Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El mapa del comerciante #5
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El mapa del comerciante #5

El veneno de Baltasar pudo prepararlo otro.

La lámpara podía tirarla un mozo.

Pero la primera muerte, junto a la fuente, requería proximidad.

Alguien entró en la casa Luján, habló o se acercó a Gaspar, usó el pañuelo, colocó el fragmento, quizá encendió la vela perfumada, salió sin ser visto.

Blackthorne pudo hacerlo durante su media hora ausente. Pero también pudo enviarlo a hacer.

No bastaba saber quién diseñó la guerra.

Faltaba saber quién inició la sangre.

Abrió el cuaderno.

Escribió:

“Blackthorne: mapa de rutas, coartadas rotas, contacto con Ramiro, uso de obras piadosas, lista, proclamas, catedral. Casi suficiente para traición e intriga. Para asesinatos, falta unión definitiva. Don Julián desaparece: ¿cómplice asustado o pieza sacrificada? Fray Anselmo en peligro moral y físico. Doña Elvira usada para presionar. La operación convierte virtudes en armas. Mañana: observar la mirada hacia la lámpara.”

Se detuvo.

Debajo añadió:

“Primera muerte. ¿Por qué Gaspar tenía fragmento de Villaclara en la mano? ¿Quién pudo cerrar la mano? ¿Quién tuvo pañuelo? ¿Dónde está el pañuelo?”

El pañuelo desaparecido.

Había quedado atrás, cubierto por mapas y conspiraciones.

Pero los muertos no perdonan las preguntas abandonadas.

Padre Mateo se levantó.

Fue a buscar a Leoz, que intentaba ordenar papeles en una sala cercana.

—Don Francisco.

El joven alzó la cabeza, agotado.

—¿Sí?

—El pañuelo de don Gaspar.

—No apareció.

—Exacto. ¿Quién pudo retirarlo?

—La viuda, criados, médico, alguacil…

—Doña Elvira dijo que Blackthorne la visitó por una carta de su marido. Ella protege el nombre de Gaspar. Si hubiera encontrado el pañuelo y supiera que implicaba algo…

Leoz se incorporó.

—¿Volvemos a la casa de Luján?

—No. Ya estuvo bastante interrogada por hoy. Envíe recado discreto. Pregunte a doña Elvira si conserva algún objeto retirado de la escena por vergüenza, no por crimen. Use esas palabras.

—¿Vergüenza, no crimen?

—Sí. Las viudas distinguen mejor de lo que parece.

Leoz salió a cumplir la orden.

Media hora después regresó con una caja pequeña.

—Doña Elvira la envía —dijo—. Sin nota.

Padre Mateo abrió la caja.

Dentro estaba el pañuelo.

Blanco. Bordado con iniciales G. L.

Manchado en un borde.

Y aún, muy levemente, después de tantos días, conservaba un olor dulce, floral.

Padre Mateo lo extendió con cuidado.

En una esquina, entre el bordado y el encaje, había una hebra oscura.

No tela de pañuelo.

No fibra roja.

Cabello.

Rubio.

Leoz susurró:

—Blackthorne.

Padre Mateo no respondió.

Observó la hebra bajo la luz.

Podía ser de Blackthorne.

Podía haber llegado por contacto inocente.

Podía haber sido puesta.

Todo podía.

Pero junto al olor, la visita previa, la ausencia de media hora, la coartada rota y el diseño entero, la hebra dejaba de ser casualidad y empezaba a pesar.

—Guárdelo —dijo.

—¿Es la prueba?

—Es una prueba.

—¿No basta?

Padre Mateo cerró la caja.

—Mañana quizá baste todo junto.

—¿Y si no?

El sacerdote miró hacia la ventana. Afuera, las campanas callaban antes del amanecer.

—Entonces habrá que hacer hablar al enemigo.

—¿Blackthorne?

Padre Mateo pensó en la conversación pendiente, en la vanidad del inglés, en la catedral preparada como teatro, en la lámpara que ya no caería.

—Sí.

Apagó la vela.

—Mañana dejaremos que mire su obra y descubra que alguien ha cambiado el final.

La mañana llegó clara.

Demasiado clara.

La ciudad acudió a la catedral con hambre de miedo y apariencia de devoción.

Carruajes, familias principales, comerciantes, viudas, funcionarios, soldados discretos, criados, curiosos.

Todos hablaban bajo. Todos miraban más de lo habitual.

Todos querían estar presentes en la paz pública sin acercarse demasiado al peligro.

Revillagigedo llegó con séquito sobrio.

Doña Mariana apareció vestida de negro, con rostro sereno.

Don Esteban de Arriaga acudió pálido y rígido.

Don Julián no apareció.

Fray Anselmo ocupó su lugar entre los religiosos, escoltado sin que pareciera escoltado.

Blackthorne llegó el último entre los principales invitados.

No debía salir libremente, pero el virrey había autorizado su presencia bajo vigilancia como parte de la trampa. Oficialmente, para no provocar sospecha pública. Realmente, para ver su mirada.

El inglés entró con calma. Saludó. Ocupó un lugar lateral.

Padre Mateo, desde una columna, lo observaba.

La misa comenzó.

Las campanas sonaron.

Las voces se elevaron.

No hubo humo.

No cayeron proclamas.

No cayó lámpara.

Durante varios minutos, nada ocurrió.

Y entonces, justo cuando el virrey avanzó hacia su lugar y pasó bajo el punto donde la lámpara debía haber caído, Padre Mateo miró a Blackthorne.

El inglés no miró al virrey.

No miró al altar.

No miró a la multitud.

Miró hacia arriba.

Hacia la lámpara.

Solo un instante.

Pero suficiente.

Después, sus ojos bajaron y encontraron los de Padre Mateo.

Ya no sonreía.

Padre Mateo inclinó apenas la cabeza.

Fiat lux.

La luz se había hecho.

Y el enemigo, por primera vez, supo que alguien lo había visto mirar su fracaso.