Padre Nuestro 13
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La fiscal le avisó con tres días.

No la vino a buscar de sorpresa, no golpeó la puerta una mañana cualquiera.

Le mandó decir, por la administración, que el jueves a la tarde iba a necesitar hablar con ella, y que si el jueves no le venía bien, avisara.

Andrea no avisó. Un jueves era tan malo como cualquier otro día, y pedir otro día habría sido pedir, y pedir habría dicho algo.

Así que tuvo tres días para esperar el jueves, y los tres días los usó como se usa ese tiempo, que es mal.

De noche armaba en la cabeza las preguntas que la fiscal le iba a hacer, y al lado de cada pregunta armaba la respuesta, y después borraba la respuesta y armaba otra, porque ninguna le parecía la respuesta de una persona que no tiene nada que esconder.

Ese era el problema. Andrea no sabía cómo contestaba una persona que no tenía nada que esconder.

Lo había olvidado, si alguna vez lo había sabido.

El jueves a las cinco la fiscal golpeó la puerta del cuarto piso.

Lucía estaba en la escuela. Eso lo había arreglado Andrea, que Lucía estuviera en la escuela, que se quedara después en lo de una compañerita, que no estuviera.

Abrió la puerta y la fiscal estaba sola, sin el oficial del cuaderno, con el mismo tapado oscuro de siempre y las manos, como siempre, sin nada.

—Buenas tardes —dijo Acuña—. ¿Puedo pasar? Le robo un rato. Es de rutina. Estoy hablando con toda la gente que conocía a la persona que falleció.

Andrea se hizo a un costado. La fiscal entró al departamento.

Y adentro del departamento hizo lo que Andrea sabía que iba a hacer, porque ya se lo había visto hacer una vez, de lejos, en el hall, el día que se cruzaron en la escalera.

Dejó que el lugar le entrara por los ojos.

No husmeó, no caminó de más, no tocó nada.

Se quedó un momento parada en el living y lo miró todo, el sillón, la mesa ratona, la cocina contra la pared, la mancha de humedad del techo, la ventana, la puerta del cuarto de Lucía.

Lo miró del modo en que mira una persona que no está conociendo un lugar sino comparándolo con algo que ya tiene en la cabeza.

Andrea le ofreció una silla. Acuña la aceptó.

Se sentó a la mesa, y Andrea se sentó enfrente, y entre las dos quedó la mesa, y atrás de la fiscal, a tres pasos, quedó el pedazo de piso de madera entre la mesa ratona y la puerta de entrada, el pedazo que Andrea barría todos los días y no pisaba nunca.

Andrea no lo miró. Se obligó a no mirarlo, y obligarse a no mirar una cosa es una manera de pasarse toda una conversación mirándola.

—Usted es Andrea Pavón —dijo Acuña.

—Sí.

—Y es la madre de la hija de Rubén Mansilla.

—De mi hija. Sí. Rubén es el padre.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

—Unos años. Nos separamos cuando la nena tenía dos.

—¿Y desde la separación, qué clase de contacto hubo? ¿Él veía a la nena?

—A veces.

—A veces.

—Iba y venía. Rubén era así. Aparecía, después no aparecía más por meses. No era de los que están.

Acuña asintió, una vez. No anotaba. Andrea ya sabía que no anotaba, lo sabía de oídas, de lo que contaban los vecinos, pero verlo era otra cosa.

Una persona que anota mira el papel. Esta mujer no tenía papel.

Tenía solo la cara de Andrea para mirar, y la miraba entera, sin descanso, mientras hablaba de otra cosa.

—¿Él venía al edificio? —preguntó Acuña.

—Alguna vez.

—¿Cuántas veces vino el padre de la nena al edificio?

—No llevo la cuenta.

—Pruebe.

Andrea miró la pared. Atrás de la fiscal, arriba, la mancha de humedad con su forma de nada.

—Poco —dijo—. Venía poco.

—Hay un régimen de visitas firmado por un juez. ¿Es así?

—Es así.

—¿Quién lo pidió, ese régimen? ¿Usted o él?

—Yo. —Andrea se quedó un momento—. Lo pedí yo, para que estuviera todo escrito. Para que no fuera él el que decidía cuándo y cómo.

—¿Y él lo respetaba?

—No siempre.

Eran preguntas que cualquiera habría hecho.

Eso Andrea lo entendía, y entenderlo no la ayudaba.

La fiscal no estaba haciendo ninguna pregunta rara.

Estaba haciendo las preguntas que se le hacen a la ex de un hombre que se murió, una atrás de la otra, con el orden de quien arma algo, y Andrea contestaba, y cada respuesta era una pieza que ella le iba poniendo en la mano a la fiscal sin saber qué estaba armando la fiscal con esas piezas.

—¿Cuándo fue la última vez que usted vio a Rubén?

Ahí estaba. Andrea sabía que esa pregunta venía, la había esperado las tres noches, le había armado la respuesta y la había borrado y la había vuelto a armar, y ahora la pregunta estaba sobre la mesa y la respuesta tenía que salir, y tenía que salir entera, sin un hueco, sin una duda, porque una duda en esa respuesta era el final de todo.

—Hace tiempo —dijo Andrea—. Un par de meses. Vino una tarde, quería ver a la nena, la vio un rato acá abajo, en la vereda, y se fue. No lo vi más.

—Un par de meses.

—Sí.

—¿Está segura?

—Sí.

Acuña no dijo si le creía o si no le creía. No dijo nada. Dejó la respuesta de Andrea sobre la mesa, al lado de las otras piezas, y siguió.

—La noche en que Rubén murió. ¿Dónde estaba usted?

—Acá. En mi casa.

—¿Con quién?

—Con mi hija. Dormíamos.

—¿Escuchó algo esa noche? Ruidos, voces, gente en la escalera.

—No. Me enteré a la mañana, como todos. Bajé y estaba la policía en el hall.

—¿No escuchó nada en toda la noche?

—Nada.

La fiscal se quedó callada un momento. Después se levantó de la silla.

No fue un gesto brusco. Acuña no hacía gestos bruscos.

Se levantó como se levanta alguien que necesita estirar las piernas en una conversación larga, y dio unos pasos por el living, despacio, mirando, y los pasos la llevaron, sin que pareciera que la llevaban, hacia la parte del living que daba a la puerta de entrada.

Hacia la mesa ratona. Se quedó parada ahí, cerca, mirando la ventana, dándole la espalda a Andrea, y debajo de los zapatos de la fiscal estaba, o casi estaba, el pedazo de piso que Andrea no pisaba.

—Le voy a contar una cosa, señora Pavón —dijo Acuña, de espaldas, mirando la ventana—. En los días antes de morirse, Rubén le dijo a una persona que iba a venir a ver a su hija. Que iba a arreglar, dijo él, lo de la nena.

No se dio vuelta. Dejó la frase ahí, en el medio del living, parada arriba del piso de madera, y esperó.

Andrea tenía las dos manos sobre la mesa.

Las dejó quietas. Una mujer que tiene las dos manos quietas sobre una mesa es una mujer que está usando toda la fuerza que tiene en que las manos se queden quietas, pero eso, desde la espalda de la fiscal, no se veía, y Andrea habló con la voz que le quedaba después de gastar el resto en las manos.

—Rubén decía eso siempre —dijo—. Lo decía hace años. Que iba a venir, que iba a arreglar, que esta vez sí. Era lo que decía. No quería decir nada.

Acuña se dio vuelta. La miró desde ahí, desde los tres pasos, parada donde estaba parada.

—Puede ser —dijo—. La gente repite cosas.

Volvió a la mesa. Se sentó otra vez enfrente de Andrea, y Andrea pensó que la conversación se terminaba, y otra vez se aflojó por dentro un segundo antes de tiempo.

—Recién le pregunté cuándo había visto a Rubén por última vez —dijo Acuña—. Y usted me dijo un par de meses. Una tarde, en la vereda, con la nena. ¿Me lo cuenta de nuevo? Esa tarde.

—Ya se lo conté.

—Cuéntemelo otra vez. Me gusta escuchar las cosas dos veces. La gente, sin querer, cambia una palabra de una vez a la otra, y la palabra que cambia a veces me dice algo.

Andrea lo contó otra vez. Lo contó igual, palabra por palabra, porque lo tenía armado de las tres noches, y un relato armado se repite igual, esa es la ventaja y esa es también la trampa, porque la gente que dice la verdad no repite nunca dos veces exactamente igual, y la que repite exactamente igual está repitiendo algo que estudió.

Andrea lo sabía mientras lo decía. Y no podía hacer otra cosa.

No podía cambiar una palabra a propósito, porque cambiarla a propósito era peor.

Así que lo dijo igual, las mismas palabras, la tarde, la vereda, la nena, y se entregó a que la fiscal hiciera con eso lo que iba a hacer.

Acuña la escuchó hasta el final. No comentó si esta vez había sonado distinto o igual. Pasó a otra cosa.

—El encargado —dijo—. Hugo Belmonte. ¿Usted lo conoce bien?

—Es el encargado del edificio. Lo conozco como se conoce a un encargado.

—¿Tuvo trato con él?

—El que se tiene. Arregló cosas del departamento cuando me mudé. Lo saludo en la escalera.

—Tengo entendido que él iba a buscar a su hija a la escuela.

Andrea no contestó enseguida. Esa la fiscal ya la sabía.

La había dicho como una pregunta pero no era una pregunta, era una cosa que la fiscal había averiguado en algún lado, en la escuela seguramente, y ponerla sobre la mesa así, en forma de pregunta, era darle a Andrea la oportunidad de mentir sobre algo que la fiscal ya tenía comprobado. Andrea no la tomó.

—Sí —dijo—. Un tiempo la fue a buscar. Yo trabajaba hasta tarde y no tenía con quién. Hugo se ofreció. —Y porque hacía falta, agregó—: Es lo que hace en el edificio. Le sube las bolsas a la señora del segundo, le abre la puerta a la del primero. Es un hombre que ayuda a todos. Mi hija fue una más.

—Una más —repitió Acuña.

—Sí.

La fiscal asintió. Se quedó un momento mirando a Andrea, esa cara que no devolvía nada, esa cara que Andrea había pensado una vez que era como una pared, y entendió, esa tarde, sentada a su propia mesa, que se había equivocado con la comparación.

Una pared no te mira. Esta mujer te miraba.

Era una pared con ojos, y la combinación, una cosa que te mira con todo y no te devuelve nada, no existe en la naturaleza, y por eso daba el trabajo que daba.

—Bueno —dijo Acuña. Se levantó—. Le agradezco el rato, señora Pavón. Es probable que tenga que volver a molestarla. Estas cosas se hacen así, de a poco.

—Cuando quiera —dijo Andrea, y se odió un poco por haberlo dicho, porque sonó a una amabilidad, y una amabilidad ahí sobraba.

Acompañó a la fiscal hasta la puerta. Acuña pasó al lado del pedazo de piso de madera, lo pisó, lo pisó como se pisa cualquier pedazo de piso de una casa ajena, sin saber, o sabiendo, Andrea no tenía manera de saber cuál de las dos cosas, y salió al palier. Dijo buenas tardes. Bajó.

Andrea cerró la puerta. Giró la llave. El pestillo entró hasta el fondo.

Se quedó parada en el living, sola, en el departamento donde acababa de estar la fiscal y donde antes de la fiscal había estado lo otro.

Repasó la conversación entera, de la primera pregunta a la última, buscándose los errores, y encontró algunos, o creyó encontrarlos, una respuesta que había salido muy rápido, otra que había salido muy lenta, el par de meses dicho dos veces con las mismas palabras.

Pero buscarse los errores no servía de nada, porque del otro lado de cada error estaba la cara de Acuña, esa cara que no devolvía, y Andrea podía repasar la conversación cien veces y nunca iba a saber qué se había llevado la fiscal de esa mesa, si se había llevado algo, si se había llevado todo.

Había aguantado. Eso era lo único que tenía.

Había contestado cada pregunta y no se había caído, y la fiscal se había ido, y aguantar, descubrió Andrea esa tarde, no traía ningún alivio, porque para sentir alivio una tiene que saber que ganó, y ella no tenía cómo saber nada.

A las seis y media bajó a buscar a Lucía a lo de la compañerita.

Subieron juntas. Lucía venía contando una cosa de la escuela, una pelea entre dos nenas, quién había dicho qué, y subía los escalones de a uno, hablando, con la mochila bailándole en la espalda.

Entraron. Lucía tiró la mochila en el sillón, cruzó el living, cruzó el pedazo de piso de madera sin saber, pisándolo como pisaba todo, y se fue a la cocina a pedir la leche.

Andrea le preparó la leche. Cortó pan. Era jueves, y un jueves, después de todo, se termina como cualquier otro día, con una nena que tiene hambre y una madre que le corta el pan.