16
Un encargado conoce a la gente que entra a su edificio. A la que vive, a la que visita, a la que pasa una sola vez. A Rubén lo conocí del tercer modo primero, como se conoce al que pasa una vez, y después tuve que aprenderlo de los otros dos.
La primera vez que lo vi fue un sábado, desde la portería, a través del vidrio.
Tocó el portero, y por el portero del hall escuché la voz de Andrea que contestaba, y enseguida la vi a ella bajar la escalera, sola, y salir a la planta baja a encontrarse con un hombre que esperaba del lado de adentro de la puerta de calle.
Hablaron un rato. Yo no escuché las palabras.
No las necesité. A un hombre se lo lee por cómo se para, por lo que hace con las manos, por cómo se le mueve la cara, y yo, de oficio, leo gente.
Ese hombre, parado en el hall de mi edificio, le hablaba a Andrea con una sonrisa, y la sonrisa no le llegaba a los ojos, y los ojos, mientras la boca sonreía, le iban midiendo el edificio, el ascensor, la escalera, las salidas.
Un hombre que sonríe y mide al mismo tiempo es un hombre que vino a hacer daño y todavía no decidió cuándo.
Esa tarde no hice nada. No me correspondía.
Andrea había bajado a encontrarlo, era la visita de ella, era su asunto, y un encargado que se mete en el asunto de una inquilina sin que lo llamen es un encargado que se equivoca.
Me quedé atrás del vidrio y miré, y cuando el hombre se fue, le miré la cara una vez más, despacio, para no olvidármela.
Después Andrea subió, y yo me quedé pensando en lo que acababa de ver, y lo que había visto era simple.
Había visto el miedo. No el de ella. Andrea era una mujer que el miedo se lo guardaba bien, y de afuera casi no se le notaba.
El miedo que vi esa tarde fue el del edificio.
Mi edificio, mi parroquia, la casa de la que yo respondía, acababa de recibir adentro a un hombre que sonreía y medía, y un hombre así no viene una sola vez.
Yo eso lo sabía. Treinta y seis años de mirar gente entrar y salir por una puerta le enseñan a uno a distinguir al que vino una vez del que va a volver. Ese iba a volver.
Volvió. Tres semanas después, un martes a la noche.
Esa vez yo estaba en el hall. No fue casualidad que estuviera en el hall.
Desde el sábado yo bajaba más seguido a la planta baja a la tardecita, me quedaba con un trabajo cualquiera cerca de la entrada, porque un encargado tiene mil motivos para estar en el hall y ninguno de esos motivos le tiene que dar explicaciones a nadie.
Así que cuando Rubén tocó el portero, el martes a la noche, el que estaba parado a tres metros del portero era yo.
—Buenas noches —le dije, antes de que él tocara una segunda vez—. ¿A qué piso va?
Rubén me miró. Me midió, igual que había medido el edificio el sábado, esa mirada que tasa lo que tiene enfrente, y lo que tenía enfrente era un encargado viejo, y a un encargado viejo Rubén lo tasó en lo que él creía que valía un encargado viejo, que era poco.
—Al cuarto —dijo—. Voy a ver a mi familia. —Sonrió, la sonrisa de la primera cara—. Vos abrime, jefe, que es tarde y hace frío.
—Yo le aviso a la señora del cuarto que usted está acá —dije—. Si la señora quiere bajar, baja, y hablan en el hall, con mucho gusto. Subir, no sube nadie sin que el departamento diga que sí. Es la norma del edificio.
—La norma. —La sonrisa se le quedó puesta, pero atrás de la sonrisa algo se movió—. Mirá, abuelo. Yo soy el padre de la nena del cuarto. ¿Entendés lo que te digo? El padre. No soy un cualquiera al que le tenés que pedir permiso para entrar a ver a su hija.
—Le creo —dije—. Y por eso mismo no hay ningún problema. Le aviso a la señora que el papá de la nena está abajo, y la señora decide. Yo no decido nada, señor. Yo solamente le aviso. La norma es la norma para el padre y para el cartero, es igual para todos. No es contra usted.
Era contra él. Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo, y esa es la única manera de pararse delante de un hombre como Rubén sin que el asunto termine mal.
Un hombre como Rubén sabe pelear contra una persona.
Le sabe encontrar el miedo, o la culpa, o las ganas de que la deje en paz, y por ahí entra.
Contra lo que Rubén no sabe pelear es contra una norma.
Una norma no tiene miedo, no tiene culpa, no se cansa, no quiere que la dejen en paz.
Yo, esa noche, en el hall, no me paré delante de Rubén como un hombre.
Me paré como la norma del edificio, con cara de encargado, sin levantar la voz, sin moverme, y le ofrecí mil veces avisarle a la señora, sabiendo que él no quería que yo le avisara a la señora, porque si yo le avisaba a la señora la señora decía que no, y Rubén no había venido un martes a la noche, sin aviso, para que le dijeran que no.
Había venido para subir de sorpresa. Y de sorpresa, conmigo en el hall, no iba a subir.
Rubén lo entendió. Le llevó un rato, me probó la sonrisa, me probó después la otra cara, me dijo un par de cosas en voz baja sobre los viejos que se meten donde no los llaman, y yo le contesté a todo lo mismo, con las mismas palabras, sin enojarme, porque enojarse es darle a un hombre como Rubén un lugar por donde entrar.
Al final se fue. Empujó la puerta de calle y se fue, y antes de irse me dijo que nos íbamos a ver, y yo le dije que sí, que con mucho gusto, buenas noches.
Andrea, esa noche, no se enteró de nada.
Eso es algo que tengo que decir, porque más adelante va a importar.
Esa noche del martes yo no subí a contarle a Andrea que el padre de su hija había estado abajo.
No toqué el portero del cuarto. No la llamé.
La dejé arriba, con la nena, durmiendo o por dormirse, sin saber que Rubén había tocado el timbre del edificio.
Lo hice por una razón que esa noche me pareció buena.
Me pareció que para qué iba yo a subirle a una madre, a las diez de la noche, un susto que ya estaba resuelto.
El susto lo había resuelto yo, abajo. Rubén se había ido.
Andrea iba a dormir mejor sin enterarse.
¿Para qué darle a una mujer cansada una mala noticia de una cosa que ya no era una noticia?
Así lo pensé. Y así empecé, sin un plan, sin decírmelo, a hacer una cosa que después no tuvo nombre fácil: empecé a decidir yo qué cosas del edificio le llegaban a Andrea y qué cosas no.
Empecé a quedarme con los sustos. A filtrarle el miedo.
Y un hombre que le filtra el miedo a otra persona, que decide por ella qué tiene que saber para estar tranquila, está haciendo dos cosas a la vez, y esa noche del martes yo solo vi una.
La norma del edificio servía para el martes a la noche. No servía para todo.
Servía mientras yo estuviera en el hall.
Pero yo no estaba en el hall las veinticuatro horas.
Yo dormía, yo salía a la misa, yo bajaba al sótano.
Y Rubén no era tonto. Rubén iba a aprender mis horarios igual que yo le estaba aprendiendo los suyos, y un día iba a tocar el portero a una hora en que el hall estuviera vacío, y la norma, sin un encargado parado adelante, no es nada, es una frase.
Yo lo sabía. Y sabía la otra cosa, la peor, la que me venía pesando desde el sábado del vidrio.
Sabía que a un hombre como Rubén no lo para una norma, ni una puerta, ni un encargado.
A un hombre como Rubén lo para la ley, o no lo para nada.
Y la ley, para pararlo, necesita pruebas.
Necesita que alguien le ponga delante a un juez los días, las horas, las veces.
Una mujer asustada que dice mi ex me molesta no le alcanza a un juez.
A un juez le hace falta un papel. Y yo, esas semanas, mirando a Rubén entrar y salir del campo de visión de mi edificio, entendí que si alguien no le armaba a Andrea ese papel, ese papel no iba a existir, porque Andrea estaba demasiado cansada y demasiado sola para armárselo, y la ley sola no se lo iba a armar.
Así que se lo empecé a armar yo.
Compré un cuaderno. Uno de tapa dura, de los de antes, que duran.
Y empecé a anotar. La fecha. El día de la semana.
La hora exacta en que Rubén tocaba el portero, y la hora en que se iba.
Si subía o no subía. Si yo estaba o no estaba.
Qué decía. Cómo venía vestido. Si venía tomado, y cuánto.
De qué humor venía, porque el humor de Rubén era un dato, los días mansos y los días de la otra cara, y un juez, pensé yo, tenía que poder leer en mi cuaderno la diferencia.
Anotaba todo, con letra clara, sin adornos, como anota un encargado el estado de una caldera.
Y cuando podía, desde el vidrio de la portería, sin que él lo notara, con el teléfono, le sacaba una foto.
Rubén en la puerta. Rubén esperando. Rubén yéndose. La fecha la pone solo el teléfono.
Le voy a decir una cosa al que lea esto, porque ya me lo veo venir.
Alguien va a leer que el encargado de un edificio andaba con un cuaderno anotando los horarios de un hombre y sacándole fotos a escondidas, y va a torcer la boca.
Va a decir que eso un encargado no lo hace.
Le contesto de una vez. Un encargado, no.
Pero yo no estaba haciendo eso de encargado.
Lo estaba haciendo porque había una mujer y una nena en mi edificio a las que un hombre venía a hacerles daño de a poco, con paciencia, sabiendo hasta dónde llegar para que la ley no lo agarrara, y la única manera de agarrar a un hombre así es con paciencia también.
Con más paciencia que la de él. Yo tengo paciencia.
Es, capaz, lo único que de verdad tengo. Y la puse, toda, en ese cuaderno.
Eso me dije. Y era verdad. Lo que no me dije, lo que vi mucho después, fue lo otro, lo que estaba abajo de la verdad como está el agua abajo del piso de un sótano.
Que un cuaderno donde un hombre anota, día por día, los horarios, los humores, la ropa, la cara y los pasos de otro hombre, no es solamente una prueba para un juez.
Es también un estudio. Es el trabajo de alguien que quiere conocer a otro tan bien que ya no le quede nada por aprenderle.
Y yo, esos meses, sin decírmelo, llegué a conocer a Rubén así.
Llegué a saber a qué hora era más probable que viniera, y a qué hora no venía nunca.
Llegué a saber leerle, desde el vidrio, antes de que abriera la boca, qué cara traía esa noche.
Llegué a saber, de un hombre al que odiaba, todo.
Y uno no estudia así, hasta ese fondo, a una persona que solo quiere mantener afuera de una puerta.
A una persona que uno solo quiere afuera, le alcanza con la puerta.
Si uno la estudia hasta el fondo, es porque, en algún lugar de adentro que todavía no se anima a mirar, ya está calculando otra cosa.
La última vez que lo paré en la puerta, esa primavera, Rubén ya no me probó la sonrisa.
Vino, me encontró en el hall, como me encontraba siempre, porque para entonces yo me había vuelto el muro fijo de esa entrada, y se quedó mirándome desde la puerta de calle un rato largo, sin pedir subir, sin pedir nada.
—Vos —me dijo—. Yo te tengo visto, viejo.
Siempre estás. Llueva o truene, siempre estás vos abajo.
—Ladeó la cabeza—. ¿Qué sos de ellas, vos?
¿El abuelo? ¿El novio de la madre? —Sonrió, pero era otra sonrisa, una de hombre que encontró algo—.
No. Vos te crees el padre. Eso es. Te crees el padre de la nena.
—Yo soy el encargado del edificio —le dije—. Buenas noches.
—El encargado. —Rubén se rió, despacio, sin ganas—. Cuidate, encargado. Los que se meten a hacer de padre de los hijos ajenos terminan mal. Es un consejo.
Empujó la puerta y se fue. Yo me quedé en el hall, solo, y no le contesté, porque no había nada que contestar, y porque las dos cosas que ese hombre me había dicho, lo de creerme el padre y lo de terminar mal, me las llevé adentro y no las pude soltar en mucho tiempo.
Un hombre como Rubén miente todo el día.
Pero a veces un mentiroso, justo cuando quiere lastimar, sin querer dice algo cierto, y uno lo sabe porque le queda doliendo distinto.
Esa noche, en la portería, abrí el cuaderno y anoté la fecha, la hora, lo que Rubén había dicho.
Lo anoté entero, palabra por palabra, también la parte del consejo, también la parte del padre.
Anoté todo, siempre anoté todo. Después cerré el cuaderno y lo guardé en el cajón, encima de las páginas de los otros días, que ya eran muchas, y me quedé un rato sentado con la mano sobre la tapa dura, sin abrirlo de nuevo, nada más sintiéndole el peso, que mes a mes era un poco más.