que tiene adentro y se manda a juicio, y que en el juicio un tribunal de tres jueces iba a leer lo que estaba escrito y dictar lo que correspondía.
Lema me lo dijo con la cara de un hombre que trae una buena noticia y no entiende por qué la trae.
La causa se cerraba con mi confesión, completa, sostenida, y con el dibujo de una nena que la confirmaba.
La fiscalía no había podido armar otra cosa.
Para un defensor, eso es ganar. Lema ganaba, y yo le veía en la cara que el triunfo no le gustaba el gusto.
Que la fiscal pidiera verme con la instrucción ya cerrándose no tenía un sentido práctico.
Una fiscal que cerró la instrucción ya no necesita interrogar a nadie.
Pero yo, para ese entonces, había aprendido que Mariana Acuña no hacía las cosas por el sentido práctico de las cosas, y supe, cuando el guardia me avisó, que iba a venir, y que esa iba a ser la última vez.
Me llevaron a una sala chica. No la de las visitas, con el ruido de las familias.
Una sala con una mesa, dos sillas, una ventana alta con reja.
La fiscal ya estaba ahí cuando entré, sentada, sin carpeta, sin nada sobre la mesa, con las manos una sobre la otra.
El mismo tapado oscuro. Me senté enfrente.
—Belmonte —dijo—. La instrucción se cierra esta semana.
Su causa va a juicio. Yo, como fiscal, tengo todavía la obligación de darle una última posibilidad de ampliar o de rectificar su declaración antes de que el expediente se eleve.
Por eso vine. ¿Quiere agregar algo, o cambiar algo, de lo que declaró?
—No.
—Tómese su tiempo. Es la última vez que la ley le da esta puerta. Después se cierra.
—No necesito tiempo, fiscal. Lo que declaré es lo que pasó. No tengo nada que cambiarle.
Acuña asintió, despacio, como quien anota una cosa que ya sabía. La parte de la ley estaba cumplida. Y entonces se quedó callada un momento, y yo me preparé, porque conocía esos silencios de ella, eran la herramienta con la que abría lo que venía.
—Bueno —dijo—. Eso era lo formal. Ahora le voy a hablar yo, y usted no me tiene que contestar nada, porque ya nada de lo que diga acá entra en ningún expediente. Esto no es una declaración. Es una conversación, la última, entre usted y yo.
—La escucho.
—Yo sé lo que pasó esa noche, Belmonte. —Lo dijo sin levantar la voz, sin apoyarlo, igual que había dicho lo de la ley—.
Lo sé entero. Rubén Mansilla no vino a buscarlo a usted y no bajó nunca al sótano por su propia voluntad.
Tocó el timbre del cuarto piso. Le abrieron del cuarto piso.
Subió. Y en ese departamento, esa noche, Andrea Pavón lo mató.
No sé con qué exactitud, no sé los detalles, pero lo mató ella, arriba, en su casa.
Y usted no estaba. Usted subió después. Usted bajó el cuerpo, cuatro pisos, solo.
Usted armó el sótano. Usted limpió el cuarto piso.
Usted inventó la historia de las changas y de la plata.
Y las marcas que yo le vi en el cuello el primer día, esas marcas, Belmonte, se las hizo usted mismo, para que su cuello le diera la razón a su boca.
Yo la escuchaba y por fuera no me movía.
Por dentro sentía una cosa rara, casi un respeto.
La mujer lo tenía todo. Lo había armado pieza por pieza, sin un testigo, sin una prueba que se sostuviera sola, y lo había armado bien.
Le faltaba una sola cosa, una, y era la más importante de todas, y era el motivo de Andrea, el porqué de lo que Andrea hizo.
Eso no lo tenía. En su cuenta, Andrea era una mujer que mató a un hombre.
Le faltaba la nena. Le faltaba el paso de Rubén hacia el cuarto donde dormía la nena.
Y eso yo no se lo iba a dar nunca, porque darle eso era darle a Andrea, así que la dejé con su versión, que era casi toda la verdad menos lo único que la hacía soportable.
—Y sé también —siguió Acuña— lo que le hicieron a la nena.
Alguien se sentó con esa criatura y le cambió la noche.
Le sacó lo que vivió y le puso otra cosa.
Por eso su hija, en la cámara Gesell, contó una noche perfecta, sin un hueco, una noche que ningún chico de nueve años se acuerda así, porque los chicos no se acuerdan así.
Esa noche se la dieron. Y yo creo que se la dio usted.
Hizo una pausa. No para que yo contestara. Para acomodar lo que venía.
—Le voy a decir cómo me queda a mí la causa, Belmonte, ahora que se cierra.
Yo tengo razón y no tengo prueba. Tengo la forma entera de lo que pasó y no tengo una sola cosa que un tribunal pueda agarrar.
Mi reconstrucción, en un juicio, no vale nada al lado de una confesión firmada y del dibujo de una nena.
Así que el expediente se va a elevar como está.
El tribunal lo va a leer, y va a leer a un hombre que confesó, y lo va a condenar por lo que confesó.
Usted va a ir preso. Andrea Pavón va a quedar libre.
La nena va a crecer con su noche falsa adentro.
Y yo me voy a ir a mi casa. Eso es lo que va a pasar, y va a pasar esta semana, y no hay nada que yo pueda hacer para que pase de otra manera.
Usted ganó, Belmonte. Le digo la palabra fea, la verdadera. Ganó.
La sala estaba en silencio. Por la ventana alta entraba un cuadrado de luz que caía sobre la mesa, entre los dos.
—Pero vine, además de por la ley, por otra cosa —dijo Acuña—.
Vine a hacerle una pregunta. Una sola. Usted no me la tiene que contestar; ya le dije que esto no es una declaración.
Pero se la voy a hacer igual, porque hace treinta años que hago este trabajo y nunca me había ido de una causa con esta pregunta sin contestar, y no me gusta.
—Pregunte.
Se tomó su tiempo, ella ahora, como me lo tomaba yo.
—Yo interrogué a mucha gente, Belmonte. Cientos.
Y aprendí que un hombre que hace una cosa enorme la hace por una de dos razones, y que esas dos razones, por fuera, se ven igual.
Hay un hombre que quiere a una mujer y a una criatura tanto que les entrega la vida.
Y hay otro hombre. Un hombre tan solo, tan asustado de terminar siendo nadie, de morirse en una pieza sin que nadie lo llore, que un día encuentra la manera de volverse necesario para siempre.
De que dos personas no lo puedan olvidar nunca, no lo puedan dejar nunca, queden atadas a él mientras vivan.
Y para eso usa lo que tiene a mano. Una muerte.
La memoria de una nena. Lo que sea. —Me miraba—.
Esos dos hombres, Belmonte, confiesan con las mismas palabras.
Se sientan en la misma celda. Tienen la misma cara serena, la misma educación, el mismo rosario en el bolsillo.
Y yo, en treinta años, aprendí a distinguirlos.
Siempre. A uno lo mueve el amor y al otro lo mueve el hambre, y por debajo de todo, tarde o temprano, se les nota cuál es.
Y con usted no puedo. Es la primera vez.
Lo miré durante cinco meses y no sé cuál de los dos es usted.
Eso vine a preguntarle. ¿Cuál de los dos es?
No le contesté enseguida. Acomodé el rosario en el bolsillo, que es lo que hago con las manos cuando necesito que la cabeza vaya más despacio.
Y pensé la pregunta de verdad, no para ella, para mí, porque era una pregunta que yo ya me había hecho, solo, muchas noches, en esa celda, y a la que tampoco yo le tenía la respuesta.
—Fiscal —dije—. Le voy a contestar lo único que le puedo contestar con verdad. Yo no lo sé.
Acuña no movió la cara.
—Un hombre no ve los cimientos de su propia casa —dije—.
Vive arriba de ellos toda la vida, apoya todo arriba de ellos, y nunca los ve, porque están abajo de todo, tapados.
Yo sé lo que hice. Lo conté, lo sostengo, lo volvería a hacer.
Lo que no sé, lo que de verdad no sé, es desde qué cimiento lo hice.
Capaz fue el amor, limpio, como yo me lo cuento.
Capaz fue lo otro que usted dice, el hambre, el miedo a terminar siendo nadie, y mi amor fue nada más la forma linda que esa hambre encontró para salir.
Yo me cuento la primera. Me la conté toda mi vida.
Pero un hombre que se cuenta algo toda la vida es, justamente, el que menos puede saber si es cierto.
Usted me pregunta cuál de los dos hombres soy.
Le contesto que los dos rezan el mismo padrenuestro, y que ni ellos, arrodillados, sabrían decir cuál es cuál.
Esa respuesta no le sirve. Es la única que tengo.
Acuña me sostuvo la mirada un rato largo. Y por primera vez en cinco meses, en esa cara que no devolvía nada, vi pasar algo. No fue rabia ni fue lástima. Fue una cosa más simple y más difícil. Fue una mujer entendiendo que se iba a quedar sin saber, y haciéndose a esa idea, ahí, delante de mí.
—Es la peor respuesta que me podía dar —dijo—. Y le creo. Esa es la parte que no me gusta. Le creo.
Se levantó. Se acomodó el tapado. Y antes de llamar al guardia, parada del otro lado de la mesa, en el cuadrado de luz, dijo la última cosa.
—Le voy a dejar dicho esto, Belmonte, y quiero que se lo lleve a la celda y lo tenga todos estos años.
Usted creyó que esa noche hizo desaparecer la verdad.
Que la limpió del cuarto piso, que la bajó al sótano, que la enterró abajo de una historia.
No la hizo desaparecer. La verdad no desaparece.
Lo único que usted hizo fue mudarla. La sacó de ese departamento y la metió acá.
—Se tocó, apenas, la sien, con un dedo—.
Yo tengo la noche entera. La voy a tener siempre.
Usted va a estar preso, libre de toda culpa a los ojos de la ley, y al mismo tiempo va a haber, caminando por la calle, una persona que sabe exactamente lo que usted es y lo que usted hizo, cada paso.
No lo voy a poder probar nunca. Pero lo voy a saber, y voy a estar, y mientras yo viva esa verdad va a estar viva conmigo.
Usted no ganó del todo, Belmonte. Ningún hombre gana del todo cuando alguien lo sabe.
Llamó al guardia. La puerta se abrió. Acuña salió sin darse vuelta, con ese paso parejo de ella, y la escuché alejarse por el pasillo hasta que no la escuché más.
Me llevaron de vuelta a la celda.
Esa noche no recé el rosario entero. Me quedé acostado, con las cuentas en la mano, sin pasarlas, mirando el techo.
La causa se cerraba. En unos días un tribunal iba a leer mi confesión y me iba a dar lo que me correspondía, y Andrea iba a quedar afuera, y la nena iba a dormir bien, y todo lo que yo había construido aquella madrugada iba a quedar firme, de hierro, para siempre.
Había salido como yo lo había querido. Cada cosa en su lugar.
Y sin embargo, acostado, lo que me daba vueltas no era nada de eso.
Era la pregunta de la fiscal. Cuál de los dos hombres.
Yo le había dicho la verdad: no lo sé. Y ahora, solo, en la oscuridad, me la hacía otra vez, despacio, y la giraba, y la miraba de un lado y del otro, y del otro, y la respuesta no venía.
Un hombre puede pasarse la vida entera apoyado sobre un cimiento que nunca vio.
Puede morirse sin verlo. Yo apreté el rosario, el de Inés, y me quedé así, en el camastro, esperando que viniera el sueño, con la única pregunta que de verdad importaba dándome vueltas, sin contestarse, en una celda en la que iba a tener todos los años del mundo para no contestarla.