Padre Nuestro 21
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Durante años Andrea le había aprendido a Rubén un compás.

Aparecía, desaparecía, volvía. Tres semanas, un mes, dos.

Andrea había sobrevivido todos esos años porque le conocía el compás, y un peligro que tiene compás, aunque sea un peligro, se puede vivir.

Una se acuesta sabiendo que esta noche, casi seguro, no.

Una manda a la nena a la escuela sabiendo que hoy, casi seguro, no.

El otoño en que Lucía cumplió nueve, el compás se rompió.

Rubén dejó de irse. No de un día para el otro; las cosas con Rubén nunca eran de un día para el otro.

Pero Andrea, que le llevaba la cuenta sin querer, se dio cuenta de que ya no pasaban las tres semanas, ni el mes.

Pasaban cuatro días y Rubén estaba de nuevo.

Pasaban dos. Tocaba el portero, lo frenaba Hugo, y al otro día Andrea lo encontraba en la esquina del taller cuando salía.

Aparecía en la puerta de la escuela. Aparecía donde Hugo no estaba, que era casi todos lados, porque Hugo era una sola persona y la ciudad es grande, y Rubén había entendido, con esa inteligencia suya para lo único que le interesaba, que al viejo lo esquivaba con solo no ir al edificio.

Y estaba peor. No peor de bravo. Peor de roto.

Andrea no supo nunca, con detalle, qué se le había caído a Rubén ese otoño.

Algo del laburo. Algo de una mujer. Rubén no lo contaba derecho, lo contaba como contaba todo, en pedazos que lo dejaban a él de víctima, pero por abajo de los pedazos se veía un hombre al que se le estaba viniendo la vida abajo.

Más flaco. La ropa ya no era la ropa de los meses buenos.

Tomaba a horas raras. Y un hombre así, un hombre al que no le queda casi nada, se agarra con las dos manos de lo único que todavía siente suyo, y lo único que Rubén sentía suyo, ese otoño, era Lucía.

La esperó una tarde en la esquina del taller.

Andrea salió a las siete, con la luz ya cayéndose, y Rubén estaba apoyado en la pared de enfrente, esperándola, y cuando la vio cruzó la calle sin apurarse, con las manos en los bolsillos, y se le puso al lado y caminó con ella, como si fueran dos personas que caminan juntas.

—Tenemos que hablar de la nena —dijo.

—No tenemos que hablar de nada en la calle, Rubén.

—De la nena hablamos donde yo quiera. —No levantó la voz.

Eso fue lo primero que la asustó, que no levantara la voz—.

Estuve averiguando, Andre. Hablé con gente que sabe.

¿Vos sabías que esto que vos hacés tiene un nombre?

Lo que vos hacés conmigo y la nena. Tiene un nombre y es delito.

Una madre no puede manejar así a una criatura.

Ponerle un papel a un padre. Decidir vos, vos sola, cuándo la ve y cuándo no.

Eso un juez lo mira mal, Andre. Muy mal.

—Hay un régimen. Lo firmó un juez. Vos lo sabés.

—Ese régimen lo pediste vos. Lo armaste vos a tu medida.

—Rubén se rió, sin ganas, una risa corta—.

Lo voy a pelear. Voy a ir a un juzgado y voy a pedir la tenencia.

La tenencia, Andre. ¿Sabés lo que es? Que la nena viva conmigo.

Que vos seas la del papel, la de los días contados, la que pide permiso. Como me tenés a mí ahora. Igualito.

Andrea siguió caminando. Era lo único que el cuerpo sabía hacer, seguir caminando, un pie y el otro, la vereda, las baldosas, no frenar, porque frenar era darle a Rubén una escena, y Rubén con una escena se agrandaba.

—Ningún juez te va a dar la tenencia —dijo.

—¿Por qué no? Soy el padre. Estoy laburando.

—No estaba laburando—. Tengo dónde tenerla.

Y vos… —La miró de costado, de arriba abajo, esa medida que le hacía siempre—.

Mirate, Andre. Una pieza de mala muerte.

Cosiendo en negro por dos pesos. Sin un mango.

Sola. ¿Vos te pensás que un juez no ve eso?

Y eso es lo de menos. Lo de menos. Porque yo le voy a contar al juez lo otro.

Le voy a contar cómo criás vos a mi hija.

—Yo crío bien a Lucía.

—Vos criás a Lucía con un viejo. —Ahí Rubén bajó todavía más la voz, y se acercó, y Andrea sintió el olor a alcohol viejo—.

¿Qué juez te va a dejar la nena cuando se entere de que se la pasa todo el día abajo, con el encargado?

Un viejo que no es nada de ella. Que la junta en una portería.

Que le enseña cosas. Una nena de nueve años metida en la pieza de un viejo.

Yo eso lo digo en un juzgado, Andre, con estas palabras, y vos te quedás sin nada.

Pensalo. Pensalo bien. Yo te estoy dando la chance de que lo arreglemos entre nosotros, sin juez.

Vos sabés cómo se arregla. La nena empieza a verme cuando yo quiero, donde yo quiero, sin papeles.

Y yo me olvido del juzgado. Es fácil. Vos siempre lo hacés difícil.

Llegaron a la esquina. Andrea frenó, porque tenía que doblar, y Rubén frenó con ella.

—El sábado paso a buscar a la nena —dijo—.

A la tarde. Sin el régimen, sin el papel, sin el viejo en el medio.

Vos me la tenés lista. Y si no… —Se encogió de hombros, casi con pena, la pena que se tiene por una desgracia ajena—.

Si no, arrancamos por el juzgado, y vos vas a perder, Andre, vas a perder feo, porque las mujeres como vos siempre pierden. Pensalo.

Le tocó la cara. Apenas. Le pasó dos dedos por la mejilla, despacio, un gesto de los meses buenos, de doce años atrás, y la dejó ahí, en la esquina, y cruzó la calle y se fue, con las manos otra vez en los bolsillos, sin apurarse.

Andrea no se acordó después de cómo había hecho las cuatro cuadras hasta el edificio.

Se acordó de que cuando llegó tuvo que esperar en la puerta de calle un rato largo antes de meter la llave, porque la mano no le servía para meter la llave, y de que entró, y de que Hugo no estaba en la portería a esa hora, y subió los cuatro pisos sola, y la vecina que la cuidaba a Lucía le dijo que la nena se había portado bien, y Andrea le pagó, y la mujer se fue, y recién entonces, con la puerta cerrada, con la nena adentro, mirando dibujos en la tele, Andrea se sentó en una silla de la cocina y se quedó sentada.

Pensó, esa noche, en lo que pensaba siempre.

Pensó en irse. En las cajas, en una dirección nueva, en agarrar a la nena y desaparecer, que era lo único que ella sabía hacer contra un peligro.

Y enseguida lo entendió, esta vez con todas las letras, porque el miedo, cuando es de verdad grande, le aclara a uno las cuentas.

Si se iba con Lucía ahora, con una amenaza de tenencia encima, no estaba escapando.

Estaba secuestrando. Una madre que desaparece con la hija cuando el padre va a un juzgado no es una madre que protege; es una madre que, a los ojos de cualquier juez, le da la razón al padre.

Si se iba, perdía. Si se quedaba a pelear, perdía también, porque para pelear hacía falta un abogado, y un abogado costaba una plata que Andrea no había tenido nunca, y el mundo no le iba a regalar uno.

Y si no hacía nada, el sábado a la tarde Rubén iba a tocar el timbre para llevarse a la nena sin papel y sin permiso, y eso era el principio de tenerla, de a poco, como tenía todo Rubén, de a poco y para siempre.

No tenía a quién llamar. Repasó otra vez la lista, la lista que ya había repasado en otras noches malas, la lista que no tenía a nadie. Una mujer, a los treinta y cuatro años, después de una vida de trabajar y de cuidar y de aguantar, no tenía en el mundo una sola puerta para golpear.

Tenía una. Bajó al otro día, a la tardecita, cuando supo que Hugo estaba en la portería.

Golpeó el marco de la puerta abierta. Hugo levantó la vista de lo que estaba haciendo, le vio la cara, y dejó lo que estaba haciendo.

Le acercó la silla. Andrea se sentó, y le contó.

Le contó todo, la esquina del taller, la tenencia, el juzgado, el sábado.

Le contó, porque ya no le quedaba orgullo para esconderlo, que un abogado costaba lo que ella no tenía, que irse era perder, que quedarse era perder, que no sabía qué hacer.

Habló mirando el piso de la portería, y Hugo la escuchó sin interrumpirla una sola vez, quieto, con las manos sobre las rodillas.

Cuando Andrea terminó, Hugo no contestó enseguida.

Andrea conocía los silencios de Hugo. En todos esos años le había aprendido los silencios como le había aprendido a Rubén el compás.

Había un silencio de Hugo que era de pensar una solución, y atrás de ese silencio venía siempre un eso se arregla, Andrea, dicho con esa calma que a ella la sostenía. Lo esperó. Esperó el eso se arregla.

El silencio de esa tarde fue otro. Más largo.

Más quieto. Hugo se quedó mirando un punto del piso, el mismo punto que miraba ella, y a Andrea, que tenía la cabeza puesta entera en Rubén y en el sábado, no le sobró atención para preguntarse por qué el silencio era distinto.

Lo único que registró, y lo registró como se registran las cosas en una mala tarde, de costado, sin darle vueltas, fue que el encargado del edificio, el hombre que siempre tenía algo para decir, se estaba tomando para contestar más tiempo del que se había tomado nunca.

—¿Qué hago, Hugo? —dijo Andrea, y la voz le salió más chica de lo que ella quería—. Dígame qué hago.

Hugo levantó la vista del piso. La miró. Y le habló despacio, con la voz de siempre, la voz pareja, la voz que cerraba cada frase.

—Usted al sábado no le tiene que tener miedo —dijo—. A la nena no se la va a llevar. Ni el sábado, ni con un juez, ni nunca. Eso no va a pasar, Andrea. Se lo digo yo.

Lo dijo como decía las cosas seguras. Como decía que una caldera iba a aguantar el invierno, o que una humedad no iba a volver.

Sin levantar la voz, sin un gesto de más, con la tranquilidad de un hombre que no está prometiendo sino informando, que no está consolando sino diciendo un hecho que ya conoce.

Y Andrea, que necesitaba esa frase más que el aire, que llevaba dos días sin una sola cosa firme donde apoyarse, agarró la frase y se apoyó.

No se preguntó de dónde sacaba Hugo esa certeza.

No se preguntó cómo podía un encargado de edificio saber, con esa calma, lo que iba a hacer o no iba a hacer un juez, un padre, una causa de tenencia.

No se lo preguntó porque no se le pregunta el precio a lo único que a una le están regalando cuando se está cayendo.

Le creyó. Se llevó la frase arriba como quien se lleva un remedio, y esa noche, por primera vez en muchos días, durmió algunas horas seguidas.

Antes de dormir hizo lo de siempre. Pasó por el cuarto de Lucía.

La nena dormía de costado, con un brazo afuera de la sábana.

Andrea le acomodó el brazo adentro. Se quedó un momento parada al lado de la cama, mirándola dormir, nueve años, la respiración tranquila, y después salió, cerró la puerta despacio, fue hasta la de calle y le dio las cuatro vueltas a la llave, y apagó la luz de la cocina, y la del living, y el departamento quedó a oscuras y callado, cuatro pisos arriba de una portería donde un hombre, esa misma noche, estaba despierto.