Padre Nuestro 35
100%

35

El penal mandó un aviso en agosto. Hugo estaba en la enfermería del penal, el corazón le andaba mal, y si la familia quería verlo convenía no demorar.

Decían la familia. En los papeles del penal, la familia de Hugo Belmonte eran Andrea Pavón y su hija.

No había nadie más anotado. No había habido nunca nadie más.

Fueron un sábado. A Hugo lo habían pasado de la celda a la enfermería, una sala larga con camas de hierro y olor a desinfectante, y lo dejaron sentado en una silla, al lado de su cama, para recibirlas, porque un hombre recibe a la familia sentado y no acostado, y eso, aunque ya casi no podía con el cuerpo, lo había pedido él.

Estaba muy flaco. La piel se le había puesto de ese color de las velas.

Pero la cara era la de siempre, tranquila, y cuando las vio entrar levantó una mano, despacio, y sonrió.

Lucía cruzó la sala y lo abrazó con cuidado, como se abraza ahora a una cosa que se puede romper, y se quedó así un rato, agachada, con la cara contra el hombro del viejo.

Hugo le pasó la mano por el pelo. Tenía dieciséis años Lucía, era casi una mujer, le sacaba una cabeza al hombre sentado, y seguía siendo, en ese abrazo, la nena de dos años que se le reía en el palier.

Hablaron un rato de cosas chicas. A Hugo le costaba el aire, hacía pausas, pero quiso saber lo de siempre, el colegio, las amigas, y Lucía le contó, y él escuchó cada cosa. Después, en una de las pausas, Hugo se llevó la mano al bolsillo del pecho, despacio, con trabajo, y sacó el rosario.

Andrea lo conocía. Lo había visto en la mano de Hugo cientos de veces en cientos de tardes, en el palier, en la portería, en la sala de visitas.

Y lo había visto una vez más, una sola, hacía muchos años, en una madrugada, apretado en la mano chica de Lucía mientras un hombre, sentado al borde de una cama, le cambiaba a la nena la noche entera.

Ese rosario. Andrea lo reconoció y algo, adentro, se le puso quieto.

—Esto era de mi hija —dijo Hugo. Le hablaba a Lucía—. Yo tuve una hija, antes. Inés. Se llamaba Inés. Se me murió de chica, más chica que vos, y este rosario era el de su comunión. Lo tengo conmigo desde ese día. Más de veinticinco años lo tengo.

Lucía miraba el rosario y miraba a Hugo.

—Lo quiero para vos —dijo él—. Lo pensé mucho.

No tengo otra cosa, Lucía, una vida como la mía no junta cosas, pero esto sí lo tengo, y es lo único que de verdad vale algo de todo lo que es mío.

Quiero que sea tuyo. —Le puso el rosario en la mano y le cerró los dedos de la nena alrededor, despacio, como se los había cerrado aquella otra vez—.

Rezá con esto. No hace falta que sepas todas las oraciones.

Con el padrenuestro alcanza. Y a veces, cuando te acuerdes, rezá uno por mí.

Lucía no podía hablar. Apretó el rosario, las dos manos sobre las cuentas, y asintió, y bajó la cabeza, y Hugo le sonrió como se le sonríe a un chico para que el chico no llore, y Lucía igual lloró, despacio, sin ruido.

Andrea miró eso desde su silla. Vio el rosario pasar de la mano del viejo a la mano de su hija, y vio que el círculo se cerraba, que esa cosa que había sido de una nena muerta hacía treinta y ocho años terminaba ahora en las manos de Lucía, y entendió, mirando, lo que estaba mirando.

Hugo había perdido una hija y se había muerto consiguiendo otra.

Lo había logrado. La nena que lloraba apretando ese rosario lo iba a llorar a él como se llora a un padre, lo iba a rezar, lo iba a recordar bueno y entero toda la vida.

El hombre que una vez había tenido miedo de morirse solo en una pieza sin que nadie lo nombrara estaba muriéndose rodeado, querido, con una hija agarrada de su brazo.

Y Andrea, que sabía todo, que había estado al lado de esa cama aquella madrugada, no podía decir, ni mirando esto, ni a esta altura, si lo que estaba viendo era el premio de un hombre bueno o la última pieza de una obra que ese hombre había empezado a construir mucho antes de aquella noche.

Las dos cosas le cabían a lo que veía. Siempre le habían cabido las dos.

Cuando la visita terminaba, una enfermera vino a avisar que el tiempo se acababa.

Lucía se levantó para juntar las cosas, y por un momento quedó un paso aparte, y Hugo aprovechó ese paso para mirar a Andrea.

Era la primera vez en toda la visita que la miraba a ella, derecho. Andrea le sostuvo la mirada.

—Usted vino —dijo Hugo—. Todos estos años. No me dejó solo.

—Vine.

—Ya sé lo que le costó venir. Lo sé bien. —Hizo una pausa, por el aire, o por otra cosa—. Y sé que hay una pregunta que usted se hace desde hace años y que nunca me la hizo. Yo se la vi siempre. Si quiere, hágamela ahora. Es la última vez que va a poder.

Andrea miró a Hugo. El viejo esperaba, tranquilo, con esa cara que tenía la primera vez que cargó la caja más pesada de la mudanza y con la que tuvo todas las veces después.

Y Andrea entendió que podía hacerla. La pregunta entera, la de las noches sin dormir.

Por qué no subiste antes. Qué escuchaste de verdad.

La dejaste subir a Rubén. Lo que le hiciste a Lucía esa noche, ¿fue por ella o fue por vos.

La tenía toda, ahí, lista, y Hugo le estaba abriendo la puerta para que la dijera.

No la dijo.

No la dijo porque, en ese segundo, mirando al viejo que se moría, supo dos cosas a la vez.

La primera, que Hugo no le iba a dar una respuesta verdadera, no porque fuera a mentirle, sino porque no la tenía; ya se lo había dicho a la fiscal años atrás, un hombre no ve los cimientos de su propia casa, y Andrea le creyó eso entonces y le creía eso ahora.

La segunda, que ella tampoco quería la respuesta.

Que había vivido años apoyada sobre la duda, y que la duda, con todo lo que pesaba, era un piso, y que una respuesta, cualquiera de las dos, le iba a sacar ese piso de abajo de los pies.

Si Hugo le decía fue todo por amor, Andrea no le iba a poder creer del todo, y se iba a quedar peor.

Y si le decía la otra cosa, no iba a poder vivir con eso.

La duda era lo único en lo que se podía parar.

—No, Hugo —dijo—. No tengo nada que preguntarle.

Hugo la miró un momento más. Y asintió, despacio, una sola vez, y en ese gesto hubo algo que podía ser alivio, o podía ser pena, o podía ser las dos, y Andrea no lo descifró, igual que no había descifrado nunca nada del fondo de ese hombre.

Se miraron los dos un segundo largo, el último, y en ese segundo estuvo todo lo que nunca se habían dicho y lo que ya no se iban a decir, y Andrea miró adentro de esa mirada con todas las fuerzas que tenía, buscando ahí, por última vez, la respuesta, y la mirada de Hugo le devolvió lo que le había devuelto siempre: a un hombre tranquilo, que la quería, o que la necesitaba, y que se iba a llevar a la tumba cuál de las dos cosas, suponiendo que él mismo lo hubiera sabido alguna vez.

Lucía volvió. Abrazó a Hugo de nuevo, fuerte, le dijo al oído que lo iba a venir a ver pronto, que se cuidara, y Hugo le dijo que sí, que él se cuidaba, y las dos salieron de la enfermería, y en la puerta Lucía se dio vuelta y lo saludó con la mano, y Hugo, sentado en la silla, flaco, levantó la suya.

Hugo Belmonte murió doce días después, de noche, en la enfermería del penal.

Le avisaron a Andrea por teléfono una mañana temprano.

La voz del otro lado fue correcta y rápida, dio el dato y nada más, y cuando cortó, Andrea se quedó parada en la cocina con el teléfono todavía en la mano, sin moverse, hasta que tuvo que moverse porque había que despertar a Lucía y contarle, y eso, despertar a la hija para contarle eso, fue lo más difícil que le tocó hacer en mucho tiempo.

Lo enterraron en un cementerio del oeste, en un cajón sencillo, una mañana de viento.

No fue mucha gente. Fueron Andrea y Lucía.

Fue Marta, la mujer de la limpieza, ya muy mayor.

Fueron los Brunetti, y dos o tres vecinos más del edificio, los viejos, los que se acordaban del encargado de toda la vida.

El cura dijo lo que dicen los curas, habló de un hombre de fe, de un hombre que había servido a los demás, y los pocos que estaban escuchando asintieron, porque para todos ellos el que se estaba enterrando ahí era el Hugo de la historia del barrio, el viejo bueno que había defendido a una madre y a una nena y había pagado por eso.

Esa historia lo enterró. Esa historia le puso las palabras sobre el cajón.

La otra, la verdadera, no estaba en ese cementerio.

Estaba en dos cabezas nada más, la de Andrea, parada al lado del pozo con la cara dura, y la de una mujer que esa mañana no estaba ahí pero que en algún lugar de la ciudad seguía despierta, seguía trabajando, y seguía, como había prometido, sabiendo.

Lucía lloró todo el entierro. Lloró a su héroe, al hombre que la había salvado, al que le había enseñado por qué el ascensor hacía ruido y le había cargado la caja más pesada y le había pagado deudas que ella ni supo, al que la había ido a esperar a la escuela y le había arreglado el mundo una madrugada de hacía años.

Lloró un amor entero y limpio, y Andrea, a su lado, le pasó el brazo por los hombros y la dejó llorar, porque ese llanto de su hija era de verdad, era lo más de verdad que había en todo ese cementerio, y al mismo tiempo estaba hecho, hasta la última lágrima, de una noche que no había existido nunca.

La vida siguió, porque la vida sigue. Andrea volvió al taller de costura.

Lucía siguió en el colegio. El edificio de Boedo siguió en pie, con su ascensor jaula y sus seis pisos, y el encargado nuevo dejó de ser nuevo, y la gente que se mudó después ya no supo nunca que en la portería había vivido treinta y seis años un hombre llamado Hugo, ni que en el sótano, una vez, había aparecido un muerto.

Un edificio se traga sus historias. Es lo que mejor hace.

Una noche de ese mismo invierno, después de la cena, Andrea pasó por la puerta del cuarto de Lucía y la vio.

Lucía estaba sentada en el borde de la cama, con la lámpara del velador prendida.

Tenía el rosario de Inés entre las manos, las cuentas pasando despacio entre los dedos, y los ojos cerrados, y los labios se le movían sin ruido.

Rezaba. Rezaba por Don Hugo, como Don Hugo le había pedido que rezara, en la pieza de una nena de dieciséis años que de chica había sobrevivido a una noche terrible y había salido entera porque un hombre bueno la había protegido.

Andrea se quedó en el pasillo, del lado de afuera de la puerta entornada, sin entrar, mirando a su hija rezar.

Y se quedó ahí, escuchando, hasta que pudo distinguir, en el murmullo, las palabras que Lucía decía.

Eran las del padrenuestro. Lucía las decía despacio, una por una, las que Hugo le había enseñado, las que la madre de Hugo le había enseñado a Hugo, las que Hugo le había enseñado a otra nena, hacía mucho, en otra casa.

Andrea, parada en el pasillo, en la oscuridad, las escuchó empezar.

—Padre nuestro, que estás...