23
Andrea apretó el botón del portero y le abrió la puerta de calle.
Lo hizo por el ruido. Después, en los meses que vinieron, iba a contarse esa decisión de mil maneras, y en todas el centro era el mismo: el ruido.
Rubén estaba abajo, en la vereda, con el dedo en el timbre del cuarto, y por el tubo del portero le había dicho que si no le abría iba a quedarse ahí tocando, golpeando la puerta de calle, llamándola por su nombre, hasta que se asomara medio edificio.
Y medio edificio, a la una de la madrugada, quería decir las luces que se prendían, las puertas que se entreabrían, los vecinos que al otro día sabían.
Andrea, que durante cuatro años había trabajado para ser nadie en ese edificio, apretó el botón.
El zumbido de la cerradura eléctrica sonó en el hall, cuatro pisos abajo, y Rubén entró.
Mientras lo escuchaba subir, Andrea hizo lo único que alcanzó a hacer.
Fue al cuarto de Lucía. La nena dormía. Andrea le miró la cara un segundo, la respiración pareja, y cerró la puerta hasta dejarla apenas entornada, como estaba siempre, y volvió al living a esperar a Rubén con la idea de hablarle en el palier, en la puerta, sin dejarlo pasar.
No lo dejó pasar. Él pasó.
Esa parte de la noche Andrea sí la tiene, y la tiene entera.
Rubén golpeó la puerta del departamento con esos tres golpes suyos, espaciados, y ella abrió para pararlo en el umbral, y él entró antes de que la puerta terminara de abrirse, de costado, rozándola, con la naturalidad de quien entra a un lugar que considera suyo.
Y ya estaba adentro. Y la noche había empezado a moverse para un lado del que no se vuelve.
Estaba tomado. Lo justo para tener la cara despejada y sonriente que en él no quería decir nada bueno.
Caminó hasta el medio del living, miró el departamento, el sillón, la mesa ratona, la cocina contra la pared, y dijo lo de siempre, lo de mirá cómo viven, lo de él durmiendo donde dormía.
Después empezó con la nena. Que venía a ver a su hija.
Que era el padre. Que un papel firmado por un juez no le iba a decir a él cuándo.
Andrea le habló bajo, le contestó corto, le dijo que Lucía dormía, que mañana, que se fuera.
Sabía que ninguna de esas palabras servía.
Las decía igual, porque mientras los dos hablaran no pasaba otra cosa, y ella necesitaba que no pasara otra cosa, necesitaba el tiempo, aunque el tiempo no la llevara a ningún lado.
Y mientras hablaban, sin pensarlo, se fue moviendo. Un paso, otro, despacio, sin que se notara, hasta quedar con la espalda hacia el pasillo, entre Rubén y la puerta entornada del cuarto de la nena. El cuerpo lo hizo solo. El cuerpo de una madre sabe dónde pararse.
Rubén dejó de hablar de la nena y empezó a hablar de la tenencia.
Dijo que ya había decidido, que esa misma semana arrancaba con el juzgado, que iba a contar todo, cómo vivía ella, con qué vivía, quién le cuidaba a la nena.
Dijo que la nena se iba con él. Y de pronto, como si la palabra juzgado le sobrara, como si esperar a un juez fuera una cosa de gente que no tiene los derechos que él tenía, dijo otra cosa.
Dijo que para qué esperar. Dijo que se llevaba a la nena esa noche.
Ahora. Que la despertara y le pusiera un saco.
—No —dijo Andrea.
—Es mi hija.
—Está durmiendo. Es la una de la madrugada. No la vas a despertar.
—La despierto yo, entonces.
Y dio el paso hacia el pasillo.
No fue un paso grande. Fue un paso, uno solo, hacia la puerta entornada del cuarto, hacia la nena, y Andrea no se corrió.
Rubén se encontró con ella en el medio, con el cuerpo de ella en el medio, y le puso una mano en el hombro para apartarla, sin violencia todavía, con el fastidio de quien aparta una silla mal puesta.
Andrea no se movió. Le agarró la muñeca con las dos manos y se la sacó del hombro.
Y ahí, en el segundo en que ella le sacó la mano de encima, la cara de Rubén pasó de la primera a la otra, rápido, como pasaba siempre, y Rubén dejó de apartar una silla y empezó a sacar del medio a una persona.
La empujó. Andrea pegó la espalda contra el marco del pasillo. Él volvió a empujar, con el antebrazo cruzado, para correrla, y desde el cuarto, atrás de ella, en la oscuridad, se escuchó la voz de Lucía, con el sueño todavía encima.
—¿Mamá?
Rubén giró la cabeza hacia esa voz.
Y Andrea, que hasta ese segundo había estado aguantando, conteniendo, sosteniendo el tiempo, dejó de aguantar.
Mientras Rubén miraba hacia la voz de la nena, Andrea lo empujó a él.
Con las dos manos, en el pecho, con todo lo que tenía, para sacarlo del pasillo, para alejarlo de esa puerta, para ponerlo lejos de Lucía.
Lo de después es rápido y Andrea lo tiene en pedazos.
Rubén trastabilló para atrás. No era un hombre que se cayera fácil, pero estaba tomado, y el empujón lo agarró girado, con el peso mal puesto, mirando todavía hacia el cuarto.
Manoteó algo. La mano le pegó al borde del sillón y no encontró agarre.
Las piernas se le enredaron con la pata de la mesa ratona.
Y cayó. Cayó hacia atrás y de costado, en el pedazo de piso de madera entre la mesa ratona y la puerta de entrada, y al caer la cabeza dio contra el canto de la mesa, contra esa esquina de madera dura y barnizada, y el ruido que hizo fue un ruido corto.
Un solo ruido, seco, chico. Nada en la noche hizo un ruido más chico que ese, y nada, después, le pesó más.
Andrea se quedó parada donde estaba, con las manos todavía adelante, en el aire, en la forma del empujón.
Esperó a que Rubén se moviera.
Esa es la parte que ella, en los meses que vinieron, no iba a poder contar bien, porque no tiene la forma de una escena, tiene la forma de una espera.
Andrea esperó. Se quedó parada esperando que Rubén se levantara puteando, que se agarrara la cabeza, que dijera algo, que hiciera cualquiera de las cosas que Rubén hacía siempre después de cada cosa, porque Rubén siempre se levantaba, Rubén era de los que se levantan, de los que vuelven, de los que tres semanas después estaban de nuevo abajo tocando el timbre.
Lo esperó un tiempo que no supo medir. Y Rubén no se movió.
El departamento estaba en silencio. Y en el silencio Andrea entendió, de a poco, que faltaba un ruido.
Faltaba el ruido de la respiración de él.
Un cuarto donde hay dos personas y respira una sola es un cuarto que suena distinto, y ella, parada ahí, escuchó esa diferencia, escuchó la falta, y antes de animarse a entenderla con palabras ya la había entendido con el cuerpo.
Se miró las manos. Las tenía adelante, separadas del pecho, un poco abiertas.
Eran sus manos. El anillo fino de la madre, las uñas cortas, una manchita de lavandina de esa misma tarde.
Las manos que le ataban los cordones a la nena y contaban la plata sobre la mesa.
Las miró como se mira una cosa ajena. No las pudo bajar.
—¿Mamá? —La voz de Lucía otra vez, desde el cuarto, más despierta ahora, con ese filo que tiene la voz de un chico cuando empieza a tener miedo.
Andrea se dio vuelta. Lo único entero que tuvo esa noche, lo único, fue esto: que Lucía no podía cruzar esa puerta. Que Lucía no podía ver el living. Que pasara lo que pasara y costara lo que costara, la nena no podía ver el pedazo de piso entre la mesa y la puerta.
Fue hasta el cuarto. Entró, cerró la puerta del cuarto detrás de ella, y en la oscuridad encontró a Lucía sentada en la cama.
La abrazó. Le dijo al oído que se había caído una cosa, que no era nada, que se quedara en la cama, que cerrara los ojos, que mamá ya volvía.
Le dijo las palabras de dormir a un chico, una atrás de la otra, con una voz que ella misma escuchó salir tranquila, de algún lado, no sabía de dónde.
Acostó a Lucía. La tapó. Se quedó hasta que la respiración de la nena se hizo más lenta, no dormida, pero más lenta, y entonces salió, y cerró la puerta del cuarto, y volvió al living, donde la otra respiración seguía sin estar.
No llamó a la policía.
Después, mucho después, iba a ser la cosa que más le costara explicarse, y nunca iba a explicársela del todo, porque en el momento, esa madrugada, parada en el living, no fue una decisión.
No hubo un instante en que Andrea pensara llamo o no llamo.
El teléfono no apareció en su cabeza como una posibilidad.
Lo que había en su cabeza, en su lugar, puesto ahí por años, por una voz mansa que se lo había repetido de mil maneras, era otra cosa.
Que la policía no servía. Que la policía la iba a mirar a ella, a una mujer sola, con un muerto en su casa, un muerto que era su ex, que la amenazaba con la nena, que tenía con ella una pelea de años.
Que la policía iba a ver eso y iba a ver un motivo.
Andrea, parada en el living de su departamento en plena madrugada, con Rubén en el piso, no pensó la palabra inocente y no pensó la palabra defenderse.
Pensó que estaba perdida. Pensó en Lucía despertándose a la mañana en una casa con policías, pensó en Lucía creciendo con una madre presa, y la cabeza se le cerró alrededor de eso y no le dejó lugar para nada más.
Se quedó de pie. Las manos le habían bajado en algún momento, solas, y ahora le colgaban a los costados, y no sabía qué hora era, ni cuánto tiempo llevaba parada, ni qué se hace, ni qué sigue.
El departamento estaba quieto. Rubén estaba quieto.
Atrás de la puerta del cuarto, Lucía estaba quieta.
Andrea era lo único que en ese departamento todavía respiraba y se movía, y no se movía, parada en el medio del living, lo más lejos que podía del pedazo de piso, esperando, aunque ya no había nada en el mundo que pudiera venir a arreglar lo que había en el piso.
Esperando igual. Porque esperar era lo único que el cuerpo todavía sabía hacer.
Y entonces, en la puerta de calle, sonó un golpe.
No fue el golpe de Rubén. Andrea conocía el golpe de Rubén y este era otro. Fueron dos toques, apenas, con los nudillos, bajos, del lado de afuera de la puerta. Dos toques de alguien que no quería despertar a un edificio. De alguien que ya sabía que del otro lado había alguien despierto.
Andrea se quedó mirando la puerta. Y desde el otro lado de la madera, en voz muy baja, una voz que ella conocía, una voz pareja y serena, dijo su nombre.
—Andrea. Soy Hugo.