20
A la puerta de Élida Pieri la fiscal golpeó por segunda vez un lunes a media mañana.
La primera había sido meses atrás, cuando recién pasó lo de abajo, y esa vez la fiscal había ido puerta por puerta, todo el edificio, y a Élida le había hecho cuatro o cinco preguntas cortas en el palier y se había ido.
Élida se había quedado con ganas de que le preguntara más.
No por la desgracia, la desgracia era una cosa terrible, pobre gente.
Por la compañía. Élida vivía sola en el tercero desde hacía años, los hijos lejos, el teléfono callado casi siempre, y una visita, aunque fuera la de una fiscal, aunque fuera por una muerte, era una visita.
Esta vez la fiscal no se quedó en el palier.
Cuando Élida abrió, la mujer dijo buenos días, señora Pieri, ¿le robo un rato?
, y Élida la hizo pasar enseguida, contenta, y le ofreció un té, y la fiscal dijo que no, gracias, pero Élida igual puso a calentar el agua, porque una visita sin algo caliente en la mesa no era una visita, y porque mientras el agua se calentaba la mujer no se podía ir.
Se sentaron en el comedor. La fiscal se llamaba Acuña, eso Élida lo sabía de la otra vez y de lo que se hablaba en el edificio.
Era una mujer de tapado oscuro, ni joven ni vieja, con una cara difícil.
No una cara fea. Una cara difícil, de esas que uno mira y no saca nada, que no le devuelven a uno ni una sonrisa de cortesía ni un gesto de fastidio, nada, una cara cerrada con llave.
Élida, que en setenta y tres años había aprendido a leerle la cara a la gente en el almacén, en el banco, en la sala de espera del médico, con esta mujer no pudo.
Y eso, sin que Élida supiera bien por qué, la puso a hablar de más, que es lo que le pasa a uno cuando tiene enfrente una cara que no contesta: uno habla para llenar el hueco.
—Usted dirá —dijo Élida.
—Quería preguntarle por la noche en que murió el señor que apareció en el sótano. Rubén Mansilla. Sé que de esto ya hablamos una vez. Le voy a pedir que me lo cuente de nuevo.
—Pero si yo esa noche no vi nada, hija. Ya se lo dije la otra vez. Yo de la desgracia me enteré a la mañana, como todos, con el griterío.
—Lo sé. No le voy a preguntar por la desgracia. Le voy a preguntar por la noche. Es distinto.
Élida no entendió la diferencia, pero asintió.
La fiscal no sacó ningún papel. Eso a Élida le llamó la atención, y le siguió llamando la atención toda la mañana: la mujer no anotaba.
Venía a preguntar cosas de una causa y no traía ni un cuaderno ni una lapicera, tenía las manos sobre la mesa, vacías, quietas, y a Élida le costaba hablarle a alguien que no anotaba, porque cuando el otro anota uno sabe que lo que dice va a algún lado, y cuando el otro no anota uno siente que lo que dice se le queda a la mujer adentro de la cabeza, todo, y eso era más incómodo.
—Señora Pieri, ¿usted duerme bien?
—¿Yo? No. Hace años que no. —Élida se rió, una risa corta, de las que se usan para las cosas que no tienen gracia—. A mi edad nadie duerme. Me acuesto, doy vueltas, me levanto. Es así.
—Cuando se levanta a la noche, ¿qué hace?
—Y… lo que hace una. Tomo un vaso de agua.
Voy al baño. A veces, si la cosa viene muy mala, me pongo una bata y salgo al palier, al descanso de la escalera, y me quedo un rato ahí.
En el departamento, de noche, las paredes se me vienen encima.
En la escalera hay más aire, está más fresco.
Me quedo parada en el descanso, miro para abajo, para el hall, y al rato me vuelve el sueño y me acuesto.
Lo hago hace años. El edificio de noche es tranquilo. A mí me hace bien.
—La noche del señor Mansilla. ¿Esa noche se levantó?
Élida lo pensó. El agua empezó a hacer ruido en la pava.
—Sí —dijo—. Esa noche dormí mal. Me acuerdo porque al otro día fue todo el lío, y una, cuando al otro día pasa algo grande, repasa la noche de antes, ¿vio? Como buscándole un aviso. Esa noche me levanté. Dos veces, me parece. O más.
—Cuénteme las dos veces.
Élida se levantó a apagar el fuego y a servir el té, el suyo, y dejó la taza humeando al lado de las manos quietas de la fiscal, por si acaso. Volvió a sentarse.
—La primera fue temprano. Tipo doce y media, una. Me levanté, tomé agua, me asomé al palier. Me quedé un poquito en el descanso y me volví. Eso fue temprano.
—¿Y la segunda?
—La segunda fue más tarde. Bastante más tarde. No le puedo decir la hora justa, hija, yo de noche no ando mirando el reloj, pero fue de esas horas feas, las dos, las dos y media, esa zona. Me levanté de nuevo, no me venía el sueño de ninguna manera, y salí otra vez al descanso de la escalera.
—Cuando salió la segunda vez, a las dos, dos y media. Desde el descanso del tercer piso, mirando para abajo, para el hall. ¿Qué vio?
Y ahí la fiscal hizo una cosa que después se repitió toda la mañana.
Se quedó callada. No agregó nada, no la ayudó a Élida a contestar, no le dio una pista de qué era lo que quería escuchar.
Dejó la pregunta sobre la mesa, al lado del té que no tomaba, y esperó, con esa cara cerrada, y Élida, que no aguantaba el hueco, lo llenó.
—Vi el hall. Vi… nada, hija. El hall de noche. La luz del hall es esa amarillita de siempre. Vi la escalera. ¿Qué quiere que haya visto?
—La portería. Desde el descanso del tercero, ¿se ve la portería?
—Se ve la ventanita. La portería de Don Hugo tiene una ventana que da al hall, ¿vio?, una ventana chica. Desde arriba uno ve esa ventana. Si Don Hugo tiene la luz prendida, la ventanita se ve amarilla. Si la tiene apagada, se ve oscura. Eso se ve, sí.
—Esa noche, la segunda vez que se asomó. La ventana de la portería. ¿Estaba la luz prendida o apagada?
Élida tomó un sorbo de té. Empezaba a no gustarle del todo esta conversación, sin saber por qué, y cuando una conversación empieza a no gustarle a uno, el té ayuda.
—Prendida —dijo—. La segunda vez estaba prendida.
—¿Está segura?
—Segura. Me acuerdo de la ventanita amarilla. Sí.
—¿Y la primera vez? Temprano, a las doce y media. ¿Cómo estaba la luz de la portería esa primera vez?
Élida abrió la boca y la volvió a cerrar. Esto no lo había pensado nunca, en todos estos meses, y le vino ahora, de golpe, empujado por la pregunta.
—Apagada —dijo, despacio—. La primera vez estaba apagada. Claro. Porque me acuerdo que pensé, pobre Don Hugo, durmiendo, y yo acá dando vueltas como un alma en pena. La primera vez la ventanita estaba oscura. Don Hugo dormía.
—Entonces, déjeme ver si entendí. A las doce y media la portería estaba a oscuras. Y a las dos, dos y media, la portería tenía la luz prendida.
—Así parece, sí.
—Esa segunda vez, con la luz prendida. ¿Vio a Hugo Belmonte adentro de la portería?
—No —dijo Élida, y otra vez le salió despacio, otra vez la pregunta le sacaba algo que ella tenía guardado sin saber que lo tenía—.
No, ahora que lo dice. La luz prendida y la portería vacía.
La ventanita amarilla y adentro no se veía a Don Hugo.
Yo en su momento no le di importancia, hija, ¿qué importancia le iba a dar?
Pensé que habría ido al baño, o al sótano a ver una llave, qué sé yo, Don Hugo a cualquier hora anda arreglando algo, ese hombre.
Una portería con la luz prendida y sin el encargado adentro, a las dos de la mañana, a mí esa noche no me dijo nada. Era Don Hugo. Don Hugo es de fiar.
—¿Cuánto tiempo se quedó usted en el descanso esa segunda vez?
—Poco. Cinco minutos. Diez.
—En esos cinco o diez minutos, ¿vio entrar o salir a alguien? ¿Escuchó pasos, voces, la puerta de calle?
—No. Yo esa noche no escuché nada raro. Si hubiera escuchado algo, créame que me acordaría, porque al otro día… —Élida hizo un gesto con la mano, hacia abajo, hacia el sótano, hacia todo el lío—. No. Estaba todo callado. Me volví a acostar.
La fiscal asintió. Tomó, por fin, el té, un sorbo chico, dejó la taza, y a Élida le pareció que la conversación se terminaba ahí, y ya estaba juntando las fuerzas para insistir con que se quedara un rato más, cuando la mujer volvió a empezar.
—La luz de la portería —dijo Acuña—. La que usted vio prendida a las dos y media. ¿Sabe quién la apagó?
—¿Quién la apagó? No. Yo qué voy a saber, hija. Yo me acosté.
—¿No la vio apagada en algún momento de esa noche?
—No. Le dije, me acosté. Hasta la mañana no me levanté más.
—La encargada de la limpieza llegó a las seis y media y dice que cuando llegó la portería estaba con la luz apagada. Usted dice que a las dos y media estaba prendida. Entre las dos y media y las seis y media, alguien apagó esa luz.
Acuña no agregó nada. Dejó las dos horas ahí, las dos y media y las seis y media, una a cada lado de la mesa, y esperó, con la cara cerrada, y Élida sintió, por primera vez en la mañana, algo que no era la incomodidad de antes sino una cosa más fría, porque entendió, de golpe, que esta mujer no había venido a hacerle compañía a una vieja.
Había venido a buscar una luz. Había venido a saber a qué hora se había prendido y a qué hora se había apagado la luz de la portería de Don Hugo, como si esa luz fuera un testigo más, uno que no se podía contradecir, y Élida, sin querer, le acababa de dar la mitad del horario de ese testigo.
—Hija —dijo Élida, y ahora habló más despacio, eligiendo—.
Yo no sé qué está buscando usted. Pero Don Hugo es un buen hombre.
El mejor encargado que tuvo este edificio.
A mí me sube las compras, me arregla la persiana, me golpea la puerta cuando hace mucho frío para ver si estoy bien.
Si usted está pensando que Don Hugo… Él ya dijo lo que pasó.
Él contó todo. Fue una desgracia, una pelea, esas cosas pasan.
No le busque a Don Hugo lo que Don Hugo no tiene.
—Yo no estoy pensando nada, señora Pieri —dijo Acuña—. Estoy preguntando por una luz.
—¿Y qué tiene que ver una luz?
Acuña se puso de pie. Acomodó la silla contra la mesa, despacio, y le agradeció el té que casi no había tomado.
—Es un dato —dijo—. Junto los datos. Después se verá cuáles sirven y cuáles no. Le agradezco mucho el tiempo. Y el té.
Y se fue. Élida la acompañó hasta la puerta, le dijo que volviera cuando quisiera, lo dijo por costumbre, porque a las visitas se les dice eso, y la fiscal bajó la escalera, y Élida se quedó en el palier escuchándola bajar, los tacos sobre los escalones, tercero, segundo, primero, hasta el hall, hasta la puerta de calle.
Después volvió a entrar a su departamento y levantó las dos tazas, la suya vacía y la de la fiscal casi llena, y las llevó a la cocina, y mientras las lavaba pensó en lo que había hecho.
No había mentido. No había dicho una sola cosa que no fuera cierta.
Había contado lo que vio, la ventana oscura a las doce y media, la ventana amarilla a las dos y media, la portería prendida y sin nadie adentro.
Todo verdad. Y sin embargo, secándose las manos en el repasador, a Élida le quedó la sensación de que esa mujer se había ido del tercer piso con algo en la mano, algo que ella le había dado y que ahora era de la fiscal, y que ella no iba a poder pedir que se lo devolvieran.
Esa noche Élida durmió mal, como siempre.
Se levantó tipo dos, se puso la bata y salió al descanso de la escalera, como hacía hacía años.
Se quedó parada, agarrada del pasamanos, y miró para abajo, para el hall, para la luz amarillita de siempre.
Abajo, en la planta baja, la ventanita de la portería estaba oscura.
Ahora estaba siempre oscura. Don Hugo no estaba para prenderla.
El edificio tenía un encargado nuevo que se iba a las seis de la tarde a su casa, y la portería, de noche, se había quedado sin luz para siempre, y Élida, que durante años se había vuelto a la cama tranquila al ver esa ventanita amarilla, una lucecita encendida abajo de todo, alguien despierto cuidando, se quedó esa madrugada un rato largo en el descanso del tercero, mirando el cuadradito oscuro, antes de volverse a acostar.