Padre Nuestro 25
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Un trabajo grande se hace por partes, y la primera parte de un trabajo grande no es hacerlo. Es pensarlo.

Me quedé un rato parado en el living del cuarto piso, sin tocar nada, mirando.

Lo que tenía que lograr esa noche era simple de decir y difícil de hacer.

Tenía que conseguir que la muerte de Rubén dejara de haber pasado en ese departamento.

Que en ningún lugar del mundo, ni en una mancha, ni en una marca, ni en un testigo, quedara escrito que Rubén había subido al cuarto piso.

La muerte tenía que mudarse. Tenía que bajar cuatro pisos, hasta el sótano, y empezar a haber ocurrido allá, entre dos hombres, en un horario que yo todavía no había elegido.

Y todo eso, con un cuerpo que ya estaba frío, en unas horas que se gastaban solas, sin despertar al edificio.

Empecé por mirar la hora de verdad. No tengo reloj de muñeca, pero el living tenía un reloj de pared, de esos a pila, y marcaba casi las dos.

Marta llegaba a las seis y media. Tenía cuatro horas y media.

Un encargado, cuando le dan un trabajo, lo primero que hace es repartir el tiempo, y yo repartí.

Una hora para el cuarto piso. Una hora para bajar.

Lo que sobrara, para el sótano y para lo que el sótano necesitara.

Y un pedazo del final, el más importante, lo reservé, lo aparté entero, para una cosa que no era de limpieza ni de cuerpos.

Lo aparté para Lucía. Pero a eso todavía le faltaba.

Lo primero fue Rubén.

Voy a contar esta parte sin adornarla, porque adornarla sería faltarle el respeto a lo que es.

Bajar a un hombre muerto cuatro pisos por una escalera, solo, a los sesenta y dos años, es un trabajo de animal.

No hay otra palabra. Le até los pies con un repasador y las muñecas con otro, no por nada macabro, sino porque un cuerpo suelto, en una escalera, se desarma, se engancha, golpea contra las barandas, y cada golpe deja una marca, y las marcas hablan.

Un cuerpo atado baja como un bulto, y un bulto se controla.

Lo envolví de la cintura para arriba en una manta vieja que Andrea tenía en un placard, la de los pies de la cama, para que la cabeza, que era lo delicado, no tocara nada y no fuera dejando lo suyo por los escalones.

Y lo bajé. Tramo por tramo, descanso por descanso, en la oscuridad, sin prender una sola luz de la escalera, parando en cada rellano a escuchar el edificio.

El edificio dormía. Yo conocía su sueño mejor que nadie.

Sabía qué puerta tenía el sueño liviano y cuál el pesado, sabía que la del tercero B se despertaba con cualquier cosa y por eso ese tramo lo hice más lento que ningún otro, conteniendo hasta la respiración.

Bajé a Rubén así, de a poco, parando y escuchando, y la escalera, que me había visto subir y bajar miles de veces con una bolsa de cemento o una garrafa o una caja de herramientas, esa noche me vio bajar esto, y no hizo más ruido del que hacía siempre, porque yo le conocía los ruidos y elegí los escalones que no hablan.

En el sótano lo acosté donde tenía que estar.

Entre la pared de los medidores y los baúles, en el piso, boca arriba.

Elegí ese lugar con cuidado. Tenía que ser un lugar donde un enfrentamiento entre dos hombres fuera creíble, un rincón apartado, sin ventanas, el lugar al que dos hombres bajan justamente para que nadie los escuche.

Le saqué los repasadores de los pies y de las muñecas.

Le saqué la manta. Le acomodé el cuerpo en la postura de un hombre que cayó ahí, no de un hombre que fue puesto ahí, y esa diferencia, la de un cuerpo caído y un cuerpo puesto, es la diferencia que se le nota a todo y que casi nadie sabe imitar.

Yo la sabía. Yo había levantado, en treinta y seis años de edificio, gente caída de verdad, viejos en una escalera, un pintor de un andamio, y sabía cómo queda un cuerpo que la gravedad acomodó. Lo dejé así.

Subí. Volví al cuarto piso. Y empezó la parte larga, que fue limpiar.

Acá tengo que decir una cosa sobre lo que es limpiar, porque la gente, cuando piensa en alguien limpiando una escena, se imagina a un hombre nervioso pasando un trapo.

No es eso. Limpiar bien es lo contrario de estar nervioso.

Es un trabajo de método, de paciencia, de orden, y yo, esa noche, lo hice con el mismo estado de ánimo con que destapo una rejilla o reviso una junta.

Despacio. Por partes. Sin saltearme nada.

El piso de madera, primero. La mancha. La froté con agua fría, que el agua caliente fija y el agua fría levanta, eso lo aprendí de Marta hace años sin saber que algún día me iba a hacer falta.

La froté hasta que la madera volvió a ser madera.

Después froté alrededor, un círculo grande, mucho más grande que la mancha, porque un solo pedazo de piso impecable en un piso común grita más fuerte que la mancha misma, y después, para que ni ese círculo se notara, pasé un trapo apenas húmedo por todo el living, por todo, hasta los rincones, hasta abajo del sillón, de manera que el piso entero quedara parejo, un piso recién limpiado por una mujer prolija, y nada más.

La mesa ratona. El canto. Lo limpié, lo revisé contra la luz del farol que entraba por la ventana, lo volví a limpiar. Moví la mesa unos centímetros, a un lugar donde una mesa puede estar, para que no quedara marcando, con su posición, el sitio exacto de algo.

El portarretrato que Rubén había levantado y dejado mal, lo enderecé.

Junté todo lo que era de Rubén o lo que Rubén había tocado.

Recorrí el departamento como recorro un edificio cuando busco una pérdida de gas, sin apuro, oliendo, mirando, pasando la mano.

Lo que era de él se vino conmigo. Los repasadores, la manta, el agua que había usado, todo lo que esa noche había tocado la verdad, lo junté en una bolsa, y esa bolsa, antes de que amaneciera, la saqué del edificio y la hice desaparecer lejos, en un lugar y de un modo que no voy a escribir, porque hay una diferencia entre confesar lo que uno hizo y dejar escrito un manual, y yo estoy confesando, no enseñando.

Y mientras hacía cada una de esas cosas, iba armando, en la cabeza, la otra parte. La parte que no se hace con las manos. La historia.

Porque limpiar el cuarto piso no alcanzaba.

Un departamento limpio es un departamento donde no pasó nada, y eso es la mitad del trabajo.

La otra mitad es que en algún lado sí tiene que haber pasado algo, y ese algo tiene que tener un dueño.

Esa noche, bajando y subiendo la escalera, fregando un piso, yo fui escribiendo, sin papel, la historia que iba a contar.

La fui revisando como se revisa un cálculo.

Rubén no subió nunca al cuarto piso. Rubén vino a verme a mí.

Vino por plata, una plata vieja, una historia de changas y de un hombre que pide y amenaza.

Discutimos en el hall. Bajamos al sótano para no despertar al edificio.

Y abajo, los dos solos, hubo un forcejeo, y un hombre joven contra un hombre viejo, y el hombre viejo lo empujó, y Rubén cayó y se golpeó.

Probé esa historia contra todo lo que se me ocurrió que la podía romper.

La probé contra la hora: tenía que ser una hora en que el edificio durmiera y nadie pudiera desmentir nada, así que la puse cerca de las dos.

La probé contra Andrea: en mi historia, Andrea y Lucía dormían, ajenas, cuatro pisos arriba, y no tenían nada que ver, y para que eso fuera de hierro Andrea no podía aparecer en ningún lado, ni en una palabra.

La probé contra mí mismo: yo necesitaba un motivo, y un motivo propio, mío, que no rozara ni de lejos el cuarto piso, y el motivo de la plata y las changas era perfecto, porque era chico, era sucio, era creíble, y era el tipo de motivo que la gente le cree enseguida a un encargado viejo y pobre.

Había una sola cosa de esa historia que esa noche no me cerró del todo, y la voy a decir porque después pesó.

Mi historia necesitaba que yo tuviera, encima del cuerpo, las marcas de un forcejeo.

Un hombre que dice me agarró del cuello, me empujó, tiene que poder mostrar algo.

Y yo no tenía nada, porque a mí Rubén no me había tocado.

Así que esa parte me la hice yo. No voy a contar cómo.

Diré solamente que un hombre puede, si tiene una razón bastante grande, hacerse en el propio cuerpo las marcas que su historia necesita, y que yo esa noche tenía la razón más grande que tuve en mi vida, y que me las hice sin que me temblara la mano, y que al día siguiente, cuando la fiscal me mirara el cuello, iba a encontrar ahí lo que mi historia le había prometido.

Trabajé toda la noche. La portería, abajo, quedó con la luz prendida, porque yo subía y bajaba y entraba y salía, y la portería era mi base, el lugar donde dejaba una cosa y agarraba otra, y un encargado no apaga la luz de la pieza donde está trabajando.

Esa luz prendida, en una portería vacía, a las dos, a las tres de la mañana, la iba a ver alguien.

Esas cosas no se pueden prever todas. Un trabajo grande, por más método que uno le ponga, siempre deja algo, un cabo, un detalle, una luz encendida a una hora rara, y el que dice que hizo un trabajo así sin dejar nada, miente.

Yo dejé esa luz. Esa noche no podía no dejarla.

La vi prendida, amarilla, desde el hall, cada vez que pasaba, y seguí trabajando.

Cerca de las cinco y media el cuarto piso ya no era la escena de nada.

Era el departamento de una mujer sola y prolija que había fregado los pisos.

El sótano era el lugar donde un encargado y un hombre que le pedía plata habían tenido una pelea que terminó mal.

La historia estaba escrita, probada, cerrada.

El cuerpo estaba abajo, en la postura de la gravedad. Las marcas las tenía yo en el cuello.

Faltaba lo último. Lo que había apartado al principio, el pedazo de tiempo que reservé entero.

Faltaba subir al cuarto piso una vez más, no a limpiar, no a mover nada, sino a sentarme un rato con una nena de nueve años que se había despertado en el medio de todo esto, y que ahora, en su cama, con la madre al lado, tenía en la cabeza una noche que yo todavía no había tocado.

La parte de las manos estaba hecha. Me quedaba la parte difícil.

Me lavé las manos en la pileta de la cocina de Andrea. Me sequé. Y fui hacia el pasillo, hacia la puerta del cuarto de Lucía, que estaba cerrada, y atrás de la cual se escuchaba, muy baja, la voz de Andrea, que no había parado en toda la noche de decirle cosas suaves a la nena para que no saliera.

Golpeé la puerta del cuarto con un nudillo, despacio, y la abrí.