Padre Nuestro 29
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El jueves, a las diez de la mañana, yo estaba en una celda y no podía hacer nada, y esa fue la hora más larga que pasé en mi vida.

Un hombre que construye algo y después tiene que esperar lejos a saber si lo que construyó aguanta, ese hombre conoce una clase especial de quietud.

Yo había pasado la vida arreglando cosas y mirándolas funcionar.

Cambiaba una junta y abría la llave de paso y veía que el caño no perdía.

Ese jueves no. Ese jueves yo había puesto, tres meses atrás, en la cabeza de una nena, la piedra sobre la que se apoyaba todo lo demás, y a las diez de la mañana esa piedra la iban a cargar con peso, en una sala del centro, delante de una psicóloga y de un espejo, y yo iba a estar a cincuenta cuadras, sentado en un camastro, sin enterarme de nada hasta que alguien viniera a contarme.

Recé. No por mí. Recé porque la nena no la pasara mal.

Esa es la verdad de lo que recé esa mañana y no me importa cómo suene.

Yo no recé que la piedra aguantara. Recé que Lucía, en esa sala, con esa señora, estuviera lo menos asustada posible.

Y después me quedé quieto, en el camastro, con el rosario en la mano, dejando pasar la hora.

Lema vino tres días después.

El doctor Lema era mi defensor, el que pone el Estado.

Lo habían nombrado para mí el primer día y yo no había pedido otro porque no tenía con qué, y porque, a decir verdad, un hombre que va a confesar lo mismo cada vez que le pregunten no necesita un gran abogado, necesita uno que lo escuche y haga los papeles.

Lema tenía cuarenta y pico de años, una camisa que planchaba él mismo y se le notaba, y una cara de cansancio que yo conocía bien, porque era parecida a la del oficial Sayago, la cara del que trabaja con la desgracia de mucha gente y ya no le alcanza el sueño para descansar de tanta.

Lema llevaba, según me había contado, ochenta y pico de causas a la vez.

La mía, para él, tendría que haber sido la más fácil de las ochenta.

Un viejo que confiesa no le da trabajo a nadie.

Nos sentamos en la sala de visitas, una mesa, dos sillas, el ruido de las otras visitas alrededor. Lema apoyó una carpeta y, antes de abrirla, se quedó un momento mirándome, y en esa mirada había algo que las dos veces anteriores no había tenido.

—Estuve en la entrevista de la nena —dijo—. La del jueves. La cámara Gesell.

—Lo escucho.

—Le tengo que explicar primero cómo es eso, porque usted no estuvo y conviene que sepa.

La nena entra a una sala con una psicóloga, las dos solas.

Nosotros, los abogados, y la fiscal, miramos del otro lado de un vidrio.

La nena no nos ve. La psicóloga no le hace preguntas para sacarle una cosa; le hace preguntas abiertas, anchas, contame qué pasó, contame qué te acordás, y la deja hablar.

Está hecho así para que el chico no repita lo que un grande le metió en la cabeza.

Está hecho, justamente, para que salga lo que el chico tiene de verdad adentro y nada más.

—Entiendo.

—Bueno. —Lema abrió la carpeta y la volvió a cerrar sin sacar nada, un gesto de hombre que no sabe por dónde empezar—. Su nena estuvo una hora ahí adentro. Y yo, Belmonte, le voy a ser sincero, salí de esa sala bastante movido, y todavía estoy pensando por qué.

Y me contó.

Me contó que Lucía había entrado de la mano de la psicóloga, asustada, como entra cualquier criatura a un lugar desconocido, y que la mujer no le había preguntado nada del caso durante un largo rato.

Le había preguntado de la escuela, de una amiga, de qué dibujos miraba.

Le había dado hojas y lápices de colores.

Recién cuando la nena estuvo cómoda, dibujando, la psicóloga le preguntó, así, sin peso, si se acordaba de una noche, hacía un tiempo, en que había pasado algo en el edificio.

—Y la nena le contó —dijo Lema—. Le contó todo. Sin que la apuraran, sin que la llevaran. Largó la historia entera ella sola.

Me la repitió, la historia que largó la nena, y mientras Lema me la repetía yo la iba reconociendo palabra por palabra, porque cada una de esas palabras la había puesto yo, tres meses atrás, sentado al lado de una cama, con un rosario en la mano de la nena.

Lucía le contó a la psicóloga que esa noche había venido un hombre malo al edificio.

Que ella se había despertado y lo había escuchado.

Que Don Hugo, el encargado, escuchaba siempre todo el edificio, y que esa noche Don Hugo había escuchado al hombre malo y había subido, porque Don Hugo siempre le había dicho a ella que si venía un hombre y él no estaba abajo, Don Hugo iba a saber y Don Hugo iba a subir.

Y que Don Hugo había subido y se había llevado al hombre lejos, abajo, fuera de la casa, y que el hombre no había vuelto nunca más.

Le contó que su mamá esa noche estaba durmiendo, del otro lado, en su cama, y que no se había despertado y no había escuchado nada y no había visto nada, porque dormía.

Y le contó, esto me lo dijo Lema con la voz más baja, que ella sabía que su mamá no tenía la culpa de nada, porque su mamá ni siquiera había vivido esa noche, que los que la habían vivido eran ella y Don Hugo, los dos.

—La psicóloga le preguntó por la madre de varias maneras —dijo Lema—.

Despacio, con cuidado, pero varias veces.

Dónde estaba la mamá, qué hacía la mamá, si la mamá se había levantado en algún momento, si la nena había escuchado la voz de la mamá esa noche.

Y le voy a decir una cosa, Belmonte. La fiscal, del otro lado del vidrio, cada vez que la psicóloga preguntaba por la madre, se ponía derecha en la silla.

A la fiscal le interesaba la madre. Hubo un momento en que paró la entrevista, salió, le pasó a la psicóloga una pregunta para que la hiciera.

Querían la madre. Querían que la nena dijera algo de la madre.

—¿Y la nena qué dijo?

—Lo mismo. Cada vez. Que la mamá dormía.

Que no escuchó nada. Que no estaba. La nena no se contradijo ni una vez en una hora, Belmonte.

Ni una. Y no porque tuviera una respuesta aprendida y la repitiera tildada.

Era otra cosa. Era una nena que contaba un recuerdo.

Le pedían el recuerdo de mil maneras y de las mil maneras salía igual, con detalles distintos cada vez, detalles de nena, naturales, pero el centro siempre el mismo.

Así no cuenta el que miente. Así cuenta el que se acuerda.

Lema se calló un momento. Movió la carpeta sobre la mesa, dos centímetros, sin necesidad.

—La psicóloga, al final, le pidió que dibujara esa noche.

Y la nena dibujó. Dibujó el edificio, con los pisos, y dibujó a un hombre, un hombre grande con la cabeza dibujada para abajo, que era Don Hugo, dijo ella, que llevaba al hombre malo para afuera.

Y dibujó una ventana arriba, pintada toda de negro, y dijo que esa era la ventana de su mamá, y que estaba negra porque su mamá dormía.

Ese dibujo ahora está en el expediente, Belmonte.

Es prueba. Una hoja con lápiz de colores hecha por una criatura de nueve años, y está adentro del expediente de su causa, y ayuda.

Ayuda muchísimo. Porque esa nena, sin que nadie se lo pidiera, le confirmó a la justicia que el hombre que se murió nunca subió a ese piso, que con ese hombre se ocupó usted, abajo, y que en ese departamento, esa noche, no pasó absolutamente nada.

Yo escuchaba a Lema y por fuera no se me movía la cara.

Por dentro era otra cosa. Por dentro, escuchar que la piedra había aguantado el peso, que lo había aguantado entero, que la nena había salido de esa sala sin un rasguño y con todo en su lugar, fue una paz.

Una paz grande, pareja. La nena estaba a salvo, la madre estaba a salvo, y lo único que quedaba parado en el medio, cargando todo el peso del techo, era yo, que era exactamente donde yo había decidido, esa madrugada, que iba a quedar parado.

Y hubo un solo momento, mientras Lema hablaba, uno solo, en que esa paz se me movió.

Fue cuando Lema me contó que la psicóloga, al final de todo, le había preguntado a la nena si quería agregar algo, y que la nena había pensado un rato y había dicho que sí, que quería decir una cosa.

Y la cosa que quería decir era que a Don Hugo lo habían castigado y que eso no era justo, porque Don Hugo era bueno y lo único que había hecho era cuidarlas.

Eso le dijo a la psicóloga una nena de nueve años, mirando un espejo sin saber que del otro lado del espejo había una fiscal.

Salió a defenderme. En la sala donde se decidía mi suerte, la única persona que abrió la boca para decir que yo era bueno fue la criatura a la que yo, tres meses antes, le había sacado de la cabeza el recuerdo verdadero de su propia madre.

Eso me movió la paz. No la voy a llamar de otra manera. Lema lo notó, creo, porque me miró, y no dijo nada un momento, y después siguió.

—La fiscal —dije yo, para que él siguiera—. La fiscal qué hizo.

—La fiscal. —Lema se pasó la mano por la cara, el gesto de un hombre cansado—.

La fiscal no quedó conforme, Belmonte. Y eso es lo que me trae movido a mí, le voy a ser honesto.

Por todo lo que le acabo de contar, la entrevista de la nena es la mejor noticia que tuvo su defensa desde el primer día.

Confirma su versión enterita. Yo tendría que haber salido de ahí contento.

Y la fiscal, que es la que pierde con ese testimonio, tendría que haber salido amargada.

Y fue al revés. Yo salí incómodo y la fiscal salió, no sé, salió como entró.

Tranquila. Cuando terminó, mientras guardábamos las cosas, me dijo una sola frase, a mí, sin que yo le preguntara nada.

—Qué frase.

Lema me miró.

—Me dijo: "Una nena de nueve años no se acuerda de una noche con esa prolijidad, doctor.

Una nena se acuerda de una noche a los pedazos, salteado, con huecos.

La que me contó hoy esa criatura es una noche sin un solo hueco.

Y a una noche sin huecos se los sacó alguien.

" —Lema bajó un poco la voz—. Y después agregó: "Lo sé.

No lo puedo probar, pero lo sé. Que un chico sea sincero no quiere decir que un chico diga la verdad.

Quiere decir que alguien le hizo creer su mentira tan bien que el chico ya no la siente como una mentira.

Eso es lo más prolijo que vi en veinte años, y no tengo con qué tocarlo. " Y se fue.

En la sala de visitas, alrededor nuestro, seguía el ruido de las otras familias. Lema me miraba y esperaba que yo dijera algo, y yo me tomé mi tiempo, como me lo tomo siempre, antes de hablar.

—La fiscal es una mujer inteligente —dije.

—Es la mujer más inteligente que vi trabajar —dijo Lema—. Y por eso, Belmonte, le voy a hacer una pregunta, y le pido que me la conteste como a su abogado, que es para lo único que estoy. Esa frase que me dijo la fiscal, ¿yo la tengo que tomar en serio?

Yo lo miré. Lema era un hombre decente. Llevaba ochenta causas, planchaba él mismo la camisa, y había salido de una sala incómodo porque había visto a una nena dar un testimonio demasiado limpio y algo adentro de él, que era un hombre honesto, había sentido lo que la fiscal había sentido, sin querer sentirlo, porque defenderme era su trabajo.

—Doctor —dije—, la nena contó lo que se acuerda.

Una nena no inventa. Usted mismo lo dijo: así cuenta el que se acuerda, no el que miente.

La fiscal está cansada de no poder cerrar una causa que yo ya le cerré el primer día, y un fiscal cansado, cuando no le alcanza la prueba, dice frases.

Es humano. Pero usted y yo no trabajamos con frases.

Trabajamos con lo que está en el expediente.

Y en el expediente hay una confesión mía, completa, sostenida, y ahora hay además el testimonio de una nena que confirma cada cosa que yo dije.

Eso es lo que hay. Lo demás es una mujer inteligente hablando sola.

Lema me sostuvo la mirada un rato. Después asintió, despacio, y guardó la carpeta que no había abierto en toda la visita, y me dijo que me iba a venir a ver antes del juicio, y se levantó.

Volví solo a la celda. Y esa noche, acostado, con el rosario en la mano, pensé en una cosa y la pienso todavía.

La piedra había aguantado. Pero no había aguantado solamente ese jueves.

Una nena de nueve años con una noche sin huecos adentro no es una nena que pasó una prueba y mañana se olvida.

Esa noche que yo le armé Lucía la va a llevar a los doce, a los veinte, a los cuarenta.

La va a contar en voz alta y la va a pensar en silencio, va a crecer apoyada en ella, y nunca, en toda su vida, va a tener motivo para dudar de un recuerdo que es suyo y que es claro y que se lo dio el hombre en el que más confiaba.

Yo no le salvé una sola noche. Le di una para siempre.

Y mientras esa nena viva, la piedra que yo puse va a seguir abajo de todo, cargando el peso, sin que ella sepa nunca que la está cargando.