8
En el taller se entraba a las ocho y se salía cuando el dueño decía que se salía.
Quedaba a seis cuadras del edificio, en un primer piso sobre una galería, y por fuera no decía nada.
Una puerta de chapa, un timbre sin cartel.
Adentro había ocho máquinas, una mesa larga de corte, y una luz de tubo que estaba prendida todo el día porque las ventanas daban a un pozo de aire y por el pozo de aire no bajaba ninguna luz que sirviera.
Andrea hacía terminaciones. Esa era la palabra.
Lo que sale de las máquinas todavía no es una prenda: es una prenda a la que le falta lo último, el ojal, el botón, el ruedo cosido a mano, la etiqueta, el hilván que hay que sacar. Eso hacía Andrea. Lo último.
Le pagaban por día. No había recibo, no había aguinaldo, no había una obra social que cubriera a Lucía si a Lucía le agarraba algo.
Había un sobre los viernes, y adentro del sobre había lo que el dueño decidía que había, y lo que el dueño decidía dependía de cuánto trabajo había entrado esa semana.
Cuando había pedidos grandes, una marca con una entrega encima, el taller no paraba y Andrea hacía diez horas, once, y el viernes el sobre venía más gordo.
Cuando no había pedidos, el dueño abría la puerta de chapa a las ocho, las miraba a las mujeres entrar, y a media mañana decía que por hoy alcanzaba, que se fueran, y ese día no se pagaba.
Un día que el dueño mandaba a la casa era un día que desaparecía. No se recuperaba después.
Andrea había aprendido a leerle la cara al dueño apenas entraba. Una cara le decía semana larga, y otra cara le decía agarrá tus cosas. Aprender a leer caras era, ya entonces, una de las pocas cosas que se le daban bien.
El problema no era el día. El problema era el mes.
El sobre del viernes, cuando Andrea lo abría, tenía adentro un número, y ese número, el viernes, alcanzaba.
Lo que no alcanzaba era lo que ese mismo número valía tres semanas después.
La plata de su trabajo se achicaba sola, en el cajón, sin que nadie la tocara.
Andrea compraba a principio de mes lo que iba a comer a fin de mes, fideos, arroz, lo que no se pudría, porque sabía que a fin de mes la misma plata compraba menos, y eso lo había aprendido también, del peor modo, que es viviéndolo.
A Lucía la buscaba del jardín una vecina del barrio, una señora que cuidaba a tres o cuatro chicos por unos pesos y los tenía en la casa hasta que las madres podían.
El jardín terminaba a las cinco. El taller, los días largos, no terminaba a las cinco.
Esa hora y media, dos horas, entre que el jardín cerraba y Andrea llegaba, costaba plata.
Todo costaba plata. Que Lucía fuera al jardín costaba plata, y que después del jardín alguien la tuviera costaba más plata, y Andrea trabajaba para pagar, en buena parte, el lugar donde dejaba a Lucía mientras trabajaba.
A la noche, cuando la nena dormía, Andrea sacaba la plata y la ponía sobre la mesa de la cocina y hacía las cuentas.
Las hacía siempre igual. Separaba en montoncitos.
El alquiler era el montón que no se tocaba, el primero, el sagrado, porque el alquiler era la pieza y la pieza era todo.
Después la comida. Después el jardín, la señora que cuidaba, la luz, el gas.
Después lo de Lucía, los zapatos que le quedaban chicos cada cuatro meses como si la nena lo hiciera a propósito, el guardapolvo, los útiles.
Andrea iba poniendo plata en cada montón, y la plata se terminaba antes que los montones, siempre, y siempre se terminaba en el mismo lugar.
Las expensas eran el último montón. El que se quedaba sin nada.
No era una decisión que Andrea tomara. Era una decisión que tomaban los números por ella.
El alquiler había que pagarlo o se perdía la pieza.
La luz había que pagarla o la cortaban. A Lucía había que darle de comer.
Las expensas, en cambio, eran una cosa más blanda, más lejana, una boleta que llegaba con la firma de un administrador que Andrea no conocía, por un edificio del que ella era de paso, una inquilina.
Las expensas se podían dejar para el mes que viene.
Y el mes que viene se podían dejar para el otro.
Una cosa que se puede dejar para después, cuando la plata no alcanza, se deja siempre.
Así que Andrea, mes a mes, sin decidirlo, fue dejando las expensas.
Las boletas las repartía Hugo. El administrador las mandaba, y Hugo, que era el encargado, las pasaba por debajo de las puertas o las entregaba en mano si se cruzaba con la gente.
Una tarde se cruzó con Andrea en el palier de la planta baja, cuando ella volvía con Lucía de la mano, y le dio el sobre del consorcio.
Andrea lo agarró. Era un sobre como cualquier otro, blanco, con el membrete de la administración, y ella sabía sin abrirlo lo que decía adentro, porque adentro decía siempre lo mismo, un número que era la deuda, cada mes más grande.
Hugo no dijo nada del sobre. Andrea, después, pensó en eso.
Hugo era el encargado de un edificio, y el encargado de un edificio sabe quién debe.
Lo sabe del mismo modo que sabe qué caldera anda mal.
El administrador le pasaba los listados, las boletas con la marca de los morosos, y Hugo las repartía, y Hugo, entonces, tenía en la cabeza el nombre de cada departamento que no pagaba, y el del cuarto piso estaba en esa lista hacía meses.
Pero Hugo no dijo nada del sobre. Le dio el sobre, y le preguntó a Lucía si en el jardín ya le habían enseñado a escribir el nombre, y Lucía le dijo que sí, que la ele y la u y la ce y la i y la a, y se lo dijo letra por letra con el orgullo de los cuatro años, y Hugo la escuchó como si fuera la primera vez que alguien le contaba algo importante.
Después le deseó buenas tardes a Andrea, y se metió en la portería.
Andrea subió con el sobre en la mano. Hugo no había mencionado la deuda.
Y justamente porque no la había mencionado, justamente por el cuidado con que había hablado de otra cosa, de las letras del nombre de la nena, Andrea entendió que él sabía.
Sabía y la dejaba en paz. Y que el encargado de un edificio supiera lo mal que ella estaba, y que tuviera con ella esa delicadeza de no nombrarlo, fue, para una mujer que cargaba sola nueve cajas antes que deber un favor, una de las cosas más difíciles de tragar de todo ese tiempo.
El administrador, en cambio, no tenía esa delicadeza. El administrador no tenía por qué tenerla. Para él era un número.
Se llamaba Cardozo. Andrea lo conocía por la firma de las boletas y de las cartas.
Las cartas habían ido cambiando. Primero eran recordatorios, una línea cortés que decía que figuraba una deuda y que se solicitaba regularizarla.
Después dejaron de ser corteses. Empezaron a tener palabras que Andrea no entendía del todo pero que entendía igual, intimación, mora, acciones que correspondieran, y empezaron a nombrar al propietario, a decir que el propietario de la unidad sería notificado de la situación, que el propietario debería responder por la deuda de su inquilino.
Y ahí estaba el miedo. No en Cardozo. En el dueño.
El dueño del departamento era un hombre que Andrea había visto una sola vez, el día que firmó el contrato, en la inmobiliaria.
Un hombre que tenía ese departamento y otros, que vivía de eso, y que de Andrea no sabía nada salvo que pagaba el alquiler los primeros de cada mes y no daba problemas.
El día que ese hombre recibiera una carta de la administración diciéndole que su inquilina le estaba generando una deuda, que su inquilina era un problema, ese día el hombre iba a hacer la cuenta más simple del mundo.
Hay otra gente que quiere alquilar. Hay gente sin una deuda colgada.
El contrato se vencía, y un contrato que se vence no se renueva, y no hace falta ningún juicio ni ninguna intimación para eso. Alcanza con no renovar.
Y entonces Andrea y Lucía iban a estar de nuevo en la vereda, con las cajas, buscando.
Buscando un lugar más barato, más lejos, más abajo.
Empezando otra vez la cuenta de las garantías, de los meses de depósito, de la plata que hay que tener junta de una sola vez para entrar a cualquier lado, plata que Andrea no tenía y no iba a tener.
Y buscando, sobre todo, otra vez, un lugar donde estar sin que las encontraran.
Porque la pieza del cuarto piso no era solamente un techo.
Era el lugar al que Andrea había llegado huyendo, el lugar que tenía una cerradura buena y cuatro pisos de escalera y una dirección que cierta persona, hasta ahí, no conocía.
Perder la pieza no era solamente volver a la calle. Era volver a ser encontrable.
Cardozo vino al edificio una vez, por una reunión de consorcio, y la enganchó a Andrea en el hall.
No fue una escena. Cardozo no levantó la voz, no la trató mal.
Fue peor que eso, fue cortés. Le dijo, con un tono de oficina, que la situación de su unidad era de las más atrasadas del edificio, que él entendía que los tiempos estaban difíciles para todos, que lo entendía perfectamente, pero que el consorcio no podía sostener a los que no pagaban, que los gastos del edificio los terminaban cubriendo los vecinos que sí pagaban, y que eso no era justo para esos vecinos.
Le dijo que iba a tener que informar formalmente al propietario.
Lo dijo como quien lee un trámite. Después le deseó buenas tardes, igual que Hugo, con las mismas dos palabras, y las dos palabras, en la boca de uno y en la del otro, eran dos cosas que no se parecían en nada.
Andrea subió las escaleras hasta el cuarto. Esa noche, cuando Lucía se durmió, no hizo las cuentas. Para qué. Las cuentas las sabía de memoria y daban siempre lo mismo.
En la cocina, abajo de la mesada, en un cajón, Andrea tenía la caja de las cosas que no sabía dónde poner.
Recibos, el contrato, la libreta del jardín, una foto.
Abrió el cajón y puso adentro la última carta de Cardozo, arriba de las otras, que ya eran varias, un pequeño paquete de papeles con el mismo membrete que ella no había tirado, porque tirarlos no los hacía desaparecer, y que no había pagado, porque pagarlos no podía.
Las acomodó para que entraran. Después cerró el cajón.