Padre Nuestro 27
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Bajé los cuatro pisos y abajo todavía me quedaba un trabajo en la oscuridad, el último de los que se hacen con las manos.

Junté la bolsa que había dejado preparada en la portería.

Adentro estaba todo lo que esa noche había tocado la verdad.

Salí a la calle con la bolsa, caminé, hice lo que había que hacer, y volví.

No voy a contar adónde fui ni qué hice, ya lo dije una vez y lo sostengo: estoy confesando una vida, no dejando un instructivo para el que venga atrás.

Diré solamente que un encargado de Boedo conoce su barrio a las cinco de la mañana mejor que el barrio se conoce a sí mismo, conoce qué se lleva el camión y a qué hora, conoce los huecos del barrio, y que volví al edificio sin la bolsa y sin que nadie en la cuadra me viera salir ni entrar.

Volví, y la portería me recibió como me recibió siempre, con su olor a humedad vieja y a café del día anterior.

Prendí la hornalla, calenté lo que quedaba en la pava, me serví.

Un hombre que va a pasar las próximas horas quieto necesita algo caliente adentro.

Me senté en la cama, no en la silla, porque la silla es para la visita y la visita iba a venir, y a una visita uno no le ofrece una silla recién usada.

Me toqué el cuello. Las marcas estaban. Iban a estar mejor con la luz del día, más moradas, más claras de leer; las marcas, como los moretones de cualquiera, maduran.

Para cuando la fiscal me mirara el cuello, mi cuello iba a contarle exactamente lo que mi historia necesitaba que contara.

Tomé el mate cocido despacio. Me lavé la taza.

La dejé dada vuelta en la rejilla. Una taza limpia y dada vuelta es la taza de un hombre tranquilo, y yo, esa madrugada, necesitaba que cada cosa de la portería fuera la cosa de un hombre tranquilo, porque la portería, en unas horas, iba a ser mirada.

Y entonces ya no me quedó nada para hacer con las manos.

Esa es una hora rara. La hora del trabajo terminado.

Un encargado la conoce bien: es la hora de cuando cambiaste una cerradura y juntaste las herramientas, y el departamento está en silencio, y vos te quedás un momento de más, parado, probando el picaporte que ahora cierra como tiene que cerrar.

Yo me senté en el borde de la cama, en la portería, y me quedé en esa hora.

Afuera empezaba a aclarar. Lo supe sin mirar la ventana, por el edificio.

Un edificio amanece de adentro hacia afuera, y yo, después de treinta y seis años, lo escuchaba amanecer con los ojos cerrados.

Primero fue la caldera del tercero B, que arranca sola a las seis menos veinte, todos los días, con un golpe sordo y después un ronroneo.

Después una cañería, en algún lado, que se llenó.

Después la primera cadena de un inodoro, lejos, arriba.

El edificio se desperezaba como se despereza un animal grande y viejo, una parte por vez, y cada ruido que hacía era un ruido que yo conocía y podía nombrar, y nombrarlos, esa madrugada, me hizo bien.

Era mi edificio. Seguía siendo mi edificio.

Lo que había pasado durante la noche no le había cambiado al edificio ni uno solo de sus ruidos.

A las seis, el edificio prende solo las luces del hall y del palier, y las del hall, desde la portería, se ven.

Se prendieron. Y yo, cuando se prendieron, me di cuenta de que la luz de mi propia pieza seguía encendida desde la noche, esa luz que había dejado prendida porque había estado entrando y saliendo, y me levanté y la apagué.

La apagué con el día ya entrando por la ventana, así que apagarla no servía para nada; un encargado no apaga una luz a las seis de la mañana para ahorrar, la apaga porque a esa hora la luz sobra.

La apagué tarde. Y mientras la apagaba pensé, por primera vez en toda la noche, que esa luz, prendida en una portería vacía a una hora en que la portería tendría que haber estado a oscuras, la podía haber visto alguien.

Lo pensé y lo solté. Un trabajo grande siempre deja un cabo.

Yo ya tenía elegido no volverme loco por los cabos.

A las seis era la misa.

Hace muchos años que voy a la misa de seis.

Es media hora. Es la única media hora del día en que no soy el encargado de nada, en que el edificio se las arregla solo y nadie me busca, y entro a una iglesia fría con cuatro viejas más y un cura cansado, y por treinta minutos no cuido nada.

Esa media hora me ordena el día como el rosario me ordena la mano.

Esa mañana no fui a misa. Era la primera vez en años que no iba, y no podía ir, porque la misa es a seis cuadras y yo a las seis de la mañana de esa mañana tenía que estar en el edificio, en la portería, disponible, en mi lugar, esperando que el día hiciera lo que el día iba a hacer.

Un encargado, ese día, no podía no estar.

Así que recé en la portería. Me senté otra vez en la cama, saqué el rosario de Inés del bolsillo, y recé como rezo siempre, sin apuro, las cuentas entre los dedos.

Y cuando llegué al padrenuestro lo dije entero, despacio, palabra por palabra, como lo dijo siempre mi madre y como se lo enseñé a Inés cuando Inés tenía la edad que tiene ahora Lucía.

Hágase tu voluntad. El pan nuestro de cada día.

Perdónanos nuestras deudas. Y la otra, la que viene casi al final, la que esa mañana dije igual que las demás, sin detenerme en ella, sin escucharla, porque uno reza una oración que sabe de memoria y las palabras le pasan por la boca como pasa el agua por un caño, sin que uno las mire una por una.

No nos dejes caer en tentación. La dije y seguí. Líbranos del mal. Amén.

Recién ahora, desde acá, desde donde escribo esto, vuelvo sobre esa palabra y la miro.

Tentación. Esa madrugada me pasó por la boca y no la vi.

Un hombre puede rezar toda la vida una palabra y no verla nunca, hasta que un día la palabra lo está mirando a él.

No voy a decir más de eso. No me corresponde a mí decir más de eso. Que lo diga el que lea, si quiere.

Guardé el rosario. Y me puse a esperar, que era lo último, y era lo más fácil, y lo más fácil, esa mañana, fue también lo más largo.

La gente cree que esperar el peor momento de la vida de uno tiene que ser un tormento.

No lo fue. Y acá voy a decir una cosa que me han discutido y me van a seguir discutiendo, y la digo igual porque es la verdad.

Esa mañana, sentado en la portería, esperando que bajara Marta y encontrara lo que iba a encontrar, esperando que llegara la policía, esperando el final de mi vida de hombre libre, yo estaba en paz.

No era una paz alegre. No me malentienda nadie.

Un hombre acababa de morirse, y aunque ese hombre venía a hacer daño y la muerte le vino de su propia mano y de su propia mala suerte, un hombre muerto es un hombre muerto y por su alma yo recé también.

Y arriba había una mujer destrozada y una nena dormida con una noche que no era la suya.

De alegría no había nada. Pero por debajo de todo eso, en el fondo, donde un hombre es lo que de verdad es, había una calma que yo no había tenido nunca, en sesenta y dos años, y que esa mañana, en la portería, me llenaba entero.

Voy a tratar de explicar esa calma, aunque explicarla es lo que más me condena, porque sé cómo suena.

Yo viví solo mucho tiempo. Se me murió Inés a los nueve años.

Después se me apagó Dora y se fue, y no la culpo, una mujer a la que se le muere una hija se apaga y se va, y yo me quedé en una pieza, la portería, con una silla para una visita que no venía.

Treinta y seis años cuidé un edificio que no era mío, un edificio lleno de gente que me decía buen día y no sabía mi nombre de pila.

Yo quería a esa gente. Los cuidé. Pero un hombre, por más que cuide, sabe cuándo lo que da no vuelve, y yo lo sabía, y me había hecho a la idea de que iba a terminar como termina un encargado, en la pieza, una mañana, y que me iban a encontrar como yo encontré a tantos, y que iban a decir pobre Hugo, y que en una semana la pieza iba a tener otro encargado adentro.

Esa noche eso se terminó.

Esa noche yo me hice una familia. La elegí, la salvé, y pagué por ella el precio más grande que un hombre tiene para pagar, y una familia que uno salva pagando un precio así es una familia para siempre.

Andrea y Lucía, mientras vivan, van a saber lo que yo hice.

No me van a poder olvidar aunque quieran.

Yo, esa mañana, no esperaba el final de nada.

Esperaba un cambio de pieza. De la portería a una celda, que es una pieza parecida, del mismo tamaño, con una cama y poco más, una pieza para un hombre solo que sabe vivir en una pieza.

A mí no me asustaba la celda. Yo llevaba treinta y seis años practicando vivir en una celda sin saber que estaba practicando.

La diferencia, la única, la grande, era que de la portería yo me iba a morir siendo nadie, y de la celda me iba a morir siendo el padre de alguien.

Eso es lo que yo me dije esa mañana, sentado en la cama, esperando a Marta. Que por fin mi vida iba a haber servido para algo. Que un hombre puede pasarse sesenta años sin saber para qué fue puesto en el mundo, y después, en una sola noche, saberlo.

Lo escribo y lo escucho. Sé lo que parece.

Parece un hombre contento de ir preso. Parece, peor todavía, un hombre al que la desgracia de los demás le vino bien.

Hay una fiscal que pensó exactamente eso de mí, y lo pensó con razones, y yo no voy a discutirle a nadie las razones.

Yo solo puedo poner acá, en este papel, las dos cosas, las dos juntas, sin elegir, porque elegir no me toca a mí.

Una: yo quise a esa nena y a esa madre con un amor limpio, y esa noche les di todo lo que un hombre puede dar, y lo volvería a dar.

La otra: que un hombre tan solo como yo encuentre la paz la mañana en que va a entregar su libertad, una paz que no tuvo nunca antes, es una cosa que ese hombre tendría que mirar con miedo, y yo esa mañana no la miré con miedo.

La miré con gratitud. Las dos cosas son ciertas y están en el mismo hombre y yo no las puedo separar, y si yo, que soy ese hombre, no las puedo separar, no le voy a pedir al que lea que las separe por mí.

El día siguió subiendo. Por la ventana de la portería, el hall se fue llenando de esa luz gris de las siete menos cuarto, y el edificio terminó de despertarse del todo. Se abrió la puerta de un departamento, arriba. El ascensor bajó, llamado, y se quedó esperando.

Y a las seis y cuarto, como todas las mañanas de todos los años, escuché la puerta de calle.

Era Marta. Marta llega siempre a esa hora, abre con su llave, deja las cosas en el palier, me saluda si me ve, y baja al sótano a buscar los productos de la limpieza, porque los productos se guardan abajo, al lado del cuarto de los medidores.

Escuché la llave de Marta en la cerradura.

Escuché la puerta. Escuché los pasos de Marta cruzando el hall, los pasos de una mujer que llega a trabajar y todavía no sabe nada, que viene pensando en sus cosas, en su día, en lo que va a hacer a la noche.

No me asomé a la ventana. Me quedé sentado en la cama de la portería, con las manos sobre las rodillas, quietas, una al lado de la otra. Escuché a Marta llegar a la escalera del sótano. Escuché el primer escalón. El segundo.

La escalera del sótano cruje en el cuarto escalón.

Esperé el cuarto escalón.