22
Esa noche no prendí la luz de la portería.
Un encargado, de noche, prende la luz. La ventanita de la portería que da al hall queda amarilla, y esa luz amarilla es un mensaje para todo el que vive en el edificio: el encargado está, el encargado vela, abajo de todos hay alguien despierto.
Yo había encendido esa luz miles de noches.
Era casi lo último que hacía antes de acostarme, y cuando no podía dormir y me quedaba sentado, la dejaba prendida igual, porque la luz no era para mí. Era para ellos.
Esa noche me senté en la silla, en mi pieza, y no estiré la mano hacia la llave.
Me quedé en la oscuridad. Si alguien del edificio se asomaba a la escalera y miraba para abajo, iba a ver la ventanita negra y iba a pensar lo que se piensa: que el viejo dormía.
El viejo no dormía. El viejo estaba sentado en el filo de la cama, con los ojos abiertos, en una portería a oscuras, y por qué la había dejado a oscuras es la primera de las cosas que esa noche hice sin decírmelas.
No dormía por lo del sábado.
Dos días antes Andrea había bajado a contarme lo de la tenencia.
Se había sentado en la silla que yo le acerco, había mirado el piso, y me había contado que Rubén iba a ir a un juzgado a pedir que la nena viviera con él.
Me había contado el resto, lo del abogado que ella no podía pagar, lo de que irse era perder y quedarse era perder.
Y me había preguntado qué hacer, con la voz chica, y yo le había dicho que a la nena no se la iban a llevar, que eso no iba a pasar, que se lo decía yo.
Se lo había dicho con la voz con que se dicen los hechos.
Andrea se había ido tranquila, o más tranquila, porque le había dado una cosa firme y la gente que se está cayendo se agarra de lo firme sin fijarse de qué está hecho.
Pero yo me había quedado con mi propia frase adentro, y mi propia frase, esas dos noches, no me dejó dormir, porque yo, cuando se la dije, no sabía cómo iba a ser verdad.
Eso es lo que un hombre tiene que entender de mí para entender esa noche.
Yo le había prometido a Andrea un resultado.
Eso no va a pasar. Y un encargado de edificio no tiene ninguna herramienta para cumplir una promesa así.
Yo tenía la compuerta de la entrada, y la compuerta servía para que Rubén no subiera una escalera.
No servía para que Rubén no subiera a un estrado.
Yo tenía el cuaderno, con las fechas y las horas, y el cuaderno servía para una causa que tardaría años y que, con un buen abogado del otro lado y una pieza pobre de este, podía perderse igual.
Yo tenía los años de mirar entrar y salir gente por una puerta.
Nada de eso paraba a un juez. Nada de eso paraba a un padre con un papel.
Esas dos noches, sentado, hice lo que sé hacer.
Repasé. Tomé el problema de Rubén y lo di vuelta de todos los lados, despacio, con orden, como reviso una instalación para encontrar la falla, y por primera vez en treinta y seis años de revisar las cosas de un edificio me topé con una falla que no tenía arreglo.
No había, adentro de lo que yo podía hacer, ninguna pieza que cambiar.
Rubén iba a seguir. Rubén iba a ir al juzgado, o iba a venir el sábado, o iba a venir cualquier noche, y la nena que yo había cuidado durante años, a la que le había enseñado las cosas del edificio y una regla para la puerta, esa nena se iba a ir, de a poco, a las manos de un hombre roto, y Andrea atrás de ella, perdiéndola, y yo abajo, en la portería, viéndolas perderse sin una herramienta en la mano.
Un hombre, frente a una falla sin arreglo, hace una de dos cosas. La acepta. O empieza, sin animarse a nombrarlo, a pensar afuera de la caja de las herramientas.
Yo no voy a contar para qué lado fui esas dos noches, porque no lo sé.
Y el que lea esto me va a querer obligar a saberlo, porque la gente necesita que las cosas tengan un adentro claro, una intención que se pueda señalar.
Yo lo único que puedo dar es lo cierto, y lo cierto es esto: esas dos noches no dormí, di vueltas a un problema sin arreglo, y la tercera noche me senté en la oscuridad, sin prender la luz, en una portería que para todo el edificio decía el viejo duerme.
Después de la una sonó el portero.
Lo conozco, ese sonido. Conozco el del edificio entero, cada timbre tiene su largo y su tono, y el que sonó esa noche fue el del cuarto piso.
Alguien, en la vereda, había apretado el botón del cuarto.
Me quedé quieto en la cama, en la oscuridad, escuchando, porque a esa hora yo ya sabía, antes de saber, quién apretaba un botón del edificio a la una de la mañana.
Escuché el portero del cuarto contestar arriba.
Una voz, lejos, cuatro pisos de distancia y un tubo de portero en el medio, así que no entendí palabras, solo el hecho de que el cuarto había atendido.
Y enseguida, abajo, a unos metros de mi puerta, escuché el otro sonido, el que yo conocía mejor que ningún sonido del mundo.
El zumbido de la cerradura eléctrica de la puerta de calle.
El cuarto piso había apretado el botón. Le habían abierto a Rubén desde arriba.
Eso lo digo claro, porque es lo único de esa noche que es del todo claro.
A Rubén no le abrí yo la puerta de calle.
La puerta de calle se la abrieron desde el cuarto piso, y desde el cuarto piso esa noche solo podía apretar el botón Andrea.
Andrea le abrió a Rubén. Por la razón que sea, por miedo a un escándalo a la una de la mañana, por no despertar al edificio, por lo que él le habrá dicho en el tubo, Andrea apretó el botón y la puerta de calle zumbó y se abrió.
Pero que yo no le abriera la puerta de calle no me deja afuera. Esa es la trampa de contar esto con honestidad. Porque la puerta de calle era una cosa, y yo era otra, y yo era la más importante de las dos.
Escuché la puerta de calle cerrarse. Escuché los pasos de Rubén en el hall.
Y acá es donde un hombre que cuenta su vida tiene que pararse y mirar lo que hizo, y lo que hice fue nada.
Durante años, cuando Rubén entraba al hall de este edificio, yo me ponía de pie.
Lo había hecho una vez, dos, diez, no llevo la cuenta de las veces que crucé esa pieza a oscuras, abrí mi puerta y me paré en el hall, entre Rubén y la escalera, con cara de encargado, hasta que el hombre se cansaba y se iba.
Esa era mi tarea y yo la había cumplido siempre.
Me había vuelto la pared de esa entrada. Bastaba con que yo me parara.
Esa noche escuché los pasos de Rubén en el hall y no me paré.
Me quedé sentado en el filo de la cama, en la oscuridad, a tres metros de la puerta.
Tenía el rosario de Inés en la mano; lo había sacado del bolsillo hacía rato, sin pensarlo, y lo tenía agarrado, y la mano que lo agarraba no se movió hacia la puerta.
No me paré. No abrí. No crucé el hall. No me puse, esa noche, entre ese hombre y esa escalera, y la escalera quedó libre, y los pasos de Rubén, que en cualquier otra de las noches de mi vida se habrían topado con un encargado viejo parado en el medio, esa noche no se toparon con nada.
Lo que pensé mientras seguía sentado no lo voy a escribir.
No por elegir esconderlo. Lo voy a decir como es: he tenido todas las noches de esta cárcel para entrar a esos minutos y buscar adentro qué pensaba yo, sentado, con el rosario en la mano, mientras un hombre subía a hacerle daño a la mujer y a la nena que yo había jurado cuidar.
He entrado muchas veces. No encontré nada que pueda darle a nadie.
Hay un hueco ahí, en el medio de mí, del tamaño de esos minutos, y el hueco no tiene adentro ni un plan, ni un deseo con nombre, ni una oración.
No tiene nada. O tiene algo y yo, después de todo lo que me animé a mirar de mí mismo en estas páginas, en esa pieza chiquita no me animo a entrar.
Las dos cosas son posibles. Que lea esto el que quiera y elija.
Yo no puedo elegir por él, porque para elegir tendría que saber, y lo único que sé es que escuché los pasos y me quedé sentado.
Los pasos de Rubén llegaron a la escalera y empezaron a subir.
El edificio es viejo y la escalera habla.
Cada tramo tiene su voz, y yo, en treinta y seis años, le aprendí los doce tramos, los cuatro pisos, los descansos.
Escuché a Rubén subir el primer tramo, y el descanso del primero, y el segundo, y supe en qué piso iba sin verlo, como había sabido siempre todo lo que pasaba en este edificio sin verlo.
Tercero. El descanso del tercero. Y arriba el cuarto.
Después los pasos se terminaron, y hubo un silencio, el silencio de un hombre parado frente a una puerta, y después, muy lejos, muy arriba, apagado por cuatro pisos de aire y de madera, escuché el ruido chico y seco de una puerta de departamento que se abre.
Lo escuché todo. Esa es la verdad que más me cuesta, más que el hueco, más que lo que no me animo a mirar.
A la mañana siguiente le dije al oficial que esa noche no había escuchado nada, y la gente del edificio repitió que el pobre Don Hugo no había escuchado nada, que dormía.
Yo escuché cada cosa. Escuché el timbre del cuarto, y la cerradura de calle, y los pasos en el hall, y los doce tramos de la escalera, y la puerta del cuarto piso abrirse.
Lo escuché todo con la oreja más fina de este edificio, sentado en la oscuridad, con el rosario apretado, y no me moví, y arriba la puerta se cerró, y el edificio se quedó otra vez en silencio, y en ese silencio yo seguí sentado, esperando, sin saber qué esperaba, una cosa que ya estaba ocurriendo cuatro pisos sobre mi cabeza y que yo, con no levantarme de una cama, había dejado ocurrir.