28
La entrevista de Lucía tenía día y hora.
Le había llegado a Andrea en un papel, un papel con sellos, traído por un cadete que le hizo firmar otro papel a cambio.
Citación. La nena tenía que presentarse un jueves a las diez de la mañana, en una dirección del centro que Andrea no conocía, para una entrevista bajo una modalidad que el papel nombraba con dos palabras que ella tuvo que leer tres veces: cámara Gesell.
Habían pasado casi tres meses desde la noche.
El edificio, en esos tres meses, había hecho lo que hacen los edificios: había vuelto a ser un edificio.
La cinta se había ido el segundo día. El sótano estaba abierto.
La gente bajaba a trabajar, subía las compras, se quejaba del ascensor.
Hasta los Brunetti habían dejado de hablar del tema en el palier.
Un edificio absorbe una muerte como un cuerpo viejo absorbe un golpe: le queda la marca por dentro, pero por fuera sigue caminando.
Y Andrea, en esos tres meses, había hecho algo peor que olvidar.
Se había dejado, de a ratos, en pedazos chicos de día, creer que se había terminado.
Que un hombre había confesado, que a un hombre se lo habían llevado, que la cosa estaba cerrada y guardada y que ella y Lucía habían quedado del lado de afuera.
El papel con sellos terminó con eso. El papel decía que no se había terminado nada.
La fiscal vino al edificio dos días antes del jueves.
No mandó un papel ni un cadete. Vino ella.
Tocó el portero del cuarto a media tarde, cuando Lucía todavía estaba en la escuela, y eso Andrea lo entendió enseguida: la fiscal había averiguado el horario de la nena y había elegido venir cuando la nena no estuviera.
Andrea apretó el botón. Escuchó el ascensor subir, esa queja larga de la jaula de hierro, y mientras el ascensor subía tuvo tiempo de pararse en el medio del living, lejos del pedazo de piso, y de acomodarse la cara.
La hizo pasar. Le ofreció la silla. La fiscal miró el departamento una vez, entero, como lo había mirado la primera vez, y se sentó.
—La vengo a poner al tanto del jueves —dijo—. Es mi obligación, y además prefiero que usted lo escuche de mí y no de un papel. ¿Le parece bien?
—Sí.
—La entrevista a Lucía no la hago yo. La hace una psicóloga, una profesional formada para hablar con chicos. Yo a la nena no le hablo, no le pregunto nada, no estoy en la sala con ella. La sala es una habitación común, con cosas de chicos. La psicóloga y Lucía van a estar solas ahí.
—¿Y usted?
—Yo miro desde otra habitación. Hay un vidrio.
Del lado de Lucía es un espejo; la nena no me ve, no sabe que estoy.
Del lado mío es un vidrio y la escucho todo.
También va a estar el abogado defensor del señor Belmonte, porque es su derecho.
Pero para Lucía, en esa sala, no hay nadie más que la psicóloga.
Una señora amable que le hace preguntas. Eso es lo que la nena va a vivir.
Andrea escuchaba. Tenía las manos sobre la falda, una sobre la otra, y no las movía, porque había aprendido, en tres meses, que la fiscal le miraba las manos.
—Usted la trae, la deja con la psicóloga y espera afuera —siguió la fiscal—. No puede entrar a la sala. Una madre en la sala le cambia a un chico todo lo que dice, sin querer, con una cara, con un gesto. Por eso no se permite. Va a esperar en otra sala, y cuando termina, se la devolvemos.
—Está bien.
—Y hay una cosa más, y esta es la importante, así que se la pido despacio.
—La fiscal no cambió el tono. Lo dijo igual que lo demás—.
De acá al jueves, usted con Lucía no habla del tema.
Nada. No le cuenta qué le van a preguntar, no le dice qué tiene que contestar, no repasa con ella la noche aquella, no la prepara.
No porque yo desconfíe de usted. Es para todos igual.
Lo que necesitamos del jueves es lo que Lucía tiene en la cabeza, tal cual lo tiene, sin que nadie se lo haya tocado.
Andrea no movió las manos. No movió la cara.
Por dentro, esa frase se le cayó hasta el fondo y siguió cayendo.
Lo que Lucía tiene en la cabeza, tal cual lo tiene, sin que nadie se lo haya tocado.
La fiscal lo decía como una garantía. Lo decía pensando que la cabeza de una nena de nueve años era un lugar limpio, un lugar al que había que llegar antes de que los adultos lo ensuciaran.
Y no sabía. No sabía que a esa cabeza ya habían entrado.
Que tres meses atrás, una madrugada, un hombre se había sentado al lado de esa cama con un rosario y le había tocado a la nena la noche entera, despacio, con dulzura, hasta dejársela cambiada.
La fiscal venía a cuidar que nadie tocara lo que ya estaba tocado.
—Entiendo —dijo Andrea.
—¿Le puedo hacer una pregunta, ahora, antes del jueves?
—Sí.
—¿Lucía pregunta? Por la noche aquella, por el señor Belmonte. Los chicos preguntan.
Andrea se tomó un segundo. Un segundo era lo que se podía tomar; más era demasiado.
—Preguntó por Hugo. Dónde estaba, por qué no estaba abajo. Le dije que se había tenido que ir.
—¿Y de la noche?
—De la noche no pregunta.
—¿No pregunta, o usted no la deja preguntar?
—No pregunta —dijo Andrea—. Duerme bien. Va a la escuela. Es una nena tranquila.
La fiscal la miró. Fue una de esas miradas suyas que no devolvían nada, que se quedaban en la cara de uno el tiempo de tres respuestas y después se iban sin haber dicho si lo que encontraron les servía o no.
—Una nena tranquila —repitió. No como una pregunta. Como quien apoya un vaso en la mesa para ver si la madera ya tiene la marca—. Mejor para ella, entonces.
Se levantó. Se acomodó el tapado. En la puerta, antes de salir, se dio vuelta.
—Andrea, le voy a decir una cosa y quiero que la escuche bien, porque sé lo que está pensando y no es eso.
Usted cree que el jueves yo voy a usar a su hija.
No. Yo a una nena de nueve años no la uso.
La psicóloga le va a hacer preguntas de nena, con cuidado, y Lucía va a contestar lo que sepa, y si no sabe nada, no va a saber nada, y se va a ir a su casa con usted y listo.
Una entrevista así, a veces, lo único que hace es confirmar que un chico no tiene nada para contar.
—Hizo una pausa—. Y a veces no. A veces un chico, sin querer, sin saber lo que está haciendo, dice la única cosa que ninguno de los grandes alrededor quiso decir.
Los chicos son así. No tienen todavía la idea de que algunas cosas se callan.
Cuentan lo que creen que pasó, derecho, sin sacarle ni ponerle.
Por eso los escuchamos. Un testigo de nueve años es el testigo más limpio que hay.
Se fue. Andrea escuchó el ascensor bajar, la queja larga, y se quedó parada en el living, lejos del pedazo de piso, con la frase de la fiscal dándole vueltas. El testigo más limpio que hay. Cuentan lo que creen que pasó, derecho.
Eso era exactamente lo que la fiscal iba a recibir el jueves. Una nena que iba a contar, derecho, sin sacarle ni ponerle, con la sinceridad entera de sus nueve años, lo que ella creía que había pasado. Y lo que Lucía creía que había pasado lo había escrito Hugo.
Esa noche, después de la cena, Lucía sacó el tema sola.
Estaban las dos en el sillón. La nena tenía la cabeza apoyada en el brazo de Andrea y miraba la tele sin mirarla, con esa cara floja de los chicos a la hora en que ya se les acabó el día.
—Ma. El jueves voy a faltar a la escuela.
—Una mañana nada más. A la tarde vas.
—¿Y es para hablar con una señora?
—Una señora, sí. Buena. Te va a hacer unas preguntas y vos contestás lo que quieras. Si no querés contestar algo, no contestás. Nadie te obliga.
Lucía pensó eso. Andrea le sentía la cabeza apoyada en el brazo, el peso tibio de la cabeza de la nena, y por un momento no fue capaz de respirar muy fuerte, por no moverla.
—¿Me va a preguntar de Don Hugo?
—Capaz.
—Yo sé qué contestar de Don Hugo —dijo Lucía.
Lo dijo tranquila, casi con orgullo, como el que sabe la lección—.
Vino un hombre malo, esa vez. A la noche.
Y Don Hugo lo escuchó, porque Don Hugo escucha todo el edificio, y subió, y se lo llevó.
Por eso Don Hugo no está. Porque se llevó al hombre malo y por eso lo tuvieron que castigar a él, que no es justo, porque él nos estaba cuidando.
Andrea miró la tele. No miró a la nena. Si la miraba, la nena le iba a leer la cara, y la cara de Andrea, en ese momento, no era una cara que un chico debiera leer.
—¿Eso te acordás? —dijo. Le salió pareja. No supo de dónde.
—Sí. —Lucía se acomodó mejor contra el brazo de Andrea—. Y vos estabas durmiendo, ma. Vos no escuchaste nada, porque dormías. Así que vos no tenés que estar triste, porque vos ni lo viviste. El que lo vivió fui yo, y Don Hugo. Nosotros dos.
Andrea se quedó quieta. Afuera, en el patio de aire, una cañería hizo su ruido. En la tele se reían.
Su hija acababa de consolarla. Su hija de nueve años le acababa de poner una mano encima, con todo el amor que tenía, para decirle que no estuviera triste, que ella había dormido, que ella no había vivido esa noche, que de esa noche se ocupaban Lucía y Don Hugo, los dos, sin la madre.
Y se lo había dicho creyéndolo. No era una mentira en la boca de la nena.
Era un recuerdo. Era, para Lucía, tan cierto y tan suyo como el nombre de la escuela o el color de su mochila.
Hugo no le había enseñado a mentir. Le había dado un recuerdo, y un recuerdo no se miente: se tiene.
Andrea le pasó la mano por el pelo a la nena.
Una sola vez, despacio. No le dijo que sí ni le dijo que no.
No le dijo nada, porque la fiscal le había prohibido hablar del tema, y porque, aunque no se lo hubieran prohibido, no había nada que ella pudiera decir.
Si le decía a Lucía la verdad —que la madre no había dormido, que la madre había estado ahí, despierta, en el medio de todo, que el hombre nunca bajó al sótano, que lo que pasó pasó en ese living, a tres metros del sillón donde estaban las dos sentadas— si le decía eso, su hija la iba a mirar con la cara con que un chico mira a un grande que se equivoca.
Y le iba a decir que no, ma, que ella se acordaba bien, que ella había estado despierta y la madre no.
Lucía iba a defender el recuerdo de Hugo contra la propia madre, porque el recuerdo de Hugo ya era el suyo, y uno defiende lo suyo.
Esa fue la noche en que Andrea entendió la forma exacta de lo que le había pasado.
No era solamente que un hombre se había echado encima la culpa para salvarla.
Era que ese mismo hombre, para que la cosa fuera de hierro, le había sacado a su hija el recuerdo verdadero y le había puesto otro, y al hacerlo había cerrado la última puerta que a Andrea le quedaba.
Andrea ya no podía contar la verdad. Aunque un día se cansara, aunque un día el peso la doblara y quisiera ir y sentarse frente a la fiscal y contar todo, no iba a poder, porque su propia hija la iba a desmentir.
La testigo más limpia que hay iba a jurar, sincera, que su madre dormía.
Hugo no la había salvado nada más. La había sellado.
La había dejado libre por fuera y cerrada con llave por dentro, y la llave se la había dado a una nena de nueve años que ni sabía que la tenía.
Lucía se durmió en el sillón. Andrea la alzó —ya pesaba, ya casi no la podía alzar— y la llevó a la cama, y la acostó, y le acomodó la frazada, y se quedó un rato parada en la puerta del cuarto, mirándola dormir, a la nena que el jueves iba a entrar a una sala con una señora amable y un espejo, y le iba a entregar a la fiscal, derecho, sin sacarle ni ponerle, la noche que Hugo le había hecho.
El jueves amaneció con frío. Andrea la abrigó bien.
La peinó, le hizo las dos colitas, le dio el desayuno y no la dejó ver que no comía ella.
Tomaron un colectivo y después otro. La dirección del centro era un edificio sin nada escrito en el frente, una puerta común, y adentro un pasillo y una sala de espera con sillas de plástico naranja y dibujos de chicos pegados en una pared.
Los estaba esperando una mujer joven, de pelo corto, con una credencial colgada del cuello.
Se agachó hasta quedar a la altura de Lucía y se presentó con el nombre de pila, y le preguntó a la nena si le gustaba más el chocolate o el dulce de leche, y Lucía dijo que el dulce de leche, y la mujer dijo que ella también, que en eso se iban a llevar bien. Le tendió la mano. Lucía miró a Andrea.
—Andá —dijo Andrea—. Yo te espero acá. No me muevo de esta silla.
Lucía le dio la mano a la psicóloga. Las dos caminaron hasta una puerta del fondo del pasillo, la mujer acomodándole el paso a los pasos cortos de la nena, y en la puerta Lucía se dio vuelta y la saludó con la mano, contenta, como si entrara a un lugar bueno.
La puerta se cerró.
Andrea se quedó sentada en la silla de plástico naranja, en el pasillo, con la cartera en la falda y las dos manos encima de la cartera.
En algún lado de ese edificio, del otro lado de una pared que ella no podía ver, había una habitación con un vidrio, y detrás del vidrio estaba la fiscal, esperando, sin papel y sin apuro, a que una nena de nueve años empezara a hablar.