Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) La confesión del inglés #3
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La confesión del inglés #3

—Gaspar lo tomó durante la discusión. Estaba sudando. Se lo di. Nada más.

—Y don Julián lo usó.

—No lo sé.

—No quiso saberlo.

Blackthorne no respondió.

Padre Mateo volvió a Ramiro.

—Baltasar.

—Yo llevé la carta. Don Julián preparó la entrada. El vino lo puso un criado comprado. Yo recogí la botella después.

—¿Quién pagó?

—Don Julián pagó. El inglés facilitó.

—¿Facilitó qué?

—Veneno.

Blackthorne se levantó.

—Eso es falso.

Salvatierra lo obligó a sentarse con una mano en el hombro.

Ramiro rió.

—No en frasco con su nombre, claro. Pero vino de una caja de mercancías. Polvos para ratas, dijo. Polvos ingleses. Muy finos. Todo lo inglés era fino.

Padre Mateo sintió náusea moral, no física.

—La lámpara.

—Don Julián quería que cayera. El inglés quería humo y papeles. Discutieron. Don Julián decía que sin sangre nadie haría caso. El inglés decía que demasiada sangre vuelve torpes a los aliados. Al final prepararon ambas cosas.

Blackthorne habló con desprecio:

—Ramiro mezcla verdades para venderse.

—Sí —dijo Padre Mateo—. Pero usted no niega todas.

El inglés lo miró.

—No tengo por qué responder a basura comprada.

Ramiro se lanzó hacia él, pero las cuerdas y Salvatierra lo detuvieron.

—¡Comprado, sí! ¡Por usted! ¡Por Julián! ¡Por todos los señores que no se manchan!

—¿Dónde está don Julián? —preguntó Padre Mateo.

Ramiro respiraba con furia.

—Iba a huir. Después de la misa. Si salía bien, se quedaba como hombre prudente. Si salía mal, desaparecía.

—¿Dónde?

—Veracruz primero. Luego barco.

—¿Cuál?

Ramiro dudó.

Salvatierra sacó muy despacio su cuchillo y lo clavó en la mesa, no cerca del preso, sino lo bastante para que la madera hablara.

—Nombre.

—La Aurora —dijo Ramiro—. Salida en dos días. Carga registrada como cacao y cueros.

Blackthorne cerró los ojos.

Padre Mateo lo vio.

—Ahora sí le duele.

El inglés abrió los ojos.

—Julián nos ha perdido.

—No —dijo Padre Mateo—. Los han perdido los muertos.

La captura de don Julián Echevarri se ordenó de inmediato.

Salvatierra envió hombres a los caminos de Veracruz, al puerto, a las casas de cambio, a los establos, a las salidas de la ciudad y a los almacenes vinculados a La Aurora.

El virrey, informado en una sala contigua, dictó órdenes con una serenidad tan dura que nadie se atrevió a respirar alto.

El caso ya no era solo investigación. Era contención de una red.

Blackthorne fue separado de Ramiro.

El mensajero, al salir, gritó:

—¡Dígales cómo hablaba de ellos! ¡Dígales que los españoles se venden con honor y compran con misa!

Salvatierra le hizo callar con un empujón.

La sacristía quedó otra vez en silencio.

Padre Mateo y Blackthorne permanecieron frente a frente. Leoz seguía en el rincón, pálido, escribiendo con mano que intentaba no temblar.

—Ramiro lo arrastra —dijo Padre Mateo.

—Ramiro se arrastra solo.

—Don Julián también.

—Don Julián es un idiota ambicioso.

—Era su aliado.

—Era una pieza local.

—Los hombres no son piezas.

Blackthorne lo miró con cansancio.

—En política, padre, todos somos piezas. La diferencia es quién conoce el tablero.

—Y quién lo confunde con altar.

—No sea sentimental.

—No lo soy. Si lo fuera, ya habría pedido que lo encerraran sin escucharle.

—¿Por qué sigue escuchando?

Padre Mateo guardó silencio un instante.

—Porque quiero saber si en algún momento vio a los muertos como hombres.

El inglés no respondió enseguida.

La pregunta no pertenecía a tribunal, sino a juicio más antiguo.

—Gaspar era vanidoso —dijo al fin—. Baltasar era codicioso. Sebastián era imprudente. Ramiro es brutal. Julián, ambicioso. De la Serna, cobarde. Arriaga, orgulloso. Doña Mariana, curiosa. Usted, obstinado. Todos los hombres tienen una puerta por la que se puede entrar.

—No he preguntado qué defecto tenían. He preguntado si los vio como hombres.

Blackthorne sostuvo su mirada.

—Los vi como fuerzas.

—Entonces no.

—Los reinos no se mueven con ternura.

—Los crímenes tampoco.

—A veces un crimen revela una verdad que la paz oculta.

Padre Mateo sintió un cansancio hondo.

—No. Un crimen revela al criminal. La verdad que salga alrededor no le pertenece.

Blackthorne se inclinó hacia delante.

—España perderá estas tierras algún día. Quizá no hoy. Quizá no conmigo. Pero las perderá. No por Inglaterra. Por ustedes. Por su incapacidad de entender que un reino no se sostiene solo con obediencia. Yo solo he visto antes lo que otros verán tarde.

—Puede ser.

El inglés pareció sorprendido.

—¿Lo admite?

—Admito que los imperios envejecen. Admito que la injusticia siembra cosechas futuras. Admito que España tiene pecados suficientes para llenar más archivos que este caso. Pero nada de eso convierte a Sebastián Mier en argumento.

Blackthorne bajó la mirada por primera vez.

No mucho.

Pero lo hizo.

—El muchacho no era necesario.

—Sin embargo murió.

—Ramiro se excedió.

—Porque usted creó un mundo donde excederse era útil.

La frase quedó entre ambos como una sentencia no escrita.

Leoz dejó de escribir.

Blackthorne permaneció inmóvil.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó al fin.

—Nombres. Rutas. Cartas. Cómplices. Todo lo que permita detener el resto.

—¿A cambio?

—No soy juez.

—Pero influirá.

—Sí.

—Entonces hablemos como hombres prácticos.

Padre Mateo negó despacio.

—No. Hablaremos como hombre culpable y sacerdote cansado.

Blackthorne soltó una risa sin humor.

—No me absolverá.

—No la ha pedido.

—¿Y si la pidiera?

—Le exigiría arrepentimiento.

—Eso sí sería pedir demasiado.

—Entonces ahórrese la comedia.

El inglés miró la mesa, los papeles, el pañuelo, el crucifijo.

—Don Julián conserva una caja. En una casa fuera de la ciudad, camino de Tacuba. Cartas, cifras, nombres de contactos. Si huye, intentará recogerla o destruirla. La casa pertenece a un socio menor llamado Herrera. Nadie lo mira porque no importa.

Leoz escribió el nombre.

—¿Qué contiene?

—Lo suficiente para que Arriaga finja ignorancia, De la Serna pida misericordia, Echevarri cuelgue y yo sea enviado a España con demasiadas preguntas diplomáticas.

—¿Y sobre Inglaterra?

Blackthorne sonrió débilmente.

—Inglaterra no firma lo que puede sugerir.

—¿Quién le paga?

—Casas privadas. Intereses comerciales. Hombres cercanos a hombres que sirven a la Corona británica sin necesidad de uniforme.

—Nombres.

—Algunos están en la caja.

—¿Y usted?

—Yo soy comerciante.

—No insulte la poca paciencia que me queda.

Blackthorne lo miró.

—Soy un agente de oportunidad. No oficial cuando conviene no serlo. Útil cuando conviene serlo. Negable siempre.

—Espía.

—Si necesita palabra sencilla, sí.

Leoz respiró hondo.

Padre Mateo no celebró.

La confesión esperada rara vez trae alegría. Solo coloca una piedra donde antes había niebla.

—¿Su objetivo?

—Medir descontentos. Abrir rutas. Comprar voluntades. Debilitar la confianza en la administración virreinal. Preparar terreno para futuras crisis. Nada que ustedes no harían en territorio enemigo.

—Y los muertos.

—No estaban en el primer plan.

—Pero entraron en él.

—Sí.

—Y los usó.

—Sí.

La palabra salió limpia.

Al fin.

Padre Mateo cerró los ojos un instante.

No por triunfo.

Por Sebastián.

Por doña Isabel.

Por todos los que habían pagado los planes de hombres que hablaban de futuro con los zapatos sobre cadáveres ajenos.

—Don Francisco —dijo—, conste.

—Consta —respondió Leoz, con voz baja.

Blackthorne añadió:

—No confesé ordenar las muertes.

—No. Confesó algo peor para usted.

—¿Qué?

—Que cuando aparecieron, decidió aprovecharlas.

El inglés no respondió.

La caja de Tacuba fue hallada antes del anochecer.

Don Julián también.

Lo encontraron en la misma casa, intentando quemar documentos en un brasero. No llegó a tiempo. Al ver entrar a los hombres de Salvatierra, intentó sacar una pistola. El capitán se la arrebató de un golpe que le rompió dos dedos. Don Julián no gritó. Solo se puso blanco y dijo:

—El inglés nos traicionó.

Salvatierra respondió:

—Por turno.

La caja contenía cartas, listas, compromisos de pago, nombres de comerciantes, rutas de contrabando, notas sobre la presión contra el virrey, borradores de proclamas, instrucciones para Yáñez y dos cartas de Blackthorne redactadas con cuidado suficiente para no ordenar nada y bastante claridad para que un cómplice entendiera todo.

También contenía una hoja manchada, arrancada.

En ella se repetía varias veces el nombre de Villaclara.

Una sección faltaba.

El fragmento de la mano de don Gaspar.

Don Julián, interrogado más tarde, negó al principio. Después culpó a Blackthorne. Luego a Ramiro. Después a Baltasar. Finalmente, cuando se le mostró la hoja y se le recordó que Ramiro lo había situado saliendo de la casa de Luján, pidió agua.

No confesó con nobleza.

Confesó por asfixia.

Don Gaspar lo había amenazado con revelar la operación si no se garantizaba su protección y beneficio.

Discutieron. Don Julián, temiendo quedar expuesto y perder su posición, lo sujetó con el pañuelo que Blackthorne había dejado allí durante la visita previa.

No supo si pretendía asustarlo o callarlo.

Lo calló demasiado. Después colocó el fragmento en la mano del muerto para dirigir la sospecha hacia Villaclara, aprovechando las falsificaciones preparadas por Yáñez y el secreto de Isabel.

—Fue un accidente —dijo.

Padre Mateo, presente en el interrogatorio, respondió:

—Los accidentes no cierran manos sobre pruebas falsas.

Don Julián no volvió a usar esa palabra.

Baltasar murió porque quiso vender la lista.

Ramiro llevó la carta y facilitó el veneno.

Un criado comprado retiró la botella. La nota falsa se colocó para prolongar la culpa de Villaclara.

Sebastián murió porque llevaba una copia parcial de la lista y podía entregarla a doña Mariana o a Padre Mateo.

Ramiro lo mató. Blackthorne había ordenado recuperar el papel “a cualquier precio” y después aceptó el precio sin preguntar demasiado.