Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El mapa del comerciante #4
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El mapa del comerciante #4

En el reverso de una de las proclamas había una marca de imprenta. Pequeña. Casi raspada.

Leoz la examinó.

—Conozco esta marca. Es de un taller menor cerca del portal.

—¿Quién lo usa?

—Folletos religiosos, avisos comerciales, hojas sueltas…

—Y proclamas sin firma.

Salvatierra dio la orden de cerrar la imprenta.

Padre Mateo se volvió hacia Fray Anselmo.

—Viene con nosotros. No se separará de dos guardias hasta después de la misa.

—¿No se suspende?

—No.

—¿Con esto?

Padre Mateo miró las proclamas.

—Precisamente con esto.

La imprenta estaba vacía cuando llegaron.

Vacía de hombres, no de pruebas.

En la prensa aún había restos de tinta. En una mesa, tipos desmontados deprisa.

En un rincón, papeles quemados a medias.

El impresor apareció escondido en un armario, sudando tanto que parecía haber intentado bautizarse en miedo.

Se llamaba Mateo Rincón y, después de media hora de preguntas y dos miradas de Salvatierra, confesó haber impreso doscientas hojas anónimas por encargo de un intermediario.

—¿Ramiro? —preguntó Padre Mateo.

—No sé su nombre.

—¿Pañuelo?

—Azul. O rojo. No recuerdo.

Salvatierra dio un golpe al armario.

—Recuerde.

—Azul. Creo que azul.

—¿Quién pagó?

—Una mujer.

Padre Mateo se quedó inmóvil.

—¿Qué mujer?

—No la vi bien. Manto oscuro. Manos finas. Sortija… no sé.

—¿Granada?

—No. Una piedra negra.

Leoz susurró:

—Anillo.

—¿Mujer con anillo de piedra negra? —preguntó Padre Mateo.

—No anillo. Colgante. Creo. En la mano llevaba guantes.

—¿Acento?

—Criada de casa grande. O fingía.

—¿Recogió las hojas?

—No todas. Parte las llevó el hombre del pañuelo. Parte debía entregarse en la capilla de las viudas. Parte… parte a la catedral.

—¿Ya se entregaron?

El impresor bajó la cabeza.

—Sí.

Salvatierra se volvió hacia sus hombres.

—A la catedral.

Padre Mateo agarró el brazo del impresor.

—¿Dónde en la catedral?

—No sé.

—Sí sabe.

—En un cesto de flores. Para el altar de San José. Lo llevaría un mozo antes del cierre.

—¿Nombre?

—Nicolás.

Leoz abrió mucho los ojos.

—El niño del sombrero.

Padre Mateo sintió que la ira volvía.

Usaban niños porque los adultos eran demasiado visibles y los pobres demasiado disponibles.

—Capitán.

—Ya voy.

—Vivo también, si es posible.

—Padre, últimamente pide milagros con mucha frecuencia.

—Por eso he elegido bien el edificio al que vamos.

La catedral estaba casi a oscuras cuando volvieron.

El sacristán, al verlos entrar de nuevo, pareció a punto de renunciar a su oficio y dedicarse al pastoreo de piedras.

—¿Otra vez?

—Dios insiste —dijo Padre Mateo.

Fueron al altar de San José.

Había flores. Muchas. Demasiadas para un altar lateral. Ramo blanco, hojas verdes, cintas discretas. Debajo, un cesto grande cubierto por paño. Salvatierra lo retiró.

Dentro había proclamas.

Más de cien.

Y algo más.

Un pequeño tubo de metal, sellado con cera.

Padre Mateo no lo tocó al principio.

—¿Qué es?

Salvatierra lo examinó.

—Podría contener pólvora fina. O un mecanismo de humo. O simplemente papeles.

—Ábralo fuera.

Lo llevaron al patio interior. Un soldado experto lo abrió con cuidado.

No explotó.

Dentro había una mecha, polvo oscuro y una mezcla acre. No suficiente para derribar nada. Sí para producir humo denso y alarma si se encendía cerca de velas.

—No querían matar con esto —dijo Salvatierra.

—Querían pánico —respondió Padre Mateo—. Humo en la catedral, proclamas cayendo o apareciendo, gritos, quizá alguien armado aprovechando la confusión.

Leoz miró las hojas.

—Y todos pensarían que el virrey ni siquiera controla una misa.

—Exacto.

—¿Nicolás? —preguntó el capitán al sacristán.

El sacristán tembló.

—Un niño trajo flores. Dijo que eran donación.

—¿Dónde está?

—Se fue.

Padre Mateo cerró los ojos.

El niño había sido usado otra vez.

—Busquen al niño. Sin asustarlo si es posible.

Salvatierra dio órdenes.

Padre Mateo se quedó mirando el cesto de flores y proclamas. La frase pública estaba allí, esperando humo y campanas.

Pero algo seguía sin encajar.

—Esto es demasiado fácil ahora —dijo.

Leoz lo miró.

—¿Fácil?

—Encontramos la capilla, la imprenta, las proclamas, el cesto, el humo. Todo en una tarde. Demasiado para un plan diseñado por Blackthorne.

—Quizá se precipitó al verse descubierto.

—Quizá.

—O quería que lo encontráramos.

Padre Mateo asintió lentamente.

—Para hacernos creer que hemos impedido el golpe.

Salvatierra, al regresar, oyó la última frase.

—¿Y no?

El sacerdote miró la nave inmensa de la catedral, las sombras altas, las capillas, las puertas laterales.

—Hemos impedido un golpe. No sé si el golpe.

—¿Qué falta?

Padre Mateo miró hacia el lugar reservado al virrey.

—Si yo quisiera que todos mis enemigos se concentraran en registrar flores, proclamas y humo, ¿qué dejaría de mirar?

Leoz respondió casi sin voz:

—Al hombre.

—O al lugar exacto donde se sentará.

Salvatierra corrió hacia la zona del banco virreinal.

Revisaron el asiento. Nada.

El reclinatorio. Nada.

La alfombra. Nada.

La columna cercana. Nada.

Entonces Padre Mateo vio el cordón.

Uno de los grandes cortinajes laterales, preparados para solemnizar la ceremonia, estaba sujeto por un cordón nuevo. Demasiado nuevo. Subía hacia una polea cercana a una lámpara pesada de metal y cristal, colocada sobre el recorrido que el virrey debía hacer al avanzar hacia el banco.

—No toque —dijo.

Salvatierra siguió su mirada.

La lámpara colgaba bien, pero el soporte había sido limado.

No cortado del todo.

Lo justo para ceder con un tirón en el momento adecuado.

El humo no era el crimen.

Era la distracción.

El virrey entraría. Humo. Gritos. Confusión. Alguien tiraría del cordón. La lámpara caería sobre la comitiva. Quizá mataría al virrey. Quizá a un guardia. Quizá a nadie. Pero en la catedral, entre proclamas y pánico, bastaría.

Salvatierra se puso pálido de ira.

—Hijo de…

—En casa de Dios, capitán —dijo Padre Mateo, sin apartar los ojos de la lámpara.

—Precisamente.

El sacristán casi se desmayó.

Leoz se sentó en un banco.

—Entonces la frase era doble.

—Sí —dijo Padre Mateo—. La autoridad cae bajo sus propias luces mientras la ciudad lee que debe protegerse sola.

Salvatierra ordenó retirar la lámpara y revisar todos los soportes.

Padre Mateo miró el cordón nuevo.

—¿Quién colocó esto? —preguntó al sacristán.

—Los mozos de ornato. Vinieron por la tarde.

—¿Cuántos?

—Tres.

—¿Los conoce?

—Dos sí. El tercero venía recomendado por la cofradía.

—Descripción.

—Joven. Delgado. Pañuelo azul.

Leoz cerró los ojos.

—Ramiro cambia de color y de edad ahora.

—No era Ramiro —dijo Padre Mateo—. Era alguien que quería que buscáramos a Ramiro incluso aquí.

—¿Don Julián? —preguntó Salvatierra.

—Quizá. O un mozo suyo. O alguien enviado por Blackthorne. O por ambos.

La respuesta ya no podía demorarse.

Había una red. Pero el centro respiraba en una casa vigilada, sonriendo tal vez porque cada descubrimiento llegaba justo cuando podía alimentar otro.

Padre Mateo se acercó al cordón y lo olió.

Tabaco.

Muy leve.

Y flores.

No de la cera.

De manos que habían tocado antes los ramos.

Cuando regresaron al palacio, el virrey escuchó de pie.

No interrumpió.

Proclamas. Humo. Lámpara limada. Cordón. Cofradía. Imprenta. Fray Anselmo. Doña Elvira. Blackthorne. Don Julián desaparecido.

Al terminar, Revillagigedo permaneció en silencio unos segundos.

—Entonces mañana yo era la pieza.

—Sí —dijo Padre Mateo.

—¿Suspendo ahora?

—No.

Salvatierra se volvió.

—Padre, con todo respeto…

—Si suspende ahora, la red buscará otro escenario y la ciudad sabrá que la catedral estaba preparada para un atentado.

El pánico será igualmente útil. En cambio, si mantiene la ceremonia con seguridad controlada, sin humo, sin proclamas, sin lámpara, obligaremos a quien esperaba la frase a comprobar por qué no se pronuncia.

—Blackthorne está vigilado —dijo el capitán—. Don Julián desaparecido. Ramiro desaparecido. Puede haber otros.

—Por eso mañana no será misa —respondió Padre Mateo—. Será trampa.

Revillagigedo lo miró.

—¿Para quién?

—Para el que se mueva cuando vea que su golpe no ocurre.

—¿Y si nadie se mueve?

—Entonces habremos salvado su vida y ganado tiempo. Me conformo.

El virrey respiró hondo.

—Se mantendrá la misa. Seguridad máxima, invisible en lo posible. Las proclamas serán retiradas. El mecanismo desmontado. Fray Anselmo protegido. Doña Mariana vigilada. Arriaga y Echevarri bajo búsqueda y control. Blackthorne…

—Blackthorne debe creer que solo hemos encontrado las proclamas.

Salvatierra frunció el ceño.

—¿No la lámpara?

—No.

—¿Cómo lo sabrá?

—Porque se lo diremos por la misma vía que él usa.

Leoz comprendió.

—La mujer del manto.

—O los criados. O la cofradía. Basta con dejar escapar que el virrey ha descubierto un reparto de proclamas y lo ha neutralizado discretamente. Si Blackthorne cree que el mecanismo sigue oculto, esperará mañana el golpe.

—Y cuando no caiga la lámpara… —dijo Revillagigedo.

—Mirará hacia ella.

Salvatierra sonrió despacio.

—Y nosotros miraremos quién mira.

Padre Mateo asintió.

—A veces la mirada es la confesión más breve.

La noche antes de la misa, Padre Mateo volvió solo a su cuarto.

No porque estuviera solo de verdad. Había guardias en corredores, soldados en patios, hombres de Salvatierra en calles cercanas, vigilancia en la casa de Blackthorne y en todas las puertas por donde podía entrar o salir una mentira con zapatos.

Pero él se sintió solo.

Había muchas pruebas. Demasiadas. Mapas, listas, velas, proclamas, testimonios, coartadas rotas, mensajeros, hábitos, imprentas, cordones, humo. Todo señalaba a Blackthorne como arquitecto de una operación de miedo. Y, sin embargo, aún quedaba una pregunta que le molestaba como arena en el zapato:

¿quién había matado con sus propias manos a don Gaspar?

Ramiro pudo matar a Sebastián.