La confesión del inglés #2
—Creen que lealtad y obediencia son lo mismo. Creen que un virreinato rico, enorme, complejo, lleno de criollos ambiciosos, comerciantes asfixiados, funcionarios arrogantes y peninsulares desconfiados puede sostenerse indefinidamente por decretos, misas y retratos del rey.
—Le agradezco que empiece por la política. Suele ser antesala del crimen.
Blackthorne no se inmutó.
—Yo no inventé su grieta. Solo la medí.
—Y luego metió un cuchillo.
—Metí una idea.
—Las ideas no estrangulan muchachos.
—Los hombres sí.
—Bajo dirección.
—Bajo deseo propio.
Padre Mateo se inclinó.
—¿Don Gaspar deseó morir?
La pregunta cortó la retórica.
Blackthorne lo miró con frialdad.
—Don Gaspar deseó entrar en un juego y luego salir cuando descubrió que no podía comprar todas las reglas.
—¿Lo mató usted?
—No.
—¿Estuvo con él la noche de su muerte?
Silencio.
—Sí —dijo al fin Blackthorne.
Leoz volvió a escribir.
Salvatierra dio un paso.
Padre Mateo no se movió.
—Siga.
—Salí de la reunión de Aguirre. Fui a casa de Luján. Gaspar me había enviado recado. Estaba inquieto. Quería garantías.
—¿Garantías de qué?
—De que su nombre no aparecería en ciertas listas. De que, si la presión contra el virrey prosperaba, él obtendría beneficio comercial sin quedar expuesto.
—Y después quiso retirarse.
—Quiso renegociar su miedo.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Lo mató?
—No.
—¿Quién?
Blackthorne miró la mesa.
—Cuando me fui, estaba vivo.
—Eso es frase de culpable prudente o de testigo real. ¿A qué hora se fue?
—Poco antes de medianoche.
—Mentira. La reunión de Aguirre lo tuvo ausente entre después de las once y media y cerca de medianoche. Si salió de casa Luján poco antes de medianoche, apenas tuvo tiempo de volver.
—Conozco las calles.
—Eso sí.
—Gaspar estaba vivo.
—¿Quién quedó con él?
Blackthorne no respondió.
Padre Mateo esperó.
—Don Julián —dijo al fin el inglés.
Salvatierra miró a Padre Mateo. Leoz escribió con rapidez.
—¿Don Julián Echevarri estuvo en la casa de Luján esa noche?
—No en la cena. Después. Entró por una puerta lateral. Gaspar lo esperaba.
—¿Por qué?
—Julián tenía más que perder que Gaspar. Había puesto nombres locales sobre la mesa. Había ofrecido contactos, descontentos, casas influenciables. Si Gaspar hablaba, Julián quedaba destruido.
—¿Y usted?
—Yo podía marcharme.
—¿De verdad?
—Soy inglés. Tengo barco, rutas, otros nombres. Los locales tenían raíces. Las raíces arden peor que las velas.
Padre Mateo no apartó la mirada.
—Entonces acusa a don Julián de matar a Gaspar.
—Digo que estaba con él cuando me fui.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Y el fragmento de Villaclara?
—Fue idea de Julián.
—¿Por qué sabían lo de Isabel?
Blackthorne respiró despacio.
—Por la noche de juego. Villaclara habló más de lo que recordaba. Baltasar lo oyó. De la Serna también. Yo hice preguntas. Julián unió el nombre. Su compromiso con Isabel le daba interés en saberlo.
—¿Quién encargó a Yáñez los papeles?
—Baltasar primero. Luego Julián. Yo supe después que habían preparado muestras.
—Miente.
—No.
—Usted conocía a Yáñez.
—Indirectamente.
—No empiece.
Blackthorne sonrió apenas.
—Bien. Sí. Sabía que existía. Sabía que copiaba. Sabía que podía ser comprado.
—¿Ordenó falsificar la nota de Baltasar?
—No.
—¿Quién?
—Julián.
—¿Y Baltasar?
—Baltasar quiso vender la lista. Era inevitable que muriera.
La frase salió con una calma que heló la sala.
Padre Mateo dejó pasar unos segundos.
—¿Inevitable?
Blackthorne pareció advertir la palabra, pero esta vez no la retiró.
—En operaciones de esta naturaleza, cuando un hombre débil acumula papeles fuertes, se convierte en peligro para todos.
—¿Ordenó su muerte?
—No con esas palabras.
—Con otras.
—Dije que Baltasar destruiría a demasiadas personas si no era detenido.
Salvatierra apretó los dientes.
—Y Ramiro entendió.
Blackthorne miró al capitán.
—Ramiro entendía poco, pero obedecía lo suficiente.
—Veneno —dijo Padre Mateo—. ¿Quién lo puso?
—Ramiro entregó la carta. El vino estaba preparado. La botella debía desaparecer.
—¿Por orden de quién?
Blackthorne cerró los ojos un instante. No por culpa. Por cálculo final.
—Julián proporcionó el acceso. Ramiro ejecutó. Yo no estuve allí.
—Pero lo sabía.
—Lo supe cuando ya no podía impedirlo.
—Mentira.
El inglés abrió los ojos.
Padre Mateo habló con voz baja:
—No podía impedirlo porque no quería impedirlo. No manche la cobardía con impotencia.
Blackthorne lo miró con desprecio súbito.
—Usted cree que la moral consiste en mantener las manos limpias mientras los imperios se pudren.
—No. Creo que cuando un hombre empieza a llamar inevitable a la muerte de otro, ya ha dejado entrar al asesino en su gramática.
La frase cayó con peso.
Blackthorne calló.
Padre Mateo señaló la lista.
—Sebastián.
—No debía morir.
Leoz levantó la vista.
—Pero murió.
—Porque era imprudente.
—Era un muchacho —dijo Leoz.
Blackthorne lo miró por primera vez sin cortesía.
—Los muchachos imprudentes mueren en todas las guerras.
—Esto no era guerra.
—Claro que lo era. Solo que ustedes prefieren verla cuando hay uniformes.
Padre Mateo golpeó la mesa con la palma abierta.
No fuerte.
Lo justo para cortar el aire.
—No vuelva a llamar guerra al asesinato de un escribiente pobre para proteger papeles de comerciantes cobardes.
La sacristía quedó inmóvil.
Blackthorne sostuvo su mirada.
—Ramiro lo mató.
—Por orden.
—No mía.
—¿De Julián?
—Ramiro trabajaba para quien pagaba y para quien no convenía desobedecer. Esa noche actuó porque Sebastián tenía la lista. La lista comprometía a todos.
—¿Quién le dijo que Sebastián la llevaba?
Blackthorne no respondió.
Padre Mateo se inclinó.
—Doña Mariana se lo insinuó a usted. Usted entendió. Después Ramiro se movió. Sebastián apareció muerto. No necesita más latín.
El inglés miró hacia la ventana alta.
—Sebastián era un riesgo.
Leoz dejó de escribir. Ya había oído esa frase antes.
Padre Mateo asintió despacio.
—Ahora sí.
—No he confesado ordenar su muerte.
—No. Ha confesado la lógica que la hizo necesaria para usted.
—Eso no basta para un tribunal.
—Quizá. Pero basta para Dios.
—Dios no firma sentencias coloniales.
—No. Solo las últimas.
Blackthorne sonrió con cansancio.
—Ahí está el sacerdote.
—Estuvo siempre. Usted estaba demasiado ocupado hablando con el detective.
El interrogatorio se interrumpió cuando trajeron a Ramiro el Seco.
Vivo.
Lo habían encontrado escondido en una casa de curtidores, disfrazado de vendedor ambulante, con una bolsa de monedas, una pistola pequeña, dos pañuelos —uno rojo, uno azul— y una carta sin enviar.
Había intentado resistirse. Salvatierra, que no estaba allí para verlo, lamentó profundamente haber delegado la captura.
Ramiro entró atado, con un golpe en la ceja y la mirada de un animal que ya ha comprendido que el dueño cerró la puerta del corral desde fuera.
Al ver a Blackthorne, sonrió con odio.
—Mírelo —dijo—. Tan limpio.
Blackthorne no volvió la cabeza.
Padre Mateo observó al mensajero.
—Ramiro.
—Padre.
—Qué milagro. Recuerda mi oficio.
—Algunos rezan cuando se hunden.
—Usted no parece rezar.
—Todavía no.
Salvatierra lo empujó hacia una silla.
—Habla.
Ramiro escupió al suelo. El capitán se acercó, pero Padre Mateo levantó una mano.
—No manche la sacristía más de lo necesario.
El mensajero rió.
—¿Ahora le importa la limpieza?
—La suya, poco. La verdad, bastante.
Padre Mateo colocó ante él la lista, el fragmento de pañuelo, la nota de Yáñez, la proclama y el cordón de la lámpara.
—Tres muertos. Un atentado preparado. Mensajes. Falsificaciones. Usted aparece en todos los caminos.
Ramiro miró a Blackthorne.
—Yo solo hice recados.
—Y Sebastián.
El rostro del mensajero se endureció.
—Ese mocoso quiso vender lo que no entendía.
—¿Lo mató usted?
Silencio.
Salvatierra dio un paso.
Ramiro respondió:
—Sí.
Leoz cerró los ojos.
Padre Mateo no mostró alivio.
—¿Por orden de quién?
Ramiro sonrió hacia Blackthorne.
—Por el aire.
—No sea poeta. Le sienta mal.
—Por lo que se entendía que había que hacer.
Padre Mateo miró a Blackthorne.
—Curiosa epidemia de entendimientos.
Ramiro siguió:
—El inglés nunca decía “mátalo”. Decía “ese papel no puede llegar”. Decía “ese hombre es un riesgo”. Decía “si la ciudad despierta antes de tiempo, todos caeremos”. Luego miraba a don Julián, o a mí, o a Baltasar. Y cada cual hacía lo que debía.
La frase de la bodega.
Cada cual ha dicho lo que debía.
Cada cual ha hecho lo que debía.
Blackthorne habló con frialdad:
—Está intentando salvar el cuello.
Ramiro se echó hacia delante.
—¿Y usted no? Me dejó tirado. Después de San Lázaro mandó decir que si me cogían, era ladrón común. Ladrón común, dice. Yo llevé sus papeles. Sus velas. Sus cartas. Sus mierdas de inglés fino.
—Cuidado —dijo Salvatierra.
—Que se cuide él.
Padre Mateo intervino:
—Don Gaspar. ¿Quién lo mató?
Ramiro miró a Blackthorne, luego al suelo.
—Don Julián.
El nombre quedó suspendido.
—¿Usted lo vio?
—No. Pero lo supe. Julián salió de la casa con las manos temblando. Yo esperaba en el callejón por si había que llevar recado. El inglés había salido antes. Don Julián salió después. Me dio un papel arrugado y dijo que lo quemara. No lo quemé.
—¿Lo conserva?
Ramiro sonrió con orgullo miserable.
—Conservaba muchas cosas.
—¿Dónde?
—Bolsa de cuero. En el escondite.
Salvatierra ya estaba dando orden a un soldado.
—¿Qué había en el papel?
—No lo leí. Tenía sangre o saliva. No sé. Y letras.
Padre Mateo sintió el viejo fragmento moverse en su memoria.
—¿Era la hoja de donde salió “…llaclara”?
—Puede.
—¿Quién puso el fragmento en la mano de don Gaspar?
—Don Julián. O eso dijo. Que así todos mirarían al jugador.
—¿Y el pañuelo?
Ramiro señaló a Blackthorne con la barbilla.
—El inglés lo había dejado.
Blackthorne se volvió por fin.
—Mentira.
Ramiro sonrió.
—¿Cuál parte? ¿Que lo dejó o que se le cayó?
Blackthorne guardó silencio.
Padre Mateo observó al inglés.
—Ah.
La pequeña sílaba contuvo más que una acusación.
—No lo usé para matar —dijo Blackthorne.
—Pero estuvo allí.
—Sí.
—Y su pañuelo o uno que tocó usted quedó junto al cuerpo.