La confesión del inglés
La mirada duró menos que una oración breve.
Pero bastó.
Blackthorne miró la lámpara que debía haber caído.
Padre Mateo miró a Blackthorne. Entre ambos, la misa siguió su curso con voces solemnes, incienso elevándose en columnas suaves y la ciudad entera fingiendo que rezaba sin pensar en la muerte.
El virrey ocupó su lugar. Los comerciantes inclinaron la cabeza.
Las damas bajaron los ojos. Los soldados mantuvieron los hombros quietos y las manos cerca de donde convenía.
Nada ocurrió.
Eso era precisamente lo que había ocurrido.
El fracaso de un crimen también deja ruido. No en la calle, no en las campanas, no en la multitud. Lo deja dentro de quien esperaba verlo cumplirse. Padre Mateo había aprendido que los culpables soportan mal dos cosas: que su plan fracase y que otro lo sepa antes de que puedan fingir sorpresa.
Blackthorne recuperó la compostura casi de inmediato.
Casi.
Esa pequeña demora fue el hilo.
Padre Mateo no se movió durante el resto de la ceremonia.
Si hubiera abandonado la columna y corrido hacia el inglés, habría regalado a la ciudad el escándalo que el enemigo no había conseguido producir con humo y metal.
Así que permaneció donde estaba, con las manos dentro de las mangas, la vista aparentemente baja y todos los sentidos puestos en un hombre que, desde su asiento lateral, fingía escuchar la misa como quien escucha lluvia sobre tejado ajeno.
Fray Anselmo leyó una oración por los difuntos.
Su voz tembló al principio, pero luego se afirmó.
No dijo nada impropio. No rompió secreto alguno.
No convirtió el altar en tribunal. Rezó por don Gaspar, por don Baltasar, por Sebastián Mier y por todos aquellos cuya muerte era usada por los vivos para fines indignos.
Algunos no entendieron la frase. Otros la entendieron demasiado.
Doña Mariana, desde un lateral, no apartó los ojos de Blackthorne.
Don Esteban de Arriaga parecía un hombre sostenido por su propio bastón.
Don Julián Echevarri seguía ausente.
El virrey no miró la lámpara ni una sola vez.
Eso fue mérito suyo.
Cuando la misa terminó, la catedral no estalló en gritos, humo ni proclamas.
La multitud salió con una decepción que nadie habría confesado.
Habían acudido esperando paz, sí, pero también noticia.
El miedo tiene algo de espectáculo, y la ciudad, aunque se avergonzara de ello, había empezado a sentarse en primera fila.
Padre Mateo esperó hasta que Blackthorne se levantó.
El inglés caminó hacia la puerta lateral, escoltado discretamente por dos hombres de Salvatierra. No intentó huir. Eso habría sido vulgar. Saludó a un comerciante, inclinó la cabeza ante una dama y se detuvo un instante junto a una columna, como si admirara la arquitectura.
Padre Mateo se acercó.
—Hermosa lámpara —dijo.
Blackthorne no giró la cabeza de inmediato.
—La catedral tiene muchas piezas hermosas.
—Esta le interesaba especialmente.
Entonces sí lo miró.
—Padre, en los templos conviene mirar hacia arriba.
—A Dios, quizá. No a un soporte limado.
La frase entró sin ruido.
Blackthorne no palideció. Habría sido demasiado sencillo. Pero sus ojos dejaron de actuar durante un segundo.
—No sé de qué habla.
—Sí lo sabe.
—Insiste usted mucho en conocer mis pensamientos.
—No. Me conformo con sus descuidos.
—Miré una lámpara.
—Miró un fracaso.
Blackthorne sonrió. Esta vez la sonrisa fue más estrecha.
—¿Va a arrestarme por mover los ojos?
—No. Por ahora solo voy a pedirle que me acompañe.
—¿Al palacio?
—A un lugar más interesante.
—¿Debo preguntar cuál?
—Puede. También puede fingir que no le inquieta.
El inglés miró hacia la salida. Salvatierra estaba allí. No vestido para la ceremonia, sino para lo que venía después. Doña Mariana observaba desde lejos. El virrey no se volvió, pero uno de sus secretarios aguardaba con una orden sellada.
Blackthorne comprendió el tamaño de la red.
—Admiro su sentido teatral, padre.
—Y yo el suyo. Pero hoy cambiamos de autor.
El lugar elegido fue la sacristía menor de la catedral.
No el palacio. No una celda. No una sala pública.
Una estancia de piedra, madera oscura y olor a cera vieja, con una mesa central, dos sillas, un crucifijo en la pared y una ventana alta por donde entraba una luz blanca y severa.
Era un sitio incómodo para mentir: demasiado cerca del altar para hablar como comerciante, demasiado lejos del público para actuar como víctima.
Blackthorne entró escoltado por Salvatierra y dos soldados.
Padre Mateo pidió que le quitaran el sombrero, pero no el anillo. El inglés notó el detalle.
—¿Me dejan la joya?
—Las vanidades conviene verlas puestas.
Salvatierra cerró la puerta. Leoz permaneció en un rincón, con pluma y papel. El virrey no estaba presente, pero la orden que autorizaba la retención de Blackthorne descansaba sobre la mesa.
—¿Estoy detenido? —preguntó el inglés.
—Está impedido de marcharse —dijo Padre Mateo.
—Distinción española.
—No. Gubernativa. Aprendemos de los comerciantes a cambiar nombres.
Blackthorne se sentó sin que lo invitaran.
—Muy bien. Hablemos.
Padre Mateo permaneció de pie.
—No todavía.
Sobre la mesa fueron colocándose los objetos.
El mapa de la ciudad con puntos marcados.
El cuaderno de entregas.
La lista hallada en la bodega.
Las proclamas.
El tubo de humo.
El cordón de la lámpara.
La nota de la capilla.
Las muestras de papel de Yáñez.
La declaración de Tomás.
La declaración de De la Serna.
El testimonio de Martín.
El de Hernando.
El pañuelo de don Gaspar, dentro de su caja.
Blackthorne observó cada pieza sin apresurarse. No preguntó por ninguna. No desvió la mirada del pañuelo, pero tampoco se detuvo demasiado en él.
—Una colección impresionante —dijo.
—Le falta modestia —respondió Padre Mateo—. Pero sí, empieza a tener forma.
—¿Y qué forma le da usted?
—La suya.
—Eso es poesía judicial.
—No. Es acumulación.
El inglés apoyó las manos sobre la mesa.
—Padre, podría explicar cada objeto de forma menos novelesca.
Mapas para comercio. Entregas para mercancías.
Listas manipuladas por hombres que desean culparme.
Proclamas redactadas por locales descontentos.
Testigos asustados. Criados resentidos. Un prestamista desesperado.
Un escribano falsificador. Un mensajero desaparecido.
Un pañuelo que estuvo en una casa donde yo fui recibido más de una vez.
—Podría.
—Entonces sabe que esto no basta.
—Para algunas cosas, sí. Para otras, no.
—¿Para qué basta?
—Para demostrar que organizó una red de influencia contra el gobierno virreinal usando contrabando, deuda, chantaje, rumores y contactos locales.
Blackthorne inclinó la cabeza.
—Palabras graves.
—He sido moderado.
—¿Y los asesinatos?
—Ahí quería llegar.
—Yo no maté a nadie.
—Quizá no con sus manos.
—Tampoco con mis órdenes.
Padre Mateo abrió la caja del pañuelo.
El olor dulce era ya tenue, pero aún existía. Colocó el paño sobre la mesa con cuidado. Luego señaló la hebra rubia.
—Don Gaspar murió con esto cerca. El pañuelo desapareció porque su viuda lo retiró, temiendo que comprometiera el nombre de su marido. En él hay olor de una vela o esencia de las que usted distribuyó. Y un cabello rubio.
Blackthorne miró la hebra.
—¿Cuántos hombres rubios hay en México?
—Menos que morenos. Más que inocentes.
—Eso no prueba que sea mío.
—No. Pero su visita a don Gaspar aquella tarde, vista por fray Anselmo, sí lo coloca en la casa.
Su ausencia de la reunión de Aguirre durante el margen de la muerte sí le da tiempo.
Su conocimiento de la relación entre Villaclara e Isabel sí explica el fragmento.
Su red con Yáñez sí explica el papel. Su mensajero Ramiro sí explica la ejecución de Sebastián.
Sus movimientos durante la muerte de Baltasar sí abren camino al veneno.
Su mapa sí une los lugares. Su mirada a la lámpara sí revela que esperaba una caída.
El inglés calló.
Padre Mateo continuó:
—Las pruebas aisladas son discutibles. Juntas, empiezan a hablar con acento.
—Inglés, supongo.
—Humano.
Blackthorne sonrió apenas.
—Sigue sin tener una confesión.
—No. Por eso estamos aquí.
—¿Espera obtenerla?
—Espero obligarlo a decidir qué clase de culpable quiere ser.
Por primera vez, Blackthorne pareció realmente interesado.
—Explíquese.
Padre Mateo se sentó frente a él.
—Puede seguir negándolo todo. Entonces Ramiro, si aparece vivo, hablará contra usted por miedo.
De la Serna ya ha firmado parte. Yáñez también.
Don Julián, si lo encontramos, intentará venderlo antes de que usted lo venda a él.
Las casas locales jurarán que fueron engañadas por el inglés.
Usted quedará como asesino torpe y espía vencido.
Morirá quizá en una celda, quizá en un barco, quizá en una horca discreta.
Y otros escribirán su historia como convenga.
Blackthorne sostuvo su mirada.
—¿Y la otra opción?
—Hablar. No para salvar su alma, porque sospecho que la considera una inversión poco rentable. Hablar para conservar la autoría.
Ahí estaba.
La palabra exacta.
Autoría.
Blackthorne no sonrió. Tampoco se defendió.
Padre Mateo bajó la voz.
—Usted no soporta que lo reduzcan a criminal común. Tampoco a instrumento de don Julián, de Arriaga o de De la Serna. Si calla, ellos dirán que usted mató por codicia. Si habla, al menos quedará claro lo que construyó.
Leoz dejó de escribir por un instante.
Salvatierra, de pie junto a la puerta, observaba al inglés con los ojos de un hombre que preferiría respuestas obtenidas con menos sutileza.
Blackthorne miró el crucifijo de la pared.
—Curioso lugar para tentar con vanidad.
—No lo tiento. La nombro.
—¿Y si no la tengo?
—Entonces será el primer inglés sin vanidad que conozco.
—Conoce pocos.
—Pero selectos.
El inglés soltó una risa breve.
Fue distinta de todas las anteriores.
Menos cortesía. Más cansancio.
—Padre Mateo, ¿sabe cuál es el error de los españoles en estas tierras?
—Sospecho que me lo dirá.