Todas las coartadas menos una #5
—Quiero decir que, para quienquiera que dirigiera esto, Sebastián representaba un riesgo.
—No. Ha dicho “era un riesgo”.
—Está jugando con palabras.
—No. Estoy escuchando las suyas.
Blackthorne se levantó.
—Esta conversación ha terminado.
—Todavía no.
—Si pretende acusarme, hágalo.
—Lo haré.
—¿De matar?
—De momento, de mentir sobre todas sus coartadas.
El inglés sonrió con frialdad.
—Eso no basta.
—No. Pero bastará para que ya no parezca indispensable.
La frase lo golpeó donde debía.
Blackthorne se quedó quieto.
—Ahí está —dijo Padre Mateo en voz baja—. Eso sí le duele.
—No sabe nada de mí.
—Sé que no le basta con vencer. Necesita que los demás comprendan que su plan era superior. Por eso se ofreció. Por eso vino. Por eso trajo papeles. Por eso corrigió interpretaciones. Por eso no huyó. Un hombre que solo teme la justicia escapa. Usted se quedó porque quería seguir siendo autor.
Los ojos de Blackthorne cambiaron. No hubo confesión. Pero sí verdad sin firma.
—Los autores también pueden ser mal leídos —dijo.
—Entonces corrija.
Silencio.
Padre Mateo empujó hacia él las hojas en blanco.
—Escriba sus coartadas completas. Con horas, nombres y lugares. Ahora.
Blackthorne miró la pluma.
Durante un instante pareció que iba a tomarla.
Luego sonrió.
—No.
—¿No?
—No participaré en una representación cuyo final ya ha decidido.
—Se equivoca. Aún no he decidido si usted es el asesino o el hombre que convirtió asesinos menores en instrumentos.
—Sutileza jurídica.
—Sutileza moral. Importa más.
Blackthorne se inclinó hacia él.
—Padre Mateo, hay hombres en esta ciudad que desearon cada paso. Hombres españoles. Hombres respetables. Hombres que ahora lo mirarán a usted como salvador si les permite culpar al inglés. ¿Les dará ese regalo?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Entonces quizá sea usted más peligroso para ellos que para mí.
—Eso espero.
La puerta se abrió.
Revillagigedo entró.
Blackthorne se volvió lentamente. Su rostro no mostró sorpresa, lo que confirmó que ya sabía que escuchaban.
—Excelencia.
—Mister Blackthorne —dijo el virrey—, hasta nueva orden queda usted bajo vigilancia directa y no podrá abandonar su residencia.
—¿Arresto?
—Llámelo prudencia gubernativa.
—Eso ofenderá a mi nación.
—Su nación está lejos. Mis muertos, cerca.
Blackthorne inclinó la cabeza.
—Como ordene.
Padre Mateo lo miró.
—Una última cosa.
—¿Sí?
—La próxima vez que escriba el final, no deje tantas hojas en blanco.
El inglés no respondió.
Salió escoltado.
No derrotado.
Eso preocupó a Padre Mateo.
Los hombres verdaderamente vencidos miran al suelo, a la puerta o al verdugo.
Blackthorne miró el mapa de la ciudad antes de salir.
Como si aún quedara una pieza por mover.
Al caer la tarde, las reacciones comenzaron.
Don Esteban de Arriaga envió documentos para probar que había sido “engañado por promesas comerciales de naturaleza ambigua”. Don Julián Echevarri no envió nada. Eso era más grave. Doña Mariana mandó una nota con una sola frase:
“Si el inglés mira todavía el tablero, pregúntese qué pieza no hemos visto.”
De la Serna pidió más guardias.
Tomás Yáñez quiso declarar de nuevo, pero cuando Leoz llegó, solo pudo añadir que una de las copias que había hecho no se refería a comerciantes, sino a “un acto público”. No recordaba fecha. No recordaba lugar. Recordaba una palabra: campanas.
Padre Mateo recibió esa información al mismo tiempo que Salvatierra entraba con noticias peores.
—Don Julián Echevarri ha desaparecido.
El virrey se levantó.
—¿Cómo?
—Debía permanecer en su casa. Sus criados dicen que se retiró a su despacho. Cuando entraron, la ventana trasera estaba abierta. Dejó una nota.
Salvatierra la entregó a Padre Mateo.
La letra era de don Julián, limpia y fría.
“No cargaré con una traición que otros diseñaron ni con una sangre que otros derramaron. Si buscan la próxima frase, miren donde la ciudad tenga que escucharla.”
Leoz susurró:
—Campanas.
Padre Mateo sintió que el mapa volvía a abrirse.
Cada muerte había producido una frase. Pero quizá faltaba una más. No una muerte escondida en patio, despacho o corral. Una frase pública. Un golpe sonoro.
El virrey lo entendió a la vez.
—¿Qué acto público hay mañana?
Leoz revisó el calendario de palacio con manos torpes.
—Misa solemne por los difuntos y rogativa por la paz de la ciudad. En la catedral. Asistirán familias principales, comerciantes, representantes del gobierno…
—Y el virrey —dijo Salvatierra.
El silencio fue inmediato.
Padre Mateo miró el papel de don Julián.
“Donde la ciudad tenga que escucharla.”
Campanas.
Catedral.
Multitud.
Confianza.
Ahora comprendía por qué Blackthorne había mirado el mapa al salir. No buscaba huida. Medía escenario.
—Excelencia —dijo Padre Mateo—, mañana no quieren solo otra muerte.
Revillagigedo lo miró.
—¿Qué quieren?
—Una frase que todos oigan a la vez.
Leoz, muy pálido, preguntó:
—¿Cuál?
Padre Mateo dobló la nota de don Julián.
—Que ni siquiera el virrey está seguro bajo las campanas de Dios.
La sala quedó inmóvil.
Fuera, la ciudad comenzaba a encender sus luces.
Y por primera vez desde que Padre Mateo había llegado a Nueva España, el asesino —o la operación entera— dejaba de mirar hacia atrás.
El siguiente crimen, si no lo impedían, ya no sería una pista.
Sería un mensaje.