El mapa del comerciante #2
No era el libro de visitas quemado. Era otra cosa: una lista de entregas con símbolos. Campanas, cruces, círculos, iniciales.
Una línea llamó la atención de Padre Mateo:
“C. Mayor — cera y flores — mañana — R.”
Leoz señaló la abreviatura.
—Catedral Mayor.
—Cera y flores —murmuró Salvatierra.
Blackthorne, desde la puerta, habló con calma:
—Suministros para una ceremonia. Nada extraordinario.
Padre Mateo no apartó la vista del cuaderno.
—R.
—Remisión.
—O Revillagigedo.
—O Roma. O Rosario. O riesgo. Las letras solas son generosas.
—Casi tanto como las iniciales.
El inglés inclinó la cabeza.
—Exacto. Ve que aprende de mí.
Padre Mateo cerró el cuaderno.
—Eso temo.
Salvatierra ordenó requisar también ese libro.
Revisaron las caballerizas. El caballo señalado por Hernando tenía el pelo limpio, demasiado limpio en patas y vientre.
El mozo explicó que había sido lavado por orden del amo tras una salida nocturna.
Blackthorne dijo que todos sus caballos se cuidaban bien.
Padre Mateo preguntó qué caballo usó la noche de Sebastián.
Blackthorne respondió que ninguno. Hernando bajó la cabeza.
El caballo, por suerte para él, no tenía que declarar.
En un cobertizo hallaron una silla con manchas antiguas en una cincha. No sangre visible. Salvatierra ordenó conservarla. Padre Mateo olió la manta: sudor de caballo, humedad y tabaco.
Tabaco fuerte.
—No fuma el caballo —dijo.
—Aún no —respondió Salvatierra—. Pero en esta ciudad ya no descarto nada.
Blackthorne observaba desde lejos, cada vez más silencioso.
Aquello era nuevo.
No miedo todavía.
Concentración.
Como si estuviera contando el tiempo.
Padre Mateo se acercó a él.
—Está usted pendiente de otra cosa.
—De mi paciencia.
—No. De una hora.
El inglés lo miró.
—¿Qué hora?
—La que aún cree que controlará aunque estemos aquí.
Blackthorne sonrió.
—Padre, tiene usted una imaginación admirable.
—No. Tengo un mapa.
El inglés no respondió.
El mapa fue llevado al palacio y extendido sobre una mesa grande.
La ciudad aparecía atravesada por líneas finas y puntos discretos. Leoz, con la ayuda de registros y testimonios, empezó a identificar cada marca.
—Casa de Luján —dijo.
—Casa de Ochoa.
—Casa de Yáñez.
—Bodega de San Lázaro.
—Casa de doña Mariana.
—Casa de Arriaga.
—Palacio.
—Catedral.
—Iglesia de San Felipe.
—Portal de mercaderes.
Padre Mateo observaba la distribución.
No eran puntos comerciales al azar.
Eran rutas de información.
Desde salones a escribanos. De escribanos a bodegas. De bodegas a mensajeros. De mensajeros a rumores. De rumores a casas principales. Todo conectado sin que una sola línea dijera crimen. Pero todas juntas dibujaban una ciudad manipulable.
Revillagigedo llegó y permaneció unos minutos en silencio.
—Tiene cartografiada mi capital mejor que algunos funcionarios.
—Porque él no buscaba gobernarla —dijo Padre Mateo—. Buscaba saber por dónde podía romperse.
Salvatierra señaló la catedral.
—La marca de mañana. Cera y flores. R.
—La misa —dijo Leoz.
—Pero hemos revisado las velas —respondió el capitán—. Nada.
Padre Mateo siguió mirando el mapa.
—Quizá no se trata de velas.
—Dice cera.
—La cera no solo alumbra.
Leoz frunció el ceño.
—Sellos.
—Cartas —dijo el sacerdote—. Lacre. Documentos. Mensajes.
Revillagigedo se acercó.
—¿Una proclama?
—Quizá. Una acusación pública. Un documento que aparezca durante la misa. Algo sellado. Algo que parezca proceder de una autoridad o de un grupo de comerciantes. Algo que produzca una frase sin necesidad de matar.
Salvatierra señaló la nota de don Julián.
—Pero hablaba de campanas y de próxima frase.
—Las campanas convocan. La catedral amplifica. Si aparece una carta acusando al virrey de encubrir comercio ilegal, de perseguir familias locales o de provocar muertes por torpeza, la ciudad la oirá aunque no la lea.
Leoz añadió:
—Y si además hay intento contra alguien…
—Entonces la carta tendrá sangre que la selle.
El virrey se volvió hacia Salvatierra.
—Refuerce la seguridad de la misa.
—Ya lo he hecho.
—Más.
—Sí.
Padre Mateo tocó el mapa junto a la catedral.
—No basta con proteger a su excelencia. Proteja también a quienes podrían convertirse en símbolo.
—¿Quiénes?
—Doña Isabel, si acude.
—No acudirá —dijo Leoz—. Su casa la mantendrá retirada.
—Mejor.
—Doña Mariana sí acudirá —dijo Salvatierra—. Lo ha confirmado.
—Naturalmente —murmuró Padre Mateo.
—Don Esteban también. Don Julián ha desaparecido.
—Hay que encontrarlo antes de mañana.
—Mis hombres lo buscan.
—¿Fray Anselmo?
Leoz consultó una nota.
—Celebrará una parte de las oraciones junto a otros religiosos.
Padre Mateo pensó en el fraile y su secreto incómodo.
—Protégalo también.
Salvatierra se sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque sabe algo. Y porque un muerto con hábito en la catedral diría una frase especialmente ruidosa.
El capitán no discutió.
Revillagigedo señaló el cuaderno de Blackthorne.
—¿Y “cera y flores”?
—Buscaría entre ofrendas, no entre suministros oficiales. Ramo, cirio donado, paquete devocional, caja para sacristía. Algo que pueda entrar sin sospecha porque parece piedad.
—Se revisará todo.
Padre Mateo siguió mirando el mapa.
Había una línea muy fina desde la residencia de Blackthorne hasta la iglesia de San Felipe, y de allí hacia San Lázaro. Otra iba desde San Felipe hasta la catedral por calles secundarias.
—Anoche eligió San Felipe por algo —dijo.
—Una puerta lateral —respondió Salvatierra.
—Y quizá un hábito.
—Buscamos al fraile encapuchado.
—No busque un fraile. Busque un hábito que falta.
Leoz levantó la vista.
—En sacristías, conventos, casas de alquiler teatral…
—Y en roperos de cofradías —añadió Padre Mateo—. Las ciudades devotas tienen más hábitos de los que santos.
Revillagigedo miró al mapa con creciente gravedad.
—Padre Mateo, si mañana se produce escándalo en la catedral, todo lo anterior habrá sido preparación.
—Sí.
—Y si no se produce, quizá sea porque al descubrirlo hemos obligado a cambiar el plan.
—También.
—Entonces Blackthorne sabrá que estamos mirando allí.
Padre Mateo asintió.
—Sí. Y eso puede ser útil.
—¿Cómo?
—Si sabe que vigilamos la catedral, tal vez mueva la pieza verdadera a otro lugar. O tal vez crea que no podemos cubrirlo todo y se mantenga. Los hombres vanidosos no abandonan fácilmente un escenario preparado.
Salvatierra habló con sequedad:
—Mientras tanto, sigue en su residencia.
—¿Seguro? —preguntó Padre Mateo.
El capitán se tensó.
—Vigilada.
—Pregunte otra vez.
Salvatierra salió con rapidez.
El virrey miró al sacerdote.
—¿Cree que ha escapado?
—Creo que, si su mapa nos ha entretenido demasiado, quizá era parte del mapa.
Blackthorne no había escapado.
Pero había recibido una visita.
Ese fue el informe que llegó media hora después.
Una mujer, cubierta con manto oscuro, había entrado por la puerta principal con permiso escrito del propio virrey anterior a la restricción.
La autorización era auténtica, pero antigua, concedida semanas antes para asuntos comerciales y de beneficencia ligados a viudas de marineros.
Los guardias, al verla acompañada por un criado de la casa y al no tener orden de impedir visitas femeninas, la dejaron pasar.
Permaneció dentro menos de diez minutos.
Cuando salió, parecía la misma.
Salvatierra estuvo a punto de romper una silla.
—¿Quién era?
—No lo saben.
—¿No la siguieron?
—Creyeron que era una visitante autorizada.
—La estupidez también debería castigarse con años de servicio en pantanos.
Padre Mateo no sonrió.
—¿Qué hizo Blackthorne después?
—Nada. Permanece en su despacho, vigilado.
—¿Y la mujer?
—Desapareció en coche a dos calles.
—¿Coche de quién?
—Sin escudo.
Leoz repasó mentalmente.
—¿Doña Mariana?
Padre Mateo negó despacio.
—Doña Mariana habría entrado como doña Mariana para que todos tuvieran que apartarse.
—¿Doña Isabel?
—No. No tendría autorización ni motivo para ir.
—¿Una criada?
—Quizá.
Salvatierra apretó los dientes.
—Pudo llevarle instrucciones.
—O sacarlas.
—O veneno.
—O nada, para que pensemos todo eso.
El capitán golpeó la mesa con el puño.
—Este hombre convierte cada movimiento en diez dudas.
—Sí —dijo Padre Mateo—. Por eso aún respira libre.
Leoz, que sostenía la autorización antigua, la observó con atención.
—Padre.
—¿Qué?
—Esta firma del permiso… es de una oficina del palacio, pero el trámite lo llevó Tomás Yáñez semanas atrás.
Padre Mateo se volvió.
—¿Yáñez?
—Sí. Antes de todo esto. Para una solicitud de Blackthorne sobre ayuda a viudas de marineros extranjeros.
—¿Quién presentó la petición?
Leoz buscó en el registro.
—Un intermediario. Aquí: Sebastián Mier.
El nombre cayó como una campana pequeña.
Padre Mateo cerró los ojos.
Otra vez Sebastián.
El muerto que sabía leer había llevado más papeles de los que sabía.
—Blackthorne usó a Sebastián antes de matarlo —dijo Salvatierra.
—O antes de que Ramiro lo matara. No confundamos mano y voluntad.
—Me da igual la distinción.
—A la justicia no debería.
Leoz seguía leyendo.
—La autorización permitía visitas de representantes de una obra piadosa a la residencia de Blackthorne y tránsito de pequeños paquetes destinados a donaciones.
—Paquetes —repitió Padre Mateo.
—Sí.
Salvatierra entendió.
—Cera y flores.
Padre Mateo miró hacia el mapa.
—No era solo catedral. Era permiso de tránsito. Piedad como cubierta. Donaciones que pueden entrar y salir sin ser registradas con rigor.
—¿A dónde iban esas donaciones?
Leoz leyó.
—A varias iglesias. San Felipe. Catedral. Hospital de pobres. Cofradía de viudas.
—El mapa no era adorno —dijo Padre Mateo—. Era logística moral.
Revillagigedo se volvió hacia un secretario.
—Bloquee toda entrega religiosa o benéfica procedente de casas privadas hasta revisión.
—Sí, excelencia.
—Sin escándalo.
El secretario salió.