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La gente que llegó después no se parecía a los dos primeros.
Vinieron en una camioneta blanca y en dos autos sin distintivo.
Bajaron con bolsos, con guantes, con una cinta que ataron de la reja del ascensor a la baranda de la escalera del sótano y que dejó el hall partido en dos.
Algunos se vistieron ahí mismo, en el palier, con unos trajes blancos de papel que crujen al moverse.
Bajaron al sótano con sus propias lámparas, lámparas grandes, de las que no parpadean.
Por una vez el cuarto de los medidores iba a quedar bien iluminado, y a mí me dio una cosa rara pensar eso, parado en el hall, con la cinta cruzándome la cara del edificio.
A Marta la sentaron en la cocina de la portería y una mujer le tomó declaración.
Marta contó lo que tenía para contar, que bajó a buscar los productos y que lo encontró, y lo contó tres o cuatro veces porque a una mujer asustada le sale contar la misma cosa muchas veces.
Después la dejaron irse. Antes de salir me buscó con la mirada desde la puerta y yo le hice un gesto con la cabeza, que se fuera tranquila.
Se fue. Le temblaban las llaves en la mano.
El edificio, mientras tanto, se despertaba.
Eso no lo para nadie. Bajaban a trabajar, a llevar chicos a la escuela, a abrir negocios.
Cada uno que llegaba a la planta baja se encontraba con la cinta y con la gente de blanco y se frenaba, y me buscaba a mí.
Yo les decía lo mismo a todos. Que hubo un problema en el sótano, que la policía se estaba ocupando, que pasaran tranquilos.
La palabra tranquilos hace trabajo. La gente la escucha y obedece, aunque uno la diga al lado de una cinta que parte el hall en dos.
La del cuarto piso bajó con la nena, temprano, para la escuela.
La nena tiene nueve años y una mochila más grande que la espalda.
La madre la llevaba de la mano. Cuando pasaron al lado de la escalera del sótano, la madre cambió a la nena de lado, de manera de quedar ella entre la nena y la baranda, y la nena no llegó a ver hacia abajo.
Les abrí la puerta de calle. Buen día, les dije.
Buen día, Hugo, dijo la madre, y salieron a la vereda y se fueron para la escuela como cualquier mañana.
La gente de la policía no las miró. No había motivo para mirarlas.
En un edificio de seis pisos baja gente toda la mañana, y esa gente, para la policía, era paisaje.
Yo esperé. Un encargado sabe esperar. Me quedé en el hall, de mi lado de la cinta, con las manos quietas, mirando trabajar a la gente de blanco como se mira llover.
A media mañana vino a buscarme un hombre de civil.
Tendría cincuenta años, un saco gastado, los ojos de alguien que duerme mal hace mucho.
Se presentó. El apellido era Sayago. Me preguntó si había un lugar donde sentarnos, y le dije que la portería, que era mi casa y que no había otra.
Entramos. Le ofrecí asiento en la silla y me senté yo en el borde de la cama, que es donde me siento siempre, porque la portería tiene una sola silla y la silla es para la visita.
Sayago apoyó una carpeta en la mesa y no la abrió.
—Señor Belmonte, le voy a hacer unas preguntas. Esto va a quedar registrado. ¿Me entiende?
—Lo entiendo.
—El oficial que vino temprano anotó algunas cosas que usted le dijo. Anotó que anoche usted no bajó al sótano. Que no escuchó nada durante la noche. Que al hombre lo había visto alguna vez por el edificio pero que no sabía quién era.
—Anotó bien. Eso le dije.
—Y necesito que ahora me lo confirme, o que me lo corrija.
Me tomé un momento. Metí la mano en el bolsillo y acomodé el rosario, que es una cosa que hago cuando voy a hablar de algo que importa, no porque rece en ese momento, sino porque el rosario me ordena la mano y la mano ordena lo demás.
—Se lo corrijo —dije.
Sayago no se movió. Esperó.
—Esta mañana, cuando llegó el oficial, yo le abrí la puerta y le contesté lo que se contesta en una puerta. No le mentí por mentir. Le contesté antes de haber decidido nada. Un hombre puede tardar unas horas en decidir una cosa así. Yo tardé hasta ahora.
—¿Decidir qué cosa, señor Belmonte?
—Contarlo.
Recién entonces abrió la carpeta. Sacó una lapicera. Pero no escribió todavía. Me miró, y en la cara se le movió algo, porque un policía que viene a tomarle declaración al encargado, al que encontró el cuerpo, al testigo, no espera que el encargado le diga que va a contar algo.
—Cuénteme —dijo.
—El hombre del sótano se llamaba Rubén. El apellido no lo sé bien, nunca se lo pregunté.
Hace un par de años que aparecía por el edificio.
Pedía changas, pedía plata, pedía. Era de los que piden.
Yo, una vez, le di trabajo, le hice limpiar el tanque, y le pagué, y ese fue mi error, porque al que le das una vez vuelve.
Volvió muchas veces. Y de a poco dejó de pedir bien y empezó a pedir mal.
—¿Pedir mal cómo.
—Con amenazas. Me decía que él sabía cosas del edificio, que conocía a los inquilinos, que un descuido mío y yo perdía el laburo y la pieza, porque la pieza viene con el laburo.
A un hombre de mi edad esas cosas le pesan.
Yo le iba dando. Poca plata, pero le iba dando, para que se fuera.
Eso también fue un error. Lo sé. A esta altura ya sé cuáles fueron los errores.
—¿Y anoche?
—Anoche vino. Tarde. Tocó el portero y yo lo dejé pasar al hall porque no quería que golpeara y despertara al edificio.
Venía tomado. Quería plata y yo esa noche no tenía, o no quería darle más, ya no me acuerdo bien cuál de las dos.
Discutimos. Le dije que bajáramos al sótano para no hacer ruido, que arriba estaba todo el mundo durmiendo.
Bajamos. Abajo se puso peor. Me empujó. Me agarró del cuello.
Es un hombre joven y yo no. Lo empujé para sacármelo de encima, lo empujé fuerte, con las dos manos, y se fue para atrás y se golpeó la cabeza contra el piso.
Sayago escribía ahora. Escribía rápido, sin levantar la vista.
—¿Y después?
—Después me quedé un rato esperando que se levantara.
No se levantó. —Acomodé el rosario otra vez—.
No llamé a nadie. Esa es la parte que no tiene explicación, así que no se la voy a buscar.
Subí, me acosté, y esta mañana dejé que Marta lo encontrara y que ella llamara, y yo le contesté al oficial lo que le contesté. Y ahora le estoy contando esto a usted.
—¿Por qué a mí y no antes.
—Porque usted me preguntó sentado. El otro me preguntó de parado, en la puerta. —Lo miré—. No es lo mismo.
Sayago dejó de escribir. Leyó lo que había escrito. Se quedó callado un rato largo, y yo lo dejé en su silencio, porque cuando un hombre necesita pensar lo mejor que uno puede hacer es no llenarle el aire de palabras.
—Señor Belmonte —dijo al fin—, lo que me está contando es que usted le causó la muerte a esa persona.
—Eso le estoy contando.
—Le voy a pedir que no se mueva de acá. Esto cambia. Tengo que avisar, tiene que venir más gente, y va a venir la fiscal, que ya está en camino para otra cosa y ahora va a venir para esto. Le van a leer sus derechos, va a poder llamar a un abogado. ¿Me está entendiendo lo que le digo?
—Le entiendo todo.
—¿Y lo va a sostener? Lo que me dijo recién, ¿lo va a sostener delante de la fiscal?
—Lo voy a sostener.
Sayago juntó la carpeta y la lapicera y se levantó. En la puerta de la portería se dio vuelta. Tenía todavía esa cara de hombre que duerme mal, pero ahora le había aparecido encima otra cosa, una incomodidad, como la que tiene el que compró algo demasiado barato y todavía no sabe qué le falla.
—Una pregunta más, así, sin anotar —dijo—. Usted recién me contó todo de corrido. Sin que yo le sacara nada. La gente no cuenta así.
—¿Cómo cuenta la gente.
—De a pedazos. Tironeando. A usted hubo que tironearle al principio y después se soltó entero. —Se rascó la nuca—. Parece un hombre que lo tenía pensado.
—Tengo sesenta y dos años, señor Sayago. A mi edad uno ya tiene casi todo pensado.
Sayago me miró un segundo más y salió. Lo escuché del otro lado de la cinta hablando por teléfono, bajando la voz.
Me quedé solo en la portería. Hice la cama, que a la mañana, con todo lo que había pasado, no la había hecho.
Estiré la colcha y acomodé la almohada. Una pieza desordenada es una pieza que le da trabajo a la cabeza, y yo iba a necesitar la cabeza despejada.
Después me senté en la silla, la de la visita, porque ya no esperaba ninguna visita que no fuera la policía, y por la ventana que da al hall miré la cinta, y la gente de blanco que entraba y salía del sótano, y la mañana del edificio que seguía pasando por encima de todo eso sin enterarse.