Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La verdad y el silencio #3
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La verdad y el silencio #3

—Entonces todo esto volverá. Otros lo harán con más éxito.

—También puede que tenga razón.

—¿Y no le desespera?

Padre Mateo miró el crucifijo pequeño colgado junto a la puerta.

—Soy sacerdote. Si me desesperara cada vez que los hombres repiten pecados con nombres nuevos, habría abandonado el oficio antes de terminar el noviciado.

—¿Entonces qué le queda?

—Hacer lo que toca en el día que toca.

Blackthorne observó al fraile con una expresión difícil de leer.

—Eso es poco para un imperio.

—Pero bastante para un alma.

El guardia llamó a la puerta.

Era hora.

Blackthorne tomó su sombrero.

—Si alguna vez vuelve a cruzarse una partida inglesa en su camino, piense que quizá no todos somos como yo.

—Lo pensaré.

—¿De verdad?

—Sí. No me gusta condenar pueblos enteros. Ya dan bastante trabajo las personas de una en una.

El inglés sonrió.

—Adiós, Padre Mateo.

—Que Dios lo acompañe.

—No he pedido compañía.

—Dios tiene esa falta de educación: a veces acompaña sin ser invitado.

Blackthorne no respondió.

Salió escoltado.

Padre Mateo lo vio cruzar el corredor, erguido, cortés incluso en custodia. No parecía derrotado del todo. Quizá nadie como él lo estaba nunca, porque los hombres que creen pertenecer a movimientos mayores se consuelan pensando que su fracaso individual solo es una mala jornada de la historia.

Pero aquella jornada tenía nombres.

Gaspar.

Baltasar.

Sebastián.

Y eso bastaba para negarle cualquier grandeza limpia.

La carta a Madrid tardó dos días en cerrarse.

Revillagigedo la dictó con precisión. No ocultó lo esencial, pero tampoco adornó.

Habló de una red de comercio ilícito, influencia extranjera, complicidades locales, asesinatos vinculados a la protección de documentos y tentativa de alteración del orden público durante ceremonia religiosa.

Solicitó instrucciones sobre Blackthorne y recomendó especial vigilancia de casas comerciales inglesas, rutas de Veracruz y círculos de descontento criollo y mercantil.

Padre Mateo leyó una copia.

—Es sobria —dijo.

—¿Le parece poco?

—Me parece peligrosa solo en lo necesario. Eso es virtud en una carta de gobierno.

El virrey dejó la pluma.

—Floridablanca querrá detalles.

—Los tendrá.

—También querrá saber de usted.

—Dígale que sigo siendo molesto, pero útil en pequeñas cantidades.

Revillagigedo sonrió.

—No sé si incluirlo literalmente.

—Sería lo más exacto de la carta.

Estaban en el despacho del palacio. La luz de la tarde entraba por la ventana. La ciudad, tras los días de tensión, empezaba a recuperar su ruido habitual. No la inocencia. Esa no volvía. Pero sí el ruido.

—Padre —dijo el virrey—, le debo gratitud.

—A mí, poca. A Leoz, bastante. A Salvatierra, con moderación para que no se envanezca. A doña Mariana, más de la que admitirá. A doña Isabel, respeto. A Sebastián, memoria.

Revillagigedo asintió.

—Se hará una ayuda para su tía y una mención reservada a su colaboración.

—No reservada del todo.

—¿Quiere hacerlo público?

—Quiero que su nombre no quede escondido bajo los de los grandes. No hace falta proclama. Una lápida modesta, una ayuda clara, que en el portal sepan que el virrey no olvidó al muchacho.

—Lo haré.

—Entonces sí le acepto la gratitud en nombre de él.

El virrey se levantó.

—¿Cuándo partirá?

—Pronto. En cuanto Dios, el mar y su administración lo permitan.

—Podría quedarse un tiempo.

—No conviene.

—¿Por qué?

—Porque las ciudades empiezan a atribuir sabiduría a los hombres que solo han tenido buena fortuna y obstinación. Mejor marcharse antes de que me pidan consejo para matrimonios, herencias y goteras.

—Hablo en serio.

—Yo también. Además, mi convento creerá que he aprendido demasiados vicios ultramarinos si tardo.

—¿Echará de menos Nueva España?

Padre Mateo miró por la ventana.

La ciudad se extendía con sus torres, tejados, patios, olores, rumores, riquezas y heridas. Había llegado pensando en un crimen. Se marcharía sabiendo que un reino entero podía ser una escena del crimen si se miraba desde suficiente altura.

—Sí —dijo al fin—. Aunque no sé si eso habla bien de mí o mal de la ciudad.

—Ambas cosas quizá.

—Respuesta virreinal.

Revillagigedo le tendió la mano.

Padre Mateo dudó un instante. Luego la estrechó.

—Si alguna vez vuelve a necesitarme… —empezó el virrey.

—Escriba a Madrid. Así tendré tiempo de huir hacia otro convento.

—Lo tendré en cuenta.

—No lo hará.

—No.

Ambos sonrieron con cansancio.

La víspera de partir hacia Veracruz, Padre Mateo visitó por última vez la catedral.

No había ceremonia. No había multitud. No había humo ni proclamas. Solo algunos fieles dispersos, un sacristán aún receloso de cualquier fraile con preguntas y una luz suave cayendo sobre las losas.

La lámpara dañada había sido retirada. En su lugar quedaba un vacío discreto en la altura. Nadie que no supiera miraría allí. Padre Mateo sí.

Pensó en la mirada de Blackthorne.

En el instante en que el enemigo había visto fracasar su frase.

Después caminó hasta una capilla lateral y rezó.

Por los muertos.

Por los culpables.

Por los cobardes.

Por los que habían hablado tarde.

Por los que habían callado demasiado.

Por una ciudad hermosa y peligrosa que seguiría siendo ambas cosas cuando él ya no estuviera.

Al salir, encontró a fray Anselmo junto a una columna.

—Padre Mateo.

—Fray Anselmo.

—Venía a rezar.

—Mala costumbre para un fraile. Puede volverse oficio.

El religioso sonrió apenas.

—Me han dicho que parte pronto.

—Eso espero.

—Quería darle las gracias.

—No me las dé. Usted sostuvo un peso difícil.

Fray Anselmo bajó la mirada.

—Callé más de lo que habría querido.

—Y habló más de lo que temía.

—¿Fue suficiente?

Padre Mateo miró hacia el altar.

—Nunca lo sabemos. Nos gustaría que Dios entregara recibos.

—No lo hace.

—No. Tiene muy mala administración desde el punto de vista humano.

Fray Anselmo soltó una risa breve.

Después se puso serio.

—Lo que oí en confesión seguirá conmigo.

—Así debe ser.

—A veces pienso que el secreto protege también a culpables.

—A veces.

—¿Y cómo se soporta?

Padre Mateo tardó en responder.

—Recordando que no todo lo que protege a un culpable lo absuelve. Y que algunas puertas, si las derribamos para hacer justicia una vez, dejan sin refugio a muchos inocentes después.

El fraile asintió lentamente.

—Es una respuesta dura.

—Las buenas respuestas suelen serlo. Las blandas se deforman al primer uso.

Fray Anselmo le entregó un pequeño rosario de madera.

—Para el camino.

—Tengo uno.

—Entonces para cuando pierda ese.

Padre Mateo lo aceptó.

—Gracias.

—Rece por esta tierra.

—Lo haré.

—La necesitará.