Todas las coartadas menos una #3
—Hernando —dijo—. ¿Blackthorne habló alguna vez de Sebastián?
—No por nombre.
—¿Cómo?
—Dijo que los muchachos que leen cartas ajenas no llegan a viejos.
Leoz levantó la vista, horrorizado.
—¿Cuándo?
—El día antes de que lo encontraran.
Padre Mateo sintió que la ira fría volvía, pero no la dejó tomar la pluma.
—Basta por ahora.
Cuando Hernando salió, Salvatierra habló con voz dura:
—Ahora sí.
Padre Mateo miró los tres bloques de notas.
Gaspar: salida de media hora durante su supuesta reunión.
Baltasar: ausencia entre mediodía y una; cambio de chaleco; instrucción de mentir.
Sebastián: salida nocturna; regreso antes del alba; Ramiro en su casa con sangre.
No era confesión. Era algo mejor: una arquitectura de imposibilidades rotas.
—Ahora sí tenemos el vacío —dijo.
Leoz frunció el ceño.
—¿El vacío?
—El lugar donde debían estar sus coartadas.
Padre Mateo pidió entonces una mesa grande.
No por comodidad. Por geometría moral.
Leoz extendió sobre ella tres columnas: Gaspar, Baltasar, Sebastián. Bajo cada nombre, hora, lugar, prueba falsa, efecto social, sospechoso señalado, anomalías, relación con Blackthorne.
Padre Mateo fue dictando.
—Gaspar. Prueba: fragmento “…llaclara”. Sospechoso señalado: Villaclara.
Efecto social: familias principales exigen seguridad; virrey parece presionado por crimen de rico.
Anomalías: olor dulce, pañuelo desaparecido, visita previa de Blackthorne, coartada real de Villaclara, salida no explicada de Blackthorne durante reunión.
Leoz escribía con rapidez.
—Baltasar. Prueba: nota falsa imitando estilo de Villaclara, escrita por Yáñez.
Sospechoso señalado: Villaclara con cómplices.
Efecto: la cárcel no basta; autoridad equivocada; miedo entre comerciantes.
Anomalías: carta desaparecida, botella desaparecida, vela perfumada, De la Serna implicado, salida no declarada de Blackthorne y cambio de chaleco.
—Sebastián. Prueba o mensaje: sombrero, nota “Demasiado tarde”, fragmento “E. B.”, cuerpo pobre.
Sospechoso posible: Ramiro, quizá Blackthorne, quizá alguien que usa ambos.
Efecto: nadie está seguro; hasta los pequeños mueren; el miedo baja al pueblo.
Anomalías: Blackthorne fuera de noche, Ramiro con sangre en su casa, lista casi completa en bodega, nota inglesa sobre la utilidad de la tercera muerte.
Salvatierra observaba la mesa como si fuera un campo de batalla.
—Así visto, es claro.
—Demasiado claro —dijo Padre Mateo.
El capitán cerró los ojos con paciencia herida.
—Padre…
—No retiro nada. Blackthorne está en el centro. Pero no quiero que el centro nos ciegue. ¿Quién pudo facilitarle información íntima? ¿Quién supo lo de Isabel? ¿Quién entregó muestras de letra? ¿Quién permitió acceso a papeles de Gaspar y Baltasar? ¿Quién se beneficiaba localmente?
Leoz empezó a completar otra columna.
—Arriaga: honor familiar, presión contra virrey, intereses comerciales.
—Echevarri: ambición, enlace con Isabel, operaciones de tierras, posible contacto con De la Serna.
—De la Serna: deudas, papeles, miedo, contacto con Yáñez.
—Doña Mariana: conocimiento de salones, conversación con Blackthorne, posible destinataria de lista.
—Fray Anselmo: sabe por confesión, pero no parece actor.
—Salvatierra: información militar, vigilancia sobre ingleses, coartada suficiente.
El capitán alzó una ceja.
—Agradezco figurar.
—Todos figuran hasta que la verdad los borra.
—¿Y usted?
Padre Mateo lo miró.
—Yo llegué tarde para matar al primero. A veces Dios concede coartadas humildes.
Leoz sonrió pese al cansancio.
Padre Mateo señaló la mesa.
—Blackthorne pudo diseñar el uso político.
Pero necesitó materiales locales. Villaclara como falso culpable.
Isabel como mordaza. Yáñez como mano falsa.
Ramiro como músculo. De la Serna como miedo.
Baltasar y Gaspar como puertas de entrada.
La pregunta es si todos fueron instrumentos inconscientes o si alguno colaboró sabiendo que habría sangre.
Salvatierra se inclinó.
—Ramiro lo dirá.
—Si aparece.
—Aparecerá.
—Vivo.
—Eso intentaré, aunque empieza a parecer costumbre desagradable.
El virrey entró entonces en la sala.
Había escuchado la última frase desde la puerta.
—¿Qué tenemos?
Leoz le mostró la mesa.
Revillagigedo leyó en silencio. A medida que avanzaba, su rostro se endurecía. No con sorpresa. Con esa tristeza seca de los hombres que ven confirmarse la peor posibilidad administrativa: que el desorden no es accidente, sino intención.
—Blackthorne no tiene coartada suficiente para ninguna de las tres muertes —dijo al fin.
—No —respondió Padre Mateo.
—Y mintió sobre sus movimientos.
—Sí.
—Y recibió a Ramiro.
—Sí.
—Y aparece en la lista como contacto principal.
—Sí.
—¿Por qué no lo detenemos ya?
Padre Mateo miró al virrey.
—Porque todavía necesitamos que hable sin sentirse oficialmente derrotado.
—¿Para qué?
—Para saber hasta dónde llega la red. Si lo prendemos ahora, los locales quemarán papeles, huirán, fingirán haber sido engañados, y tal vez sea cierto a medias. Necesitamos que Blackthorne intente salvarse separándose de ellos o que ellos intenten salvarse separándose de él.
Revillagigedo entendió.
—Dividirlos.
—No. Dejar que se dividan por miedo.
—¿Cómo?
Padre Mateo señaló la mesa.
—Filtre, de forma controlada, que Ramiro ha sido localizado y que se espera su captura inmediata. No diga que tenemos coartadas rotas de Blackthorne. No diga que tenemos lista completa. Pero haga saber a tres casas distintas que los mensajeros están hablando.
—¿Qué casas?
—Arriaga, Echevarri, De la Serna.
—De la Serna está bajo custodia.
—Que lo sepa de todos modos. El miedo del protegido también habla.
—¿Doña Mariana?
—A ella no. Si se entera por otra vía, sabremos algo de esa vía.
El virrey miró a Salvatierra.
—Hágalo.
—Sí, excelencia.
—Y Blackthorne.
Padre Mateo respondió:
—Mantenga la conversación prevista. Pero antes quiero una cosa.
—¿Cuál?
—Sus libros de visitas, si existen. Sus criados ya hablaron. Ahora quiero ver a quién ha recibido y cuándo desde antes de la muerte de Gaspar.
—No los entregará voluntariamente.
—Entonces que los entregue por orden del virrey dentro de una inspección comercial, no criminal.
Revillagigedo asintió.
—Se puede hacer.
—Y sus caballos.
—¿Sus caballos?
—Quiero saber cuáles fueron usados esas noches. Un hombre puede mentir con la boca; una caballeriza miente peor.
Salvatierra soltó una risa breve.
—Eso me gusta.
—A mí también. Me recuerda a las mulas, que han sido más sinceras que varios caballeros de esta ciudad.
La filtración funcionó antes de lo previsto.
Al mediodía, un criado de la casa Arriaga solicitó entregar una nota “reservadísima” al palacio.
Venía de don Esteban. Pedía audiencia urgente con el virrey y aseguraba que tenía información sobre “ciertos excesos de comerciantes extranjeros” que hasta entonces no había querido mencionar “por evitar alarma pública”.
—Qué rápido crece la memoria cuando se riega con miedo —dijo Padre Mateo.
Media hora después llegó otra nota de don Julián Echevarri. Más fría. Más breve. Decía que, ante las nuevas circunstancias, deseaba poner a disposición del gobierno documentos relativos a operaciones en las que “personas extranjeras” habían abusado de la buena fe de casas locales.
—Personas extranjeras —leyó Leoz—. No dice Blackthorne.
—Los hombres prudentes no nombran al incendio hasta que saben hacia dónde sopla el viento.
La tercera reacción fue de De la Serna.
No envió nota.
Pidió confesarse.
—Eso puede ser bueno —dijo Leoz.
Padre Mateo cerró los ojos.
—O muy malo.
—¿Por qué?
—Porque un hombre que pide confesión quizá quiere salvar el alma antes de perder el cuerpo. O quiere encerrar la verdad donde yo no pueda usarla.
—¿Irá?
—Sí. Pero no como investigador. Como sacerdote.
Leoz pareció entender la dificultad.
—¿Y si dice algo esencial?
—Entonces solo podré actuar con lo que pueda obtener fuera del sacramento.
—Eso es terrible.
—No. Es sagrado. A veces lo sagrado resulta terriblemente incómodo.
Salvatierra, al recibir la noticia, no compartió la delicadeza.
—Si De la Serna sabe algo, debe declararlo.
—Y declarará si puede. Pero si pide confesión, no convertiré el confesionario en celda.
—Aunque muera gente.
Padre Mateo miró al capitán.
—Precisamente porque muere gente.
La respuesta no satisfizo a Salvatierra, pero lo detuvo. Había aprendido que el fraile podía ser flexible en cortesías, horarios y chocolates, pero no en ciertos límites. Allí no había modo de empujarlo.
De la Serna no confesó un crimen.
Confesó miedo.
Eso no podía usarse en un acta, pero sí se podía escuchar como se escucha el temblor de una casa antes de caer.
Padre Mateo salió de la capilla privada del palacio con el rostro cerrado.
No dijo nada de lo oído. Solo pidió a Leoz que llamara de nuevo al prestamista, esta vez ante escribano, y que le hiciera una pregunta concreta:
—¿Quién le entregó a Blackthorne los primeros nombres de comerciantes descontentos?
De la Serna, pálido aún por la confesión, respondió tras un largo silencio:
—Don Julián Echevarri.
Leoz casi dejó caer la pluma.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿A cambio de qué?
—Acceso a crédito extranjero, rutas, participación en mercancías, y la promesa de que, cuando el virrey quedara políticamente debilitado, ciertas casas podrían negociar mayor autonomía práctica en asuntos de comercio.
—¿Don Esteban lo sabía?
—Sabía una parte. No toda. Quería presión, no sangre.
—¿Don Julián sabía de la sangre?
De la Serna cerró los ojos.
—No al principio.
—¿Y después?
—Después todos supimos demasiado tarde.
—¿Quién decidió matar a don Gaspar?
—No lo sé.
—¿Quién podía ordenarlo?
—Blackthorne. O Ramiro por él. O alguien que creyó que Blackthorne lo agradecería.
—Eso no basta.
—No tengo más.
Padre Mateo, que estaba presente ahora como investigador, intervino:
—Sí tiene más. ¿Qué papel tenía don Gaspar antes de morir?
De la Serna respiró hondo.
—Quería retirarse.
—¿De qué?