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A la misa de seis vamos siempre los mismos, y somos pocos.
La iglesia queda a dos cuadras del edificio.
El padre nuevo apura la misa de las seis para los que entran temprano a trabajar, así que en media hora uno está afuera otra vez, y a esa hora, a fines del verano, la calle todavía está fresca y todavía está oscura, aunque se note que la oscuridad ya tiene poco para dar.
En los bancos estamos cuatro, cinco. Dos mujeres mayores que se sientan siempre adelante.
Un hombre que trabaja en el subte y que se va de la misa antes de la comunión, con el bolso ya colgado del hombro. Y yo, atrás, del lado de la pared.
El padre nuevo es un hombre joven y tiene buena voz, y se nota que le importa, aunque le toque decir la misa más vacía del día. Una iglesia a las seis de la mañana es una iglesia honesta. No hay con quién quedar bien. El que está, está porque está.
Yo voy casi todas las mañanas. No voy por costumbre, aunque ya sea una costumbre.
Voy porque a un hombre le hace falta, una vez por día, estar media hora en un lugar que él no tiene que cuidar.
La iglesia la cuida el padre. Yo, ahí, no soy el responsable de nada.
Puedo sentarme atrás, contra la pared, y dejar que media hora la sostenga otro.
Después salgo, camino las dos cuadras de vuelta, y vuelvo a ser el responsable.
Porque un edificio también es una parroquia.
Eso lo aprendí con los años y no se lo digo a nadie, porque dicho en voz alta suena a una cosa que no es.
Pero es así. Un edificio tiene sus almas, una por puerta, a veces más.
Tiene a los que llegan y a los que se van, tiene a los que nacen adentro y a los que se mueren adentro.
Tiene sus pleitos y sus deudas y sus secretos, sus puertas que se cierran fuerte de noche.
Y alguien lo cuida. En una iglesia, ese alguien es el cura.
En un edificio es el encargado. La gente cree que el encargado cuida un edificio, ladrillos, caños, un ascensor.
El encargado cuida lo que vive adentro de los ladrillos. Lo otro, los caños, es la parte fácil.
Esa mañana, la del día después de que la familia nueva se mudara al cuarto, volví de la misa con esa idea andándome por la cabeza, y entré al edificio, y el edificio estaba como yo lo había dejado, en silencio, esperando despertarse.
Faltaba para que la ferretería abriera. Le había prometido a la mujer del cuarto el bombín bueno y las llaves, y el bombín bueno había que ir a comprarlo.
Así que tenía la mañana por delante y la mañana, esa vez, me la llené sin querer.
Me senté en la portería a esperar que abriera la ferretería. La portería es una pieza chica. Una cama, una cocina contra la pared, un baño, la ventana que da al hall. Una sola silla, la de las visitas, porque las visitas que tengo son las que vienen a pedirme algo del edificio y se van.
En esta pieza, donde ahora hay una sola silla, antes hubo tres.
Hace casi treinta años que vivo acá. Entré a trabajar de encargado joven, con una mujer y con la idea de los hijos todavía por delante.
Mi mujer se llamaba Dora. Acá adentro, en esta misma pieza, nació la idea, y después la espera, y después nació Inés.
Inés se crió en este edificio. Aprendió a caminar en el hall, agarrada de los buzones, que están a la altura justa para una criatura que está aprendiendo.
El ascensor le gustaba. La jaula de hierro hace un ruido cuando sube, un ruido de queja, un lamento largo en cada piso, y a otros chicos ese ruido los asusta y a Inés le gustaba.
Se reía. Pedía subir y bajar, subir y bajar, para escucharlo.
Yo la subía y la bajaba. Un encargado puede hacer eso, mover el ascensor sin que nadie lo llame, y yo lo hacía por escucharla reír.
Inés hizo la primera comunión a los ocho años.
El vestido lo cosió Dora. Yo le compré un rosario, uno de los buenos, de los que se guardan, con las cuentas de nácar y la cruz de plata.
Se lo di esa mañana, antes de la iglesia, y ella lo miró como miran los chicos las cosas que entienden que son importantes aunque no sepan bien por qué.
Lo apretó en la mano todo el día. Esa noche lo dejó en la mesa de luz, al lado de la cama, y a la mañana siguiente lo volvió a agarrar.
Inés murió a los nueve.
Fue una meningitis. Eso quiere decir que fue rápido.
Un sábado tenía fiebre y le dolía la cabeza, y nosotros pensamos lo que se piensa, una gripe, un golpe de calor, que la semana había sido larga.
El domingo estaba peor. El lunes la llevamos, y en el hospital la palabra cambió, y a partir de esa palabra todo fue muy rápido y al mismo tiempo no se terminaba más.
La gente, cuando se entera, dice que es un consuelo que sea rápido.
Lo dicen con buena intención. No es un consuelo.
Lo rápido no le saca nada a lo otro. Solamente le saca el tiempo de hacerse a la idea, y hacerse a la idea no se hace de todos modos, ni rápido ni despacio.
El rosario de nácar lo traje del hospital en el bolsillo.
Inés lo había llevado puesto, enredado en la mano, los primeros días, hasta que dejó de poder tener cosas en la mano.
Yo lo guardé. Lo llevo encima desde entonces.
No siempre lo rezo. A veces solamente lo tengo.
Un hombre necesita algo en el bolsillo que pese lo justo, una cosa chica que esté siempre en el mismo lugar, y cuando uno mete la mano y la encuentra, la mano se ordena, y detrás de la mano se ordena lo demás.
El rosario me hace ese trabajo. Que sea de Inés y que sea un rosario, para mí, son la misma cosa. Nunca pude separarlas y no lo intenté.
Dora no se quedó.
No quiero que esto se entienda mal, porque Dora no hizo nada que estuviera mal.
Una madre a la que se le muere una hija de nueve años tiene derecho a todo, y lo que ella necesitó fue irse.
Primero se apagó. Esa es la palabra justa y no tengo otra.
Se fue apagando de a poco, como se apaga una pava cuando se termina el gas y nadie se da cuenta hasta que el agua ya no hierve.
Dejó de cocinar. Dejó de hablar, no de un día para otro, sino palabra por palabra, hasta que las palabras que le quedaban en el día se contaban con los dedos de una mano.
Se sentaba en esa silla, la silla que ahora es de las visitas, y miraba la ventana que da al hall, y veía pasar el edificio.
Un día hizo un bolso. Me pidió que nos fuéramos.
Que buscara otro trabajo, en otro edificio, en otro barrio, lejos.
Me dijo que en este no iba a poder nunca, que cada baranda y cada escalón y cada piso del ascensor tenían a Inés agarrada, y que ella necesitaba ir a un lugar donde Inés no estuviera agarrada de nada.
Yo no pude. Esa es la verdad y la digo sin adornarla.
Yo no pude irme del edificio por el mismo motivo por el que ella no pudo quedarse.
Para Dora, el edificio era el lugar donde le habían sacado a la hija.
Para mí era el último lugar donde la hija había estado entera.
Yo no me quería ir de donde Inés había aprendido a caminar agarrada de los buzones.
Me parecía que irme era dejarla. Sé que un edificio no guarda a nadie, que los ladrillos no guardan, que eso es una idea de hombre solo y no una verdad. Lo sé. Pero saberlo no me movió.
Dora se fue con el bolso. Hizo bien. Yo me quedé. Hice lo que pude hacer, que fue quedarme.
De eso hace muchos años. Desde entonces vivo en esta pieza, solo, con una silla para las visitas, y soy el encargado del edificio, y el edificio es lo que tengo.
Y no es poco, aunque dicho así parezca poco.
En estos años vi de todo en este edificio.
Vi nacer chicos y los vi crecer y los vi mudarse de grandes a otros barrios, y algunos, de vez en cuando, pasan por la puerta y me saludan.
Vi morir gente. A una señora del quinto la encontré yo, una mañana, porque hacía dos días que no bajaba el tacho de la basura y dos días, en una persona de costumbres, es un grito.
Llamé, entré con la llave del edificio, la encontré en la cama, como dormida, y me quedé con ella hasta que vino la ambulancia, para que no estuviera sola esa última hora aunque ya no le sirviera la compañía.
Sé quién toma de más en cada piso. Sé qué matrimonios se gritan de noche y cuáles se gritaron tanto que ya no se gritan más, que es peor.
Sé qué puertas se cierran con miedo. Un encargado, si hace bien el trabajo, termina sabiendo de un edificio lo que un cura sabe de su parroquia.
No porque ande husmeando. Porque está. Porque está siempre, abajo, al lado de la entrada, y todo lo que entra y todo lo que sale le pasa por delante.
Esa mañana, cuando la ferretería abrió, fui y compré el bombín.
Uno bueno, de marca, de los que duran. El ferretero me dio el juego de llaves y yo lo guardé en el bolsillo, al lado del rosario, y volví al edificio y empecé el día, mi día de encargado, que tiene sus horas y sus tareas y que no le interesa a nadie.
A la tarde subí al cuarto.
Toqué el timbre. Me abrió la mujer, Andrea.
Atrás, en el departamento, todavía estaban casi todas las cajas sin abrir, pero la nena ya tenía un rincón con los juguetes, y eso es lo primero que arma una madre que sabe lo que hace, el rincón de la criatura, antes que la cocina y antes que su propia cama.
Le dije que venía a poner el bombín bueno.
Andrea se hizo a un costado para dejarme pasar y no dijo casi nada, y eso me gustó, porque la gente que habla poco descansa.
Saqué el bombín provisorio y puse el otro. Es un trabajo de diez minutos. La nena, Lucía, se me acercó otra vez a mirar, como el día anterior, y se paró al lado mío con un muñeco en la mano. Le fui diciendo lo que hacía. Ella escuchaba.
Cuando terminé, le di a la madre las llaves, las dos, todas las que venían en el juego.
—Pruebe —le dije.
Andrea cerró la puerta y giró la llave, y el pestillo entró hasta el fondo, entero, y la cerradura quedó firme y muda, como tiene que quedar una cerradura.
—Gracias —dijo Andrea. Y después, porque era una mujer a la que pagar le costaba pero a la que deber le costaba más, agregó—: En serio. Gracias.
—Para eso estoy —dije yo.
Bajé por la escalera. En el rellano del segundo me crucé al señor Brunetti, que subía, y nos saludamos, y seguí bajando.
No bajé pensando nada raro. Que quede claro, porque después, cuando todo esto se cuente, va a haber quien quiera poner las cosas en un orden que no es el que tuvieron.
Esa tarde yo bajé la escalera pensando lo que piensa un encargado al final de una tarea bien hecha, que es nada, que es la tarea siguiente.
Pero esa noche, en la portería, en la silla de las visitas, me quedé un rato con el tema del cuarto piso.
Una mujer sola, joven, con una criatura de dos años, en un edificio.
Sin un hombre que le suba las cajas. Sin una madre, ni una hermana, ni una amiga que el día de la mudanza le sostuviera a la nena media hora.
Nadie. La había visto subir nueve cajas ella sola, de a una, antes que pedir o que deber.
Y había visto, el día anterior, una cosa chica que no me la pude sacar de encima.
Cuando la mujer subió a la nena en el ascensor por primera vez, la jaula hizo su ruido de queja, ese lamento largo en cada piso, y la nena dejó de llorar para escucharlo. Le gustó. Se rió.
Una mujer sola con una criatura es algo de lo que un encargado se ocupa. Es parte del trabajo, igual que el ascensor y los caños. Yo me iba a ocupar. Lo decidí esa noche, en la silla, sin darle más vueltas, del modo en que un hombre decide regar una planta que pusieron en su balcón.
A mí me criaron en la idea de que las cosas no llegan solas a la puerta de uno.
De que lo que se pone delante de un hombre, alguien lo puso.
Yo a esa idea la fui dejando de lado con los años, después del hospital, después del bolso de Dora, porque es una idea que se vuelve difícil de sostener.
Pero esa noche, sin buscarla, la idea volvió y se sentó conmigo en la pieza.
Una mujer sola y una nena de dos años que se reía con el ruido del ascensor, igual que se reía la mía, se habían mudado a mi edificio.
A mi parroquia. Y yo, que ya no tenía a quién cuidar de cerca, que hacía años que cuidaba de lejos, parejo, a todos y a ninguno, las tenía ahora a ellas en el cuarto piso.
Apagué la luz de la portería. Por la ventana que da al hall entraba la claridad de la calle, la de siempre, y arriba el edificio hacía sus ruidos de la noche, los que yo conozco uno por uno.
Me acosté. Antes de dormirme metí la mano en el bolsillo y encontré el rosario en su lugar, y la mano se me ordenó, y detrás de la mano lo demás.