Padre Nuestro 12
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El defensor que me asignó el Estado se llamaba Lema, y era un muchacho.

No lo digo con desprecio. Lo digo porque fue lo primero que pensé cuando lo vi entrar al locutorio, una sala con una mesa de fórmica y dos sillas, donde a uno lo dejan hablar con el abogado.

Lema tendría treinta años, una camisa que esa mañana había estado planchada, una carpeta gruesa abajo del brazo y la cara del que tiene quince carpetas iguales esperándolo en una oficina.

Los defensores oficiales son así. Llevan encima a media ciudad.

A mí me había tocado este, y este hacía lo que podía con el tiempo que no tenía.

Las dos primeras veces que vino fue para lo del trámite, para explicarme dónde estaba parado, qué venía después, qué podía pasar.

La tercera vez vino distinto. Vino con la carpeta más gorda y se sentó del otro lado de la fórmica con una cara que yo le venía esperando, porque sabía que tarde o temprano iban a llegar los papeles de los médicos, y los papeles de los médicos iban a decir lo que dicen los cuerpos cuando uno los mueve de lugar.

—Belmonte —dijo Lema—, llegó la autopsia. Y llegaron los informes de la escena. Le voy a ser derecho. Hay cosas que no cierran.

—Cuénteme.

Y Lema me contó. Lo hizo bien, ordenado, como un muchacho aplicado que se preparó la lección.

Lo primero ya lo sabía yo, porque la fiscal me lo había dicho en el edificio, la primera tarde, con sus palabras de la sangre que baja.

Las livideces. El cuerpo de Rubén tenía las marcas fijadas de una posición que no era boca arriba, y a Rubén lo habían encontrado boca arriba. Eso, dijo Lema, ya era un problema.

Lo segundo era nuevo. El golpe en la cabeza.

Los médicos habían mirado la herida y decían que esa herida la hacía un borde.

Un canto, una arista, algo con filo, no una superficie plana.

Y el piso del sótano, ahí donde yo decía que Rubén se había caído, era contrapiso liso.

Una herida de borde y un piso plano no van juntos.

—Usted dirá que abajo hay baúles —dijo Lema, adelantándose, porque era despierto—, que hay cantos, que hay el cajón de los medidores.

Y es verdad. Pero acá está lo otro. Revisaron todo eso.

Cada borde de cada cosa que hay en ese sótano.

Y en ninguno hay sangre, ni un pelo, ni un resto.

Nada. Si la cabeza de ese hombre se hubiera golpeado contra un borde de ese sótano, ese borde tendría algo. No tiene nada. Ninguno.

Se quedó esperando a que yo dijera algo. No dije nada todavía.

—Y está la sangre —siguió Lema—. Una herida así, en la cabeza, con el corazón todavía latiendo, aunque sea unos minutos, sangra mucho.

Mancha, salpica, se acumula de una manera.

Y en el sótano, abajo de la cabeza de Rubén, había sangre, sí, pero poca.

Demasiado poca, dicen los peritos, y del tipo que no salpica.

Del tipo que larga un cuerpo que ya casi no tiene presión.

La sangre de ese sótano no es la de un hombre que se golpeó y se desangró ahí. Es la de un cuerpo que pusieron ahí.

Lema cerró la carpeta. Apoyó las dos manos arriba.

—Belmonte. Le voy a hablar como su abogado, que es lo que soy.

Todo esto, todo lo que le acabo de leer, juega a favor suyo.

¿Me entiende lo que le digo? La escena no acompaña su relato.

Y cuando la escena no acompaña una confesión, una confesión empieza a valer menos.

Yo con esto puedo trabajar. Puedo discutir cómo le tomaron la declaración esa mañana, puedo plantear que usted estaba alterado, que es un hombre grande, que pudo haberse confundido, que confesó una cosa que la prueba física no sostiene.

—Bajó la voz, y la pregunta que me hizo la hizo con cuidado, midiéndola—.

¿Usted está seguro, Belmonte, de que las cosas pasaron como me las contó?

Porque si hay algo que no me está diciendo, este es el momento.

Yo lo miré al muchacho. Hacía su trabajo, y lo hacía bien, y eso era el problema. Lema estaba sentado del otro lado de la fórmica ofreciéndome, con las dos manos, lo único que yo no podía aceptar. Me estaba ofreciendo la salida.

—Yo lo maté, doctor —le dije—. Discutimos, lo empujé, se cayó, se golpeó la cabeza y se murió. Eso pasó. Si la sangre dice una cosa y las marcas dicen otra, yo no sé de sangre ni de marcas. Lo único que sé es lo que hicieron estas manos. Y estas manos lo mataron.

—Belmonte...

—Le agradezco. De verdad. Pero no quiero que discuta nada. No quiero que diga que estaba alterado, ni que me confundí. Confesé porque era cierto. Le pido que lo deje así.

Lema me miró un rato largo. Era joven, pero no era tonto, y los hombres que no son tontos, cuando ven a un cliente que pelea para que lo condenen, se quedan callados pensando.

Pensó. No me dijo lo que estaba pensando.

Juntó la carpeta, me dijo que lo iba a respetar pero que él tenía un deber, y se fue, y me dejó en el locutorio con el guardia, esperando que me llevaran de vuelta.

A los pocos días me llevaron ante la fiscal.

Fue en una sala parecida a la del locutorio, pero con más gente.

Estaba Acuña. Estaba Lema, al lado mío. Estaba una empleada con una computadora que iba escribiendo lo que se decía.

La fiscal traía, esta vez, una carpeta, igual que la de Lema, los mismos papeles, y la apoyó en la mesa y, como siempre, no la abrió.

Acuña no necesitaba abrir las carpetas. Acuña llevaba todo adentro.

—Señor Belmonte —dijo—, le voy a poner enfrente algunas cosas. Usted puede contestar o no contestar. Lo sabe.

—Lo sé.

Y me las puso enfrente, una por una, despacio, del modo en que se apoya un objeto sobre una mesa, y después otro al lado, y después otro, hasta que la mesa, sin que uno se diera cuenta, está llena.

Me habló de las livideces, otra vez, las mismas de la primera tarde.

Me habló del golpe, del borde y del piso liso.

Me habló de los baúles sin una marca. Me habló de la sangre, de la poca sangre, de la sangre que larga un cuerpo que ya no bombea.

Me lo dijo todo con sus palabras planas, sin levantar la voz, sin acusarme de nada, como quien me estuviera informando del estado de un edificio que no era mío.

Yo contesté lo que tenía para contestar, que era poco, y lo contesté siempre igual.

Que estaba oscuro. Que era una noche terrible y que un hombre, en una noche así, no se queda midiendo cómo cae el otro.

Que yo no soy médico. Que lo empujé, que se cayó, que se murió, y que lo que el cuerpo de Rubén hubiera hecho después, las marcas, la sangre, las posiciones, yo no lo había mirado, porque yo, después, había subido a acostarme.

Me hice viejo. Me hice confundido. Me hice un hombre grande y asustado que esa noche no entendió bien nada y que lo único que entendía, ahora, era que había matado a un hombre con las manos.

Un viejo así absorbe. Un viejo así es blando, y lo blando aguanta los golpes mejor que lo duro, porque no se quiebra: se hunde un poco y queda.

Acuña me dejó hundirme y quedar. No me apuró. Cuando terminé de contestar lo último, se quedó un momento callada, mirándome la cara, y después dijo una sola cosa más, y la dijo sin carpeta, sin papel, mirándome a los ojos.

—Señor Belmonte. Todo esto, junto, dice una cosa sola. Dice que ese hombre no se murió en el sótano. —Hizo una pausa, corta—. A un sótano se llega muerto, o casi. No se llega para morirse.

No era una pregunta. Acuña no me estaba preguntando si Rubén había muerto en el sótano. Me estaba avisando que ella ya sabía que no.

—Yo lo maté —dije.

—No le pregunté eso.

—Le contesto eso igual.

Acuña asintió, una vez, ese movimiento mínimo de la cabeza que yo ya le conocía. No discutió. No insistió. Cerró la carpeta que no había abierto, le dijo a la empleada algo del acta, y la sala empezó a moverse, a juntar cosas, a terminarse.

Y mientras la sala se terminaba yo entendí, sentado al lado del muchacho Lema, lo que de verdad había pasado esa mañana.

No había pasado que la fiscal me apretara.

La fiscal no me había apretado. Había pasado lo contrario, y lo contrario era peor.

La fiscal había dejado de discutir conmigo.

Un fiscal discute con un sospechoso cuando todavía lo necesita, cuando todavía piensa que de ese hombre va a salir la verdad.

Acuña ya no discutía conmigo. Me había escuchado decir yo lo maté cuatro, cinco veces, y cada vez lo había dejado pasar como se deja pasar el ruido de un caño, una cosa del fondo, una cosa que ya no informa nada.

Para Acuña yo había dejado de ser el que mató a Rubén.

Me había convertido en otra cosa. Me había convertido en un hombre que dice que mató a Rubén, que es una cosa distinta, y un fiscal que tiene enfrente a un hombre que dice y no cree lo que dice, deja de mirarle la boca a ese hombre y empieza a mirar para otro lado.

Para arriba. Hacia el edificio. Hacia los pisos donde yo no había puesto ninguna palabra.

Yo había confesado para cerrar una puerta.

Había contado lo del sótano para que la fiscal entrara por esa puerta, mirara adentro, encontrara lo que yo le había dejado preparado y se fuera tranquila.

Y la fiscal había hecho todo eso, había entrado, había mirado.

Pero la fiscal, adentro de mi puerta, en vez de encontrar el final, había encontrado que las paredes no cerraban, que la sangre no era la que tenía que ser, que el golpe no lo daba ese piso.

Y un cuarto cuyas paredes no cierran no detiene a nadie.

Le muestra, al que sabe mirar, por dónde se sigue.

Esa noche, en la celda, no dormí enseguida.

No estaba arrepentido de haber confesado.

Confesar había sido lo correcto y lo volvería a hacer.

El problema no era la confesión. El problema era que yo había armado la confesión apurado, en unas horas, con lo que tenía, en una noche, y la había armado contra el tiempo, y el tiempo, en una noche, no alcanza para que un hombre solo le mienta bien a la ciencia.

La ciencia no se apura y no se cansa y no se confunde.

La ciencia había mirado el cuerpo de Rubén con calma, y le había sacado, dato por dato, la verdad que yo había tratado de taparle encima.

Me quedé despierto haciendo lo único que podía hacer desde adentro de una celda, que era pensar.

Pensar en Acuña subiendo una escalera. Pensar en Acuña parada frente a una puerta de madera buena y descascarada, en el cuarto piso, golpeando, con su cara que no le devuelve nada a nadie. Y en Andrea abriéndole.