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El edificio tenía dos caras, y Andrea, a los dos años de vivir en él, ya sabía leer la de adentro.
La de afuera, la que daba a Boedo, era una cara digna.
Piedra gris, una puerta de hierro forjado con dibujos, unas letras en relieve arriba del portal con el año en que lo habían levantado.
Una persona que pasaba por la vereda veía un edificio de los de antes, de los que se hacían para durar, y pensaba que adentro de un edificio así la gente vivía bien.
La cara de afuera mentía. Mentía del modo en que mienten las caras: sin decir nada falso, dejando que el otro se equivoque solo.
La cara de adentro era otra. Andrea la había ido aprendiendo de a poco, piso por piso, en dos años de subir y bajar.
El palier tenía un mármol que había sido bueno y que ahora estaba opaco y partido en una esquina.
En el techo del tercer rellano había una humedad con la misma forma que la del techo de Andrea, la forma de nada, y nadie la arreglaba, igual que nadie arreglaba la de ella.
La luz del cuarto piso parpadeaba. La del quinto faltaba.
Las puertas de los departamentos eran de madera buena y estaban descascaradas.
Andrea había aprendido que en ese edificio nada se rompía del todo y nada se arreglaba del todo, que las cosas vivían en un estado intermedio, gastándose, y que ese estado intermedio era el estado natural de todo lo que había adentro de la cara digna.
Un día el ascensor se rompió.
No fue un drama. Una mañana la jaula de hierro quedó parada en la planta baja con la reja abierta, muda, y no se movió más.
Hugo le colgó un cartel escrito a mano, FUERA DE SERVICIO, atado a la reja con un piolín.
Andrea bajó esa mañana por la escalera y pensó que en uno o dos días lo iban a arreglar.
No lo arreglaron en uno o dos días.
Andrea se enteró, como se enteraba de todo, por el edificio mismo, que hablaba.
El ascensor necesitaba una pieza, y la pieza, con la puesta a punto, con la mano de obra, costaba una cifra.
Hugo había conseguido el presupuesto, lo había llevado a la administración, y la administración había contestado lo único que podía contestar. El consorcio no tenía la plata.
No la tenía porque medio edificio debía las expensas.
Andrea ya lo sabía, lo había escuchado de la boca de Cardozo, los gastos los terminan cubriendo los que pagan, pero una cosa era escucharlo y otra cosa era el ascensor parado con su cartel de piolín, mudo en la planta baja, día tras día.
El ascensor parado era la cuenta de Cardozo vuelta un objeto.
Andrea no pagaba las expensas, y el del segundo tampoco, y el del quinto tampoco, y cada mes que ninguno de ellos pagaba era un mes que el ascensor seguía sin moverse.
La deuda de Andrea, que ella guardaba en un cajón abajo de la mesada como una cosa privada, una vergüenza suya, estaba también ahí afuera, colgada de una reja, a la vista de todos, escrita con su letra en un cartel.
El ascensor parado cambió el edificio. Lo cambió de la manera en que se nota quién es quién.
Para Andrea y para Lucía, cuatro pisos por escalera eran cuatro pisos por escalera.
Cansaban. No eran una desgracia. Andrea era joven, Lucía tenía cuatro años y subía los escalones de a uno, agarrada de la baranda, contándolos en voz alta, y para Lucía la escalera era casi un juego.
Pero el edificio no estaba hecho solo de gente joven. El edificio estaba lleno de viejos.
Eso fue lo que el ascensor parado dejó a la vista. La cantidad de viejos que había arriba de la planta baja.
La señora del primero, la que se iba temprano a cuidar viejos en un geriátrico, tenía ella misma la edad de los viejos que cuidaba, y un piso le alcanzaba para llegar a su puerta respirando con la boca abierta.
El hombre del quinto, que vivía solo, dejó de bajar.
Andrea lo supo porque dejó de cruzarlo, y porque Hugo empezó a subirle el pan y alguna otra cosa, y un hombre al que el encargado le sube el pan es un hombre que ya no baja la escalera.
Y estaban los Brunetti, en el segundo.
Los Brunetti eran dueños. Ese era el detalle que a Andrea le costó entender al principio, porque ella, que alquilaba, que era de paso, había pensado siempre que ser dueño era estar del otro lado, en la orilla seca.
Los Brunetti tenían su departamento. Lo habían comprado hacía cuarenta años, cuando un hombre con un sueldo todavía podía comprar un departamento, y lo habían terminado de pagar, y era de ellos, con escritura.
Y eran pobres. Eran dueños y eran pobres al mismo tiempo, una cosa que Andrea no sabía que se podía ser hasta que vio a los Brunetti.
Tenían un bien y no tenían plata. El bien no se comía.
La escritura no pagaba la luz. Los Brunetti vivían de una jubilación que se achicaba sola en el cajón, igual que se achicaba el sobre de Andrea, y arriba de ese departamento que era de ellos se les venía cayendo el revoque y ellos no podían arreglarlo, porque arreglar cuesta, y porque las expensas que ellos tampoco terminaban de pagar eran parte de la cuenta del ascensor.
Andrea se cruzó con ellos en la escalera, una tarde, la primera semana sin ascensor.
Subían. El señor Brunetti iba adelante, con el saco puesto aunque hiciera calor, porque era un hombre que para salir a la calle se ponía el saco, y atrás iba la señora, con una mano en la baranda y la otra en el brazo del marido.
La señora Brunetti tenía la cadera operada.
Una cadera operada y cuatro pisos no van juntos, pero ellos vivían en el segundo, así que eran dos pisos, y dos pisos la señora todavía los podía hacer si los hacía despacio y si paraba en el rellano del primero a recuperar el aire.
Andrea bajaba. Se cruzaron en ese rellano, el del primero, donde la señora estaba parada, descansando, con la cara de la gente que descansa y no quiere que se le note que descansa.
—Buenas tardes —dijo Andrea—. ¿La ayudo?
—No, no, querida. Estamos bien. —La señora Brunetti sonrió—. Tomando aire. A mi edad uno hace todo más despacio, nada más.
El señor Brunetti no dijo nada. Inclinó la cabeza, un saludo, y miró hacia arriba, hacia los escalones que faltaban, y en esa mirada hacia arriba estaba todo lo que el señor Brunetti no iba a decir nunca, ni a Andrea ni a nadie: que el edificio donde él había comprado para terminar sus días con su mujer se había vuelto, sin que él pudiera hacer nada, una trampa de escalones, y que él, dueño con escritura, no tenía la plata para arreglar el ascensor que necesitaba para subir a su propia casa.
—Este edificio antes era otra cosa —dijo la señora Brunetti. Lo dijo sin amargura, casi con cariño, como se habla de alguien que fue joven—. Cuando nos mudamos, el ascensor era un orgullo. Venía gente del barrio a verlo. —Acomodó la mano en la baranda—. Bueno. Las cosas.
Siguieron subiendo, los dos, despacio, y Andrea siguió bajando, y en la escalera quedó esa frase, las cosas, que era una frase que en ese edificio decía mucha gente y que quería decir todo.
El que sostenía el edificio era Hugo.
Andrea lo fue viendo en esas semanas, y lo vio con claridad, porque el ascensor parado puso a Hugo a la vista igual que puso a la vista a los viejos.
Hugo era, en el orden del edificio, el último.
El encargado. El que vivía en la pieza más chica, la de abajo, la que no tenía ni un dormitorio aparte.
El que no era dueño de nada, ni del aire que respiraba, porque hasta la pieza donde dormía venía con el puesto y se terminaba con el puesto.
Arriba de él, en la escalera social del edificio, estaban todos: los Brunetti con su escritura, la señora del primero, el hombre del quinto, Andrea misma, que aunque alquilaba y aunque debía las expensas estaba, en ese orden, un escalón más arriba que el encargado.
Y era el último el que sostenía a todos los demás.
Hugo le subía el pan al hombre del quinto.
A la señora Brunetti le subía las bolsas de la verdulería, las dos cuadras desde el negocio y después los dos pisos, para que ella no las cargara con la cadera.
A la señora del primero, que llegaba a la noche sin aire, Hugo le había puesto una silla en el palier de la planta baja, una silla cualquiera, para que se sentara a recuperarse antes de encarar su piso.
Cosas chicas. Hugo no hacía ninguna cosa grande.
Hacía muchas cosas chicas, todos los días, sin que se las pidieran y sin cobrarlas, y todas esas cosas chicas juntas eran lo que mantenía al edificio funcionando como un lugar donde se podía vivir, y no como lo que el edificio era de verdad, que era una casa vieja y sin plata llena de gente vieja y sin plata.
Andrea lo miraba hacer. Lo miraba subir las bolsas de la señora Brunetti, lo miraba colgar el cartel de piolín, lo miraba cruzar el hall con una caja de herramientas hacia el problema del día, y pensaba una cosa que no terminaba de pensar del todo, porque era una cosa incómoda.
Pensaba que un hombre que está abajo de todos, que no tiene nada, que vive en una pieza prestada, y que aun así carga sobre la espalda a un edificio entero, es un hombre o muy bueno o muy solo.
Y después dejaba de pensarlo, porque las dos cosas, en el caso de Hugo, parecían ser la misma, y porque ella tenía sus propios cuatro pisos que subir.
Una noche, tarde, Andrea bajó a tirar la basura.
El edificio estaba en silencio. La jaula del ascensor seguía parada en la planta baja, con la reja abierta y el cartel de piolín, y sin el ruido del ascensor el edificio sonaba distinto, más viejo, más quieto, como suena una casa cuando se le para un reloj que uno ni sabía que estaba escuchando.
Subió de vuelta por la escalera. Pasó el primero, donde dormían los Brunetti adentro de su departamento con escritura.
Pasó el segundo, el tercero. En cada rellano una puerta de madera buena y descascarada, y atrás de cada puerta una familia o un viejo solo, cada uno con su humedad en el techo, cada uno con su cajón de papeles sin pagar, cada uno bajando despacio, sin que se le notara, en su propio departamento ordinario, detrás de la cara digna que el edificio le mostraba a la calle.
Andrea subió hasta el cuarto. Abrió su puerta.
Adentro, Lucía dormía, y la pieza estaba como ella la había dejado, ni mejor ni peor, en su estado intermedio, gastándose despacio, igual que todo lo demás.