Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) El mapa del comerciante #3
85%

El mapa del comerciante #3

Padre Mateo caminó hasta la ventana. La ciudad, afuera, seguía su curso.

En algún lugar, una mujer con manto oscuro llevaba o había llevado una pieza que quizá faltaba en el tablero.

No podían registrar cada coche. No podían detener cada beata.

No podían convertir la devoción de la ciudad en sospecha pública sin regalar al enemigo otra frase.

—Nos está obligando a profanar la confianza —dijo.

Leoz se acercó.

—¿Blackthorne?

—Sí. Si revisamos ofrendas, parecemos desconfiar de la piedad.

Si no lo hacemos, usa la piedad para moverse.

Eso es lo que hace desde el principio: convierte virtudes en armas.

Honor de Villaclara. Prudencia del virrey.

Caridad de las obras piadosas. Confianza de los comerciantes.

Secreto de confesión de fray Anselmo. Todo lo bueno se vuelve escondite.

Revillagigedo escuchó con rostro sombrío.

—Eso es diabólico.

Padre Mateo miró hacia la catedral.

—Es humano. No demos al diablo méritos ajenos.

La mujer del manto oscuro apareció por fin en el registro de una casa de alquiler de coches.

No por su nombre.

Por una torpeza: el cochero recordaba que llevaba un perfume fuerte, pero no de flores. De almizcle y jabón caro. También recordaba sus manos. Manos finas, con una sortija pequeña en forma de granada.

Leoz fue quien reaccionó.

—Doña Elvira Luján.

Padre Mateo lo miró.

—La viuda de Gaspar.

—La he visto con esa sortija. En la primera visita a la casa. Granada de rubíes pequeños.

Salvatierra se incorporó.

—¿Qué demonios hacía la viuda de la primera víctima visitando a Blackthorne?

—Esa es una pregunta con muchas espinas —dijo Padre Mateo.

—¿La detenemos?

—La interrogamos. Con cuidado.

—Todo es con cuidado.

—Sí. Es la diferencia entre cirugía y carnicería.

Fueron a la casa de Luján al caer la tarde.

Doña Elvira los recibió en una sala de luto, donde las cortinas seguían a medio cerrar y el aire parecía no haberse renovado desde la muerte de su marido. Vestía de negro. Su rostro era más rígido que triste. Al ver a Padre Mateo, comprendió que no venía a ofrecer consuelo.

—Padre.

—Señora.

—¿Ha encontrado ya al asesino de mi marido?

—Estoy encontrando demasiada gente alrededor de su muerte.

—Eso no responde.

—No suelo responder antes de preguntar. Me parece descortés con la verdad.

Salvatierra permaneció de pie. Leoz preparó papel.

Padre Mateo fue directo.

—Ha visitado hoy a Edward Blackthorne.

La viuda no se movió.

—Sí.

—Con manto oscuro y coche sin escudo.

—Soy viuda reciente. No deseo miradas.

—Pero eligió visitar a un hombre bajo vigilancia en medio de una investigación.

—Mister Blackthorne me escribió.

—¿Qué decía?

—Que podía entregarme una carta de mi marido.

El silencio fue inmediato.

Padre Mateo se inclinó.

—¿Una carta de don Gaspar?

—Sí.

—¿La entregó?

Doña Elvira miró sus manos.

—No.

—¿Qué le entregó?

—Nada.

—Señora.

—Me dijo que la carta existía, pero que no era momento. Que podía destruir el nombre de Gaspar.

—¿Y usted fue a proteger el nombre de un muerto?

—Es lo único que le queda.

—A algunos muertos les queda también la justicia.

La viuda apretó los labios.

—No entiende.

—Explíqueme.

—Gaspar hizo cosas imprudentes. Negocios. Conversaciones. Hombres como Blackthorne saben convertir una imprudencia en infamia.

—¿Qué le pidió?

—Que le dijera si el virrey pensaba actuar contra él.

—¿Y usted lo sabía?

—No.

—¿Entonces?

—Quería que yo llevara una nota.

Salvatierra dio un paso.

—¿A quién?

Doña Elvira bajó la mirada.

—A fray Anselmo.

Padre Mateo sintió que el círculo se cerraba hacia el lugar más incómodo.

—¿La llevó?

—No.

—¿Dónde está?

La viuda dudó.

—La quemé.

—¿La leyó?

—Sí.

—¿Qué decía?

—No puedo recordarlo palabra por palabra.

—Recuerde mal, pero recuerde.

La voz de doña Elvira tembló por primera vez.

—Decía que fray Anselmo debía guardar silencio, como prometió ante Dios, si no quería que ciertas confesiones destruyeran a quienes aún podían servir a una causa mayor.

Leoz dejó de escribir.

Salvatierra maldijo en voz baja.

Padre Mateo preguntó:

—¿Qué causa?

—No lo decía.

—¿Usted sabe algo de esa causa?

—Sé que mi marido se acercó a hombres que hablaban de comercio libre, de mayor peso de las casas locales, de corregir abusos de la administración. Él no era traidor.

—Quizá empezó no siéndolo.

Doña Elvira lo miró con dolor y furia.

—Mi marido era vanidoso. Ambicioso. Cruel a veces. Pero no merecía morir.

—Nadie ha dicho lo contrario.

—Y ahora quieren usar su pecado para decir que merecía su muerte.

—¿Quiénes?

—Todos. Usted también quizá.

Padre Mateo recibió la acusación sin defenderse deprisa.

—No. El pecado explica caminos. No justifica cadáveres.

La viuda se hundió un poco en la silla.

—Blackthorne me dijo que Gaspar se asustó. Que quiso retirarse. Que eso lo convirtió en peligroso para hombres más comprometidos que él.

—¿Nombró a alguien?

—Don Julián. De la Serna. Baltasar. Quizá mi hermano Esteban.

—¿Y él?

—Dijo que él solo había abierto puertas.

—Qué frase tan suya.

—Me pidió que, si quería proteger el nombre de Gaspar, ayudara a evitar un escándalo público mañana.

Padre Mateo quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Convenciendo a fray Anselmo de no hablar.

—¿Hablar en la misa?

—No sé.

—Piense.

—Dijo que algunos hombres, cuando creen servir a Dios, destruyen gobiernos sin comprenderlo.

Fray Anselmo.

Campanas.

Catedral.

Una frase pública.

Padre Mateo se levantó.

—¿Blackthorne teme que fray Anselmo hable mañana?

—Eso parecía.

—O quiere que lo creamos.

Salvatierra apretó la empuñadura.

—El fraile está en peligro.

Padre Mateo miró a Doña Elvira.

—Señora, ha hecho bien en no llevar la nota.

—La quemé por miedo, no por virtud.

—No se preocupe. Dios sabe trabajar con materiales pobres.

Ella casi sonrió, pero el luto pudo más.

—Padre, ¿mi marido fue asesinado por querer retirarse?

—Es posible.

—¿Y eso lo redime?

—No. Pero lo humaniza.

A doña Elvira se le llenaron los ojos de lágrimas.

—A veces basta.

—No siempre. Pero ayuda a rezar.

Fray Anselmo no estaba en su convento.

El portero, un fraile anciano de oído incierto, aseguró primero que sí, luego que no, después que había salido a preparar la ceremonia de la catedral y finalmente que quizá había recibido un mensaje.

—¿De quién? —preguntó Padre Mateo.

—No lo sé.

—Padre, en esta ciudad nadie sabe de quién son los mensajes y aun así todos los entregan con admirable puntualidad.

El anciano se ofendió.

—Era asunto urgente.

—Todos lo son cuando los trae el enemigo.

Salvatierra envió hombres a la catedral.

Fray Anselmo tampoco estaba allí.

El sacristán afirmó que había pasado a mediodía, revisado lecturas y hablado con un canónigo. Luego se marchó hacia una capilla menor vinculada a la cofradía de viudas de marineros, donde debía recogerse una ofrenda para la misa del día siguiente.

La cofradía de las viudas.

Blackthorne.

Autorización antigua.

Paquetes.

Cera y flores.

Padre Mateo sintió que el tiempo empezaba a estrecharse.

—Vamos.

La capilla estaba en una calle tranquila, casi escondida entre casas modestas. La puerta permanecía abierta. Dentro ardían varias velas. Ninguna perfumada, salvo una, pequeña, blanca, colocada junto a una imagen de la Virgen del Carmen.

Fray Anselmo estaba arrodillado ante el altar lateral.

Vivo.

Padre Mateo respiró por primera vez en varios minutos.

—Fray Anselmo.

El fraile volvió la cabeza. Su rostro estaba pálido.

—Padre Mateo.

—Debe venir con nosotros.

—Lo sé.

—¿Quién lo citó aquí?

—Una carta anónima. Decía que alguien deseaba confesarse antes de cometer un mal irreparable.

Salvatierra miró alrededor con furia.

—Trampa.

—Sí —dijo Fray Anselmo—. Pero no del todo.

—¿Alguien vino?

—No. Solo encontré esto.

Señaló la vela blanca.

Padre Mateo se acercó. Olor dulce. Flores. Bajo el candelabro había un papel doblado.

Lo abrió.

No era amenaza. Era una cita latina:

“Tacere qui debuit loqui, consentire videtur.”

Quien debió hablar y calló, parece consentir.

Fray Anselmo cerró los ojos.

—Sabe dónde herir.

Padre Mateo lo miró.

—Quiere que hable mañana.

—O que calle y me destruya por dentro.

—¿Qué sabe que pueda decir fuera de confesión?

El fraile apretó el rosario entre los dedos.

—Que don Gaspar me habló antes de morir. Que temía una operación para provocar desconfianza contra el virrey. Que Blackthorne había conversado con él esa tarde. Eso puedo decirlo.

—Debe decirlo.

—¿En la misa?

—No. Ante el virrey. Ahora.

—Pero la ciudad…

—La ciudad no necesita sermones improvisados durante una misa que ya huele a pólvora moral.

Fray Anselmo abrió los ojos.

—También sé algo más, pero viene de confesión.

—No lo diga.

—Si no lo digo, quizá mueran.

—Si lo dice, matará algo que también protege vidas.

El fraile tembló.

—¿Cómo carga usted con eso?

Padre Mateo tardó en responder.

—Mal.

El silencio fue más humano que cualquier consuelo.

Salvatierra revisaba la capilla con dos soldados. Detrás de la imagen encontraron un paquete.

Cera y flores.

No explosivo. No arma. No veneno. Un manojo de papeles impresos y doblados.

Leoz tomó uno y lo leyó.

Era una proclama.

No firmada.

Acusaba al virrey de incapacidad, de permitir que comerciantes honestos murieran, de perseguir después a quienes sostenían la riqueza de Nueva España, de someter los intereses locales a un gobierno lejano, de usar a un sacerdote peninsular para encubrir errores y fabricar culpables.

No pedía rebelión.

Era más inteligente.

Pedía “junta de notables” para garantizar la seguridad, revisar competencias comerciales y defender “los derechos prácticos de los vecinos principales”.

Padre Mateo leyó hasta el final.

—La frase pública —dijo.

Salvatierra apretó los dientes.

—Iban a repartir esto en la catedral.

—O a hacerlo aparecer después de una alarma. Quizá no querían matar mañana. Quizá querían que todos creyeran que había peligro y, al mismo tiempo, encontrar estos papeles.

Leoz palideció.

—El virrey quedaría como incapaz de proteger y como tiránico al perseguir.

—Sí.

Fray Anselmo miró la proclama.

—Esto no es de un asesino común.

—No —dijo Padre Mateo—. Es de alguien que entiende la gramática del miedo.