Todas las coartadas menos una #4
—De las reuniones. De los tanteos. De la idea de usar el miedo al virrey. Habló con fray Anselmo. Se asustó. Dijo que una cosa era presionar por beneficios y otra entrar en juegos de ingleses.
—¿Quién lo supo?
—Baltasar. Don Julián. Yo. Tal vez Blackthorne.
—¿Tal vez?
—Blackthorne habló con él esa tarde.
Padre Mateo recordó a fray Anselmo.
“Eso es jugar demasiado alto incluso para mí.”
Ahí estaba.
—¿Y Baltasar?
—Baltasar guardó papeles para protegerse. Si Gaspar caía, él podía negociar. Pero cuando Gaspar murió, Baltasar tuvo miedo. Quiso vender la lista.
—¿A quién?
—No sé. Quizá a doña Mariana. Quizá al virrey. Quizá al mejor postor.
—Y murió.
—Sí.
—Sebastián llevaba el papel.
—Sí.
—¿Y Ramiro?
—Ramiro hacía lo que Blackthorne necesitaba que se hiciera sin tener que pedirlo dos veces.
Padre Mateo se acercó.
—Esa frase sí es importante. ¿Blackthorne ordenaba explícitamente?
—No siempre. Ese era su talento. Decía lo que convenía que ocurriera. Otros lo convertían en hecho. Si salía bien, él lo había previsto. Si salía mal, él solo había conversado.
Leoz escribió con furia.
—¿Puede firmarlo?
De la Serna se quedó inmóvil.
—Si firmo, muero.
Padre Mateo dijo:
—Si no firma, puede morir también, pero peor acompañado por su conciencia.
El prestamista miró al sacerdote.
La frase pesó.
Al final firmó.
No todo. No una acusación directa de asesinato. Pero sí lo bastante para unir a Blackthorne con la operación política, con don Julián como contacto local y con Gaspar y Baltasar como hombres que quisieron apartarse o protegerse.
Era un paso.
No el último.
La inspección comercial a la casa de Blackthorne produjo dos resultados y una ausencia.
Los resultados: sus criados confirmaron salidas nocturnas y visitas de Ramiro.
En la caballeriza, un caballo presentaba señales de haber sido usado la noche de Sebastián y lavado después con más celo de lo habitual.
En un arcón de despacho encontraron papel del mismo tipo que el usado por Yáñez, aunque Blackthorne podía alegar que ese papel circulaba por sus operaciones comerciales.
La ausencia: faltaba un libro de visitas.
El criado Martín afirmó que nunca había existido.
Hernando, el mozo de caballerizas, juró que sí. Lo había visto muchas veces sobre una mesa lateral del despacho.
—¿Cuándo desapareció? —preguntó Padre Mateo.
—Después de la visita al palacio. La noche en que ustedes lo interrogaron.
—¿Quién pudo llevarlo?
—Mister Blackthorne. O Martín. No sé.
—¿Quemaron algo?
—En el patio trasero hubo brasas al amanecer.
—¿Qué día?
—El mismo.
Padre Mateo miró las cenizas. Quedaba poco. Pero entre restos negros apareció una esquina de cubierta de cuero, con una letra dorada casi borrada:
V.
Visitas.
Leoz se agachó junto a él.
—Destruyó el libro.
—Sí.
—Entonces había nombres.
—O ausencias.
—¿Ausencias?
—Quizá el libro habría mostrado que no recibió a quien dice haber recibido. O que recibió a quien niega conocer. Los libros no solo hablan por lo que contienen. También por lo que obligan a quemar.
En el despacho de Blackthorne, Padre Mateo observó la mesa. Orden impecable. Tinteros limpios. Cajas cerradas. Mapas enrollados. Un olor leve a tabaco extranjero. Ninguna vela perfumada a la vista.
Sobre una repisa había varios libros: comercio, navegación, historia natural, política inglesa, un volumen de sermones españoles, una gramática náhuatl apenas abierta y un ejemplar de Tácito en latín.
Padre Mateo lo tomó.
Dentro, una marca en una página.
Leyó la línea.
“Corruptissima re publica plurimae leges.”
Cuando la república es más corrupta, más numerosas son las leyes.
Sonrió sin alegría.
—Vanidoso hasta para subrayar.
Leoz se acercó.
—¿Importa?
—Todo lo subrayado importa para quien lo subraya. Nos dice qué pensamiento desea encontrar cuando abre el libro.
—¿Y este?
—Que las leyes abundantes son síntoma de corrupción. Frase muy útil para un hombre que quiere convencer a comerciantes de que el orden del virrey es enfermedad.
Guardó nota.
Al salir, Martín se acercó temblando.
—Padre.
—¿Sí?
—Mister Blackthorne dijo una vez que usted acabaría preguntando por sus horas.
Padre Mateo se volvió.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Qué más dijo?
—Que eso significaría que había llegado al principio del final.
Leoz sintió un escalofrío.
—¿Dijo algo más?
Martín bajó la voz.
—Que el final debía escribirse antes de que usted lo leyera.
La conversación reservada con Blackthorne quedó fijada para la tarde.
El inglés acudió puntual.
Demasiado puntual, pensó Padre Mateo. Pero la impuntualidad habría sido ya confesión de nervios. Blackthorne eligió la máscara más difícil: la normalidad.
Lo recibieron en una sala del palacio con una mesa, dos sillas y una ventana alta.
El virrey no estaría presente, aunque escucharía desde una estancia contigua a través de una puerta entornada.
Salvatierra había colocado hombres en las salidas.
Leoz permanecería detrás de una celosía, con papel y pluma.
Blackthorne sabría que no estaban solos, pero no cuánto.
Cuando entró, saludó con su cortesía habitual.
—Padre Mateo.
—Mister Blackthorne.
—Veo que ha elegido un lugar aburrido.
—Lo prometí.
—La sinceridad florece poco en habitaciones oficiales.
—No buscamos flores.
Blackthorne se sentó.
Padre Mateo no abrió con acusación. Colocó sobre la mesa tres hojas en blanco.
El inglés las miró.
—¿Debo escribir algo?
—Sí.
—¿Una confesión? Sería precipitado.
—Una coartada.
La palabra hizo lo que debía.
No derribó la máscara. Pero la tocó.
Blackthorne levantó lentamente la vista.
—¿Perdón?
—Una coartada. Tres, para ser exactos. Dónde estaba usted durante la muerte de don Gaspar. Dónde durante la de don Baltasar. Dónde durante la de Sebastián Mier.
—Ya respondí a algunas de esas cuestiones.
—Respondió como aliado. Ahora responda como sospechoso.
El silencio fue claro.
Blackthorne no protestó de inmediato. Eso también fue inteligencia.
—¿Soy sospechoso formal?
—Es sospechoso lógico.
—Curiosa categoría.
—Más cómoda que la horca y menos que la inocencia.
El inglés se reclinó ligeramente.
—Me sorprende que haya tardado tanto.
—A mí también.
La respuesta lo tocó más que una acusación.
—¿Por qué ahora?
—Porque hemos pedido coartada a todos menos a usted. Y en una investigación, lo que falta habla más alto que lo que sobra.
Blackthorne miró las hojas.
—Gaspar. Ya lo dije. Estuve en casa de don Manuel Aguirre, con comerciantes.
—Salió media hora después de las once y media.
El inglés no respondió.
—Baltasar. Dijo estar en su despacho. Salió antes del mediodía y volvió después de la una. Se cambió de chaleco y ordenó que dijeran que no había salido.
—Eso es falso.
—Lo dice Martín.
—Martín es criado. Los criados temen.
—Sí. Por eso suelen mentir a favor del amo antes que contra él.
Blackthorne guardó silencio.
—Sebastián —continuó Padre Mateo—. Salió usted de noche, con capa oscura. Volvió antes del alba. Ramiro el Seco entró en su casa con sangre en la manga al día siguiente. Recibió camisa limpia.
El inglés miró hacia la ventana.
—¿Ramiro está detenido?
—No.
—Entonces tiene testimonios de criados asustados y de un prestamista acorralado.
—Y una lista hallada en una bodega vinculada a sus operaciones.
—¿La lista que me nombra?
—Sí.
—¿No le parece demasiado conveniente?
—Mucho.
Blackthorne volvió a mirarlo.
—Entonces aún duda.
—Sí.
—Eso lo honra.
—No lo haga sonar como virtud. Es método.
El inglés tomó una de las hojas en blanco. No escribió.
—Padre, si yo fuera el arquitecto de todo esto, ¿cree que dejaría listas, criados, mensajeros, velas, iniciales y rutas apuntando hacia mí?
—Sí, si deseara poder decir exactamente esa frase.
Por primera vez, Blackthorne sonrió con algo parecido a placer verdadero.
—Ah.
—Además, no todas apuntaban a usted. Primero apuntaron a Villaclara. Luego a De la Serna. Luego a don Julián. Usted ha aparecido al final, como quien acepta ser visto cuando ya hay demasiadas sombras para distinguirlo.
—Una construcción admirable.
—Suena como si la apreciara.
—Aprecio la inteligencia incluso cuando se equivoca.
—Entonces apreciará la siguiente parte. Usted no necesitaba matar con sus manos.
Necesitaba que cada muerte produjera una frase.
Gaspar: los ricos no están seguros. Baltasar: el culpable actúa aunque la justicia tenga preso a un hombre.
Sebastián: ni los pequeños están seguros si leen demasiado.
Cada muerte golpea la confianza en el virrey.
Cada rumor empuja a los comerciantes hacia la idea de que necesitan otra protección, otra autonomía, otro futuro.
Blackthorne no se movió.
—¿Y yo soy ese futuro?
—No. Usted es quien venía a venderlo.
El inglés dejó la hoja en la mesa.
—Padre Mateo, España es un gigante que camina con botas viejas.
Sus territorios cambian más deprisa que sus leyes.
Sus comerciantes respiran por rendijas. Sus criollos se sienten tratados como hijos menores.
Sus funcionarios ordenan desde papeles que llegan tarde.
Si alguien escucha ese malestar, no lo inventa.
—No. Pero puede usarlo.
—Todos usan algo.
—Los criminales usan muertos.
—Y los imperios usan hombres vivos durante siglos. No me sermonee sobre moral política desde el lado cómodo de la obediencia.
La frase llegó con calor.
Ahí estaba. Bajo la cortesía, una convicción.
Padre Mateo no sonrió.
—Por fin habla usted sin guantes.
Blackthorne se dio cuenta y recuperó el tono.
—Discúlpeme. La acusación injusta cansa incluso a los ingleses.
—No se disculpe. Ha sido lo más sincero que ha dicho desde que llegó.
—No he matado a nadie.
—Quizá.
—No ordené matar a Gaspar.
—¿Y a Baltasar?
—No.
—¿Sebastián?
El silencio fue mínimo.
Pero existió.
Padre Mateo lo vio.
—Sebastián era un muchacho —dijo.
—Sebastián era un riesgo —respondió Blackthorne.
La frase salió antes de que pudiera vestirla.
Ya no hubo retorno.
Desde la estancia contigua, quizá el virrey había dejado de respirar.
Padre Mateo sostuvo la mirada del inglés.
—Repítalo.
Blackthorne comprendió.
La máscara volvió, tarde.