15
Andrea había aprendido, con los años, a no confiar en las épocas buenas.
Una época buena, para otra gente, es una época buena.
Para Andrea era una pausa. Sabía leerlas como se lee el cielo antes de una cosa: el taller con trabajo, la deuda arreglada, Lucía bajando contenta a la portería, los meses mansos.
Mientras los vivía no podía descansar del todo adentro de ellos, porque adentro de ellos, en el fondo, esperaba.
Esperaba a Rubén. Una época buena, en la vida de Andrea, quería decir nada más una cosa: que hacía rato que Rubén no aparecía, y que hacer rato que no aparece no es lo mismo que haberse ido.
Rubén nunca se iba. Rubén desaparecía, que es distinto.
Andrea lo conocía desde hacía doce años.
Lo había conocido joven, cuando ella era una mujer a la que todavía le pasaban cosas buenas sin sospecharlas, y Rubén, en ese entonces, era lo mejor que le había pasado.
Eso es lo que después se le hacía más difícil de contar, incluso a sí misma.
Que al principio Rubén había sido bueno.
No bueno como un actor que finge: bueno de verdad, con una gracia para hablar, para hacerla reír, para hacerla sentir, a ella, que venía de una vida sin nadie que la mirara, mirada.
Andrea no se había metido con un monstruo.
Se había metido con un hombre encantador, y esa era la trampa, porque un monstruo se ve venir y un hombre encantador no.
Lo otro llegó de a poco. Tan de a poco que Andrea, durante años, no supo ponerle la fecha al día en que la cosa había cambiado, porque no había un día.
Había una pendiente. Una palabra más dura, después una mano que agarraba fuerte un brazo, después una puerta cerrada de un golpe, y entre cada cosa y la siguiente meses de Rubén otra vez encantador, pidiendo perdón, llorando, siendo de nuevo el hombre del principio, y ese ir y venir, esa pendiente con tramos buenos, fue lo que la tuvo años adentro.
Una mujer no se queda al lado del miedo.
Se queda al lado de la esperanza, y Rubén, cada vez que se ponía imposible, le devolvía enseguida un pedazo de esperanza, lo justo, calculado, para que ella no terminara de irse.
Andrea terminó de irse cuando Lucía tenía dos años.
No por ella. Por la nena. Una mujer puede aguantarse a sí misma una pendiente larga; lo que no se aguanta es ver a una criatura mirar esa pendiente con los ojos abiertos.
El día que Andrea entendió que Lucía estaba empezando a aprender a leerle la cara a Rubén igual que la leía ella, ese día armó las cajas.
Se había mudado tres veces. Cada mudanza era una dirección nueva que Rubén no tenía, y cada dirección nueva le duraba lo que le duraba, porque Rubén, tarde o temprano, las encontraba.
No es difícil encontrar a alguien si uno tiene tiempo y no tiene vergüenza, y Rubén tenía las dos cosas.
El edificio de Boedo había sido la cuarta dirección, y la mejor, y la que más le había durado.
Cuatro años. Cuatro años en que Andrea había podido creer, casi, que esta vez sí.
La tarde en que el portero eléctrico sonó y del otro lado estaba la voz de Rubén, los cuatro años se terminaron.
Era un sábado. Andrea estaba arriba con Lucía, que tenía seis años y estaba dibujando en el piso del living, y el portero sonó, y Andrea atendió, y dijo sí, quién es, y la voz dijo:
—Hola, Andre. Soy yo.
Dos palabras. Soy yo. Rubén no decía su nombre, nunca, porque decir soy yo era ya una manera de ganar, de obligarla a ella a reconocerlo, a admitir que sí, que lo conocía tanto que con un soy yo alcanzaba.
Andrea le dijo a Lucía que siguiera dibujando, que ya volvía.
Bajó. No lo hizo pasar. Bajó ella, los cuatro pisos, para encontrarlo en la planta baja, en el hall, porque lo único que tenía claro era que Rubén no iba a subir, que Rubén no iba a entrar al departamento, que el departamento todavía iba a ser, un rato más, un lugar al que él no había entrado.
Lo encontró del lado de adentro de la puerta de calle, esperando, con las manos en los bolsillos y una sonrisa.
Estaba más flaco. Tenía buena ropa, ropa de un Rubén de los meses buenos, recién afeitado, y la sonrisa de siempre, la primera, la del principio, la que Andrea había aprendido a temerle más que a los gritos, porque los gritos avisaban y la sonrisa no.
—Mirá vos —dijo Rubén, y la miró de arriba abajo, despacio, con cariño, con un cariño que parecía verdadero y que capaz lo era, esa era otra cosa que volvía todo más difícil—. Estás bien. Te ves bien, Andre.
—¿Qué hacés acá, Rubén?
—¿Cómo qué hago? Vine a verte. A vos y a la nena. —Abrió un poco los brazos, mostró el hall, el edificio, como si el hall fuera la prueba de algo—. Me costó encontrarte, ¿sabés? Te escondés bien. Una no se esconde así de la gente que la quiere.
—Hay un régimen. Hay días. El sábado no es un día.
—Un régimen. —La sonrisa de Rubén no se cayó, pero atrás de la sonrisa pasó algo, rápido, como una nube chica—.
Un papel. Vos y tus papeles, Andre. Soy el padre.
Un padre no necesita un papel que le diga qué día puede venir a ver a la hija.
¿Vos te das cuenta de lo que es eso? ¿Vos te das cuenta de lo que me hacés sentir con eso?
Y ahí, en esa pregunta, Andrea reconoció el terreno.
Lo conocía de memoria. Rubén estaba pasando, sin apuro, de la primera cara a la segunda, y la segunda cara nunca venía con un grito al principio.
Venía con eso. Con el dolor. Con Rubén convertido en la víctima, en el padre que sufre, en el hombre al que el mundo, y Andrea adentro del mundo, le sacaron todo y no le dan una chance.
—Yo cambié —dijo Rubén. Se pasó la mano por la cara—.
En serio cambié, Andre. Estoy laburando.
Estoy tranquilo. Lo único que pido, lo único, es ver crecer a mi hija, y vos me hacés pedirlo con un papel de un juez.
Nadie me da la chance. Vos sos la que podría dármela y sos la primera que no me la da.
—Bajá la voz.
—No estoy levantando la voz. —La levantó, apenas, lo justo para que ella escuchara que podía—. No me digas vos a mí cómo hablar. Subí a la nena. Quiero verla cinco minutos. Cinco. ¿O eso también está prohibido en tu papel?
—Hoy no, Rubén. Hoy no la vas a ver. El sábado que viene, en el horario, donde dice el régimen, la ves. Hoy no.
Rubén la miró. La sonrisa había terminado de irse, y en la cara le había quedado la otra cosa, la que Andrea conocía, y por un momento, en el hall, en el silencio de un sábado, Andrea no supo para qué lado iba a caer.
Podía caer para el lado del grito. Podía caer para el lado de la mano.
Podía caer, también, para el lado de irse, y dejar la cosa por ese día, y Rubén, esa tarde, después de un rato largo de mirarla, eligió ese lado.
—Está bien —dijo. Suave otra vez, peligrosamente suave—.
Está bien, Andre. Como vos digas. Vos siempre como vos digas.
—Caminó hasta la puerta de calle, la abrió, y antes de salir se dio vuelta—.
Lindo edificio. Tranquilo. Me gusta saber dónde viven.
Una se queda más tranquila sabiendo dónde está su familia, ¿no?
Y se fue.
Andrea se quedó en el hall un rato largo antes de subir.
No porque tuviera miedo de que Rubén volviera esa tarde.
Esa tarde no iba a volver. Se quedó por lo otro, por lo que Rubén acababa de hacerle con esas dos frases en la puerta.
Le había dicho me gusta saber dónde viven.
Le había dicho una se queda más tranquila sabiendo dónde está su familia.
No eran amenazas. Rubén casi nunca amenazaba con todas las letras, porque una amenaza con todas las letras se puede llevar a un juzgado, y Rubén sabía hasta dónde llegar.
Eran otra cosa. Eran un hombre avisándole, con una sonrisa, que la dirección del edificio ya no era de ella.
Que ahora era de los dos. Que el cuarto piso, la cerradura buena, los cuatro años, todo eso seguía existiendo, pero que había dejado de ser un escondite, porque un escondite que el otro conoce no es un escondite, es nada más que una casa, y una casa no protege a nadie.
Subió. Lucía seguía en el piso del living, con los lápices, y levantó la cabeza.
—¿Quién era?
—Nadie —dijo Andrea—. Un vecino.
Y Lucía, que tenía seis años, le creyó, porque a los seis años uno todavía les cree a las madres, y volvió a su dibujo, y Andrea se quedó parada mirándola dibujar, a salvo, en el piso de un departamento que esa tarde había dejado de ser seguro sin que la nena se enterara.
Después de ese sábado, Rubén entró otra vez en la vida de Andrea, y entró con su forma de siempre, que era la peor de todas las formas.
No se instaló. No apareció todos los días.
Apareció, desapareció, dejó pasar tres semanas, apareció de vuelta, se borró un mes y medio, mandó un mensaje, no mandó nada, tocó el portero un martes a las nueve de la noche y a la semana siguiente fue puntual y tranquilo a la visita del régimen como si nada.
Iba y venía. Y en ese ir y venir estaba el miedo, porque el miedo de Andrea no era un miedo de tener a Rubén enfrente.
Tenerlo enfrente era horrible, pero era una cosa que empezaba y terminaba.
El miedo de Andrea era el de no saber. El de que cada portero que sonaba pudiera ser él.
El de que cada sábado tranquilo fuera una pausa y no un final.
El de vivir, otra vez, como había vivido en las otras tres direcciones, con la cabeza siempre un poco girada hacia la puerta.
Andrea empezó a dormir distinto. Empezó a escuchar el edificio de noche.
Antes no lo escuchaba; antes el edificio era el ruido de fondo de un lugar seguro, una cañería, el ascensor, un vecino.
Después de ese sábado, Andrea, acostada en la oscuridad, con Lucía durmiendo al lado, escuchaba.
Separaba los ruidos. Este es el ascensor.
Este es el caño del tres. Este es alguien que llega tarde.
Y abajo de cada ruido buscaba el otro, el que no quería escuchar, el del portero, el de unos pasos en la escalera, el de una voz que dijera, contra la madera de la puerta, dos palabras. Soy yo.