El mapa del comerciante
La catedral no dormía.
Aun de noche, cuando las puertas principales estaban cerradas y la plaza parecía vaciarse de voces, aquel edificio seguía respirando piedra, incienso antiguo y memoria.
Las torres se alzaban sobre la ciudad como dos testigos demasiado altos para mentir.
Bajo ellas, México parecía más pequeña y más culpable.
Padre Mateo llegó con Salvatierra, Francisco Leoz y cuatro hombres escogidos antes de que la última campana terminara de deshacerse en el aire.
El virrey había querido suspender la misa solemne del día siguiente.
Padre Mateo se había opuesto.
—Si la suspende, la ciudad sabrá que tiene miedo.
—Lo tengo —había respondido Revillagigedo.
—Entonces no lo convierta en decreto.
—¿Y si el peligro es real?
—Lo es. Pero aún no sabemos su forma. Si cancelamos, el enemigo habrá escrito la frase sin necesidad de matar.
El virrey lo miró con dureza.
—¿Y si no cancelamos y muere alguien?
—Entonces habremos fallado. Pero si actuamos bien, quizá logremos que quien pretende convertir la catedral en escenario tenga que mostrarnos la mano.
Revillagigedo había aceptado no por temer menos, sino por entender mejor. El poder, cuando se dejaba gobernar por el miedo, no evitaba la caída: solo elegía de rodillas el lugar donde caerse.
Por eso estaban allí, en plena noche, ante la catedral.
El sacristán mayor los recibió con una lámpara en la mano y la expresión de quien sospecha que todo asunto nocturno en casa de Dios procede de hombres que no han sabido comportarse de día.
—Excelencia no ha venido —dijo, mirando alrededor.
—Vendrá mañana —respondió Salvatierra.
—Si Dios quiere.
Padre Mateo levantó la vista hacia la fachada.
—Dios suele querer muchas cosas. Somos nosotros quienes las complicamos.
El sacristán lo miró sin saber si aquello era consuelo o advertencia.
Entraron por una puerta lateral.
El interior estaba oscuro, salvo por algunas lámparas que ardían ante imágenes y capillas.
La nave principal se extendía inmensa, con columnas que subían hacia sombras altas.
El olor a cera común, madera vieja, piedra húmeda e incienso parecía haber sido amasado durante siglos. Allí cualquier paso sonaba culpable.
Leoz se santiguó al entrar.
Salvatierra no. Miró hacia arriba, hacia cornisas, tribunas, balcones interiores, accesos al coro, sacristía, capillas laterales y puertas de servicio. Para él, el templo era un mapa de riesgos.
—Demasiados huecos —dijo.
—Los templos se hicieron para el misterio —respondió Padre Mateo—. Los criminales solo aprovechan la arquitectura.
El sacristán se ofendió un poco.
—Aquí no se cometerá crimen alguno.
—Ojalá bastara decir eso ante todos los lugares donde se ha cometido uno.
La frase apagó la protesta.
Padre Mateo pidió ver los accesos.
Primero la sacristía. Luego las capillas laterales.
Después las escaleras que subían hacia tribunas y torres.
El sacristán iba delante, lámpara en mano, quejándose de cerraduras antiguas, puertas mal ajustadas y mozos que dejaban cosas donde no debían.
Salvatierra tomaba nota militar de cada entrada posible.
Leoz, con menos costumbre de mirar espacios como emboscadas, intentaba seguir el ritmo.
—Mañana habrá misa solemne —dijo el sacristán—. Acudirán autoridades, familias principales, comerciantes, religiosos…
—Y curiosos —añadió Padre Mateo.
—Siempre.
—¿Quién prepara las velas?
—Mis ayudantes.
—¿Quién las entrega?
—Depende. Algunas vienen del almacén del templo, otras las donan familias.
Padre Mateo se detuvo.
—¿Donaciones?
—Sí. Para misas solemnes es común. Una familia ofrece cera, flores, ornamentos.
Salvatierra lo miró.
—Velas.
El sacristán frunció el ceño.
—Las de mañana son comunes.
—¿Está seguro?
—Por supuesto.
—Verlas no ofenderá a Dios —dijo Padre Mateo—. A lo sumo a su paciencia.
El sacristán los condujo a un cuarto de almacén.
Había cajas de velas, cirios gruesos, candeleros, paños, flores secas, cuerdas, aceite, herramientas. Padre Mateo pidió abrir todas las cajas destinadas a la misa. El sacristán protestó. Salvatierra no. Los soldados abrieron.
La mayoría de las velas eran de cera ordinaria, algunas de mejor calidad, ninguna perfumada a simple olfato. Padre Mateo tomó una, luego otra. Las olió. Cera. Polvo. Algo de humedad. Nada de flores.
—No es aquí —dijo Leoz, con alivio.
—Todavía no sabemos qué es “aquí” —respondió el sacerdote.
Salvatierra revisaba los rincones.
—Si quisieran matar al virrey, ¿cómo lo harían? ¿Disparo? ¿Cuchillo? ¿Veneno?
—Depende de la frase que quieran producir.
—No empiece con frases, padre.
—Precisamente hay que empezar por ellas.
Si lo matan con cuchillo en la nave, la frase es caos.
Si lo envenenan en banquete posterior, la frase es corrupción íntima.
Si cae algo desde arriba, la frase es castigo o accidente.
Si un disparo suena durante la misa, la frase es que la autoridad no está segura ni bajo Dios.
Salvatierra miró hacia las alturas.
—Disparo desde tribuna.
—O desde torre al salir.
—Registraré ambas.
Padre Mateo caminó hacia la nave central. Se detuvo en el lugar donde se colocaría el banco reservado al virrey y autoridades. Desde allí miró al altar, luego a las tribunas laterales, luego hacia la entrada principal.
—Mañana todos mirarán al altar —dijo.
—Salvo los soldados —respondió el capitán.
—Y el asesino.
Leoz se acercó.
—¿Y Blackthorne?
—Si viene, mirará donde quiera que miremos nosotros.
—¿Vendrá?
—Sí.
Salvatierra se volvió.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque si el golpe debe producir una frase pública, el autor querrá estar entre quienes la oyen. O al menos cerca.
—Está bajo vigilancia en su residencia.
—¿Ha intentado salir?
—No.
—Entonces quizá no necesita salir.
El capitán entendió.
—Mensajeros.
—Mapas. Rutas. Hombres comprados. Puertas laterales. Velas que señalan. Un comerciante no mueve su cuerpo si puede mover mercancías.
Padre Mateo se acercó al altar lateral donde varias familias solían dejar ofrendas. Había un ramo de flores blancas. Lo olió.
Jazmín.
Pero natural.
No cera.
—Mañana revise cada ramo —dijo.
El sacristán se indignó.
—¿Flores también?
—Las flores no han matado a nadie, que sepamos. Pero han servido para tapar olores peores.
—Esto es una casa de Dios.
Padre Mateo lo miró.
—Por eso conviene que los hombres entren con menos trampas.
La segunda parada fue la residencia de Blackthorne.
No entraron por la puerta principal.
Salvatierra había obtenido del virrey una orden de inspección ampliada sobre documentos comerciales, bodegas y dependencias asociadas a la casa del inglés.
Blackthorne permanecía bajo vigilancia en sus habitaciones, formalmente no arrestado, prácticamente encerrado por una cortesía que empezaba a parecer jaula.
Recibió la noticia con una serenidad que a Padre Mateo le habría parecido admirable si no la hubiera encontrado tan irritante.
—¿Otra visita, padre? —dijo desde el umbral de su despacho, escoltado por dos guardias.
—Empiezo a encariñarme con su mobiliario.
—Tenga cuidado. El cariño es mal consejero.
—Lo sé. Por eso no lo uso en investigaciones.
Blackthorne llevaba casaca oscura, sin guantes esta vez. El anillo de ónix seguía en su mano. La ausencia de guantes parecía calculada. Como quien ofrece limpieza porque sabe que ya han acusado la tela.
Salvatierra entregó la orden.
—Revisaremos mapas, correspondencia, registros de visitas, libros de rutas, caballerizas, almacenes y cualquier dependencia vinculada a sus actividades.
—Por supuesto —dijo Blackthorne—. Colaboraré.
—Esa palabra nos persigue —murmuró Leoz.
El inglés lo oyó y sonrió.
—Don Francisco aprende ironía peligrosa.
—Tuve maestros insistentes —respondió Leoz, antes de arrepentirse un poco.
Padre Mateo no ocultó su satisfacción.
Blackthorne los condujo al despacho.
Era una estancia amplia, ordenada con precisión elegante.
Mapas de rutas marítimas y terrestres ocupaban una pared.
Veracruz, Cádiz, La Habana, Jamaica, Londres, Campeche, México.
Líneas finas marcaban movimientos de mercancías, puertos, tiempos de navegación, contactos.
Había también un mapa de la ciudad de México, mucho más detallado de lo habitual para un simple comerciante extranjero.
Padre Mateo se acercó a él.
—Bonito mapa.
—Útil.
—Demasiado útil.
—Para mover mercancías conviene conocer calles.
—Y para mover hombres.
Blackthorne no respondió.
El mapa mostraba rutas desde el palacio a la catedral, desde casas principales hasta bodegas, desde portales comerciales a conventos y parroquias. Algunas calles estaban marcadas con pequeños puntos de tinta casi invisibles. Leoz se acercó.
—¿Qué significan esas marcas?
—Lugares de entrega —respondió Blackthorne.
—¿De mercancía?
—A veces.
Padre Mateo señaló una cerca de San Lázaro.
—Aquí estaba la bodega de Ramiro.
—No sé de qué bodega habla.
—Claro.
Señaló otra cerca de la casa de Yáñez.
—Aquí vivía Tomás Yáñez.
Blackthorne miró el punto sin mover el rostro.
—Muchos escribanos viven cerca de San Agustín.
—Y este fue señalado en su mapa por pura devoción cartográfica.
Salvatierra arrancó el mapa de la pared con menos delicadeza de la que habría preferido un archivista.
—Esto queda requisado.
—Como disponga el virrey —dijo Blackthorne.
Padre Mateo observó que no protestaba por el mapa.
Eso lo inquietó.
—No le duele perderlo.
—Tengo otros.
—No lo dudo. Pero no todos con los mismos puntos.
El inglés sonrió.
—Padre, empieza a atribuir alma a los papeles.
—No. Solo memoria.
Pasaron a los cajones del despacho.
Encontraron correspondencia comercial, facturas, cartas en inglés y francés, anotaciones cifradas de cantidades, rutas y nombres abreviados.
Algunas eran incriminatorias en materia de contrabando.
Otras sugerían tanteos políticos. Ninguna decía: “mátese a don Gaspar”, “envenénese a don Baltasar” o “estrangúlese al muchacho”.
Los asesinos inteligentes rara vez dejaban la sangre en tinta.
Leoz descubrió un pequeño cuaderno encuadernado en cuero.
—Padre.
Lo abrió.