Padre Nuestro 7
20%

7

Una confesión tendría que cerrar las cosas. Eso fue lo que Andrea pensó el quinto día, cuando vio el auto de la fiscal otra vez en doble fila frente al edificio.

Un hombre había dicho que mató a otro. Lo había dicho él solo, sin que se lo sacaran.

Había contado dónde, cómo, por qué. La policía se lo había llevado.

Para Andrea, que no sabía de causas ni de juzgados, eso era una puerta que se cerraba.

El que confiesa cierra. El caso se termina, los autos se van, el edificio vuelve a ser un edificio.

Pero la cinta ya no estaba en el hall, el sótano estaba abierto otra vez, los peritos de blanco se habían ido con sus bolsos y sus lámparas, y la fiscal volvía igual. Volvía sin apuro, día por medio, y cada vez que volvía subía las escaleras y golpeaba puertas.

Andrea entendió, parada en la ventana del cuarto piso, mirando el auto abajo, lo que ese auto quería decir. Quería decir que la confesión no había cerrado nada. Quería decir que la mujer de pelo tirante había escuchado a Hugo contar su historia del sótano, palabra por palabra, y no le había creído.

Y si no le había creído a Hugo, entonces la mujer estaba en el edificio buscando otra cosa. Buscando lo que había de verdad. Y lo que había de verdad estaba cuatro pisos más arriba del sótano, en un departamento, en un pedazo de piso de madera entre la mesa ratona y la puerta.

Andrea se apartó de la ventana. Tenía que ir a buscar a Lucía a la escuela. Se puso el saco, agarró las llaves, y bajó.

Los días que siguieron, el edificio habló de una sola cosa.

Un edificio es un cuerpo chico. Lo que le pasa a una puerta lo saben todas las demás antes de la noche.

Andrea, que durante cuatro años había hecho lo posible por no ser nadie en ese edificio, por subir y bajar sin que la registraran, descubrió que ahora no hacía falta preguntar.

Las cosas le llegaban solas. En el ascensor, en los buzones, en la vereda de la entrada, la gente hablaba, y la gente hablaba de la fiscal.

Marta fue la primera. Marta limpiaba el edificio desde antes de que Andrea se mudara, y Marta, eso lo sabía todo el mundo, era una mujer que hablaba.

Una mañana coincidieron en el palier. Marta estaba pasando el trapo, y al ver a Andrea soltó el palo del balde y se le acercó con la cara de quien necesita contar algo desde hace rato.

—¿Sabés que me llamó de vuelta? —dijo—. A mí. La fiscal. Yo ya le había contado todo el primer día, todo, cómo bajé, cómo lo encontré al pobre hombre, y a la semana me hace llamar y me siento de nuevo con ella, y me pregunta lo mismo. Lo mismo, Andrea. Otra vez desde el principio.

—¿Y qué le dijiste?

—Lo mismo que la primera vez. ¿Qué le voy a decir?

Pero fijate esto. —Marta bajó la voz, aunque en el palier no había nadie—.

Una cosa me la preguntó tres veces. Tres.

En la misma charla. Me preguntaba a qué hora bajé yo al sótano esa mañana, y yo le decía las seis y cuarto, como siempre, y seguíamos hablando de otra cosa, y al rato me lo volvía a preguntar, así, despacito, como si fuera la primera vez.

Y después de nuevo. Yo le dije, señora, ya le contesté dos veces.

Y ella, ni se inmutó. Me miró y me lo preguntó la tercera.

—Capaz se olvida.

—No se olvida nada esa mujer. —Marta agarró otra vez el palo del balde—.

No anota, ¿viste? Yo me fijé. No tiene un papel, no tiene nada.

Y se acuerda de todo. Te repite una pregunta no porque se olvidó.

Te la repite para mirarte la cara mientras contestás.

La tercera vez yo ya estaba contestando con miedo, y ni sé de qué tenía miedo, porque yo no hice nada.

Andrea asintió. Le dijo a Marta que tenía que subir. Subió.

La señora Brunetti, del segundo, la agarró dos días después en el ascensor, en esos seis pisos lentos de la jaula de hierro, que daban tiempo de sobra para una conversación que Andrea no quería tener.

—Un horror, esto —dijo la señora Brunetti—.

Pobre Hugo. ¿Vos lo podés creer? Treinta y tantos años en este edificio.

Treinta y tantos años subiéndome yo las bolsas cuando me operé de la cadera, arreglándome la persiana, y de un día para el otro resulta que mató a un hombre.

—Negó con la cabeza—. Yo no lo creo. Te digo la verdad, Andrea, yo todavía no lo creo.

—Confesó.

—Confesó, sí. Algo habrá pasado. Hugo no le haría mal a nadie por gusto.

—El ascensor pasó el tercer piso con su queja larga—.

A nosotros la fiscal nos preguntó del muchacho ese, el que murió.

Si lo habíamos visto. Mi marido le dijo que sí, que alguna vez lo vio dando vueltas por la puerta.

Y entonces ella le preguntó una cosa rara.

Andrea no dijo nada. Esperó.

—Le preguntó si lo habíamos visto entrar a visitar a alguien.

A alguien del edificio. —La señora Brunetti se encogió de hombros—.

Mi marido le dijo que no, que lo veía solo, o hablando con Hugo en el hall.

Que era uno de esos que Hugo a veces les daba una changa.

Yo no sé para qué pregunta esas cosas. El hombre confesó. Si el hombre confesó, ¿qué más quiere?

El ascensor llegó al cuarto. Andrea abrió la reja.

—No sé —dijo—. Que descanse, señora Brunetti.

Subió los últimos escalones hasta su puerta y los subió despacio, porque le hacían falta despacio.

Lo había escuchado. Le había entrado entero.

La fiscal andaba por el edificio preguntando si alguien había visto a Rubén entrar a visitar a alguien.

No a Hugo. A alguien. La mujer de pelo tirante, que no le había creído al encargado, estaba buscando ya, puerta por puerta, a la persona que de verdad tenía algo que ver con el muerto.

Y la buscaba bien. La buscaba con la pregunta justa.

Solo que todavía la buscaba en el lugar equivocado, en el segundo piso, en el quinto, en la portería, en cualquier piso menos en el que tenía que buscar.

Todavía.

Andrea la cruzó en persona dos veces.

La primera fue de lejos, en el hall, una tarde.

La fiscal bajaba con un cuaderno que llevaba un oficial detrás de ella, y Andrea entraba con Lucía de la escuela.

Se miraron, las dos, el segundo que una se mira con alguien cuando se cruza en el palier de un edificio.

La fiscal no la conocía. Para la fiscal, Andrea era una mujer cualquiera que volvía con una nena, una puerta más de las muchas que le faltaban golpear.

Andrea le sostuvo la mirada ese segundo y la fiscal la dejó pasar y siguió hacia la calle, y Andrea entendió, en ese segundo, una cosa que la dejó floja: la mujer no le había devuelto nada.

Había mirado, y de la cara de la fiscal no había salido nada, ni curiosidad, ni cansancio, ni el saludo mudo que se hacen dos desconocidos.

Nada. Andrea pensó que cruzarse con esa mujer era como pasar al lado de una pared.

Una pared no te juzga. Una pared tampoco se olvida de tu cara.

La segunda vez fue en la escalera, unos días más tarde.

Andrea subía. La fiscal bajaba, sola esta vez, sin el oficial del cuaderno, y se encontraron en el rellano del tercero. No había modo de no cruzarse. El rellano es chico.

—Buenas tardes —dijo la fiscal.

—Buenas tardes.

Andrea se hizo a un costado para dejarla pasar. La fiscal no pasó enseguida. Se quedó un momento en el rellano, y ese momento, para Andrea, duró más de lo que dura un momento.

—¿Usted vive en el edificio? —preguntó la fiscal.

—En el cuarto.

—¿Hace mucho?

—Cuatro años.

La fiscal asintió. Fue un movimiento mínimo de la cabeza, de arriba abajo, una sola vez.

No preguntó nada más. No sacó un cuaderno, porque no tenía cuaderno.

No le dijo a Andrea que iba a necesitar hablar con ella, ni le dijo que no.

La miró la cara el tiempo de las tres respuestas, el cuarto, cuatro años, y después dijo gracias, y siguió bajando, y Andrea escuchó los pasos perderse hacia el hall, parejos, sin apuro.

Se quedó parada en el rellano del tercero con la mano en la baranda.

A todos los vecinos los habían sentado, los habían interrogado, les habían repetido las preguntas tres veces.

A ella no. A ella la fiscal le había preguntado dos cosas en una escalera, el cuarto y cuatro años, y se había ido.

Y Andrea no sabía qué era peor, si que la sentaran o que no la sentaran.

Una mujer que repetía tres veces la misma pregunta para mirar caras había decidido, con ella, no preguntar todavía.

Y Andrea no tenía manera de saber si eso quería decir que para la fiscal ella no existía, o que la fiscal la estaba dejando para después, para el final, para cuando llegara con todo lo demás ya sabido y la pregunta ya no fuera una pregunta.

Subió a su casa. Cerró la puerta. La cerradura buena hizo su ruido firme, ese ruido que durante cuatro años la había dejado dormir, y esa tarde el ruido no le hizo nada, porque lo que ahora subía el edificio no subía por la puerta.

Lucía estaba haciendo la tarea en la mesa de la cocina, con la lengua un poco afuera, como ponía la lengua cuando escribía.

Andrea se quedó un momento mirándola desde la puerta.

La nena no había preguntado casi nada en esos días.

Había preguntado por Hugo una vez, dónde estaba Hugo, por qué no estaba abajo, y Andrea le había dicho que Hugo había tenido que irse por un tiempo, y Lucía lo había aceptado del modo en que los chicos aceptan las cosas que les dicen los grandes con voz tranquila, que es sin creerlas del todo y sin pedir más.

Andrea hizo la cena. Comieron. Lavó los platos con el agua caliente.

Bañó a Lucía, le revisó la tarea, la mandó a lavarse los dientes.

Después, mientras la nena se dormía en el otro cuarto con la puerta entornada, Andrea preparó las cosas para la mañana.

Sacó el guardapolvo del placard y lo colgó de la manija de la puerta.

Buscó en la mochila los cuadernos, los acomodó, le sacó un envoltorio de galletitas viejo.

Le puso una manzana. Cerró la mochila, el cierre entero de un lado al otro, y la dejó parada contra la pared, al lado de la puerta de entrada, lista, para que a la mañana Lucía no tuviera que pensar en nada.