Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La verdad y el silencio #2
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La verdad y el silencio #2

La joven estaba junto a una ventana abierta al patio.

Vestía de claro, sin ostentación. Tenía el rostro cansado, pero ya no aquella palidez de cautiva que había mostrado en la casa de su tío.

Doña Mariana, que fingía revisar unas cartas al otro lado de la sala, hacía lo posible por no parecer protectora. Fracasaba con elegancia.

—Padre Mateo —dijo Isabel.

—Doña Isabel.

—Me han dicho que don Alonso ha sido liberado.

—Sí.

—¿Está bien?

—Eso dependerá de cómo use los próximos días. Por ahora respira, que no es poco.

Ella sonrió apenas.

—¿Ha preguntado por mí?

—Sí.

—¿Y usted le ha dicho que venga?

—No.

La joven lo miró, sorprendida.

—Gracias.

—No me las dé todavía. Quizá dentro de una semana me odiará por lo contrario.

—No creo.

—No se apresure a confiar. Es costumbre que ha causado muchos daños en esta ciudad.

Doña Mariana intervino desde su mesa:

—Padre, si empieza a recomendar desconfianza a las jóvenes, me dejará sin discípulas.

—Usted no enseña desconfianza. Enseña puntería.

La viuda aceptó el elogio con una inclinación.

Isabel se sentó. Padre Mateo lo hizo frente a ella.

—¿Qué será de mí? —preguntó la joven.

La misma pregunta que le había hecho días antes, pero ahora sonaba distinta. Menos súplica. Más búsqueda.

—Parte dependerá de usted.

—Eso me sigue asustando.

—Bien.

—Siempre dice eso.

—Porque sigue siendo verdad.

Isabel miró hacia el patio.

—Mi tío ha pedido verme.

—Lo sé.

—¿Debo recibirlo?

—No soy su tutor.

—Por eso se lo pregunto.

Padre Mateo aceptó la precisión.

—Recíbalo cuando pueda escuchar sin volver a encogerse. No antes. Y si lo recibe, no permita que su dolor se convierta en cadena nueva.

—¿Cree que sufre?

—Sí.

—¿Por mí?

—También por sí mismo, por su casa, por su nombre, por haber perdido control. Los dolores rara vez vienen separados como cuentas de rosario.

Ella asintió lentamente.

—Don Julián…

—Está preso.

—No lo amaba.

—Eso simplifica una parte.

—Pero iba a casarme con él.

—Eso complica otra.

La joven cerró los ojos.

—Pude haber vivido toda mi vida en una casa fría, al lado de un hombre que no me veía, creyendo que eso era decencia.

Doña Mariana levantó la vista, pero no habló.

Padre Mateo dijo:

—Muchas personas llaman decencia a no hacer ruido mientras se marchitan.

Isabel abrió los ojos.

—¿Y don Alonso?

—Don Alonso la ama, a su manera.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía no sé cuánto de su amor es usted y cuánto es la idea de haber conservado algo puro entre sus ruinas.

La frase dolió, pero Isabel no se defendió.

—Yo tampoco lo sé.

—Entonces no decida todavía.

—¿Puedo no decidir?

—Es una de las formas más descuidadas de la libertad, pero a veces necesaria.

Doña Mariana dejó por fin las cartas.

—Padre, acaba usted de hacer una defensa muy decente del aplazamiento. Me sorprende.

—Aplazar por miedo es cobardía. Aplazar para pensar es prudencia. La dificultad está en distinguirlo antes de que sea tarde.

Isabel respiró hondo.

—Me gustaría salir de esta ciudad un tiempo.

Doña Mariana la miró con interés.

—Tengo una casa en Puebla.

La joven se volvió hacia ella.

—¿Lo dice en serio?

—Siempre que parezco generosa conviene aprovecharlo antes de que recupere el juicio.

Padre Mateo sonrió.

—Puebla tiene buenos conventos, buenas casas y suficientes lenguas para que no eche de menos México, pero menos afiladas quizá.

Isabel miró al sacerdote.

—¿Cree que huiría?

—No si va hacia usted misma.

La joven bajó la cabeza.

—Entonces iré.

Doña Mariana asintió con una satisfacción que intentó disimular.

—Perfecto. Ya que los hombres han usado media ciudad como tablero, nosotras usaremos un camino como medicina.

Padre Mateo se levantó.

—Doña Isabel, una última cosa.

—Sí.

—No permita que nadie convierta su verdad en vergüenza. Ni los otros, ni usted.

Ella no respondió enseguida.

Luego se puso en pie y, por primera vez desde que él la conocía, le sostuvo la mirada sin temblar.

—Lo intentaré.

—Eso basta para empezar.

Sebastián Mier fue enterrado una tarde de cielo limpio.

No acudieron comerciantes principales.

No hubo coches elegantes.

No hubo discursos largos.

Acudió su tía, varias lavanderas, dos mozos del portal, Chucho el cargador, el vendedor de plumas, Leoz, Padre Mateo y, para sorpresa de muchos, un representante del virrey con una bolsa destinada a asegurar sustento a la tía durante un tiempo.

También acudió doña Mariana, vestida de negro sencillo, sin anunciarse, colocándose al fondo.

Cuando algunos la miraron, ella los miró de vuelta con tanta serenidad que todos recordaron sus propios asuntos.

El sacerdote del lugar rezó las oraciones.

Padre Mateo no ofició. Prefirió estar al lado de la tía.

La mujer lloraba en silencio, ya sin fuerzas para golpear a soldados ni discutir con Dios.

—Dijo que buscaría mejor que por un rico —le murmuró ella.

—Lo intenté.

—¿Lo encontró?

—A uno de ellos. A varios. No sé si a todos.

La tía miró la tierra abierta.

—Eso dicen siempre.

—Sí.

—¿Y servirá de algo?

Padre Mateo tardó en responder.

—Servirá si los vivos no lo olvidan.

—Los pobres se olvidan rápido. Estorbamos menos así.

—Entonces habrá que incomodar.

La mujer lo miró.

—¿Usted?

—Yo, mientras esté. Y el virrey, si mantiene su palabra.

—Los virreyes viven lejos de las lavanderas.

—Este no tanto como otros.

La tía no pareció convencida. Tenía derecho.

Leoz, de pie al otro lado, se acercó al final y dejó sobre la tumba una pluma nueva.

Padre Mateo lo miró.

—Buena elección.

El joven estaba emocionado.

—Sabía leer.

—Sí.

—Y escribir un poco, según dijeron.

—Entonces la pluma está bien.

Leoz tragó saliva.

—Padre, no quiero olvidar su nombre.

—No lo hará.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ya le duele. Lo que duele con verdad encuentra mal sitio para esconderse.

El joven bajó la cabeza.

Aquella tarde, Sebastián Mier no fue una pieza menor en una intriga de imperios.

Fue un muchacho enterrado por quienes lo habían conocido poco y por quienes habían llegado tarde.

Padre Mateo pensó que quizá la justicia empezaba ahí: en devolver a cada muerto su tamaño humano después de que los poderosos intentaran convertirlo en símbolo, excusa o daño colateral.

Cuando se marchaban, Chucho el cargador se acercó.

—Padre.

—Chucho.

—Si vuelve a necesitar ojos en el portal…

—¿Quiere cobrar?

—Naturalmente.

—Eso me tranquiliza. Los favores gratuitos me vuelven suspicaz.

El cargador sonrió.

—Pero cobraré barato por el muchacho.

—Entonces será justicia con descuento.

—Llámelo como quiera.

Padre Mateo le apretó el hombro.

—Lo llamaré memoria.

La última conversación con Blackthorne tuvo lugar dos días después.

No en la sacristía. No en el despacho del virrey. En una sala de custodia del palacio, antes de ser trasladado bajo guardia hacia Veracruz, donde esperaría instrucciones definitivas de Madrid. No se publicaría todo. No todavía. Pero su carrera en Nueva España había terminado.

Blackthorne recibió a Padre Mateo de pie.

El encierro breve no lo había descompuesto. Algunos hombres se arrugan en una celda; otros se concentran. El inglés pertenecía a los segundos. Sin guantes, sin sombrero, con el cabello rubio menos perfecto y la casaca más sobria, parecía casi más verdadero. No más arrepentido.

—Padre Mateo.

—Mister Blackthorne.

—¿Viene a despedirse?

—A comprobar si ha empezado a rezar.

—No.

—Qué constancia.

—¿Y usted? ¿Ha rezado por mí?

—Sí.

El inglés lo miró con curiosidad.

—¿Qué pidió?

—Que se le conceda ver la diferencia entre inteligencia y sabiduría antes de que sea demasiado tarde.

—¿Y cuál es?

—La inteligencia descubre cómo mover a los hombres. La sabiduría recuerda que no son piezas.

Blackthorne sonrió débilmente.

—Una frase bonita.

—Las frases bonitas también pueden ser ciertas por accidente.

El inglés caminó hasta la ventana enrejada.

—Don Julián cargará con la muerte de Gaspar.

—La cometió.

—Ramiro con la del muchacho.

—La cometió.

—El veneno de Baltasar quedará repartido entre manos menores y voluntades mayores.

—Sí.

—Y yo quedaré como espía.

—Lo es.

—No como asesino.

Padre Mateo no respondió enseguida.

—Ante ciertos tribunales, quizá no. Ante otros, no estaría tan seguro.

Blackthorne se volvió.

—Usted sabe que no apreté el cuello de Gaspar.

—Sí.

—Ni el de Sebastián.

—Sí.

—Ni puse veneno en la copa de Baltasar.

—Sí.

—Entonces ¿por qué me mira como si hubiera matado más que todos?

Padre Mateo dio un paso hacia él.

—Porque usted enseñó a cada uno a considerar necesaria la muerte que otro ejecutaría.

Don Julián tenía miedo, pero usted le dio causa.

Ramiro tenía brutalidad, pero usted le dio utilidad.

Baltasar tenía codicia, pero usted le dio mercado.

De la Serna tenía cobardía, pero usted le dio cálculo.

Gaspar tenía vanidad, pero usted le dio horizonte.

Sebastián tenía un papel, y usted permitió que un muchacho se convirtiera en obstáculo.

No todos los asesinos sostienen el cuchillo.

Algunos preparan la habitación, apagan la luz y luego lamentan que otro haya tropezado con la sangre.

Blackthorne escuchó sin interrumpir.

—Habla bien —dijo al fin.

—No era mi intención adornarlo.

—Lo sé.

—¿Se arrepiente?

El inglés miró hacia la ventana.

Fuera, en algún patio, un pájaro cantó con inoportuna alegría.

—Me arrepiento de haber confiado en hombres mediocres.

—Eso no es arrepentimiento. Es crítica de personal.

Blackthorne casi rió.

—Me arrepiento de Sebastián.

Padre Mateo sostuvo su mirada.

—¿De su muerte o de que no conviniera?

El inglés tardó en responder.

—De que fuera un muchacho.

—Eso es un principio.

—Muy pequeño.

—Los principios verdaderos suelen serlo.

Blackthorne bajó la voz.

—Si hubiera sido un hombre adulto, ¿le parecería menos grave?

—No. Pero a usted sí. Por eso he dicho que es un principio suyo, no mío.

El inglés apartó la mirada.

Durante unos segundos, no hubo cortesía. Solo cansancio.

—Padre Mateo, ¿cree que España puede conservar estas tierras?

La pregunta parecía ajena al momento y, sin embargo, estaba en el centro de todo.

—No lo sé.

—Yo creo que no.

—Puede que tenga razón.