Padre Nuestro 1
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Padre Nuestro

Padre Nuestro

Por Salomé Reyes

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Me despierto a las cinco y media desde hace treinta años. No me hace falta despertador. El cuerpo aprende la hora del edificio y después la cumple solo.

La portería es chica. Una pieza, una cocina y la ventana que da al hall.

Desde la cama escucho el edificio antes de verlo.

Sé en qué orden se despierta. El tres B tiene la caldera vieja y arranca con un golpe seco en la cañería.

Después el primero, donde vive una mujer que se va temprano a cuidar viejos.

Después el ascensor, que alguien llama desde un piso alto y baja quejándose en cada reja.

Cada ruido tiene su hora. Cuando un ruido llega antes, o llega tarde, yo lo noto.

Es lo único que sé hacer bien, y lo hago hace treinta años.

Esa mañana puse la pava y salí a la vereda mientras se calentaba.

En mayo el frío entra temprano. Boedo a esa hora está limpio de gente.

Las persianas bajas, un colectivo cada tanto, el quiosco todavía cerrado con la cortina puesta.

Barrí la vereda de la entrada como todos los días.

Junté contra el cordón las hojas del plátano.

El edificio mira a la calle con su cara de mil novecientos treinta y siete, alto y gris, y yo le barro los pies.

Volví a entrar. El hall huele a lavandina y a madera vieja, y a esa hora está oscuro porque las luces se apagan solas a las seis. Dejé la escoba apoyada contra la pared del fondo, al lado del ascensor. Marta llega a las seis y cuarto. Le dejé el balde listo en el palier, igual que siempre.

Pensé en ir a la misa de seis. Algunos días voy.

La iglesia está a dos cuadras y el padre nuevo apura la misa de las seis para los que tienen que entrar a trabajar, así que en media hora uno está de vuelta.

Esa mañana lo pensé y no fui. No por nada.

La pava todavía no había hervido y me quedé esperándola.

Marta tiene llave del sótano. Baja primero ahí porque guarda los productos de limpieza en el cuarto de los medidores. La escuché bajar la escalera. La escalera del sótano cruje en el cuarto escalón, siempre, desde que yo entré a trabajar acá, y esa mañana crujió como cualquier otra.

Después no escuché nada más. Y el nada más duró demasiado.

Marta es una mujer que habla. Limpia y habla, sola, con la radio, con el balde. Cuando una mujer así se queda en silencio en un sótano, el silencio se escucha desde arriba.

Subió rápido. La escalera crujió de nuevo, esta vez sin orden, y Marta apareció en el hall con una mano en la boca y la otra apretando el trapo de piso, como si el trapo le sirviera para algo.

—Hugo —dijo. Y no dijo más.

—¿Qué pasó?

—Abajo. —Le costaba—. Hay un hombre abajo.

—¿Un hombre.

—Hugo, andá a ver. Yo no… —Negó con la cabeza—. Andá vos.

Le dije que se quedara en el hall. Le dije que se sentara en el banco de los buzones y que no se moviera. Marta se sentó. Todavía tenía el trapo en la mano.

Bajé.

El sótano de un edificio viejo no se termina de conocer nunca, pero yo lo conozco.

Treinta años bajando a tomar los medidores, a abrir la llave de paso, a buscar el baúl de algún inquilino que se mudaba.

Sé dónde está cada cosa y sé qué luz alcanza y qué luz no.

La lámpara del fondo, la del cuarto de los medidores, parpadea hace meses.

Tendría que haberla cambiado. Uno siempre tendría que haber cambiado algo.

El hombre estaba en el piso, entre la pared de los medidores y la pila de baúles.

Boca arriba. Una pierna doblada debajo de la otra, de un modo en que una pierna no se dobla cuando uno se acuesta.

Tenía el pelo oscuro pegado a la sien y, abajo de la cabeza, sobre el contrapiso, una mancha que ya no brillaba.

Lo conocía. Había venido al edificio otras veces. No muchas. Las suficientes para que yo le conociera la cara.

Me quedé en el último escalón un rato. No sé cuánto.

A un encargado no le sirve de nada perder la cabeza.

La gente del edificio, cuando se rompe un caño o se traba el ascensor con alguien adentro, baja a la portería y golpea la puerta, y lo que necesita del otro lado de esa puerta no es un hombre asustado.

Necesita a alguien que sepa qué se hace primero y qué se hace después.

Eso aprendí. Primero y después. En treinta años no aprendí mucho más que eso, pero eso lo aprendí bien.

No me acerqué al cuerpo. No lo toqué. No hacía falta tocarlo para saber.

Subí. Marta seguía en el banco.

—Voy a llamar a la policía —le dije—. Quedate acá. No bajes y no dejes bajar a nadie.

—¿Está…?

—Sí.

Marta se persignó. Yo metí la mano en el bolsillo del pantalón y toqué el rosario, que llevo siempre, y que era de mi hija. No recé. Solo lo toqué, como quien se asegura de que la llave sigue en el bolsillo antes de cerrar una puerta.

Entré a la portería y llamé desde el teléfono de la pared.

Di la dirección despacio, el número y la calle, y el barrio, para que no hubiera que repetir.

Dije que había una persona muerta en el sótano de un edificio.

La mujer que me atendió me preguntó si estaba seguro de que la persona estaba muerta.

Le dije que sí. Me preguntó cómo lo sabía.

Le dije que tengo sesenta y dos años y que uno, a esa edad, ya sabe.

Me pidió que no tocara nada y que esperara en la puerta. Le dije que la pava estaba por hervir y que la iba a apagar antes de salir. Hubo un silencio del otro lado. Después me dijo que sí, que apagara la pava.

Apagué la pava. El agua no había llegado a hervir. Salí a la vereda a esperar.

El patrullero llegó en menos de diez minutos.

Para el barrio, a esa hora, es rápido. Bajaron dos.

Una mujer y un hombre, los dos jóvenes, con esa cara que tiene la gente cuando todavía no sabe con qué se va a encontrar.

Les abrí la puerta del edificio y los llevé hasta la escalera del sótano.

Les dije que el cuarto escalón cruje. No sé por qué se lo dije. A uno le salen esas cosas.

Bajaron ellos. Yo me quedé arriba, en el hall, con Marta.

Tardaron poco. Cuando volvió a subir, el oficial, el hombre, ya no tenía la misma cara. Tenía la otra, la de después. Sacó una libreta.

—¿Usted es el encargado?

—Sí. Hugo Belmonte.

—¿Desde cuándo trabaja acá, señor Belmonte?

—Desde el ochenta y nueve. —Lo pensé—. Treinta y seis años.

Anotó.

—¿Quién tiene llave del sótano?

—Yo. La mujer de la limpieza, Marta, que está sentada ahí. Y el administrador, que no vive en el edificio y que no viene casi nunca. Las llaves de los baúles las tienen los inquilinos, cada uno la suya, pero el baúl es otra cosa. La puerta del sótano es esa.

—¿Anoche bajó al sótano?

—No.

—¿A qué hora bajó por última vez?

—Ayer a la mañana. Tomo los medidores los primeros de cada mes. Ayer era primero.

—¿Y desde ayer a la mañana hasta hoy no bajó nadie.

—No sabría decirle que no bajó nadie. Le digo que yo no bajé. El sótano se cierra con llave, pero un edificio tiene muchas horas y un encargado duerme algunas.

El oficial me miró. No con desconfianza. Con cansancio, más bien, que es lo que tiene la gente que recién empieza el día y ya sabe que el día se le arruinó.

—¿Escuchó algo durante la noche? ¿Ruidos, gritos, gente discutiendo?

Yo escucho el edificio. Ya lo dije. Sé en qué orden se despierta y conozco cada ruido y su hora. Podría haberle contado eso. Podría haberle contado del tres B y de la caldera, y del cuarto escalón, y de cómo el edificio, de noche, le habla a quien sabe escucharlo.

—No —dije—. No escuché nada.

Anotó eso también.

—¿Conoce al hombre que está abajo?

Arriba, en algún piso, se abrió una puerta. Después otra. El edificio se estaba despertando, a su hora, sin enterarse todavía de nada. Escuché el ascensor que alguien llamaba desde arriba y que empezaba a bajar, quejándose en cada reja, igual que todas las mañanas.

—Lo vi alguna vez —dije—. Por el edificio. No sé el nombre.

El oficial cerró la libreta.

—Va a venir más gente —dijo—. La fiscal, los peritos. Le van a tomar declaración con calma. Va a ser un rato largo, señor Belmonte. ¿Tiene dónde esperar?

—Tengo la portería. Vivo acá.

—Bien. No se vaya.

—No me voy a ningún lado —le dije—. Hace treinta y seis años que no me voy a ningún lado.

El ascensor llegó a la planta baja. La puerta de reja se abrió sola con ese golpe que tiene, y del ascensor salió el señor Brunetti, del segundo, con el saco puesto y el diario bajo el brazo, como sale todas las mañanas a comprar las facturas.

Vio el patrullero en la puerta. Vio a Marta en el banco.

Me buscó a mí con la mirada, porque en este edificio, cuando algo no anda, la gente me busca a mí.

—Hugo, ¿qué pasó?

—Buen día, señor Brunetti —le dije, y le sostuve la puerta para que saliera, como todas las mañanas—. Hubo un problema en el sótano. La policía se está ocupando. Usted vaya tranquilo.

Brunetti salió. Me hizo caso, porque la gente me hace caso. Lo vi cruzar a la panadería con el diario bajo el brazo, igual que ayer, igual que mañana.

La escoba seguía apoyada contra la pared del fondo, al lado del ascensor, donde yo la había dejado. La vereda estaba barrida. La pava estaba apagada y el agua, adentro, se iba enfriando despacio.