La verdad y el silencio #4
—Todas las tierras la necesitan. Esta, quizá, con más campanas.
Se despidieron.
Padre Mateo salió a la plaza. El sol caía sobre la ciudad con una claridad que ya no le parecía inocente ni enemiga. Simplemente claridad. La clase de luz que no resuelve las sombras, pero las obliga a confesar su borde.
La mañana de la partida, Francisco Leoz llegó al patio del palacio con una carpeta bajo el brazo y los ojos demasiado brillantes para culpar solo al sueño.
—Padre.
—Don Francisco.
—He traído las copias finales que pidió. Declaraciones, notas, relación de pruebas, nombres principales, resumen para Madrid y otro para archivo reservado.
—Excelente.
—También… esto.
Le entregó un cuaderno pequeño, encuadernado en cuero sencillo.
—¿Qué es?
—Para sus notas. El suyo estaba casi lleno.
Padre Mateo lo tomó con más emoción de la que quiso mostrar.
—Gracias.
—No es gran cosa.
—Las cosas útiles rara vez necesitan ser grandes.
Leoz sonrió.
Durante unas semanas había envejecido de forma invisible.
Ya no era solo un auxiliar correcto. Había visto cómo se construía una mentira, cómo se salvaba una vida a costa de una reputación, cómo moría un muchacho por saber leer, cómo un extranjero culto podía usar verdades locales como pólvora, cómo la justicia avanzaba no en línea recta, sino a golpes de paciencia.
—Ha aprendido mucho —dijo Padre Mateo.
—Preferiría haber aprendido menos de algunas cosas.
—Eso demuestra que aprendió las importantes.
Leoz tragó saliva.
—¿Volverá?
—Espero que no.
—Eso significa quizá.
—Significa que los hombres seguirán matándose con una variedad que obliga a la prudencia.
El joven bajó la mirada.
—No sé si serviré bien después de esto.
—Servirá mejor si no olvida que los papeles tienen personas detrás.
—Lo intentaré.
—Y recuerde: los indicios comprometen…
Leoz completó:
—Las pruebas condenan.
—Bien.
—Y la claridad excesiva puede ser una forma de mentira.
—Mejor.
—Y no debo fiarme de ingleses sonrientes.
Padre Mateo lo miró.
—No exagere. Tampoco de españoles solemnes, viudas inteligentes, comerciantes patrióticos, capitanes sin humor ni frailes con demasiada opinión.
Leoz rió.
—Eso deja poca gente.
—Ahora empieza usted a ser buen funcionario.
El coche hacia Veracruz esperaba. El viaje sería largo, incómodo y húmedo al final. Después vendría el mar, que Padre Mateo respetaba más que apreciaba. Luego Cádiz, Madrid quizá, Soria si Dios tenía piedad y los ministros no.
Antes de subir, el virrey apareció en el patio.
No hubo ceremonia. Solo un saludo sobrio.
—Buen viaje, Padre Mateo.
—Buen gobierno, excelencia.
—Eso es más difícil.
—Por eso se lo deseo con más intención.
Revillagigedo le entregó un sobre lacrado.
—Para Floridablanca.
—¿Dice cosas buenas de mí?
—Dice cosas ciertas.
—Entonces me inquieta.
El virrey sonrió apenas.
—También dice que, si España dispone de más hombres como usted, conviene no dejarlos siempre en conventos remotos.
—Eso sí es una imprudencia.
—Quizá.
Padre Mateo guardó la carta.
Doña Mariana no acudió al palacio. En su lugar envió una nota:
“Padre: Doña Isabel ha partido hacia Puebla. Don Alonso no ha bebido en dos días, según fuentes que no revelaré. La ciudad sigue mintiendo, pero con menos seguridad. Buen viaje. Si vuelve, avise con tiempo para esconder mis peores secretos. M. de V.”
Padre Mateo la leyó y sonrió.
—¿Buenas noticias? —preguntó Leoz.
—Moderadamente. Las mejores.
Subió al coche.
Mientras salían del palacio, miró una última vez el patio, los corredores, las ventanas, las fuentes.
Allí habían llegado cartas, amenazas, pruebas, culpables y silencios.
Allí había visto cómo el poder podía ser torpe, pero también justo cuando un hombre decidido lo sostenía con suficiente vigilancia de sí mismo.
La ciudad se abrió ante él.
Pregoneros. Aguadores. Mujeres con canastos. Frailes. Soldados. Niños. Comerciantes. Coches. Perros. Campanas. Olor a maíz, incienso, estiércol, flores y humo. Todo seguía. Siempre seguía.
Padre Mateo cerró los ojos un momento.
No para dormir.
Para ordenar los muertos antes de que el camino los mezclara con polvo.
Don Gaspar de Luján, vanidoso y asustado, muerto al querer apartarse tarde.
Don Baltasar Ochoa, codicioso y temeroso, envenenado por guardar papeles más fuertes que su alma.
Sebastián Mier, pobre, listo, asesinado por leer una palabra extranjera y comprender que un papel podía valer demasiado.
Tres muertos.
Una ciudad salvada por ahora.
Un espía detenido.
Un imperio advertido, si quería escuchar.
Y en algún punto del futuro, otros crímenes, otros silencios, otras cartas selladas buscando a un fraile que preferiría estar discutiendo con manzanas en un convento de Soria.
El coche avanzó.
Leoz permaneció en el patio hasta que se perdió de vista.
Padre Mateo abrió el cuaderno nuevo y escribió la primera línea:
“Hay verdades que salvan menos de lo que quisiéramos, pero más de lo que permitiría el silencio.”
Después cerró el cuaderno.
Fuera, las campanas de la capital comenzaron a sonar.
Ya no anunciaban un crimen.
No todavía.