Padre Nuestro 19
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—Necesito hablar con su hija.

Acuña lo dijo en el palier, sin pasar. Esta vez no pidió pasar.

Vino sola, golpeó la puerta del cuarto un miércoles a la tarde, y cuando Andrea abrió, la fiscal se quedó del lado de afuera, con las manos sin nada, como siempre, y dijo esa frase y después se quedó callada, mirándola, para ver qué le hacía la frase a la cara de Andrea.

—Lucía tiene nueve años —dijo Andrea.

—Lo sé. Por eso no la voy a entrevistar yo, ni acá.

Hay un procedimiento para los chicos. Se hace en una sala preparada, con una psicóloga especializada que es la que conversa con la nena.

Yo no entro a esa sala. Escucho desde otro lado.

La nena no ve a nadie más que a la profesional.

Está pensado para que para un chico sea lo menos difícil posible.

—¿Y si yo no quiero?

—Usted puede plantear lo que quiera. Pero es una medida de la investigación, y la hija de la víctima estaba en el edificio esa noche.

—Acuña hizo una pausa corta—. Le va a llegar la citación con la fecha.

Quería decírselo yo antes, en persona, para que no le llegara de golpe en un papel.

Es una nena. Conviene que usted la prepare con tiempo, con tranquilidad. Que no llegue asustada.

—Lucía no vio nada. Esa noche dormía.

—Puede ser. —Acuña no se movió—. Igual hay que escucharla. A veces los chicos que dormían escucharon más de lo que los grandes creen. Y a veces no. La sala sirve para las dos cosas.

Andrea no contestó. Y Acuña, que había venido a eso, a poner la frase y a mirar, miró un segundo más, el segundo de más que se tomaba siempre, y después dijo buenas tardes y se fue hacia la escalera.

Andrea cerró la puerta. Giró la llave. Se quedó con la mano en la llave, sin sacarla, escuchando los pasos de la fiscal que bajaban, uno y otro, hasta que dejó de escucharlos.

Lucía estaba en la escuela. Faltaba una hora para ir a buscarla.

Andrea se quedó parada en el living, en el departamento vacío, y por primera vez en mucho tiempo no pensó en el pedazo de piso de madera, no lo miró, no lo esquivó.

Esa tarde el piso dejó de ser lo peor del departamento.

Lo peor del departamento, esa tarde, pasó a ser la puerta cerrada del cuarto de Lucía, y lo que había del otro lado, que no era la nena, porque la nena estaba en la escuela, sino lo que la nena guardaba adentro de la cabeza y que Andrea, en cuatro meses, no había tenido el coraje de ir a buscar.

Una sala preparada. Una psicóloga. La fiscal escuchando desde el otro lado de algo, un vidrio, una cámara, lo que fuera.

Acuña lo había contado con palabras mansas, palabras pensadas para que sonara cuidado, sin filo, una cosa hecha para que a un chico le resultara lo menos difícil posible.

Y Andrea, escuchándola, había entendido lo contrario.

Había entendido que iban a meter a Lucía, a su Lucía de nueve años, sola, en un cuarto con una desconocida, y que la desconocida le iba a ir preguntando, con voz suave, de a poco, por la peor noche de su vida, mientras del otro lado de un vidrio una mujer que no devolvía nada con la cara escuchaba cada palabra y la pesaba.

Y Andrea no iba a estar adentro de esa sala.

Eso era lo que le había quedado clavado de todo lo que dijo Acuña.

Yo no entro. Usted tampoco. La nena no ve a nadie.

Iban a quedarse las dos solas, su hija y la pregunta, y Andrea iba a estar afuera, en un pasillo, sin poder hacer nada, sin poder mirarla, sin poder ponerse, como se había puesto esa noche, entre Lucía y lo que venía.

Pensó en llamar a alguien. El pensamiento le duró lo que tardó en repasar a quién.

No tenía un abogado. Nunca había tenido un abogado; los abogados costaban plata y, además, alguien le había explicado hacía años, con buenas razones, que los abogados a una mujer como ella le sacaban la plata y la dejaban peor.

No tenía una amiga a quien contarle esto, una amiga de verdad, de las que una llama un miércoles a la tarde y le dice tengo miedo.

La del primero la saludaba en la escalera y nada más; eso había quedado en nada hacía años, y Andrea, esa tarde, no se acordó de por qué había quedado en nada.

No tenía una hermana, no tenía una madre cerca.

Tenía a Hugo, y Hugo estaba preso, y a Hugo no lo podía llamar, ni ir a ver, porque ir a ver a Hugo a la cárcel era dibujar, con una línea bien gruesa, delante de Acuña, el vínculo entre el cuarto piso y el hombre que había confesado.

Andrea repasó entera la lista de la gente del mundo a la que podía pedirle ayuda, y la lista no tenía a nadie, y lo raro, lo que esa tarde Andrea no tuvo tiempo de encontrar raro, era que una mujer puede llegar a estar así de sola sin haber elegido, en ningún momento, quedarse así de sola.

Fue a buscar a Lucía a la escuela. Volvieron.

Lucía contó cosas del día, una prueba de matemática, algo de una compañera, y Andrea le contestó lo que había que contestarle, en los lugares donde había que contestarle, y le preparó la leche, y la dejó hacer la tarea en la mesa de la cocina.

La miró hacer la tarea. Nueve años, la lengua un poco afuera cuando la cuenta era difícil, el lápiz mal agarrado.

Andrea la miró y trató de imaginársela en esa sala, sentada en una silla de chico frente a una desconocida, y no pudo, y dejó de intentarlo.

Esa noche, después de la cena, antes del baño, Andrea se sentó en el borde de la cama de Lucía.

Tenía que decírselo. Acuña había dicho prepárela con tiempo, y por una vez Acuña y Andrea querían lo mismo, las dos querían que la nena no llegara de golpe a esa sala, y Andrea, además, quería otra cosa que no se animaba a nombrar ni adentro de la cabeza, quería saber.

Necesitaba saber qué iba a decir Lucía en esa sala.

Y la única manera de saberlo era preguntárselo, y Andrea, en cuatro meses, no le había preguntado nunca a su hija qué recordaba de esa noche, porque preguntárselo era abrir una puerta, y Andrea había decidido, sin decidirlo, que esa puerta se quedaba cerrada.

—Luci. Te tengo que contar una cosa.

Lucía dejó el muñeco con el que estaba.

—Unas personas que trabajan para la justicia te van a querer hacer unas preguntas. En un lugar especial. Una señora muy amable, que sabe hablar con chicos, te va a preguntar cosas. De Rubén. De esa noche.

—De cuando papá se murió —dijo Lucía.

Lo dijo así. Derecho, sin temblar, del modo en que los chicos dicen las cosas más grandes, como si fueran del mismo tamaño que las otras. Andrea asintió.

—¿Y yo qué les digo? —preguntó Lucía.

Ahí estaba. La pregunta que Andrea había bajado a buscar al cuarto de su hija.

¿Y yo qué les digo? Una nena de nueve años, sentada en su cama, con el pijama puesto, le preguntaba a la madre qué tenía que decir, y la madre, del otro lado, en el borde de la misma cama, tenía durante un segundo, un solo segundo, todo el poder del mundo.

Podía decirle. Podía armarle a Lucía, ahí, en voz baja, con el muñeco al lado, la noche entera, palabra por palabra, podía dejársela puesta adentro como quien le pone un abrigo, y Lucía iba a entrar a esa sala con la noche que la madre le hubiera dado.

Andrea abrió la boca. Y no le salió nada, porque para armarle a Lucía qué decir, Andrea primero tenía que saber qué había adentro de Lucía.

Tenía que saber qué recordaba la nena, de verdad, para no chocar contra eso, para no enredarla, para no dejarle dos noches encima, la de ella y la que le diera la madre.

Y para saber qué recordaba la nena tenía que preguntárselo.

Así que preguntó. Por fin, después de cuatro meses, preguntó.

—¿Vos qué te acordás, Luci? De esa noche.

Lucía se quedó pensando, y pensar se le notaba en la cara, igual que siempre.

—Me acordó poco —dijo—. Yo estaba durmiendo.

Me desperté con un ruido y te llamé, y vos viniste, y me dijiste que me quedara en la cama, y yo me quedé.

Hice la regla. No abrí la puerta. —Lo dijo con un orden raro, el orden de algo repasado—.

Y después vino Don Hugo y Don Hugo arregló todo.

El hombre malo estaba abajo, en el sótano, y Don Hugo se ocupó.

Yo no vi nada porque hice la regla y me quedé en la cama. Eso me acuerdo.

Andrea no se movió.

—Lo demás me lo contó Don Hugo —siguió Lucía—.

Al otro día, y otras veces. Porque yo estaba dormida y no vi, y Don Hugo sí sabe cómo fue, porque Don Hugo sabe todo lo que pasa en el edificio.

Entonces yo sé cómo fue, aunque estaba dormida.

Don Hugo me lo explicó bien para que yo supiera.

—Lucía agarró otra vez el muñeco—. ¿Eso les digo? ¿Lo que me explicó Don Hugo?

Andrea le acomodó el pelo. Le hizo el gesto de acomodarle el pelo porque era un gesto que las manos podían hacer solas mientras el resto de ella se quedaba quieto, sosteniéndose, y le dijo que sí, mi amor, que dijera lo que se acordara, que dijera la verdad, que era fácil, que no tuviera miedo.

Le dijo las palabras que se le dicen a un chico para que duerma, y Lucía, mansa, se acostó, y Andrea le apagó la luz y salió y cerró la puerta despacio.

Se quedó en el pasillo, del lado de afuera de la puerta del cuarto de su hija, en el departamento a oscuras.

Andrea sabía lo que había pasado esa noche.

Ella había estado. Ella sabía en qué cuarto, sabía contra qué mueble, sabía de qué lado de la puerta.

Y acababa de escuchar a su hija contarle, en voz de nena, con un orden de cosa aprendida, una noche que no era esa.

Una noche limpia. Una noche con el peligro abajo, en el sótano, lejos, y con Lucía a salvo en la cama porque había cumplido una regla, y con un hombre bueno que subía y arreglaba todo.

Una noche en la que Andrea, la madre, casi no estaba, aparecía un segundo para mandarla a la cama y después salía del relato.

Lucía no recordaba esa noche. Lucía recordaba la noche que Hugo le había contado, y la recordaba con la misma cara con que recitaba la tabla del dos, y le había dicho, sin que le temblara la voz, que lo que ella sabía de la noche en que su padre se murió se lo había explicado Don Hugo, bien, para que ella supiera.

Andrea había sabido esto. De algún modo lo había sabido todo este tiempo, lo había sabido la noche misma, cuando dejó que Hugo se quedara un rato con la nena, que la calmara, que la durmiera, mientras ella, abajo, no podía ni pararse.

Lo había sabido y no lo había mirado. Lo había guardado en el mismo lugar donde guardaba el forcejeo, en una laguna que ella mantenía a propósito, porque mirar adentro de esa laguna no le servía para sobrevivir y sobrevivir era lo único que Andrea se permitía hacer.

Ahora ya no podía no mirar. Su hija iba a entrar a una sala, sola, frente a una psicóloga entrenada para escuchar a los chicos, entrenada para notar cuándo un recuerdo no es un recuerdo, y le iba a entregar, con total tranquilidad, la noche de Hugo.

Y Andrea, parada en el pasillo, entendió que las dos cosas que podían pasar en esa sala eran malas.

Si el relato de Lucía no se sostenía, si la psicóloga le encontraba la costura, el lugar donde la noche contada no se pegaba con la noche vivida, entonces todo se abría, y atrás de todo lo que se abría estaba ella.

Y si el relato se sostenía, si Lucía contaba la noche de Hugo redondita y la psicóloga la creía y la fiscal la creía, entonces su hija quedaba sellada para siempre adentro de un recuerdo que no era el suyo, una nena condenada a saber, toda la vida, con certeza, que la noche en que murió su padre fue una noche que nunca existió.

Hace años, en otra casa, frente a otro peligro, Andrea habría hecho lo que sabía hacer.

Habría armado las cajas. Habría agarrado a la nena y la dirección nueva, y a correr.

Esa tarde, en el pasillo, el cuerpo se le fue solo hacia ahí, hacia las cajas, hacia la puerta, y se frenó enseguida, porque ya no había ninguna dirección nueva en el mundo a la que correr.

Rubén estaba muerto. De Rubén ya no había que escapar.

De lo que ahora había que escapar era de una sala con un vidrio y una fecha, y esa sala la iba a perseguir a cualquier lado, y la fecha iba a llegar igual.

La fecha llegó tres días después, en un sobre, abajo, en el buzón.

Andrea lo abrió en el palier. Era un papel con el escudo arriba, con el nombre de Lucía escrito por una máquina, con el nombre de la calle de un edificio de tribunales que Andrea no conocía, y con un día y una hora.

Lo leyó una vez. Lo dobló por la misma marca por la que venía doblado, lo guardó en el bolsillo de la pollera, subió los cuatro pisos, y cuando entró Lucía estaba en la mesa de la cocina, con el lápiz mal agarrado, haciendo una cuenta, viva, entera, todavía suya.