Padre Nuestro 3
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Supe cuál era ella antes de que me la presentaran.

Llegó pasado el mediodía, en un auto que estacionó en doble fila y que nadie le pidió que moviera.

Bajó sola. No traía nada en las manos. Ni una carpeta, ni un bolso, ni de esas tabletas que ahora la gente lleva a todas partes para no tener que acordarse de nada.

Las manos vacías. Crucé el hall y la vi entrar por la puerta de calle, y en ese momento la gente de blanco que iba y venía cambió de manera de moverse.

No dejaron de trabajar. Trabajaron distinto.

Más derechos. Sayago, que estaba apoyado en la baranda de la escalera con un vaso de café de máquina, dejó el vaso en el escalón y se acomodó el saco.

Un edificio te enseña a leer esas cosas.

Cuando entra el dueño, los inquilinos no le sonríen más de lo que le sonreían: se paran distinto.

Yo llevo treinta y seis años parándome distinto cuando entra quien manda.

Reconozco al que manda por cómo se para el resto.

Tendría unos cuarenta y cinco años, o cincuenta bien llevados.

El pelo tirante, atado atrás. Un tapado oscuro, de los que no se eligen para que se note nada.

La cara era el problema. No era una cara fea ni una cara linda.

Era una cara que no devolvía. Uno mira a una persona y la persona, sin querer, le contesta algo con la cara, una molestia, un cansancio, unas ganas de estar en otro lado.

Ella no. Miraba y no le volvía a uno nada, y eso, en una persona, da más trabajo que un grito.

Habló primero con Sayago, en voz baja, en el hall, del otro lado de la cinta.

No escuché lo que se decían. Vi que Sayago hablaba bastante y movía las manos, y que ella no movía nada.

Lo escuchaba con todo el cuerpo quieto. Después Sayago hizo un gesto hacia la escalera del sótano, y ella, sin que nadie la guiara, sin pedir permiso, levantó la cinta con dos dedos, pasó por debajo y bajó.

La escalera del sótano cruje en el cuarto escalón. Crujió. Después no la escuché más.

Me quedé en el hall, de este lado, esperando.

Un encargado sabe esperar mejor que nadie.

Toda la vida laboral de un encargado es esperar: que baje el inquilino que llamó, que llegue el plomero, que pase el de la municipalidad, que termine de llover para barrer.

Yo esperé. Por la puerta de calle entraba la tarde de mayo, una luz corta, amarilla, de las que ya saben que se van a apagar temprano.

En los pisos de arriba el edificio hacía su vida.

Se abrió una puerta, se cerró otra. El ascensor bajó vacío, llamado por alguien que después no lo usó, y se quedó en planta baja con la reja abierta, esperando también.

Ella tardó abajo más que todos los demás juntos.

Sayago había bajado y subido en veinte minutos.

Los peritos bajaban, hacían lo suyo, subían a buscar algo, volvían a bajar.

Ella bajó una vez y no subió. Pasó media hora.

Pasó más. Yo no tengo reloj de los que se llevan en la muñeca, nunca me hizo falta, el edificio es mi reloj, pero el edificio esa tarde no me servía para medir, porque el edificio estaba descompuesto, con una cinta partiéndole el hall y gente de papel blanco caminándole por los pasillos.

Así que no sé cuánto tardó. Sé que tardó como tarda el que no vino a confirmar nada.

El que viene a confirmar mira y sube. El que tarda es porque abajo, en vez de encontrar lo que le dijeron que iba a encontrar, encontró una pregunta.

Cuando subió, no me miró a mí. Subió y se fue derecho a uno de los peritos, un hombre joven, de barba, que la esperaba con un teléfono en la mano.

El perito le mostró la pantalla. Le fue pasando fotos con el dedo, despacio, y le hablaba, y ella miraba la pantalla y escuchaba.

En un momento el perito se detuvo en una foto y la dejó quieta, y con el dedo le marcó algo, un punto de la foto, y después otro punto, como quien señala dos lugares en un mapa y mide la distancia entre los dos con la mirada.

Ella miró ese punto, y el otro. No asintió.

La gente, cuando le explican algo y lo entiende, asiente, mueve la cabeza, le devuelve algo al que habla.

Ella no le devolvió nada al perito tampoco.

Después sí me miró. Giró la cabeza y me buscó del otro lado del hall, donde yo estaba parado y quieto, y me sostuvo la mirada un momento, sin apuro, como se mira una pared para calcular cuánta pintura va a llevar.

Vino hacia mí. Levantó la cinta y pasó a mi lado.

—Belmonte —dijo.

No era una pregunta. Sabía el apellido. Sabía, seguramente, todo lo que Sayago había anotado esa mañana, palabra por palabra, y lo sabía sin haberlo leído de un papel delante de mí, porque no traía papeles.

—Buenas tardes —dije.

—Mariana Acuña. Soy la fiscal. —Miró la puerta de la portería, que estaba abierta—. ¿Podemos hablar adentro? Va a ser más cómodo para los dos.

Entramos. Le ofrecí la silla, la única, y me senté en el borde de la cama, igual que con Sayago.

Ella no se sentó enseguida. Primero se quedó parada en el medio de la pieza y la miró.

Miró la cama, la cocina chica, la ventana al hall, la repisa donde tengo las pocas cosas que tengo.

No husmeó. No tocó nada. Solo dejó que la pieza le entrara por los ojos, toda, de una vez, como quien cuenta las salidas de un lugar antes de quedarse en él. Después se sentó.

—Le voy a explicar dónde está parado, señor Belmonte.

Esta mañana le contó al oficial Sayago que usted le causó la muerte a un hombre.

Eso lo convierte a usted en imputado. Tiene derecho a un abogado.

Si no puede pagar uno, el Estado le da un defensor oficial, sin costo.

Tiene derecho a no declarar, y que no declare no se va a usar en contra suya. ¿Me sigue?

—Lo sigo.

—¿Tiene abogado?

—No.

—¿Quiere que se le asigne el defensor oficial?

—Lo que corresponda. —Lo pensé—. Sí. El que da el Estado. Yo no tengo con qué pagar otro.

—Bien. Eso se va a hacer. —Acomodó las manos sobre la falda, una sobre la otra, y las dejó ahí—. Y ahora le voy a pedir, si usted quiere, que me cuente otra vez lo de anoche. No tiene obligación. Si prefiere esperar a tener al defensor al lado, esperamos y no pasa nada.

—No tengo nada que esperar. Lo que conté esta mañana es lo que pasó. Lo puedo contar las veces que haga falta.

—Cuéntemelo, entonces.

Y lo conté. Lo conté igual que a Sayago, porque era lo mismo, y porque una cosa que pasó de verdad se cuenta siempre igual, sin esfuerzo, sin tener que ir a buscar la versión a ningún lado.

Rubén, las changas, la plata, las amenazas.

Que vino tarde, tomado. Que lo dejé pasar al hall para que no golpeara.

Que bajamos al sótano para no despertar al edificio.

Que se puso violento, que me empujó, que me agarró, que yo lo empujé a él para sacármelo de encima, fuerte, con las dos manos, y que se cayó para atrás y se golpeó la cabeza.

Mientras yo hablaba, ella no hacía nada.

No anotaba, porque no tenía con qué, y porque, me di cuenta después, no anotaba nunca.

Tampoco asentía. Me miraba la cara y a veces me miraba las manos, y yo, que tengo la costumbre de meter la mano en el bolsillo y acomodar el rosario cuando hablo de algo que importa, esa vez no la metí.

Dejé las dos manos sobre las rodillas, quietas, una al lado de la otra.

No le iba a dar un movimiento para que lo mirara.

Un hombre que se toca un bolsillo le está diciendo algo a quien lo observa, y yo no tenía nada que decirle a esa mujer con las manos.

Cuando terminé, se quedó un momento callada.

—¿A qué hora llegó Rubén al edificio? —preguntó.

—Tarde. No miré el reloj. Pasada la una, calculo.

—¿La una de la madrugada?

—Sí.

—¿Y cuánto duró todo? Desde que tocó el portero hasta que usted subió a acostarse.

—No sé. No mucho. Discutir, bajar, lo de abajo. Media hora. Capaz menos.

—Así que cerca de la una y media usted ya estaba arriba.

—Por ahí. Sí.

Acuña descruzó las manos y las volvió a cruzar al revés, la otra arriba. Fue el único movimiento que le vi hacer en un rato largo.

—Recién me dijo que el hombre se cayó para atrás y se golpeó la cabeza contra el piso. ¿Cómo quedó? Después de caer. ¿En qué posición?

—Boca arriba. Quedó boca arriba.

—¿Está seguro?

—Así lo dejé. Así lo encontró Marta a la mañana. Boca arriba, entre la pared de los medidores y los baúles. —La miré—. Eso usted lo vio. Bajó y lo vio.

—Lo vi. —No agregó si lo había visto boca arriba o de otra manera.

Solo dijo que lo había visto—. Le voy a contar una cosa, señor Belmonte, y quiero que la escuche con calma, porque no es una acusación, es una cosa que yo sé y que usted tiene derecho a saber también.

Cuando una persona muere, el corazón deja de mover la sangre.

La sangre, entonces, baja. Se junta sola en la parte del cuerpo que quedó más abajo, y ahí, en la piel, deja una marca.

Una mancha. Esa marca se fija en las primeras horas y después ya no se mueve más, aunque el cuerpo se mueva.

Es como una firma de la posición en que estuvo el muerto al principio.

Dejó que eso se asentara en la pieza. Yo no dije nada. Cuando una persona necesita decir algo más, lo mejor que uno puede hacer es no llenarle el aire.

—Las marcas de este hombre —dijo— no son las de alguien que pasó las primeras horas boca arriba.

Y se calló. Me miró la cara, y de nuevo las manos, y otra vez la cara, y esperó.

Esperó del modo en que esperan los que saben esperar, que es el mismo modo en que esperaba yo, y eso fue lo primero que esa tarde me dio trabajo de verdad, porque hasta ese momento yo había sido, en cada conversación, el que más sabía esperar de los dos.

—Yo no soy médico —dije—. Le conté lo que hice. Lo que el cuerpo de ese hombre hizo después, solo, en el sótano, las horas que yo estuve durmiendo arriba, no lo vi. No sé de marcas. No sé de sangre que baja.

—No le estoy pidiendo que sepa.

—¿Me está diciendo que miento?

—Le estoy contando lo que dice el cuerpo, señor Belmonte. Nada más. —Se levantó de la silla—. El cuerpo es un testigo más. Tiene la ventaja de que no se pone nervioso y la desventaja de que no termina nunca de explicarse. Hay que tenerle paciencia.

Se acomodó el tapado. Pensé que se iba, y una parte de mí, que llevaba toda la tarde quieta, se aflojó un poco antes de tiempo.

—Una pregunta más —dijo, ya de pie, en la puerta de la portería—. ¿A qué hora llegó Rubén?

Ya me lo había preguntado. Al principio de todo. Y yo le había contestado.

—Pasada la una —dije otra vez—. Se lo dije hace un rato.

—Sí. Me lo dijo. —No se disculpó por repetir. No explicó por qué repetía. Lo dejó ahí, la misma pregunta puesta dos veces sobre la mesa, como quien apoya dos veces el mismo vaso en el mismo lugar para ver si la madera ya tiene la marca—. Gracias, Belmonte.

Salió al hall. Yo salí detrás, porque la pieza, con ella adentro, se me había hecho chica, y ahora que se iba quería verla irse.

Pero no se fue. En el medio del hall se detuvo.

Sayago se le acercó y le dijo algo, y ella le contestó con dos palabras sin mirarlo.

Después dio unos pasos hasta quedar debajo del hueco de la escalera, ese hueco por el que, si uno se para justo abajo y levanta la cabeza, ve subir los seis pisos uno arriba del otro, las barandas, los felpudos, las puertas, todo el edificio trepando hacia la claraboya.

—¿Cuántos pisos tiene? —preguntó. No me miró al preguntarlo. Ya estaba mirando para arriba.

—Seis —dije.

—Seis.

Se quedó así, con la cara levantada, mirando subir el edificio piso por piso, despacio, como se lee una lista de nombres buscando uno.

La gente de blanco entraba y salía del sótano, abajo, a sus pies, y ella no los miraba.

El sótano ya no le interesaba. El sótano era mío, lo había llenado yo de explicaciones esa mañana, y ella lo había escuchado, y había bajado, y había vuelto a subir con la cabeza levantada hacia los pisos donde yo no había puesto todavía ni una sola palabra.

Afuera, en la calle, la tarde de mayo se estaba apagando a horario. Adentro, las luces del hall no se encendían, porque el edificio no sabe que la tarde se apaga antes en mayo, y las enciende a las seis, siempre a las seis, como las apaga a las seis de la mañana, sin mirar nunca por la ventana.