Padre Nuestro 6
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Andrea lavaba los platos de la cena con el agua demasiado caliente.

Le gustaba así. El agua demasiado caliente le ponía las manos rojas y le daba algo en qué pensar que no fuera otra cosa.

Lavó el plato de Lucía, el suyo, los dos vasos, el cuchillo.

El cuchillo lo lavó dos veces. Lo dejó en el escurridor, lo volvió a agarrar, lo pasó otra vez bajo el agua, y recién entonces lo dejó.

Lucía estaba en el otro ambiente, con la tele.

Se escuchaba el ruido de la tele, esa música de los dibujos, y cada tanto la risa de Lucía, una risa corta, que iba y venía.

La nena había ido a la escuela ese día. Había ido el día anterior también.

Andrea la llevaba hasta la puerta, la veía entrar, y volvía caminando despacio para que la vuelta durara, y el resto del día lo pasaba en el departamento esperando la hora de ir a buscarla.

Habían pasado cuatro días. Cuatro días desde la mañana de la policía en el hall, de la cinta, de la gente de blanco. Cuatro días desde que el encargado había dicho que había sido él.

Andrea sabía que no había sido él.

Cerró la canilla. El departamento, sin el agua corriendo, quedó con el ruido de la tele y nada más. Se secó las manos en el repasador, despacio, dedo por dedo. Después no supo qué hacer con las manos y las dejó apoyadas en el borde de la mesada.

Desde la pileta de la cocina se veía el living.

Se veía el sillón, la mesa ratona, el pedazo de piso de madera entre la mesa y la puerta de entrada.

Andrea no miró ese pedazo de piso. Hacía cuatro días que entraba y salía de su casa sin mirar ese pedazo de piso.

A ella le parecía más limpio que el resto, la madera de ahí más clara.

Capaz era cierto y alguien la había fregado bien.

Capaz el piso estaba igual que siempre y la diferencia la ponía ella, que sabía.

Andrea no se acercaba a averiguarlo. Caminaba el departamento por los bordes, pegada a las paredes, como se camina una habitación recién pintada para no tocar nada.

Lucía se rió en el otro cuarto. Andrea cerró los ojos un momento.

Y volvió, porque volvía sola, sin que ella la llamara.

Rubén había golpeado la puerta pasada la una de la madrugada.

Andrea conocía ese golpe. Lo conocía de otras casas, de antes, de los años en que se había mudado tres veces creyendo que mudarse alcanzaba.

Rubén tenía una forma de golpear una puerta.

No era fuerte. Era peor que fuerte. Era un golpe espaciado, paciente, de hombre que tiene toda la noche, tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa, y ella, en la cama, con la luz apagada, supo en el primer tres quién estaba del otro lado.

Se quedó quieta. Pensó que si no se movía, si la casa quedaba en silencio y a oscuras, él iba a entender que no había nadie y se iba a ir. Eso no había funcionado nunca. Esa noche tampoco.

—Andre. —La voz le llegó por la madera de la puerta, baja, casi amable—. Sé que estás. Vi la luz hace un rato.

Andrea no se movió.

—Vine a ver a mi hija. Nada más. —Una pausa. Tres golpes—. ¿Eso ahora es un delito?

Lucía dormía en el otro ambiente, con la puerta entornada, como dormía siempre, porque a los nueve años todavía le gustaba escuchar a la madre del otro lado.

Andrea pensó en Lucía. Pensó en el edificio, en las puertas de los otros departamentos, en la gente que a la una y media de la madrugada estaba durmiendo y que a la una y media de la madrugada no tenía por qué escuchar nada.

—Abrime —dijo Rubén—. No me hagas hacer ruido.

Y eso era lo que él sabía hacer. Encontrar la palabra.

Ruido. Sabía que Andrea iba a hacer cualquier cosa antes que el ruido, antes que la nena despierta, antes que los vecinos, antes que la vergüenza de un escándalo en un edificio nuevo donde todavía la saludaban con respeto.

Lo sabía porque la conocía. Doce años de conocerla.

Andrea se levantó. Cruzó el living descalza, en la oscuridad. Llegó a la puerta. Puso la mano en la llave.

La cerradura era buena. Era la que había puesto el encargado el segundo día, un bombín de marca, de los que duran, y desde entonces Andrea cerraba esa puerta cada noche y el pestillo entraba hasta el fondo y se quedaba, firme, y esa firmeza, durante cuatro años, había sido lo más parecido a la paz que ella había tenido.

Giró la llave. El pestillo salió. Ella misma lo sacó, con la mano, esa noche, y abrió la puerta.

Rubén entró antes de que la puerta terminara de abrirse.

No la empujó. Entró, simplemente, pasó al lado de ella hacia adentro de la casa con la naturalidad de quien entra a un lugar que considera suyo, y Andrea, que había abierto para hablarle en el palier, para no dejarlo pasar, se encontró con la puerta abierta y con él ya adentro y con la noche que había empezado a moverse para un lado del que no se vuelve.

Estaba tomado. No mucho. Lo justo para tener esa cara, la cara de Rubén que Andrea había aprendido a leer mejor que ninguna otra cosa en el mundo, la cara despejada y sonriente que en él no quería decir nada bueno.

—Mirá cómo vivís —dijo él, mirando el departamento—. Mirá. —Sonrió—. Y yo durmiendo donde duermo.

—Lucía está durmiendo, Rubén.

—Mi hija. —Apoyó la palabra como se apoya una ficha—. Decí mi hija.

—Andate. Mañana hablamos. Mañana, con luz, lo que quieras.

—Mañana. —Se rió sin ruido—. Vos siempre mañana.

Empezó a hablar de la plata. De que él había cambiado, de que nadie le daba la chance, de que ella le había dado vuelta a la nena en contra de él, de que una madre que hace eso, de que él tenía derechos, de que un papel firmado por un juez no le iba a decir a él cuándo podía ver a su sangre.

Hablaba y se movía por el departamento, tocaba las cosas, levantaba un portarretrato, lo dejaba mal.

Andrea se fue corriendo despacio, sin que se notara, hasta quedar entre él y la puerta entornada del cuarto de Lucía.

No lo pensó como una estrategia. El cuerpo lo hizo solo.

El cuerpo de una madre sabe dónde pararse.

En algún momento Rubén dejó de hablar de la plata.

En algún momento la voz le cambió, bajó, se le puso de ese otro modo, y dio un paso, y Andrea le dijo que no levantara la voz, y él le dijo que no le decía nada, y dio otro paso, y desde el cuarto, atrás de Andrea, en la oscuridad, se escuchó la voz de Lucía que preguntaba, con el sueño todavía encima, mamá.

Después de eso Andrea no lo tiene.

Esa es la verdad y es la única que no le sirve a nadie.

Hay un pedazo de esa noche que ella no tiene, que no le devuelve la cabeza por más que ella baje a buscarlo, y lo ha bajado a buscar muchas veces en cuatro días.

Tiene la voz de Lucía diciendo mamá. Tiene a Rubén dando el paso.

Y después tiene lo otro, lo de después, y entre una cosa y la otra hay un lugar vacío, sin imágenes, como el escalón que falta en una escalera a oscuras, ese al que el pie llega y no encuentra nada.

Lo de después es así.

Rubén estaba en el piso. En el pedazo de piso de madera entre la mesa ratona y la puerta.

No estaba acostado. Estaba caído, que es otra cosa, una cosa que el cuerpo de una persona no hace cuando decide hacerla.

Tenía un brazo abajo del cuerpo. Tenía la cabeza vuelta hacia la pata de la mesa, y debajo de la cabeza, sobre la madera, había algo oscuro que crecía despacio, sin ruido, y que en la penumbra del departamento no parecía sangre, parecía una sombra, una sombra mansa que se iba abriendo desde él hacia afuera.

No se movía. Andrea esperó a que se moviera.

Se quedó parada esperando que Rubén se moviera, que se quejara, que se levantara puteando, que hiciera cualquiera de las cosas que Rubén hacía siempre, porque Rubén siempre se levantaba, Rubén era de los que se levantan.

No se levantó. El departamento estaba en silencio y en ese silencio Andrea entendió que no había ruido de respiración, que faltaba ese ruido, que un cuarto donde hay dos personas y una sola respira es un cuarto que suena distinto, y ella ese sonido lo escuchó, escuchó la falta, y supo.

Se miró las manos.

Las tenía adelante, a la altura del pecho, un poco abiertas, separadas del cuerpo.

No sabía desde cuándo las tenía así. Las miró como se mira una cosa ajena que apareció en la propia casa.

Eran sus manos. Tenían las uñas que ella se cortaba los domingos, el anillo fino que había sido de la madre, una manchita de lavandina de esa misma tarde.

Eran las manos de todos los días, las que lavaban los platos y le ataban los cordones a Lucía y contaban la plata sobre la mesa.

Andrea las miró un rato largo. No las pudo bajar.

Se quedó con las manos arriba, abiertas, mirándolas, mientras a tres pasos la sombra mansa terminaba de salir de Rubén.

De atrás, del cuarto, no venía ningún ruido.

La puerta de Lucía estaba entornada igual que siempre.

Andrea no fue. No pudo dar el paso hacia esa puerta.

Lo único que le quedó claro, lo único entero que tuvo esa noche, fue que Lucía no podía cruzar esa puerta, que Lucía no podía ver el living, que pasara lo que pasara y costara lo que costara la nena no podía ver el pedazo de piso entre la mesa y la puerta.

Y se quedó ahí, parada, de guardia entre su hija dormida y el hombre que ya no respiraba, con las manos en el aire, sin saber qué hora era, sin saber qué se hace, sin saber nada, esperando, aunque no había ya nada que pudiera venir a arreglar lo que había en el piso, esperando igual, porque era lo único que el cuerpo todavía sabía hacer.

El agua de la pileta se había enfriado en el vaso que Andrea no había terminado de lavar.

Lo terminó. Cerró la canilla por segunda vez. En el otro ambiente la música de los dibujos había cambiado, se había vuelto la musiquita del final, y Andrea supo, sin mirar, que el capítulo se terminaba y que en un momento Lucía la iba a llamar para que le diera permiso de ver otro.

Acomodó el vaso en el escurridor, al lado del cuchillo.

Cuatro días. El encargado estaba en algún lado, en una comisaría, en un juzgado, en una celda, Andrea no sabía bien en qué lugar guardaban a un hombre que decía haber matado a otro, y decía haberlo matado en el sótano, en una pelea, por unas changas y una plata, y la policía le creía, y la fiscal venía y se iba del edificio, y nadie subía al cuarto piso, y nadie miraba a Andrea, y nadie miraba el pedazo de piso de madera entre la mesa ratona y la puerta de entrada, que ella ahora barría todos los días y no pisaba nunca.

—Mamá. —La voz de Lucía, desde el otro cuarto—. ¿Puedo ver uno más?

Andrea se secó las manos en el repasador, dedo por dedo.

—Uno más —dijo—. Y después los dientes.