Padre Mateo y el mercader de sombras (Los casos del Padre Mateo 1) Todas las coartadas menos una
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Todas las coartadas menos una

No alcanzaron al fraile encapuchado.

Eso fue lo primero.

Lo segundo fue peor: tampoco alcanzaron a Ramiro el Seco.

Cuando Padre Mateo, Salvatierra, Leoz y dos hombres de confianza llegaron a la zona de San Lázaro, la noche se había espesado entre bodegas, corrales, almacenes y callejones donde la humedad parecía tener cuerpo propio.

La luna apenas tocaba los tejados. Olía a madera mojada, tabaco viejo, aceite, cuerda y mercancía encerrada.

En una calle lateral, un perro gruñó y se apartó con la prudencia que a veces falta a los hombres.

El soldado que había seguido al fraile encapuchado los esperaba junto a una puerta entreabierta.

—Entró ahí —dijo en voz baja—. O eso creí. Pero dentro no hay nadie.

Salvatierra lo agarró por el brazo.

—¿Lo creíste?

—Capitán, lo seguí hasta la puerta. Se metió. Cuando llegué, la bodega estaba vacía. Hay una salida trasera.

—¿Y no la cubriste?

El soldado bajó los ojos.

—No sabía que existía.

—Las salidas que no se saben son las únicas que importan —dijo Padre Mateo.

Salvatierra lo miró con irritación.

—No ayuda.

—No pretendía.

Entraron.

La bodega era menor que la registrada horas antes.

Había barriles vacíos, sacos de cal, unas cajas rotas y una lámpara apagada que aún conservaba calor.

Sobre una mesa vieja encontraron restos de cera blanca.

No una vela entera. Solo gotas endurecidas, perfumadas con aquella dulzura floral que ya parecía una firma burlona.

Leoz se acercó, pálido.

—Otra vez.

—Sí —dijo Padre Mateo.

El capitán revisaba el suelo con una linterna.

—Hay huellas. Dos hombres, quizá tres. Una bota fina. Otra más basta.

—¿Ramiro?

—Puede.

—¿Sangre?

—No aquí.

Padre Mateo caminó hasta la salida trasera. Daba a un callejón estrecho, casi sin luz. En el suelo, junto al umbral, había una fibra de tela oscura. La tomó con cuidado.

—Hábito.

Salvatierra se acercó.

—¿Entonces era un fraile?

—O alguien vestido como fraile. La tela no concede votos.

—¿Blackthorne pudo disfrazarse?

—Cualquiera con acceso a un hábito y poca vergüenza podría hacerlo.

—Blackthorne no parece hombre de meterse en un hábito.

—Precisamente por eso sería buen disfraz.

Leoz miró a un lado y a otro del callejón.

—¿Y Ramiro?

Padre Mateo no respondió. Volvió a entrar en la bodega. En una esquina, medio oculto bajo un saco, había un papel arrugado. Lo extendió.

No contenía amenaza.

Contenía una línea escrita con letra clara, no la torpe habitual:

“Cada cual ha dicho lo que debía.”

Padre Mateo leyó en silencio.

Luego lo pasó a Leoz.

—¿Qué significa? —preguntó el joven.

—Que alguien cree que las muertes ya han producido sus frases.

Salvatierra apretó la mandíbula.

—O que Ramiro ya no es necesario.

—Sí.

El capitán dio órdenes para registrar los alrededores. Los soldados se dispersaron. Buscaron en callejones, patios, corrales, almacenes, acequias. Encontraron colillas de tabaco fuerte, un pedazo de cordel y una sandalia vieja. Nada más.

Ni Ramiro.

Ni Blackthorne.

Ni fraile.

Ni cadáver.

Eso último, pensó Padre Mateo, era alivio y amenaza al mismo tiempo.

A la salida, Leoz caminaba a su lado con la respiración corta.

—¿Cree que Blackthorne estuvo aquí?

—No lo sé.

—Pero salió de la iglesia un fraile encapuchado.

—O alguien quiso que creyéramos que Blackthorne salió disfrazado de fraile.

—¿Y si era él?

—Entonces es más torpe de lo que parecía o más audaz de lo que conviene.

—No parece torpe.

—No.

Salvatierra regresó con rostro duro.

—Nada. La zona está llena de salidas. Si conocía el terreno, se nos fue antes de que llegáramos.

—Lo conocía —dijo Padre Mateo.

—¿Blackthorne?

—Quien fuera.

—Padre, está evitando decir su nombre.

—Estoy evitando regalarle una certeza que todavía no nos ha entregado.

El capitán dio un paso hacia él.

—Tenemos listas. Tenemos a Ramiro vinculado a sus bodegas. Tenemos velas. Tenemos palabras inglesas. Tenemos a Blackthorne entrando en una iglesia y quizá saliendo disfrazado mientras su mensajero desaparece. ¿Cuánto falta?

Padre Mateo lo miró sin ironía.

—Una cosa.

—¿Cuál?

—Saber dónde estaba Blackthorne cuando mataron a cada muerto.

Salvatierra abrió la boca y la cerró.

Leoz se quedó inmóvil.

Padre Mateo sintió, al ver sus rostros, que la frase acababa de iluminar no una habitación, sino un hueco. Un hueco tan grande que resultaba vergonzoso no haberlo visto antes.

Habían pedido coartadas a don Alonso, a don Esteban, a don Julián, a De la Serna, a Salvatierra, a criados, a escribanos, a viudas, a médicos.

Habían escuchado a Blackthorne.

Habían sospechado de Blackthorne.

Habían recibido su ayuda, sus papeles, sus advertencias, sus sonrisas, sus explicaciones.

Pero nadie, nadie, le había exigido una coartada completa y verificable para las tres muertes.

Padre Mateo cerró los ojos un instante.

—Mendacium habet breves pedes —murmuró.

Salvatierra frunció el ceño.

—¿Qué?

—La mentira tiene las patas cortas. Pero solo tropieza cuando alguien la obliga a caminar.

Regresaron al palacio antes del alba.

Revillagigedo no dormía.

Los gobernantes prudentes dormían poco en tiempos de crisis; los necios, demasiado; los culpables, según la fortaleza de sus nervios.

El virrey estaba en su despacho, con un mapa de la ciudad extendido y varios informes abiertos.

Al ver entrar a Padre Mateo, Leoz y Salvatierra, comprendió que la noche no traía cierre.

—¿Lo encontraron?

—No —dijo Salvatierra.

—¿A Ramiro?

—Tampoco.

Padre Mateo dejó sobre la mesa el papel hallado en la bodega.

Revillagigedo lo leyó.

“Cada cual ha dicho lo que debía.”

El virrey lo dejó lentamente.

—¿Otro mensaje?

—Más bien una firma moral —dijo Padre Mateo—. El asesino, o quien dirige al asesino, cree que cada muerte ha cumplido su función.

—Gaspar, Baltasar, Sebastián.

—Sí.

—¿Y Ramiro?

—Quizá debía callar. O quizá debía desaparecer para que todos miremos de nuevo hacia Blackthorne.

Revillagigedo observó al sacerdote.

—¿De nuevo duda?

—Dudo mejor.

Leoz, agotado, intervino:

—Padre Mateo ha advertido algo. No tenemos coartada real de Blackthorne para ninguna muerte.

El virrey se quedó quieto.

La frase parecía demasiado simple para ser nueva.

—Dijo que la noche de Gaspar estaba con comerciantes —recordó.

—Dijo —respondió Padre Mateo—. No comprobamos nombres, horas ni desplazamientos.

—El día de Baltasar…

—Dijo que estaba en su despacho por la mañana y luego visitó a doña Mariana por la tarde. Baltasar murió antes o poco después de comer. Entre ambos momentos hay sombra.

—Sebastián.

—No ha dado coartada. Ni se la pedimos.

Salvatierra apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Es cierto.

Revillagigedo caminó hasta la ventana. El cielo empezaba a clarear levemente.

—¿Cómo es posible?

Padre Mateo no rehuyó la respuesta.

—Porque nos ofreció ayuda antes de que lo tratáramos como sospechoso. Porque era extranjero, y acusarlo requería prudencia política. Porque había sospechosos más cómodos en cada crimen. Porque su cortesía ocupó el lugar que debía ocupar su coartada.

—Y porque todos creímos que alguien tan visible no podía estar tan expuesto —añadió Leoz.

Padre Mateo asintió.

—Exacto. La visibilidad puede ser el mejor escondite.

Revillagigedo volvió a la mesa.

—Entonces debemos reconstruir todos los horarios.

—Todos. Desde la primera cena hasta esta noche. No por declaraciones generales, sino por testigos cruzados, puertas, criados, trayectos, tiempos reales. Nada de “estaba en una reunión”. ¿Dónde? ¿Con quién? ¿A qué hora entró? ¿A qué hora salió? ¿Quién lo vio fuera? ¿Qué ruta tomó?

Salvatierra ya estaba preparado.

—Mis hombres pueden traer a los comerciantes que citó.

—Sin ruido —ordenó el virrey—. No quiero que la ciudad despierte con noticia de que interrogamos a medio comercio extranjero.

—Con discreción, excelencia.

Padre Mateo añadió:

—También quiero revisar los horarios de don Gaspar la tarde de su muerte. Fray Anselmo vio a Blackthorne en la casa Luján antes de la cena. Esa visita no figura en ningún testimonio oficial.

Revillagigedo lo miró.

—¿Fray Anselmo lo dijo?

—Sí.

—¿Bajo secreto?

—No. Lo vio en el zaguán. Conversaban sobre algo que don Gaspar consideraba jugar alto.

—Eso debió decirlo antes.

—Todos debieron decir algo antes. La historia humana se resume bastante bien así.

Leoz anotaba con rapidez.

—¿Qué más?

—La visita a doña Mariana el día de Baltasar.

Confirmar hora exacta. ¿Llegó después de que el crimen ya fuera conocido?

¿Antes? ¿Quién lo avisó? ¿Por qué apareció tan informado?

Tercero: el día de Sebastián. ¿Dónde estuvo Blackthorne entre el amanecer y el hallazgo del cuerpo?

¿Quién lo vio? ¿Quién puede confirmar que no envió a Ramiro?

Cuarto: esta noche. La iglesia de San Felipe.

Necesitamos al sacristán, al portero, a cualquier mendigo o vendedor cercano.

¿Entró Blackthorne? ¿Salió? ¿Quién usó la puerta lateral? ¿Había hábito preparado?

El virrey asintió.

—Se hará.

Padre Mateo miró los papeles sobre la mesa.

—Y otra cosa. No quiero que Blackthorne sepa que buscamos sus coartadas.

—¿Cómo evitaremos que lo sepa? —preguntó Leoz.

—No lo evitaremos del todo. Pero haremos que crea que seguimos a Ramiro.

Salvatierra entendió.

—Ruido hacia San Lázaro. Silencio hacia sus testigos.

—Sí.

Revillagigedo se sentó.

—Padre Mateo, si Blackthorne no tiene coartada para las muertes, ¿lo detendremos?

—No solo por no tenerla. Don Alonso no tenía coartada y casi lo convertimos en cadáver judicial. No repitamos el pecado con mejor inglés.

—¿Entonces?

—Lo enfrentaremos con el vacío. Si miente, tendrá que construir tarde lo que no preparó temprano. Las coartadas fabricadas después tienen costuras.

—¿Y si sí las tiene?

—Entonces la trama es más compleja y habrá que descubrir quién usa su nombre con admirable temeridad.

Salvatierra dejó escapar un gesto de impaciencia, pero esta vez no discutió.

—Capitán —dijo el virrey—, empiece.

—Sí, excelencia.

—Don Francisco, coordine testimonios escritos. Sin circular rumores.

—Sí.

Padre Mateo tomó el papel de la bodega.

“Cada cual ha dicho lo que debía.”

Lo miró largo rato.