Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Todas las coartadas menos una #2
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Todas las coartadas menos una #2

—No —murmuró.

Leoz levantó la cabeza.

—¿Padre?

—No han dicho todo lo que debían. Todavía no.

La ciudad despertó envuelta en una normalidad de porcelana.

Las campanas llamaron a misa. Los vendedores pregonaron frutas, pan y agua.

Los coches salieron de los patios. Las damas acudieron a rezar con velos cuidadosamente dispuestos sobre rostros que habían dormido poco.

Los comerciantes abrieron libros de cuentas con más atención a las puertas que a las cifras.

Los criados fingieron no saber lo que sabían.

Las tertulias de la noche anterior comenzaron a multiplicarse en versiones como un espejo roto.

Padre Mateo no desayunó.

Eso inquietó a Leoz más que los muertos.

—Debería tomar algo.

—La ciudad ya ha desayunado rumores por los dos.

—Al menos pan.

—Luego.

—Eso dijo ayer.

—Y sigo vivo. Prueba suficiente contra su insistencia.

—No contra su prudencia.

Padre Mateo lo miró con una leve sonrisa.

—Don Francisco, empieza usted a regañar como fraile viejo.

—He tenido maestro.

—Entonces le compadezco.

Estaban en una sala del palacio, con tres mesas ocupadas por testimonios. Salvatierra enviaba hombres y recibía respuestas. Leoz ordenaba por horas, lugares y nombres. Padre Mateo leía, comparaba, tachaba, volvía atrás.

Primera muerte: don Gaspar de Luján.

Hora aproximada: entre medianoche y antes del alba. Más probable, entre las doce y la una, según el enfriamiento descrito por el médico y los últimos testimonios de criados.

Don Alonso: en casa de los Arriaga desde poco después de las once hasta cerca de la una. Confirmado por doña Isabel y Rosa; corroborado parcialmente por mozo de cuadra.

Doña Isabel: en su casa.

Don Esteban: en la casa Arriaga, según criados y dos visitas que se retiraron hacia las once y media. Pero pudo moverse después. No descartado del todo.

Don Julián Echevarri: dijo estar en su casa. Dos criados lo confirman, pero uno durmió y otro no está seguro de la hora. Coartada débil.

Doña Mariana: en su casa con tertulia menor hasta medianoche. Tres testigos. Después sola. Coartada parcial.

Capitán Salvatierra: regresó al cuartel alrededor de las once y media. Dos oficiales lo vieron. Coartada aceptable, aunque no absoluta.

Fray Anselmo: volvió a su convento poco antes de medianoche, visto por portero y otro fraile. Coartada probable.

Blackthorne: según declaración propia, reunión con comerciantes en casa del consignatario don Manuel Aguirre.

Padre Mateo levantó la vista.

—¿Dónde está Aguirre?

Leoz consultó notas.

—Lo han traído a una sala contigua.

—Bien. Empecemos.

Don Manuel Aguirre era un comerciante de rostro sudoroso y barba recortada. Llegó nervioso, aunque intentaba parecer irritado por haber sido llamado tan temprano.

—Mister Blackthorne estuvo en mi casa aquella noche —dijo—. Lo recuerdo perfectamente.

—¿Desde qué hora? —preguntó Padre Mateo.

—Desde las nueve.

—¿Hasta?

—Tarde.

—La palabra tarde ha enviado más inocentes al purgatorio que algunos pecados. ¿Hasta qué hora?

Aguirre dudó.

—Medianoche quizá.

—¿Quizá?

—No miré reloj.

—¿Quién más estaba?

Dio tres nombres. Dos ya estaban siendo buscados. El tercero había salido hacia Puebla.

—¿Blackthorne permaneció siempre en la sala?

—Creo que sí.

—No le pregunto qué cree. Le pregunto qué vio.

Aguirre se limpió la frente.

—Salió un momento.

—¿Cuánto?

—No sé. Poco.

—¿Poco de hombre aburrido o poco de amante escondido?

—Padre…

—Tiempo.

—Media hora quizá.

Leoz dejó de escribir un instante.

—¿Media hora?

—Tal vez menos.

—¿Adónde fue?

—Dijo que necesitaba aire. Hacía calor. Algunos salieron al patio.

—¿Quién lo vio en el patio?

—No lo sé.

—¿A qué hora salió?

—Después de las once y media.

Padre Mateo no se movió.

—¿Después de las once y media?

—Creo.

—¿Y volvió?

—Sí. Antes de que terminara la reunión.

—¿A qué hora terminó?

—Pasada la medianoche.

—¿Cuánto se tarda de su casa a la de don Gaspar?

Aguirre miró a Leoz, como pidiendo auxilio administrativo.

Padre Mateo respondió por él:

—A pie rápido, menos de un cuarto de hora por calles secundarias. En coche, quizá más por el rodeo. Un hombre que conoce patios y callejones puede ir y volver en media hora.

Aguirre palideció.

—No digo que lo hiciera.

—No. Solo está dejando de decir que no pudo.

El comerciante tragó saliva.

—Padre, yo no quiero problemas con mister Blackthorne.

—Entonces debería haber elegido mejor sus amistades.

Segunda muerte: don Baltasar Ochoa.

Hora aproximada: poco después de comer. Veneno ingerido en bebida. Carta previa. Botella desaparecida. Nota falsificada por Yáñez colocada en escena.

Don Alonso: preso. Descartado como ejecutor directo.

Don Esteban: en su casa por la mañana, luego visita breve a casa de un socio. Regresó antes de comer. Coartada parcial, movible.

Don Julián: en despacho propio, según contador y criado. Salió entre una y dos “a asuntos”. No precisado.

De la Serna: en su casa hasta que fue a visitar a Baltasar después de comer y no fue recibido. Coartada débil, aunque su visita fue posterior.

Doña Mariana: en su casa hasta media tarde. Confirmado por criadas. Después recibió a Blackthorne.

Blackthorne: dijo estar en su despacho por la mañana y visitar a doña Mariana después de las cuatro.

Padre Mateo llamó al criado principal de la casa de Blackthorne.

Era un hombre llamado Martín, novohispano, de rostro cuidadoso y voz obediente. Temía a su amo incluso ausente.

—Mister Blackthorne estuvo en casa la mañana de la muerte de don Baltasar —dijo.

—¿Toda la mañana?

—Sí, padre.

—¿Lo vio usted toda la mañana?

—Entré varias veces a su despacho.

—¿A qué horas?

—A las nueve. A las diez. Luego… no recuerdo.

—¿Comió en casa?

Martín dudó.

—No.

—¿Dónde comió?

—No lo sé.

—¿Salió?

—Un momento.

—Otro momento. Esta ciudad se está componiendo de momentos mortales. ¿A qué hora?

—Antes del mediodía.

—¿Volvió?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de la una.

Leoz subrayó.

—¿Qué hizo al volver?

—Pidió agua, se cambió de chaleco y escribió cartas.

—¿Se cambió de chaleco? —preguntó Padre Mateo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijo que el calor era insoportable.

—¿El chaleco anterior?

—Lo mandó lavar.

—¿Dónde está?

—No sé.

—¿No sabe o desapareció?

El criado bajó la vista.

—Se envió a lavar fuera.

—¿A qué lavandera?

—No lo sé. La criada se ocupa.

—Traigan a la criada —dijo Padre Mateo a Leoz.

Martín respiraba con dificultad.

—Padre, mister Blackthorne es buen amo.

—No le he preguntado si paga a tiempo. Le pregunto por la verdad.

—No sé más.

—Sabe que salió. Sabe que volvió. Sabe que se cambió. Eso ya es más que su primera respuesta.

Martín parecía a punto de quebrarse.

—Dijo que si alguien preguntaba, estuvo escribiendo toda la mañana.

La sala quedó en silencio.

Padre Mateo no se alegró.

Las mentiras de los criados no siempre nacían de culpa. A menudo nacían de miedo al pan perdido.

—Gracias, Martín.

El criado levantó la vista, sorprendido.

—¿No me prenderán?

—Por ahora no. Pero si vuelve a mentir, no será por obediencia, sino por elección. Y eso cambia mucho ante Dios y ante el virrey.

Martín se santiguó.

—Sí, padre.

Cuando salió, Leoz respiró hondo.

—Blackthorne mintió.

—Sí.

—Tenía tiempo de ir a casa de Baltasar.

—Sí.

—Y cambiarse después.

—Sí.

—¿Veneno en el chaleco?

—Quizá. O mancha de vino. O olor. O nada. Pero mandó mentir sobre su presencia.

Leoz se quedó mirando sus notas.

—Eso ya es mucho.

—Y aún falta Sebastián.

Tercera muerte: Sebastián Mier.

Hora aproximada: noche anterior al hallazgo o primeras horas de la mañana. Golpe y estrangulamiento. Le arrebatan el papel del sombrero. El cuerpo es escondido cerca de una acequia.

Blackthorne: ningún registro claro. Dijo haber estado en su casa revisando cuentas y después en el portal de mercaderes por la mañana. Nadie lo interrogó formalmente sobre la noche.

Salvatierra trajo a otro criado de la casa inglesa, un mozo de caballerizas llamado Hernando.

—Mister Blackthorne salió esa noche —dijo casi antes de sentarse.

Padre Mateo lo miró.

—Qué alivio de testigo. ¿A qué hora?

—No sé exacta. Tarde. Después de que todos se recogieran.

—¿Solo?

—Sí.

—¿A pie, a caballo, en coche?

—A pie, con capa oscura.

Leoz escribió despacio.

—¿Volvió?

—Antes del alba.

—¿Lo vio usted?

—Yo dormía en caballerizas. Oí la puerta trasera. Me asomé. Era él.

—¿Cómo lo reconoció?

—Por la forma de andar. Y por la voz. Le dijo a Martín que no encendiera luz.

—¿Estaba manchado?

—No vi.

—¿Olía?

El mozo dudó.

—A tabaco.

—¿Fuma Blackthorne?

—A veces. Pero no ese tabaco. Era más fuerte. Como el de los mozos de puerto.

Padre Mateo sintió la línea cerrarse un poco más.

—¿Le dijo a alguien que callara?

—A Martín. Y a mí, al día siguiente. Dijo que la ciudad estaba revuelta y no convenía que un extranjero fuera visto de noche.

—Razón prudente.

—Sí.

—¿Por qué lo cuenta ahora?

Hernando bajó la cabeza.

—Porque ayer desapareció Ramiro el Seco.

—¿Lo conoce?

—Venía a la casa. Por la puerta de atrás.

Leoz dejó caer una gota de tinta sobre el papel.

—¿A ver a Blackthorne?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Meses.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

El mozo apretó los labios.

—Porque los hombres como yo no dicen cosas de hombres como él si quieren seguir comiendo.

Padre Mateo asintió.

—Esta vez ha elegido comer con mejor conciencia.

—¿Me protegerán?

—Eso intentamos.

—Ramiro mató al muchacho.

—¿Lo viste?

—No. Pero volvió con sangre en la manga. Lo vi en la casa de Blackthorne al día siguiente.

Salvatierra dio un golpe en la mesa.

—¿Ramiro estuvo allí después de la muerte de Sebastián?

—Sí, capitán.

—¿Con Blackthorne?

—No los vi juntos. Pero entró por atrás y salió sin la sangre. Le dieron otra camisa.

—¿Quién?

—Martín.

La cadena dejaba de ser cuerda. Empezaba a ser nudo.

Padre Mateo cerró los ojos un instante.

Sebastián Mier, muchacho flaco, golpeado, estrangulado, despojado de un papel. Ramiro con sangre. Blackthorne fuera de noche. Blackthorne ocultando salidas. Blackthorne recibiendo al mensajero por puerta trasera.

Aun así, la pregunta central seguía viva: ¿ordenó matar o solo protegió al ejecutor? ¿Era el arquitecto completo o el beneficiario que aceptó la sangre una vez derramada?