26
Lucía tenía la lámpara del velador prendida y estaba sentada en la cama, contra la pared, con la frazada subida hasta el mentón.
Andrea estaba al lado, encima de la colcha, con un brazo alrededor de la nena, y tenía la cara de alguien que pasó horas diciendo en voz baja las mismas palabras tranquilas hasta quedarse sin ninguna.
Las dos me miraron cuando entré. La nena enseguida.
La madre con un retraso, como si la cabeza le llegara siempre un segundo después que los ojos.
A los chicos hay que mirarlos a la cara apenas uno entra a una pieza, porque un chico te lee en ese primer momento, antes de cualquier palabra, y decide ahí si lo que viene es bueno o es malo.
Yo entré con la cara con la que entro a arreglarle a un vecino una cosa que se rompió.
La cara del que sabe lo que hay que hacer y lo viene a hacer.
Y vi que a Lucía esa cara le sirvió. Vi que la nena, al verme entrar, aflojó algo, un poco, los hombros, el agarre de la frazada, porque para Lucía, a las cinco y media de esa madrugada, que Don Hugo apareciera por la puerta de su cuarto quería decir que alguien grande había llegado y que las cosas, entonces, se podían arreglar.
Eso es lo primero que tengo que decir de esta parte de la noche, y es lo que más me han discutido.
Esa nena me quería. Me quería desde hacía siete años, desde que era una cosa de dos años que se me reía en el palier.
Y esa madrugada esperaba que yo la salvara.
No de Rubén; de Rubén ya no había que salvarla.
Esperaba que la salvara de la noche misma, de lo que le había entrado por los oídos a través de una puerta.
Y yo se lo di. Le di lo que esperaba. La gente, cuando me juzga esta parte, dice que usé el cariño de la nena.
Yo lo doy vuelta. El cariño de la nena era de verdad, y mi obligación, con un cariño de verdad, era no defraudarlo.
Un chico que confía en un grande tiene derecho a que ese grande le resuelva la noche. Yo le resolví la noche.
Le pedí a Andrea, con la mano, despacio, que se corriera un poco.
No que se fuera. Que se corriera. Andrea se corrió hasta el otro borde de la cama y se quedó ahí, sentada, con la espalda contra la pared, mirando, y de la madre, en lo que sigue, no va a aparecer casi nada, porque casi nada hizo.
Estaba vaciada. Una persona, después de una noche así, se vacía, y lo que queda es una cáscara que ve y oye y no puede levantar un brazo.
Andrea, esa madrugada, era una cáscara sentada al borde de la cama de su hija.
Yo conté con eso. No me cuesta escribirlo.
Conté con que la madre no iba a poder intervenir, y armé lo que armé delante de ella, sabiendo que delante de ella era lo mismo que a solas.
Acerqué la silla del escritorio chico de Lucía y me senté al lado de la cama, a la altura de la nena.
Saqué el rosario del bolsillo. El de Inés.
Lucía lo conocía; me lo había visto mil veces, le gustaba, alguna tarde le había dejado pasar las cuentas con los dedos mientras yo barría el palier. Se lo puse en la mano.
—Tené —dije—. Agarralo fuerte. Es de cuando una nena como vos hizo la comunión. Trae calma. Vos apretalo, que mientras vos lo apretás yo te cuento.
La nena cerró la mano alrededor de las cuentas.
Y me miró, esperando que le contara. Esa es la posición en que un chico es más blando que el pan: asustado, cansado hasta el fondo, con un grande al lado que le va a contar qué pasó.
Lo que el grande le dice ahí no le entra como una opinión.
Le entra como el mundo. Yo eso lo sabía.
Y voy a contar lo que le dije, palabra por palabra, sin sacar nada, con la escena entera y no con un resumen piadoso.
—Pasó una cosa fea esta noche —dije—. Vos la escuchaste. ¿Verdad que escuchaste?
—Sí. —Le salió finita.
—Bueno. Por eso vine. Yo vine a explicarte la cosa fea, así no te queda dando vueltas. Las cosas, cuando uno no las entiende, dan vueltas a la noche y no dejan dormir. Yo te la voy a dejar entendida. ¿Querés?
Lucía asintió.
—¿Te acordás lo que te dije siempre, hace mucho, lo de si venía un hombre? —Esperé—. Decímelo vos. A ver si te acordás bien.
—Que si venía un hombre —dijo la nena, despacio, juntando las palabras de un lugar guardado—, y vos no estabas abajo, no le abriera. Que vos sabías. Que vos subías.
—Eso. Muy bien. —Le hablé como se le habla a un chico que contestó bien en la escuela, porque eso afloja a un chico, lo pone del lado de uno—.
Que Don Hugo sabe y Don Hugo sube. Bueno, Lucía.
Eso fue lo que pasó esta noche. Vino un hombre.
Y Don Hugo supo, y Don Hugo subió. Pasó exactamente lo que yo te había dicho que iba a pasar.
¿Ves que no era un cuento? Era de verdad. Yo te lo había avisado para este día.
La nena me miró, y vi cómo eso le calzaba.
Vi cómo una cosa nueva y horrible, al entrar por una ranura que yo había abierto en ella meses antes, dejaba de ser nueva.
Lo que esa noche había sido caos, para Lucía, de golpe tenía la forma de una regla vieja y conocida, una regla que ella se sabía de memoria, y una cosa con forma de regla conocida asusta la mitad.
—El hombre malo —siguió Lucía—. El que gritaba.
—El que gritaba. Ese.
—¿Lo escuchaste vos?
—Lo escuché yo. Yo escucho todo el edificio, vos sabés.
Lo escuché y subí. Y me lo llevé. Me llevé al hombre lejos, abajo, fuera de tu casa, y de acá no va a volver nunca más.
Eso lo arreglé yo esta noche. Por eso tardé, por eso reción ahora vengo a verte.
Estuve ocupado arreglando que ese hombre no vuelva nunca.
—¿Nunca?
—Nunca. Te lo dice Don Hugo.
La nena apretó el rosario. Le miré la mano cerrada sobre las cuentas.
Una promesa, para un chico, no es una idea: es una persona conocida que le pone la cara.
Yo le puse la cara. Le prometí, con mi nombre, que el hombre no volvía, y para Lucía eso fue verdad antes de que yo terminara la frase, porque lo prometía Don Hugo, y Don Hugo le había arreglado la cerradura, le había enseñado por qué el ascensor hace ruido, la había cuidado siete años.
Mi palabra, para esa nena, pesaba más que lo que ella misma había escuchado.
Y entonces vino lo único difícil. Lo único de toda esa noche, de toda esa noche de cuerpos y de pisos y de escaleras, que me costó de verdad.
—Yo escuché a mamá —dijo Lucía.
Lo dijo así, simple, como dice las cosas ella. Lo escuché a mamá. Y miró un segundo hacia el otro borde de la cama, hacia Andrea, y volvió a mirarme a mí.
—Escuché a mamá fuerte —dijo—. Mamá estaba despierta. Mamá hablaba con el hombre. La escuché.
Ahí estaba. El pedazo verdadero. La nena tenía en la cabeza un pedazo de la noche que era cierto, entero, exacto, y ese pedazo, si quedaba, lo rompía todo.
Andrea despierta, Andrea hablando con el hombre, Andrea adentro de la noche.
La verdad, en la boca de una nena de nueve años, esperando que yo le contestara.
No miré a Andrea. Si la miraba, la nena seguía mi mirada, y la madre no iba a poder sostener esa mirada, y la nena lo iba a leer. Así que no la miré. Me quedé en la cara de Lucía. Le hablé más bajo todavía, más despacio, con toda la dulzura que un hombre viejo puede juntar.
—No, mi amor —dije—. Eso no. Escuchame bien esto, porque esto es lo importante de todo. Mamá durmió. Mamá estuvo dormida toda la noche, en su cama, del otro lado. Mamá no escuchó nada y no vio nada y no habló con nadie. Mamá durmió.
—Pero yo la escuché.
—Lo que escuchaste fue mi voz. —Lo dije con la calma con que se le explica a un chico por qué dos y dos son cuatro—.
Vos estabas medio dormida, Lucía. Te despertaste a la mitad.
Y cuando uno se despierta a la mitad, en la oscuridad, las voces se confunden.
Es así, le pasa a todo el mundo, a los grandes también.
Vos escuchaste una voz de grande hablándole al hombre, y como estabas medio dormida pensaste mamá.
Pero era yo. Era Don Hugo, que había subido.
La voz que escuchaste hablándole al hombre era la mía.
Mamá, en esa voz, no estaba. Mamá dormía.
La nena se quedó callada. La vi trabajar.
Vi a una nena de nueve años, a las cinco y media de la mañana, con un rosario apretado en la mano, comparando dos cosas: lo que ella había escuchado, y lo que Don Hugo le decía.
Y vi el momento exacto en que una ganó. No fue un momento de pelea.
Fue un momento de descanso. La nena estaba agotada, y tenía miedo, y de los dos lados de la balanza había uno que pesaba poco y daba miedo, su propio recuerdo, y uno que pesaba mucho y daba calma, la palabra de Don Hugo.
Y la nena, como elige cualquier criatura cansada y asustada, eligió el lado que le daba calma.
Eligió descansar. Soltó su pedazo verdadero.
Lo vi soltarlo. Lo vi salir de ella y caer en ningún lado, y vi entrar en su lugar el mío, mi pedazo, el de la madre dormida y la voz que era la mía, y vi que entraba para quedarse, porque entraba con el sello de la persona en la que ella más confiaba en el mundo.
—Era tu voz —dijo Lucía, despacio. Probándola. Acostumbrándose.
—Era mi voz.
—Y mamá dormía.
—Mamá dormía. Y no sabe nada de la cosa fea, así que no hace falta que le preguntes, porque la vas a poner triste por algo que ella ni vivió. Esto lo arreglamos vos y yo, que sí lo escuchamos. Ella que descanse.
Y del otro borde de la cama, de la cáscara que era Andrea esa madrugada, no salió nada.
No salió una palabra, no salió un movimiento.
Andrea escuchó cómo yo le contaba a su hija que ella había dormido toda la noche, escuchó cómo a su hija le sacaban de la cabeza el recuerdo verdadero de su madre y le ponían otro, y se quedó quieta, contra la pared, mirando.
No la juzgo por eso. Andrea, esa noche, ya no tenía con qué.
Y además, en algún rincón de esa mujer vaciada, algo entendía que lo que yo le estaba haciendo a la nena la dejaba a la nena más liviana, y una madre, aunque esté vaciada, no se levanta a romper la cosa que le deja a la hija más liviana.
Yo conté con eso también. Conté con todo lo que esa madrugada se podía contar.
Le hablé un rato más a Lucía. Le repetí las cosas.
A un chico hay que repetirle las cosas, no porque no entienda, sino porque la repetición es lo que vuelve firme un piso, y yo estaba poniendo un piso.
Le dije otra vez que vino un hombre, que Don Hugo supo, que Don Hugo subió, que Don Hugo se lo llevó lejos, que el hombre no vuelve nunca, que mamá durmió, que arriba, en la casa, no pasó nada, que la casa estaba limpia y tranquila y era de ella y de la mamá, que ella estaba a salvo.
Se lo dije con las mismas palabras cada vez, las mismas, porque las palabras que cambian le avisan a un chico que algo no es del todo cierto, y las que no cambian lo duermen.
Y Lucía, de a poco, con el rosario en la mano, se fue durmiendo.
Se le cerraban los ojos y los volvía a abrir para chequear que yo seguía ahí, y yo seguía ahí, y se los volvía a cerrar.
Una nena no se duerme al lado de una cosa que le da miedo.
Se durmió. Esa es la prueba de que le di lo que necesitaba.
Una nena que se duerme es una nena a la que alguien le sacó el miedo de encima.
Cuando estuvo dormida del todo, le abrí despacio la mano y le saqué el rosario. No se lo iba a dejar; todavía no era el momento de que ese rosario fuera de ella. Lo guardé en el bolsillo. Le acomodé la frazada. Me levanté de la silla con cuidado, sin que crujiera.
Afuera, por la ventana del cuarto, el cielo de Boedo había dejado de ser negro y era de ese gris sucio de las seis menos cuarto.
Marta llegaba a las seis y media. Me quedaba muy poco tiempo abajo, y abajo todavía había una última cosa que hacer, la más fácil de todas, la que cualquiera puede hacer: esperar.
Miré a Andrea, que seguía contra la pared, y le dije, en voz muy baja, para no despertar a la nena, que se acostara al lado de la hija y que cuando Marta golpeara hiciera de cuenta que recién se despertaba.
Andrea movió la cabeza que sí. Fue lo único que la vi hacer en toda esa pieza.
Salí del cuarto. Crucé el living del cuarto piso, que ya era el living limpio de una mujer prolija y no era ninguna otra cosa, y bajé los cuatro pisos por la escalera, hacia la portería, con el rosario de Inés en el bolsillo y la nena dormida arriba, liviana, con su noche nueva puesta, la noche que yo le había hecho, la que iba a contar el resto de su vida creyendo que era la suya.