11
Cuando Lucía empezó la escuela, los horarios de Andrea dejaron de cerrar.
El jardín y el taller, mal que mal, se habían podido emparchar.
La escuela fue otra cosa. La escuela primaria terminaba a las cinco y cuarto, y la señora que cuidaba chicos del barrio se había mudado, y el taller, los días buenos, los días en que había pedido y en que el sobre del viernes venía gordo, no soltaba a Andrea hasta las siete.
Entre las cinco y cuarto y las siete y media había un agujero de dos horas, y en ese agujero estaba Lucía, una nena de cinco años recién cumplidos que salía de la escuela y tenía que estar en algún lado.
Andrea hizo cuentas, como hacía siempre cuentas, y las cuentas, como siempre, no daban.
Fue Hugo el que las hizo dar, y las hizo dar sin que Andrea se lo pidiera, que era el modo en que Hugo hacía las cosas.
Empezó de a poco, del modo en que empiezan las cosas que después uno no sabe decir cuándo empezaron.
Una tarde Andrea llegó del taller, tarde, con la culpa de la tarde encima, y encontró a Lucía no en la puerta de la escuela esperando, no en la vereda, sino en el hall del edificio, sentada en el banco de los buzones, con la mochila al lado y un vaso de leche en la mano, haciendo la tarea sobre las rodillas.
Y a Hugo a dos pasos, barriendo, sin barrer, vigilando con esa manera de vigilar que tienen los que vigilan sin que se note.
—La fui a buscar yo —dijo Hugo, antes de que Andrea preguntara—.
La maestra me conoce. Le avisé que iba en lugar suyo.
—Y después, porque vio en la cara de Andrea lo que había que ver, agregó—: Si le molesta, no lo hago más.
Pero la nena no puede estar dos horas en una vereda, Andrea. Una vereda no es lugar.
Andrea no dijo que le molestaba. Andrea, esa tarde, no dijo casi nada, porque no le salía. Le salió mirar a Lucía en el banco, con el vaso de leche y la tarea, a salvo, adentro, y le salió, después, en la cama, ya sin nadie que la viera, aflojar la cara.
Y así, sin que Andrea lo decidiera con todas las letras, sin una conversación, sin un acuerdo, Hugo se metió en las dos horas del agujero.
Andrea lo dejó. Hay que decirlo así, porque es así: lo dejó.
Una madre sola, con un trabajo que no se podía perder, con una cuenta que no daba, tiene delante una sola pregunta de verdad, que es dónde está la nena, y cuando aparece una respuesta a esa pregunta, una respuesta buena, gratis, que está siempre ahí, en la planta baja, una madre cansada no la interroga.
La agarra. Andrea agarró la respuesta que se llamaba Hugo, y todos los días, a las cinco y cuarto, Hugo fue a buscar a Lucía a la escuela, y Lucía pasó las dos horas del agujero abajo, en el hall, en la portería con la puerta abierta, en el edificio, hasta que Andrea llegaba.
No eran dos horas perdidas, para Lucía. Eso Andrea lo fue entendiendo.
Lucía, en esas dos horas, seguía a Hugo.
Hugo tenía su trabajo de encargado, que es un trabajo de mil cosas chicas repartidas por todo el día, y Lucía lo seguía de cosa chica en cosa chica como un perrito, y Hugo la dejaba seguirlo, y le iba dando, de las mil cosas chicas, las que una nena podía hacer.
La nena le sostenía la linterna. La nena le alcanzaba los tornillos de a uno.
La nena, parada al lado, miraba, y Hugo, mientras trabajaba, le hablaba, le explicaba qué hacía y por qué, y le hablaba con la voz con que se le habla a una persona, no con esa voz finita y boba que la mayoría de los grandes saca para los chicos.
A Lucía le hablaba derecho. Y a una nena de cinco años no hay nada que le guste más en el mundo que un grande que le habla derecho.
Una tarde Andrea los encontró en el hall ocupados con la caja de la luz.
Hugo tenía abierta la tapa de un reloj, un aparato chico de la pared que Andrea había visto mil veces y nunca había mirado, y Lucía estaba parada en una silla para llegar a la altura, con toda la cara metida en el asunto.
—Este reloj prende las luces del hall —le estaba diciendo Hugo—. Solo. Sin que nadie apriete nada. A las seis prende y a las seis de la mañana apaga.
—¿Y cómo sabe que son las seis?
—No sabe. Por eso lo tengo que mover yo.
—Hugo le mostró una rueda chiquita, una marca—.
En verano oscurece tarde, así que las luces tienen que prender más tarde.
En invierno, antes. El reloj no se entera de que cambió la estación.
El reloj hace siempre lo mismo. El que tiene que enterarse, y avisarle, soy yo.
Lucía pensó eso. A los cinco años pensar se le notaba en la cara.
—Pobre reloj —dijo—. No sabe nada.
—No. —Hugo le dejó mover la rueda a ella, despacio, con la mano de él arriba de la de ella—. Pero no le hace falta saber. Le hace falta tener a alguien que sepa por él. Eso le alcanza.
Andrea, desde la puerta, los miró mover la rueda. No dijo que había llegado. Se quedó el momento, mirando a su hija arriba de una silla, con la mano grande y gastada de Hugo sobre la mano chica, y al reloj de la pared, que no sabía nada y que igual, esa tarde, quedó puesto en la hora justa.
Lucía empezó a hacerle dibujos.
Le dibujaba a Hugo arreglando cosas. Le dibujaba el edificio, una torre de seis pisos torcida, con un sol arriba que tenía rayos hasta la claraboya.
Le dibujaba el ascensor. Se los daba, y Hugo los recibía como se recibe un documento importante, con las dos manos, y los guardaba.
Andrea, un día que tuvo que bajar a la portería por algo, vio que Hugo los tenía pegados en la pared, al lado de la cama, varios, uno al lado del otro, con cinta.
La pared de un hombre solo con los dibujos de la nena del cuarto piso.
Andrea miró eso un segundo, los dibujos en la pared de Hugo, y después miró para otro lado y no dijo nada, porque era una de esas cosas que es mejor no nombrar para no romperlas.
Y un día, en el hall, sin que viniera mucho a cuento, Hugo le contó lo de la hija.
No fue un relato. Hugo no era un hombre de relatos.
Fue una frase, casi nada. Lucía estaba en el banco con la tarea, y Andrea había bajado y estaban ahí los tres, y Lucía dijo alguna cosa de las que dicen los chicos, una cosa sobre crecer, sobre cuando ella fuera grande, y Hugo se quedó un momento mirándola, y después le dijo a Andrea, en voz baja, sin que la nena escuchara, que él había tenido una hija, una sola, y que esa hija no había llegado a grande.
No dijo más. No dijo el nombre, no dijo de qué, no dijo cuándo. Una hija que no llegó a grande, y la boca cerrada después de eso, una boca de hombre que aprendió hace mucho a decir esa frase y a no decir ninguna de las que vienen detrás.
Andrea no preguntó. Entendió que no se preguntaba.
Y entendió, también, otra cosa, en ese momento, en el hall, y la entendió de golpe y entera.
Entendió por qué Hugo iba a buscar a Lucía a la escuela.
Por qué le hablaba derecho. Por qué le dejaba mover la rueda del reloj con la mano de él arriba.
Por qué guardaba los dibujos con cinta en la pared.
Hugo no estaba siendo bueno con Lucía por bondad, o no solo.
Hugo estaba con Lucía porque a Hugo le faltaba una Lucía, le faltaba desde hacía vaya una a saber cuántos años, y el destino, o la casualidad, o lo que fuera que reparte estas cosas, le había puesto una en el edificio, en el cuarto piso, y Hugo, simplemente, la estaba cuidando.
Y a Andrea esa idea, lejos de inquietarla, la dejó tranquila.
Más tranquila que nunca. Porque una madre sola que tiene que dejar a su hija en manos de alguien quiere, sobre todas las cosas, una garantía, y la garantía más grande del mundo, pensó Andrea ese día en el hall, es un hombre al que le falta lo que vos le estás dando para cuidar.
A ese hombre no hay que pagarle, no hay que pedirle, no hay que controlarlo.
Ese hombre ya está pagado por adelantado.
Le estás dando, sin querer, lo único que él necesita.
Andrea trató de agradecerle, una vez. Le dijo a Hugo, en el palier, que no sabía qué habría hecho ella esas dos horas todos los días sin él, que de verdad no sabía, que se lo quería agradecer.
—No me agradezca —dijo Hugo. Y lo dijo sin sequedad, con cuidado, casi con dulzura, pero firme—.
Si me agradece, lo convierte en un favor.
Y un favor hay que devolverlo, y usted me empieza a deber, y a mí no me debe nada, Andrea.
La nena me hace compañía. Soy yo el que tendría que agradecer, y no se lo digo para no incomodarla.
Así que dejémoslo así. Que no haya favor.
Que no haya nadie que le deba nada a nadie.
Andrea lo dejó así. Le resultó fácil dejarlo así, porque era lo que ella quería oír, una mujer a la que deber le pesaba más que casi cualquier cosa, y porque, además, esos meses, esos meses de Lucía bajando a la portería y de la rueda del reloj y de los dibujos con cinta en la pared, fueron, para Andrea, los meses más mansos que tuvo en mucho tiempo.
La deuda de las expensas se había arreglado sola, de un modo que Andrea no se explicaba y que había decidido, en algún momento, no explicarse, porque las cosas buenas, cuando una está acostumbrada a las otras, conviene no tocarlas.
El taller, ese tiempo, tuvo trabajo. Y de cierta persona, de cierta sombra que Andrea no nombraba ni en la cabeza, no hubo noticias en muchos meses, ni un golpe en la puerta, ni una voz en el portero, nada, como si esa persona se hubiera ido del mundo o por lo menos del mapa donde estaba el edificio.
Fueron meses buenos. Andrea, años después, los iba a contar entre los pocos buenos que tuvo, y los iba a recordar siempre del mismo modo, en una sola imagen: una tarde, ella llegando del taller, cansada, subiendo los escalones, y al pasar por la planta baja, el hall, y en el hall Lucía y Hugo, los dos de espaldas, sin verla, ocupados los dos en alguna cosa chica del edificio, la nena hablando sin parar y el hombre escuchándola, y la luz del hall, esa luz que un reloj prendía a las seis sin saber por qué, cayéndoles a los dos encima.