30
La fiscal la estaba esperando en el hall.
Andrea volvía de la escuela, sola, porque era la hora en que dejaba a Lucía y se daba la vuelta despacio para que la vuelta durara.
Entró por la puerta de calle y la fiscal estaba ahí, parada al lado de los buzones, sin un papel en la mano, sin un bolso, con el mismo tapado oscuro de todas las veces.
No estaba apoyada en la pared. Estaba parada en el medio del hall, derecha, como esperan las personas que saben que la espera no las cansa.
—Andrea —dijo—. ¿Tiene un rato?
No era una pregunta de las que se contestan que no.
—Tengo que subir.
—Es un rato. La nena está en la escuela hasta las cinco.
—Lo dijo sin peso, como quien menciona el clima, pero le estaba diciendo, en esa frase, que sabía el horario de Lucía, que lo había averiguado, que había elegido esa hora—.
Acá nos van a interrumpir. Vamos a la portería. Está vacía y es más tranquilo.
Y caminó hacia la portería sin esperar que Andrea aceptara, con la llave ya en la mano, una llave que Andrea no se preguntó de dónde la había sacado, porque una fiscal consigue las llaves que quiere.
La portería de Hugo, por dentro, era más chica de lo que Andrea había imaginado todos esos años.
Una cama de una plaza, hecha, con la colcha estirada.
Una cocina de dos hornallas. Una silla. Una repisa con pocas cosas: una estampita, una foto vieja y chica de la que Andrea no quiso mirar la cara, una radio.
La ventana que daba al hall. Eso era todo.
En ese cuarto había vivido treinta y seis años el hombre que ahora estaba preso por ella, y el cuarto seguía oliendo a él, a café, a humedad, y estaba ordenado como lo dejan los que saben que no van a volver.
—Siéntese —dijo Acuña, y le señaló la silla.
—¿Y usted?
—Yo me siento en la cama. Es la costumbre de esta pieza. La silla es para la visita. —Se sentó en el borde de la cama de Hugo, con las manos sobre la falda, una sobre la otra—. Belmonte se sentaba siempre acá, donde estoy yo, y sentaba a la visita en la silla. Me lo explicó él, la primera vez.
Andrea se sentó en la silla. La fiscal la miró un momento, ese momento suyo que no devolvía nada, y empezó.
—Le voy a contar en qué estoy, Andrea. No le voy a preguntar nada. Hoy solamente le voy a contar. Usted escuche, y si quiere decir algo lo dice, y si no quiere no dice nada, y las dos cosas están bien.
—Está bien.
—Empiezo por el timbre. —Acuña hablaba sin apuro, una cosa por vez, como quien acomoda objetos sobre una mesa—.
Rubén Mansilla entró a este edificio cerca de la una de la madrugada.
Eso lo sabemos. Para entrar, alguien le abrió la puerta de calle desde adentro, con el portero eléctrico, porque la puerta de calle no estaba forzada.
Belmonte dice que le abrió él, que Rubén venía a verlo a él.
Puede ser. Pero este portero eléctrico es viejo, Andrea.
Lo miré. Cada departamento tiene su botón, y cuando alguien toca el botón de un departamento, suena el timbre de ese departamento, y desde ese departamento se abre la puerta de calle.
Si Rubén tocó el timbre de la portería, le abrió Belmonte.
Si tocó el timbre de otro piso, le abrió otro.
El aparato no anota nada, así que no lo puedo probar.
Pero a mí, cuando un hombre vuelve de noche a un edificio, me gusta preguntarme a qué puerta vuelve.
Un hombre no vuelve a tocarle el timbre a un encargado que le debe changas.
Un hombre vuelve a tocarle el timbre a la gente suya.
Andrea no se movió. Tenía las manos sobre la falda, como la fiscal, y las dejó ahí.
—Sigo con la luz. —Acuña no cambió el tono—.
Belmonte declaró que esa noche, después de lo del sótano, subió a su pieza y se acostó.
Calculó que para la una y media ya estaba arriba, durmiendo.
Una vecina de este edificio, una señora del tercero que duerme mal, vio la luz de esta portería.
La vio apagada a las doce y media y la vio prendida a las dos y media.
Prendida, y la portería vacía. —Acuña miró un momento la ventana que daba al hall, como si la señora del tercero pudiera verse desde ahí—.
La pieza de un hombre que duerme está a oscuras, Andrea.
A las dos y media, según lo que declaró él mismo, Belmonte tendría que haber estado en esta cama, dormido, con la luz apagada.
Y la luz estaba prendida y él no estaba.
Esa luz dice que a las dos y media de esa noche Hugo Belmonte no estaba durmiendo y no estaba acá.
Estaba despierto, y estaba en otro lado, trabajando en algo, con la luz de su pieza encendida porque entraba y salía.
—Capaz se olvidó de apagarla.
—Capaz. —Acuña no discutió. Lo dejó pasar, como deja pasar el agua un caño—. La gente se olvida de apagar las luces. Yo le estoy contando lo que vi, nada más. Sigo.
Y siguió. Le habló del cuerpo. Le habló, con palabras que no eran feas pero que tampoco le ahorraban nada, de las marcas que deja la sangre en un muerto, de cómo esas marcas dicen en qué posición pasó el cuerpo sus primeras horas, y de que las marcas de Rubén no eran las de un hombre que pasó esas horas boca arriba en el sótano.
Le habló de la herida de la cabeza. Le dijo que esa herida la había hecho un borde, un canto, una arista, y que el sótano, donde Belmonte juraba que Rubén se había caído, tenía el piso liso, sin un borde contra el cual partirse la cabeza así.
Le habló de la sangre, de que en el sótano había habido menos sangre de la que un golpe como ese deja, como si la sangre de verdad se hubiera quedado en otra parte.
—Cada una de estas cosas, sola, no es nada —dijo Acuña—.
Una luz encendida. Un portero viejo. Una mancha que no cuadra.
Un fiscal con eso no va a ningún lado, y un buen abogado, en un juicio, me las voltea de a una sin despeinarse.
Yo eso lo sé. Pero yo hace muchos años que hago esto, Andrea, y aprendí una cosa.
Las pruebas se pueden discutir. La forma, no.
Y todas estas cosas, las chicas, las que solas no son nada, todas juntas tienen una forma, y la forma apunta para el mismo lado.
Apunta para arriba. Ninguna apunta para el sótano.
Todas apuntan para arriba, a los pisos, a un departamento.
Andrea miró la repisa de Hugo. La estampita, la radio. No miró a la fiscal.
—Le hablé de Belmonte —dijo Acuña—. Ahora le hablo de Belmonte de otra manera.
Yo a ese hombre lo fui a ver muchas veces.
Más que a nadie en esta causa. Me senté enfrente de él y le puse arriba de la mesa todo esto que le acabo de poner a usted, el timbre, la luz, el cuerpo, la forma.
Se lo puse entero, una vez, y otra, y otra.
¿Sabe lo que hace Belmonte cuando uno le pone enfrente el agujero de su propia historia?
Nada. La escucha. Es educado. Espera a que uno termine.
Y después repite su historia, igual, palabra por palabra, sin moverse un milímetro.
—Acuña hizo una pausa, una de esas pausas suyas que no eran descanso sino herramienta—.
Yo interrogué a mucha gente culpable, Andrea.
El culpable se defiende. Se enoja, llora, se contradice, cambia una palabra, pide un abogado, se cansa.
El culpable es un material que se mueve.
Belmonte no se mueve. Y un hombre no se queda quieto así, durante meses, aguantando, por una historia que es de él.
Por la historia de uno, uno se mueve. Uno tan quieto como Belmonte está aguantando una historia que es de otro.
Un hombre así no está defendiendo lo que hizo.
Está haciendo de pared para que no se vea lo que hay atrás.
La portería estaba en silencio. Por la ventana, en el hall, alguien pasó, abrió la puerta de calle, salió. Acuña esperó a que el ruido de la puerta terminara.
—Y atrás de esa pared, Andrea, está usted.
Andrea levantó la cara. Era la primera vez en toda la conversación que la levantaba, y supo, al levantarla, que la fiscal la había estado esperando ahí, que toda la charla del timbre y de la luz y del cuerpo había sido el camino para llegar a ese momento y verle la cara cuando llegara.
La fiscal le sostuvo la mirada. No había en esa cara ni triunfo ni lástima.
No había nada. Era la cara de siempre, la que no devolvía.
—Le voy a decir lo que yo creo que pasó —dijo Acuña—. Lo digo yo, así usted no tiene que decir nada. Esa noche Rubén Mansilla tocó el timbre de su departamento. Usted le abrió la puerta de calle. Subió. Y arriba, en su casa, usted lo mató.
La palabra cayó en la pieza y se quedó. Mató.
La fiscal la había dicho así, lisa, sin un borde, una palabra plana puesta sobre la mesa, y la había puesto sola, sin nada al lado.
Sin Lucía. Sin el cuarto de Lucía. Sin el paso que Rubén dio hacia esa puerta.
La fiscal había contado la noche y le había sacado a Andrea lo único que esa noche tenía de soportable, y la había dejado convertida en una mujer que mató a un hombre en su casa, a secas, una asesina y nada más.
Y Andrea sintió que el cuerpo se le movía para corregirla.
Fue una cosa física. Una mujer puede aguantar que la acusen, pero que la cuenten mal es otra cosa, que la cuenten mal le tira del cuerpo, le abre la boca sola.
Andrea tenía adelante la frase entera, lista, la frase que arreglaba todo, la frase verdadera.
No fue así. Él iba para el cuarto de la nena.
Yo me puse en el medio. Lo que hice lo hice porque iba para donde dormía Lucía.
La frase le subió hasta los dientes. La fiscal estaba quieta, esperando, dándole todo el silencio de la pieza, todo el silencio de la portería de Hugo, para que esa frase terminara de subir y saliera.
Andrea abrió la boca.
—Yo no… —dijo.
Y ahí se cortó.
Se cortó porque, en el medio de la frase, le pasó por delante Lucía.
No la culpa de Lucía, no el miedo. Lucía.
La cara de Lucía esa misma mañana, en la puerta de la escuela, las dos colitas, la mochila más grande que la espalda.
La nena que dormía bien, que iba a la escuela, que tenía adentro una noche sin huecos que la dejaba liviana.
Si Andrea terminaba esa frase, si la corregía, si decía la verdad para no ser una asesina a secas, esa verdad iba a salir de la portería, iba a subir, iba a llegar a Lucía.
Y Lucía iba a tener que enterarse de que la noche que se acordaba no era la suya.
De que la madre que ella creía dormida había estado despierta.
De que el hombre malo no se lo había llevado Don Hugo.
De que su mamá había matado a su papá a tres metros de donde ella dormía.
Andrea podía corregir a la fiscal y dejar de ser una asesina a secas. El precio era la cabeza de su hija.
Cerró la boca.
—Yo no estuve esa noche —dijo. La voz le salió pareja, de un lugar que ella no eligió—. Yo dormí. La que sabe de esa noche es la nena, y la nena ya le contó a su psicóloga. No tengo nada más.
Acuña no se movió enseguida. Se quedó mirándola, y Andrea le aguantó la mirada, porque ya no podía hacer otra cosa que aguantarla, y los dos segundos que duró fueron los dos segundos más largos de esos meses.
La fiscal había visto. Andrea lo supo. La fiscal había visto la boca abrirse, había escuchado el yo no, había visto la frase subir y la había visto cortarse, y sabía, con esa cabeza que no anotaba nada porque no le hacía falta, que durante un segundo, en la portería de Hugo Belmonte, había tenido a Andrea Pavón del lado de afuera de su silencio.
Y la había perdido.
—La nena —dijo Acuña, despacio—. Sí. La nena le contó todo a la psicóloga.
Una noche entera, redonda, sin un solo hueco.
—Se levantó de la cama de Hugo. Se acomodó el tapado—.
Una criatura de nueve años no se acuerda así, Andrea.
Una criatura se acuerda a los pedazos. La noche que me contó su hija no se la acordó ella.
Se la dieron. Alguien se sentó con esa nena y le sacó lo que vivió de verdad y le puso otra cosa en el lugar, una cosa cómoda, una cosa que duerme bien.
Y eso, fíjese, es lo único de toda esta historia que no le voy a perdonar a nadie.
La muerte de Rubén Mansilla yo casi la entiendo.
Un hombre así, una noche así, yo casi la entiendo.
Lo que no entiendo y no perdono es que un grande le entre a una criatura en la memoria y se la cambie.
Eso no se arregla nunca más, Andrea. Esa nena va a cargar esa noche falsa toda la vida.
Y usted estaba ahí. Usted lo vio hacer. Y cada día que pasa, esa noche que le metieron se le hace más de ella, más adentro, más imposible de sacar.
Caminó hasta la puerta de la portería. Antes de abrirla se dio vuelta.
—Yo sé lo que pasó. Lo sé entero. Lo que no tengo es con qué probarlo, y un fiscal sin con qué probarlo no es nada, es una señora que opina.
Así que esto, seguramente, se va a cerrar como está.
Belmonte va a ir preso por lo que dijo que hizo.
Usted va a seguir subiendo a su departamento.
Y la nena va a crecer. —Abrió la puerta.
Entró la luz del hall—. Yo, de acá, me voy.
Pero le voy a dejar dicha una cosa, para que la tenga, no para hoy.
El día que esa noche le pese más que el miedo, mi nombre lo sabe.
Yo no me jubilo hasta dentro de unos años. Voy a estar.
Salió. Andrea escuchó los pasos cruzar el hall, parejos, sin apuro, y la puerta de calle, y después la portería quedó otra vez en silencio, con su olor a café y a humedad, con la cama de Hugo hundida apenas en el lugar donde la fiscal había estado sentada.
Andrea se quedó en la silla. La silla de la visita.
Miró la repisa, la estampita, la radio, la foto chica que no había querido mirar y que ahora miró, y era Hugo, joven, con una nena en brazos, una nena que no era Lucía y que tenía la edad de Lucía.
Se quedó un rato largo así, sentada, en la pieza del hombre que estaba preso por ella, y después miró la hora, y eran casi las cinco, y se levantó, porque a las cinco había que ir a buscar a la hija a la escuela, y eso, pasara lo que pasara, no lo cambiaba nadie.