Padre Nuestro 14
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La cárcel también es un edificio, y como todo edificio tiene sus ruidos y sus horas.

Yo me pasé la vida aprendiéndole los ruidos y las horas a un edificio.

En pocos días le aprendí los de este. A las seis hay un ruido de rejas, largo, que recorre el pabellón de una punta a la otra, una reja y después la siguiente y después la siguiente, y ese ruido es el que abre el día.

A media mañana las cañerías trabajan todas juntas, porque a esa hora se ducha el que se ducha.

La comida tiene su ruido, los platos de metal, las puertas.

A la noche, cuando apagan, queda un rumor de fondo, voces sueltas, una radio lejana, alguien que tose siempre a la misma hora, y abajo de todo eso un zumbido eléctrico que no se apaga nunca.

Aprendí cada cosa. Es lo único que sé hacer, ya lo dije, y lo sigo haciendo aunque me hayan cambiado de edificio.

Pero hay una diferencia, y la diferencia es toda la diferencia.

En el otro edificio yo escuchaba los ruidos porque era mi trabajo cuidarlo.

Acá los escucho y no cuido nada. Este edificio no me necesita.

Este edificio me tiene adentro, que es lo contrario de tener un encargado.

Durante treinta y seis años yo fui el que sostenía un edificio, y de un día para el otro pasé a ser sostenido por uno, encerrado por uno, y un hombre, cuando le pasa eso, podría pensar que es lo peor que le pasó en la vida.

Yo no lo pensé así. Y acá es donde tengo que contar lo de la paz, porque la paz es lo que me llegó adentro, y la paz, en un lugar como este, es una cosa que hay que explicar para que no suene a locura.

Yo, en estos meses de espera, estoy en paz. Lo digo y lo sostengo.

La paz me vino, primero, de una cosa simple: ya pasó lo peor, y lo peor era lo que yo quería que pasara.

Un hombre afuera vive con miedo de que le caiga la desgracia encima.

Yo no. A mí la desgracia ya me cayó, la fui a buscar, la armé con mis manos, confesé para que cayera.

Y un hombre al que ya le cayó lo peor que él mismo eligió, ese hombre, por primera vez en mucho tiempo, no tiene de qué tener miedo.

El miedo se le terminó. Lo que viene ahora, el juicio, la condena, los años, es solo el desarrollo de una cosa ya decidida.

Yo no espero el juicio con angustia. Lo espero como se espera que termine de llover.

Y la paz me vino, también, de algo que me cuesta más decir, porque dicho de cierta manera suena mal, y yo no lo siento mal. Por primera vez en treinta y seis años, no soy responsable de nada.

Afuera, yo era el responsable. De la caldera del tres B, del ascensor, de la señora del primero que llegaba sin aire, de los caños, de las expensas que repartía, de saber qué puerta se cerraba con miedo.

Treinta y seis años de ser el que tiene que saber, el que tiene que estar, el que tiene que arreglar.

En toda esa vida yo tuve media hora por día de descanso, y era la media hora de la misa, porque la iglesia la cuidaba el cura y yo, ahí adentro, por treinta minutos, no le respondía a nadie de nada.

Acá adentro esa media hora se volvió todo el día.

Acá no hay ninguna caldera que sea mía. No tengo que escuchar el edificio para saber qué le falla.

Si algo se rompe en este edificio, lo arregla otro.

A mí, por primera vez desde que era un hombre joven, no me toca sostener nada.

Y descansar así, descansar entero, después de treinta y seis años, se parece tanto a la paz que yo decidí llamarlo paz, y lo llamo paz, y lo sostengo.

Eso es lo que digo. Y ahora voy a contar lo otro, porque si no cuento lo otro, lo de arriba es media verdad, y una media verdad, en boca de un hombre como yo, es una mentira con buenos modales.

No duermo bien.

Un hombre en paz duerme. Yo, de noche, cuando el pabellón apaga y queda el zumbido eléctrico, me quedo despierto horas. No es el miedo, ya dije que el miedo se me terminó. Es otra cosa, y la otra cosa empieza en la mano.

Yo llevé treinta años una cosa en el bolsillo.

El rosario de Inés, el de la primera comunión, el que traje del hospital.

Lo llevaba siempre, y cuando una cosa me pesaba, metía la mano y lo encontraba, y la mano se me ordenaba, y atrás de la mano lo demás.

El día que me detuvieron me sacaron las cosas.

Las pusieron en una bolsa, en algún lado, y en esa bolsa, con el cinturón y los cordones y lo demás, está el rosario.

Yo podría pedirlo. Un rosario se permite, es una cosa de rezar, y si yo lo pidiera, con el tiempo y los trámites, capaz me lo dieran.

No lo pedí.

Y de noche, cuando no duermo, la mano se me va sola al lado de la cama, al lugar donde el rosario tendría que estar, y no está, y la mano se queda ahí, abierta, sin nada que ordenar, y yo me quedo mirando esa mano en la oscuridad.

Un hombre en paz no tiene una mano que de noche busca sola lo que no está.

Eso lo sé. Lo escribo y lo sé. Y aun así no pedí el rosario, y no me pregunto demasiado por qué no lo pedí, porque hay preguntas que un hombre se hace y preguntas que un hombre, si es sabio, deja sin hacerse.

Me ocupo de cosas, para no estar quieto.

En estos meses, sin darme cuenta, empecé a hacer en el pabellón lo que hacía en el edificio.

Tengo mi rincón ordenado, la cama estirada, las pocas cosas en su lugar.

El que comparte conmigo es un muchacho joven, de los muchos que acá adentro son jóvenes, y al muchacho le enseñé a tener su lado prolijo, y le arreglé el cierre de un bolso que no cerraba, y cuando le llegó una carta que no entendía bien se la leí y se la expliqué.

No lo hago para quedar bien. Me sale. Un hombre que se pasó la vida cuidando un edificio, si lo metés en una celda, en una semana te está cuidando la celda.

No puede no hacerlo. Yo no puedo no hacerlo.

Y acá tengo que detenerme un segundo, porque al escribir esto, al verlo escrito, se me ocurre una cosa que no se me había ocurrido, y es que un hombre que en cualquier lado, en cualquier lado que lo pongas, necesita enseguida a alguien a quien cuidar, alguien que lo necesite, una celda, un pabellón, un edificio, un cuarto piso, ese hombre capaz no esté cuidando por bondad.

Capaz esté cuidando porque no sabe estar de otro modo.

Porque un hombre así, sin alguien que lo necesite, no es nadie.

Pero no voy a seguir por ahí. Hay pensamientos que uno empieza y, si tiene cabeza, no termina.

Lo que me sostiene la paz, lo que la hace de verdad, no es el descanso ni el fin del miedo. Es el cuarto piso.

Andrea y Lucía están afuera. Están en el edificio, en su departamento, durmiendo cada una en su cama, y mañana Lucía va a ir a la escuela y Andrea va a ir al taller, y van a vivir el día como se vive un día, libres, las dos, sin una causa, sin una fiscal sentada a la mesa de la cocina.

Y están así por mí. Yo me puse en el medio.

Yo bajé el cuerpo, yo armé el sótano, yo confesé, yo estoy en esta celda, y mientras yo esté en esta celda hay una puerta cerrada entre la fiscal y ese cuarto piso, y la llave de esa puerta soy yo.

Mi encierro es lo que las tiene libres. No hay en el mundo, para un hombre, una idea más mansa que esa.

Yo pago, ellas viven. Yo, acá, soy el pan de esa casa, todavía, aunque desde acá no pueda mandarles ni un peso.

Les mando esto. Les mando mi lugar en una celda.

Es lo que me quedó para darles y se los doy.

Y los pienso. De noche, cuando no duermo, los pienso.

Pienso en Lucía haciendo la tarea en la mesa de la cocina con la lengua un poco afuera.

Pienso en Andrea contando la plata. Pienso en el hall del edificio, en el reloj de la luz que sin mí va a quedar mal puesto cuando cambie la estación, porque no va a haber quien le avise.

Los pienso tanto, y con tanto detalle, que a veces me parece que estoy más adentro de esa casa ahora, desde acá, que cuando vivía a cuatro pisos de distancia.

Tuve a una hija y se murió. Tuve a una mujer y se fue, y se fue porque podía irse, porque a una persona que está al lado de uno por amor, nada la obliga a quedarse, y un día arma un bolso.

Yo aprendí eso de la peor manera, dos veces.

Aprendí que lo que uno quiere se le puede morir o se le puede ir, y que un hombre, contra eso, no tiene nada.

Andrea y Lucía no se pueden ir.

No de mí. Eso es lo que descubrí en estos meses, de noche, en la celda, y es lo que de verdad me trajo la paz, y voy a escribirlo porque me prometí escribir esto sin mentiras.

Entre ellas dos y yo hay ahora una cosa que no se deshace.

Yo sé lo que pasó en ese cuarto piso, y ellas saben que yo lo sé, y yo cargué con eso, y mientras yo lo cargue ellas están a salvo, y eso, ese hilo, ese secreto que va de su casa a mi celda, no se corta.

No se puede cortar. Una hija se muere. Una mujer se va.

Pero dos personas que viven libres porque un hombre se pudre encerrado por ellas, esas dos personas están atadas a ese hombre mientras vivan, lo quieran o no, lo sepan bien o no.

Yo, por fin, después de Inés, después de Dora, tengo a alguien que no se me puede ir.

Y acá voy a parar.

Voy a parar porque al llegar a esta línea, al escribir tengo a alguien que no se me puede ir, sentí una cosa, una incomodidad, como cuando uno destapa un caño y el olor que sale no es el que esperaba.

Sentí que esa frase, escrita, mirada de frente, no es la frase de un hombre que se sacrificó por amor.

Es otra. Y la cabeza, sola, me empezó a llevar para el lugar al que esa frase lleva, y ese lugar tiene una pregunta esperándome, una pregunta sobre por qué de verdad hice lo que hice, y si lo hice para que ellas fueran libres o para que ellas, libres, fueran para siempre mías.

No voy a entrar a ese cuarto.

Lo digo derecho, porque le prometí al que lea esto que no le iba a mentir, y la única manera de no mentirle es avisarle cuando hay una puerta que yo elijo no abrir.

Hay una puerta así. La acabo de encontrar, esta noche, escribiendo.

Y la voy a dejar cerrada, porque un hombre que está esperando un juicio, encerrado, sin un rosario que le ordene la mano, necesita su paz, la necesita para llegar entero al final, y si entra a ese cuarto la paz se le termina.

Así que me quedo afuera. Me quedo con lo que dije al principio, que hice lo que había que hacer, que ellas están libres por mí, que estoy tranquilo.

Eso es lo que voy a sostener, de acá hasta el juicio y del juicio en adelante. Que estoy tranquilo.

Apagaron las luces del pabellón hace un rato.

Quedó el zumbido eléctrico, y el que tose siempre a la misma hora tosió.

La mano se me fue al lado de la cama, al lugar del rosario, y no encontró nada, y se quedó ahí, abierta, en la oscuridad, y yo la dejé.

Mañana a las seis va a venir el ruido de las rejas, largo, de una punta a la otra del pabellón, y va a abrir el día, y yo voy a estar despierto para escucharlo, porque hace varias noches que el día me encuentra despierto.