Padre Nuestro 17
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Una puerta la cuida el que está parado adelante. Yo no podía estar parado adelante toda la noche.

Esa era la falla de todo lo que yo venía haciendo, y la falla la tuve clara desde el principio.

Yo me había vuelto el muro de esa entrada, sí, pero un muro de carne tiene horarios.

Yo dormía. Yo, antes de que clareara, salía a la misa de seis y dejaba el hall solo media hora.

Yo bajaba al sótano a tomar los medidores, a abrir una llave de paso, y mientras estaba abajo el hall quedaba sin nadie.

La norma del edificio, esa norma con la que yo frenaba a Rubén, no era una pared.

Era yo. Y yo no alcanzaba para las veinticuatro horas del día.

Rubén lo sabía. Un hombre que aprende, como Rubén aprendía, los horarios de la gente, tarde o temprano iba a aprender los míos, y el día que los aprendiera iba a tocar el portero a la hora en que el muro no estaba.

A la hora de la misa. A las cuatro de la mañana.

Y entonces todo iba a depender, otra vez, de una cerradura y de una puerta, y yo, que llevaba años en edificios, sabía la verdad más simple de las puertas, la que la gente no quiere pensar.

Una puerta no la abre nunca el de afuera.

La abre el de adentro. La cerradura más cara del mundo, el mejor bombín, las cuatro vueltas de llave, no sirven de nada si la mano que está adentro decide girar la llave.

Toda puerta tiene su punto débil, y el punto débil de toda puerta es la persona que vive del otro lado.

En el cuarto piso vivían dos personas. Una era Andrea, y a Andrea yo no la podía cambiar, era una mujer hecha, con su miedo y su orgullo y su manera. La otra era Lucía.

Lucía tenía seis años. Y a una persona de seis años todavía se la puede enseñar.

Para entonces Lucía y yo ya éramos lo que éramos.

La nena bajaba a la portería, me seguía por el edificio, me hacía dibujos, me escuchaba hablar de las cosas como se escucha a alguien de la familia.

Yo le había enseñado, en esos años, un montón de cosas chicas.

Cómo se mueve la rueda del reloj de la luz.

Por qué cruje un escalón y otro no. Cómo se le pone aceite a una bisagra para que la puerta deje de quejarse.

Lucía aprendía todo, porque era despierta y porque yo le hablaba derecho, y porque a un chico que uno respeta el chico le devuelve atención.

Así que decidí enseñarle una cosa más. La más importante. Decidí que, ya que yo no podía ser el muro las veinticuatro horas, iba a poner un pedacito de muro adentro de ella.

Lo hice una tarde, en la portería, con la puerta abierta al hall, mientras Lucía dibujaba en la mesa y yo arreglaba un picaporte.

No la senté a hacerle un discurso. A un chico no se le hace un discurso, un discurso lo asusta o lo aburre.

Se lo trabaja de costado, mientras las manos de los dos están ocupadas en otra cosa, y la cosa importante se dice como al pasar, como una más.

—Lucía —le dije, sin levantar la vista del picaporte—. Te voy a enseñar una regla. Una de las grandes. ¿Estás para una regla grande?

—Sí.

—La regla es así. Cuando vos estés arriba, en tu casa, y toquen la puerta, y sea un hombre, y yo no esté abajo en la portería, vos no abrís. Le digas lo que le digas, te diga lo que te diga, vos no abrís esa puerta. No abrís.

Lucía dejó el lápiz. A los seis años, cuando una cosa importa, se deja el lápiz.

—¿Y si es un hombre que conozco?

—No abrís igual. La regla no mira si lo conocés. Si es un hombre, y yo no estoy abajo, la puerta queda cerrada.

—¿Y si toca y toca?

—Que toque. Una puerta cerrada aguanta todo lo que quieras. Lo único que no aguanta es que vos la abras. Mientras vos no la abras, esa puerta es la cosa más fuerte del mundo.

Lucía se quedó pensando. A los seis años pensar se le seguía notando en la cara, igual que a los cuatro, igual que siempre.

—¿Es por un hombre malo? —preguntó.

Y ahí estuvo la pregunta. La que yo sabía que la nena, despierta como era, me iba a hacer.

Una nena de seis años que tiene un papá, un papá que va y viene, que aparece y desaparece, que a veces es la mejor sonrisa del mundo y a veces algo que la nena no entiende del todo pero igual le eriza la piel, esa nena, cuando un grande le enseña a no abrirle la puerta a un hombre, hace la cuenta.

La hace sola. Y me preguntó, sin decir el nombre, porque a esa edad uno todavía no se anima a decir ciertos nombres, si la regla era por el hombre en el que ella estaba pensando.

Yo podría haberle dicho que sí. Habría sido lo más derecho, y yo a Lucía le hablaba derecho. Podría haberle dicho: sí, Lucía, es por tu papá, tu papá a veces es peligroso y por eso no le abrís. Y habría sido cierto.

No se lo dije así. Le dije otra cosa.

—Es por cualquier hombre —le dije—. Esa es la gracia de la regla, ¿ves?

Una regla buena no tiene que pensar. Si la regla dijera no le abras a tal persona, vos cada vez tendrías que mirar quién es, decidir, dudar.

Y dudar, en una puerta, de noche, es lo que sale mal.

Esta regla no te hace dudar. Es para cualquier hombre, siempre, y listo.

Vos no tenés que decidir nada. La regla decide por vos. ¿Entendés?

Lucía asintió. Le gustó. A los chicos les gustan las reglas que les sacan de encima el peso de decidir, y yo lo sabía, y por eso se la di así, redonda, sin nombres, sin excepciones.

Le di una regla que ella no iba a tener que pensar nunca, una regla que se obedece sola, y al dársela así le saqué de adelante, sin que se notara, la única pregunta difícil, que era si su papá entraba o no entraba en la lista.

La regla, armada de ese modo, contestaba esa pregunta sin tener que hacerla.

Y Lucía se quedó tranquila, porque le había sacado un peso, y yo me quedé tranquilo, porque a los seis años una nena no necesita cargar con la idea de que el peligro tiene la cara de su padre.

Eso me dije esa tarde. Que la había cuidado de esa idea.

Hoy, contándolo, veo que también hice otra cosa, y es que le enseñé a una nena a obedecer una regla sin entenderla, y que una persona que aprende a obedecer así, de chica, a un hombre en el que confía, aprende algo que después le dura.

Pero esa tarde yo no vi eso. Esa tarde yo vi solamente que la nena estaba más segura, y seguí.

—Y hay una segunda parte de la regla —le dije—. La más importante. Si alguna vez tocan la puerta, y vos no abrís, y tenés miedo, vos quedate tranquila igual. Porque yo voy a saber.

—¿Cómo vas a saber?

—Yo sé todo lo que pasa en este edificio, Lucía.

Es mi trabajo. Yo escucho el edificio. Sé quién entra, sé quién sube, sé qué puerta se abre y a qué hora.

Si alguna noche pasa algo, yo me voy a enterar, y yo voy a subir.

Vos no te tenés que ocupar de nada. La regla tuya es una sola: no abrir.

De lo demás me ocupo yo. Yo siempre voy a estar, y siempre voy a saber, y siempre voy a subir.

Lucía me miró con esos ojos que tienen los chicos cuando un grande les dice una cosa que les ordena el mundo.

Y después hizo algo que no me voy a olvidar.

Agarró de nuevo el lápiz, volvió al dibujo, y mientras dibujaba, sin mirarme, como quien repite la tabla del dos para no olvidársela, dijo en voz baja:

—No abro. Don Hugo sabe. Don Hugo sube.

Lo dijo tres veces. No abro, Don Hugo sabe, Don Hugo sube.

Se lo estaba grabando. Una nena de seis años, en la mesa de mi portería, se estaba grabando una regla que yo le acababa de dar, repitiéndola como se repiten las cosas que uno quiere tener para siempre, y yo, sentado ahí, con el picaporte en la mano, escuché a esa criatura meterse mi voz adentro de la cabeza, y sentí, lo confieso, que no había hecho en mi vida nada mejor.

Esa nena, a partir de esa tarde, iba a estar segura aunque yo durmiera, aunque yo estuviera en la misa, aunque yo bajara al sótano, porque le había puesto un cerrojo adentro, y ese cerrojo no necesitaba que yo estuviera parado adelante.

Ese cerrojo lo llevaba ella puesto a todos lados.

Unos días después, Lucía le contó la regla a Andrea.

La nena no me la escondió a la madre, y yo tampoco se la escondí.

No había nada que esconder. Andrea me la mencionó en el palier, y me lo agradeció, me dijo que estaba bien que la nena tuviera eso claro, que con todo lo que estaba pasando ella se quedaba más tranquila.

Yo le dije que era una regla común, que cualquier chico la tenía que saber, y Andrea asintió, cansada, agradecida, y subió.

A Andrea le pareció lo que le pareció a la nena, lo que me parecía a mí: que un encargado bueno le había enseñado a una criatura a no abrirle la puerta a los extraños.

Eso era verdad. En esa casa, esos años, vivíamos todos de las cosas que eran verdad, y ninguno de los tres miraba lo que había abajo de las cosas que eran verdad, porque mirar abajo no le servía a nadie y la verdad de arriba alcanzaba para seguir.

Esa tarde, cuando Lucía terminó el dibujo y subió a su casa, yo la miré irse.

La miré cruzar el hall y empezar la escalera, con la mochila, una nena de seis años subiendo a un cuarto piso, y pensé en las cerraduras de mi edificio.

La de la puerta de calle. La de cada departamento.

El bombín bueno que yo mismo le había puesto a la del cuarto, el primer año, para que esa mujer pudiera dormir.

Yo tenía las llaves de casi todas. Un encargado las tiene.

Pero esa tarde, mirando subir a Lucía, entendí que acababa de poner en ese edificio una cerradura nueva, una que no estaba en ninguna puerta y de la que no había ninguna llave colgada en mi tablero.

La había puesto adentro de la cabeza de una nena de seis años.

Y de esa, de esa sola entre todas las del edificio, el único que sabía cómo se abría era yo.