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El flete era una camioneta vieja con la caja descubierta, y el hombre que la manejaba había sido claro por teléfono.
Él llevaba las cosas hasta la puerta del edificio y las bajaba a la vereda.
Hasta ahí. Subir cuatro pisos era otro precio, y se cobraba aparte, y se cobraba bien.
Andrea le había dicho que no hacía falta. Que ella subía sus cosas sola.
Ahora las cosas estaban en la vereda, en la esquina de Boedo donde el edificio levantaba su cara gris contra la tarde, y eran menos cosas de las que una se imagina cuando piensa en una mudanza.
Un colchón de una plaza y media, parado contra la pared.
Una cama desarmada, las maderas atadas con un piolín.
Una mesa chica. Cuatro sillas que no hacían juego.
El cochecito. Y las cajas, ocho o nueve cajas de cartón que Andrea había ido juntando del supermercado durante un mes, cada una con una palabra escrita arriba con marcador, COCINA, ROPA, LUCÍA, para no tener que abrirlas todas buscando una cosa.
El fletero las bajó, le hizo firmar un papel, le deseó suerte y se fue.
La camioneta dobló la esquina y la calle quedó como queda una calle a esa hora, con un colectivo lejos y nada más.
Lucía tenía dos años, y los tenía bien puestos.
A esa hora de la tarde la nena ya no quería estar en ningún lado.
No quería el cochecito, no quería el piso, no quería los brazos, y lo decía del único modo en que se dice a los dos años, que es con todo el cuerpo.
Andrea la sentó en el cochecito y le trabó el cinturón, y Lucía empujó contra el cinturón y lloró, y Andrea le dio una galletita de la cartera, y Lucía tiró la galletita a la vereda y siguió.
Andrea juntó la galletita, la sopló, se la guardó.
No por la galletita. Por no dejar una cosa tirada en la vereda el primer día.
Levantó la cabeza y contó. Cuatro pisos.
El departamento era el del cuarto, y desde abajo se veía la ventana, una ventana cerrada con la persiana a media asta, igual que todas las de ese edificio, que era un edificio de persianas a media asta.
Cuatro pisos por una escalera, con un colchón, una cama, una mesa, cuatro sillas y nueve cajas, y una nena de dos años que no se podía dejar sola en la vereda ni dejar sola arriba ni cargar mientras se carga una caja.
Andrea hizo lo que se hace. Empezó.
Subió primero a Lucía. La sacó del cochecito, la cargó en la cadera, plegó el cochecito con la mano libre y lo dejó en el palier, al lado de los buzones, porque el cochecito no iba a entrar en el ascensor con ella y una caja, y de algún lado había que empezar a perder cosas de vista.
El ascensor era de esos viejos, una jaula de hierro con una puerta de reja que había que cerrar a mano para que el aparato se moviera.
Adentro entraban dos personas que se conocieran mucho.
Andrea entró con Lucía y subió, y la jaula se quejó en cada piso, y a Lucía el ruido le gustó y dejó de llorar para escucharlo, y eso fue lo único bueno que pasó en la primera media hora.
Arriba, la puerta del cuarto. Andrea metió la llave que le había dado la inmobiliaria, una llave nueva, brillante, la única cosa nueva de toda la mudanza.
La giró. La cerradura hizo un ruido flojo, un ruido sin convicción, y la puerta se abrió igual, pero Andrea, con la nena en la cadera, se quedó un momento con la llave en la mano, porque una cerradura que abre así abre siempre, con llave y sin llave, y eso ella lo entendió enseguida.
Lo guardó para después. Para después tenía toda una lista de cosas.
Entró. El departamento estaba vacío y estaba frío, con esa frío particular de los lugares donde no vivió nadie en un tiempo.
Dos ambientes chicos, una cocina contra la pared, un baño.
Las paredes habían sido blancas y ahora eran del color que se ponen las paredes blancas con los años, un blanco cansado.
Había una mancha de humedad arriba, en un rincón del techo, con la forma que tienen las manchas de humedad, que es la forma de nada.
Andrea bajó a Lucía al piso. La nena dio tres pasos por el departamento vacío, se sentó, y se puso a golpear el piso de madera con la mano, contenta, porque para una nena de dos años un cuarto vacío es un lugar enorme y nuevo y todo suyo.
Andrea la miró un segundo. Después bajó a buscar la primera caja.
Hizo cuatro viajes antes de cruzarse con él.
Estaba en el palier, con una caja en los brazos, la que decía COCINA, que pesaba porque adentro tenía las ollas y los platos de la madre de Andrea, lo único de loza que tenía.
El hombre estaba en el hall, cerca de la puerta de la portería, con una escoba en la mano, aunque no estaba barriendo.
Estaba parado, con la escoba, mirándola subir.
Un hombre grande, de pelo gris, con un pulóver de los que se usan adentro de la casa.
La saludó con una inclinación corta de la cabeza.
—¿La ayudo con eso? —dijo.
—Estoy bien.
—No parece.
—Dije que estoy bien.
Andrea acomodó la caja, que se le estaba yendo hacia un costado, y empezó a subir.
El hombre no insistió. No dijo nada más.
No la siguió con la mirada de esa manera con que algunos hombres siguen a una mujer que sube una escalera.
Cuando ella, dos pisos más arriba, miró por el hueco hacia abajo, el hombre ya no estaba en el hall.
Lo volvió a ver en el sexto viaje, o el séptimo.
Andrea había perdido la cuenta. Le ardían los brazos de esa manera en que arden cuando una ya pasó el punto en que tendría que haber parado.
Quedaba lo peor abajo, en la vereda. Quedaba el colchón, que era manejable, y quedaba la cama, las maderas atadas con piolín, y quedaba una caja que Andrea había estado dejando para el final a propósito, porque era la caja de los libros, y los libros, en una caja, pesan como pesa el peor de los inventos del hombre.
Esa caja Andrea no la había levantado del piso todavía.
La había arrastrado hasta la camioneta el día anterior, y el fletero la había subido a la caja descubierta refunfuñando, y la había bajado a la vereda con la misma cara.
Cuando Andrea llegó a la planta baja, la caja de los libros no estaba en la vereda.
Se asomó a la calle. La vereda estaba vacía.
El colchón ya no estaba contra la pared del hall, donde ella lo había dejado.
Las maderas de la cama tampoco. Andrea se quedó un momento en la puerta, con el corazón resuelto a no entender, y entonces escuchó arriba, en el hueco de la escalera, el ruido de un hombre que sube despacio cargando algo, y la voz de ese hombre que le decía a alguien, a Lucía seguramente, porque no había otro alguien, que ese escalón estaba flojo y que mejor no lo pisaran en el medio.
Subió. En el segundo piso lo alcanzó. El hombre del pulóver gris subía con la caja de los libros en los brazos, la caja peor, la que Andrea había estado dejando para no levantar.
La subía sin aspavientos, sin resoplar para que se notara el esfuerzo, del modo en que carga un peso el que cargó pesos toda la vida.
El colchón y la cama ya estaban arriba. Los había subido él, mientras ella hacía sus viajes de caja en caja.
—El colchón lo dejé apoyado en la pared del cuarto —dijo el hombre, sin frenarse, hablándole por encima del hombro—. La cama no la armé. Uno no sabe de qué lado la quiere la gente.
—No le pedí que subiera nada.
—No. No me pidió.
Llegaron al cuarto. El hombre dejó la caja de los libros contra la pared, con cuidado, en el lugar donde había menos cosas, para que no estorbara.
Lucía estaba sentada en el medio del departamento, donde Andrea la había dejado, y no lloraba.
Tenía en la mano un trapo, un trapo de piso limpio, doblado, que el hombre debía de haberle dado para que tuviera algo, y lo estaba estudiando con toda la seriedad de la que es capaz una persona de dos años.
El hombre la miró. La miró un momento más largo de lo que un hombre mira a una nena ajena, un momento en que la cara se le quedó quieta de una manera distinta.
Después el momento pasó, y el hombre se enderezó.
Andrea archivó eso también. Un viejo amable al que le gustan los chicos. La lista de cosas para después se le estaba haciendo larga, y esa entró abajo de todo.
—La cerradura no anda —dijo Andrea.
No había planeado decirlo. Le salió, quizá porque el hombre ya estaba ahí, ya había subido el colchón, ya estaba metido en el departamento de un modo que Andrea no había decidido pero que tampoco, ahora, podía deshacer.
El hombre fue hasta la puerta. Probó la llave. La giró para un lado y para el otro, abrió, cerró, y la cerradura hizo su ruido flojo, ese ruido de cosa que cede. Tocó el pestillo con el dedo. Lo movió. Cedió sin que hiciera falta la llave.
—El bombín está vencido —dijo—. Y el pestillo no entra hasta el fondo.
Una puerta así, usted la cierra, y es lo mismo que dejarla abierta.
—Se quedó mirando la cerradura un momento más—.
Para hoy a la noche le pongo algo que cierre.
El bombín nuevo se lo traigo mañana, que hoy ya están todas las ferreterías por bajar la persiana.
—¿Cuánto sale?
—La cerradura es del departamento. No es suya. El departamento lo arregla el edificio.
—Le estoy preguntando cuánto sale.
El hombre la miró. No con fastidio. Con una especie de paciencia, la paciencia del que entiende lo que la pregunta quiere decir por debajo, que era que Andrea no quería deber nada, que Andrea acababa de subir nueve cajas sola para no deber un favor de cuatro pisos, y que un arreglo gratis el primer día era una deuda como cualquier otra.
—No le sale nada —dijo—. No porque se lo regale.
Le sale nada porque no le corresponde pagarlo a usted.
Es así. —Hizo una pausa—. Si la deja tranquila, piénselo de este modo: si mañana se le rompe un caño, tampoco lo va a pagar usted.
Va a bajar a la portería y va a golpear, y yo voy a subir.
Para eso estoy. Una cerradura es lo mismo que un caño.
Andrea no contestó. El hombre lo tomó por lo que era, que era un permiso, y se fue a buscar las herramientas.
Volvió a los veinte minutos con una caja de metal y trabajó en la puerta sin hablar.
Andrea, mientras, fue abriendo cajas. La de Lucía primero, para sacarle los juguetes y tenerla ocupada.
Después la de la cocina. Puso las ollas de su madre arriba de la mesada, una adentro de la otra, y los platos en la única alacena que tenía puerta.
El hombre, en la puerta, sacó el bombín viejo, puso uno provisorio, ajustó el pestillo, lijó algo, probó.
Trabajaba como había cargado la caja, sin que se notara, en el silencio de quien hace una cosa que sabe hacer.
Lucía, en algún momento, se le acercó a mirar.
Se paró al lado de él, con un muñeco en la mano, y lo miró trabajar, y el hombre le fue diciendo qué hacía, esto es el pestillo, esto entra acá, mirá, sin bajar la voz a la voz tonta que usa la gente con los chicos, y Lucía lo escuchó como si entendiera, que es como escuchan los chicos cuando se les habla bien.
Cuando terminó, ya era de noche. El hombre juntó las herramientas en la caja de metal.
—Pruébela —dijo.
Andrea cerró la puerta. Giró la llave. Esta vez la cerradura no hizo el ruido flojo. Hizo un ruido entero, un ruido de pestillo que entra hasta el fondo y se queda. Andrea giró la llave para el otro lado, abrió, volvió a cerrar, volvió a girar. El mismo ruido firme las dos veces.
—Mañana le traigo el bombín bueno y le doy las dos llaves —dijo el hombre, ya en el palier, con la caja de metal en la mano—. Cualquier cosa que necesite, de día o de noche, yo estoy abajo, en la portería, al lado de la entrada. Pregunte por Hugo.
—Andrea —dijo Andrea—. Y la nena es Lucía.
—Lo sé. Lo decía la caja. —Hizo otra vez la inclinación corta de la cabeza, la misma del hall, la del principio—. Buenas noches, Andrea. Que descansen.
Bajó por la escalera. Andrea escuchó los pasos perderse hacia abajo, piso por piso, sin apuro, y después el hueco de la escalera se quedó en silencio.
Cerró la puerta.
El departamento, de noche, era otro departamento.
Más chico. La lámpara del techo no tenía pantalla y daba una luz cruda que dejaba la mancha de humedad bien a la vista.
Las cajas medio vacías por todos lados. El colchón en el piso del cuarto, porque la cama Andrea no iba a armarla esa noche, no le quedaba nada en los brazos para armar una cama.
Le dio de comer a Lucía un yogur y medio pan, la cambió, la acostó en el colchón contra la pared, del lado de adentro, y se acostó al lado de ella.
La nena se durmió rápido, del modo en que se duermen los chicos después de un día demasiado grande para ellos.
Andrea no se durmió enseguida. Se quedó escuchando el edificio nuevo, los ruidos que todavía no sabía leer, una cañería, un ascensor lejano, alguien que caminaba en el piso de arriba.
Después se levantó. Descalza, sin encender la luz, cruzó los dos ambientes hasta la puerta.
No tenía nada que hacer en la puerta. Igual fue.
Puso la mano en la llave y la giró. El pestillo entró hasta el fondo, entero, con su ruido firme, y se quedó. Andrea dejó la mano un momento más sobre la llave fría. Después volvió al colchón, al lado de la nena, y esa noche, en el departamento nuevo, durmió.